Compartir:

La institución de las Academias, nacida en el Renacimiento y revitalizada en los siglos XVII y XVIII, es una marca de prestigio, pero en el siglo XXI está en crisis, en Argentina y en todo el mundo.

¿Qué es una academia? La academia es una institución de excelencia dedicada a la investigación de una o varias ramas del saber, a su promoción y difusión, con un sistema colegiado e independiente de los poderes públicos, y cuya autoridad deriva del cumplimiento de sus fines. No hay institución igual. De manera amplia, podemos decir que tienen por fin preservar el patrimonio cultural de la sociedad. Como ha señalado recientemente José Andrés-Gallego, cultura y cultivo provienen del campo semántico de la labranza. Aplicado al conocimiento y hábitos de la sociedad, pues, cultura es el resultado de la labranza de los cerebros que a través de los años —y de los siglos— han conformado la manera de pensar, de creer, de sentir y de actuar de quienes la conforman.

Esta definición nos está diciendo que la cultura es esencialmente dinámica y exige una adjetivación del objeto de las academias: ¿qué cultura deben preservar? ¿Solamente la de ayer o también la de hoy que es germen de la que será mañana? La cuestión no es impropia para los historiadores por dos motivos: uno, porque la diferencia entre pasado y presente es un límite muy frágil y fácilmente franqueable, como lo demuestran los estudios sobre la «historia del tiempo presente»; otro, porque, aunque trabajemos sobre el pasado, lo hacemos en el presente y para la sociedad del presente. Mi respuesta es que nuestro compromiso por preservar la cultura —o la civilización, según la terminología francesa— abarca el pasado y el presente, tanto en el fondo como en la forma.

A la función de preservar la cultura, las academias añaden su misión de investigar. La investigación descubre nuevos campos, plantea nuevas cuestiones, reexamina los conocimientos que se creían adquiridos, va hacia atrás en busca de nuevas evidencias y hacia adelante en busca de nuevos descubrimientos y explicaciones. Si como custodios del conocimiento, las academias son necesariamente conservadoras, en su faz creadora, deben ser renovadoras y vanguardistas, y de esta doble tarea de conservar y renovar surge una tensión y una suerte de pathos, que es el propio de la vida académica sana. Como André Malraux decía del arte, el mundo de la ciencia —en especial de la historia— no es el de la inmortalidad sino el de la metamorfosis.

Ninguna de estas dos misiones se cumpliría cabalmente si no se cumpliera la tercera, que es la transmisión del conocimiento. Ya no se trata de la transmisión ad intra, entre colegas, sino la ejercida a través de la cátedra, de los libros, las series bibliográficas, los congresos, las celebraciones, exposiciones, simposios, cursos, notas periodísticas y muchas formas más, sin olvidar las nuevas tecnologías de la comunicación.

Así definida la academia y su objeto, podemos examinar mejor su situación actual, su crisis. He conversado sobre el tema con colegas de muchos países en el seno de la International Union of Academies y en otros foros. Hay problemas globales y problemas particulares.

Un primer problema global es la pérdida de vitalidad de las academias por la cada vez menor participación de sus miembros en la vida de la institución. Esto se debe a que la labor académica es sustituida por las exigencias que hoy tiene la vida universitaria en el quehacer de cada profesional: cursos especiales, conferencias internacionales, dirección de equipos de investigación. Un segundo problema es que habitualmente las actividades universitarias son remuneradas y las realizadas en las academias casi en ninguna parte lo son. En tercer término, en la actualidad, los académicos que se han retirado totalmente de la actividad universitaria directa o indirecta no siempre conservan el impulso necesario para continuar su tarea de investigadores en el marco de la institución académica. En algunos países, en fin, se ha descuidado la formación de una generación de recambio hasta tal punto que, como decía aquel sabio académico chileno de la lengua, «quien no está en cama, está en coma».

La debilidad de la vida académica resta naturalmente consistencia a la propia institución. El espíritu de colegialidad se extingue, sus propios miembros descreen de ella y la sociedad empieza a darse cuenta de cuál es la situación real.

Mayor problema se presenta para las academias que cultivan las ciencias humanas o sociales, normalmente, las de más tradición. En términos generales la opinión pública valora ahora las ciencias según la utilidad visible que de ellas se deriva. De esta situación se benefician las ciencias físicas y las biológicas, pero las humanidades tienen dificultades para hacer comprender los beneficios que sus conocimientos producen como cimiento de la sociedad y aportación a su desarrollo integral. En consecuencia, la atención y los presupuestos de los poderes públicos se orientan cada vez más al soporte de las «ciencias útiles», que producen resultados tangibles —y con cierto grado de rédito político—, en desmedro de las humanidades. Esta situación se refleja también en el tratamiento que se da a las academias humanísticas.

En 2010, en el congreso internacional de la uaicelebrado en Budapest, Theo Verbeck, de la Real Academia de los Países Bajos —que reúne a todas las ciencias—, sintetizaba los problemas de nuestras instituciones en cuatro grupos: a) de cantidad, b) de calidad, c) de comunicación, d) de implantación social.

La cuestión de la cantidad deriva de la superproducción que existe hoy en todos los campos, lo que hace casi imposible que un investigador esté al día en el conocimiento de toda la producción de su especialidad académica. Si bien los recursos digitales han facilitado enormemente conocer la producción bibliográfica de otros países, no ocurre lo mismo con el acceso a los contenidos de esa producción, dificultad más marcada en el caso de los países periféricos. Esa traba se ve acrecida en el caso de países que difunden menos su producción o solo lo hacen por los medios tradicionales, a la que hay que agregar la necesidad cada día mayor de poseer un dominio de otras lenguas que permitan hacer efectivo el acceso a los textos, cualquiera que sea su soporte.

La cuestión de la calidad tiene cierta relación con la anterior. La aceleración científica y también la competencia conducen a una producción apresurada, que no ha recibido la debida revisión del autor, ni la crítica privada y previa de los colegas experimentados. Esto se ve acrecentado por las exigencias de los organismos destinados a la financiación de proyectos, becas y subsidios, que exigen una respuesta intelectual «a plazo fijo», y cuya evaluación algunas veces es más formal que de fondo: se atiende más a si se cumplió la reglamentación que al aporte científico del trabajo. Este exceso de producción y deterioro de la calidad hacen muy trabajosa la labor de los investigadores.

El tema de la comunicación tiene relación directa con el de la publicación. Como esta se hace principalmente en revistas especializadas y de tirada reducida, el resultado es un cierto «encapsulamiento» del conocimiento, en especial —pero no exclusivamente— en el caso de las academias, dado que el costo creciente de las publicaciones limita más y más las tiradas y la distribución está lejos de ser óptima. El problema se agrava cuando los presupuestos para editar no siguen el mismo ritmo que los costos. De todos modos, la revolución digital está dejando sin sentido la formulación que aquí recogemos.

La última cuestión que plantea Verbeck es, en mi opinión, la más importante: la transferencia del saber a la sociedad; dicho en otros términos, la difusión en ella de los nuevos conocimientos adquiridos. Una investigación que no pasa del mundo académico al público, es como una idea puesta en penitencia, como un aborto cultural. Los investigadores no trabajan para ellos mismos sino para la sociedad a la que pertenecen. Si lo que uno sabe y comunica a los colegas, no puede después hacerse conocer en los diferentes niveles de la cultura, adaptado en su lenguaje y conservado en su sustancia, ha fracasado, por definición, en su función social. Esta dificultad de difundir, que a veces es imposibilidad, está en la raíz del problema de la vigencia de las academias en el mundo de hoy, más aún cuando, como dice el sabio holandés, nunca ha sido tan grande el abismo que separa a los académicos del público culto en general.

Pero hay otra dimensión de la transmisión del conocimiento, vinculada sin duda con la anterior, pero distinta: es la necesidad que tienen todas las academias de llamar e ilustrar la atención de los hacedores de opinión y de los funcionarios públicos que determinan las políticas del gobierno, porque son ellas, en el ámbito de cada especialidad, quienes tendrían que asesorar, promover o alertar esas políticas, con la competencia que les da no solo su conocimiento científico, sino también su independencia.

Ahora bien, ¿pueden la historia y las demás ciencias del hombre hacerse oír en este mundo en que, como dice George Steiner, «nuestros espacios interiores han enmudecido o están obstruidos por estridentes trivialidades»? ¿En un mundo donde «la amnesia ha sido planificada»? Hoy predomina la oferta de paraísos efímeros que al día siguiente han caducado faltos de substancia, oferta que es lo contrario de la historia, que representa la continuidad del número, del devenir humano, donde cada presente tiene su raíz y aspira a tener un vigoroso futuro. Esa es la dificultad, pero al mismo tiempo es la oportunidad, el desafío con sabor a aventura.

Para resolver estos problemas, las academias tienen que tener claros sus objetivos. Jane Lyddon, de la British Academy, los enumera así: la excelencia de los trabajos, la ya mencionada independencia, la amplitud disciplinaria para no olvidar las nuevas especialidades que van surgiendo, su condición nacional que la hace presente en todo el estado, su vocación universal en cuanto a receptividad y colaboración, y su fellowship, que se puede traducir como espíritu de membresía o camaradería de sus miembros, carácter que las distingue de otras instituciones dedicadas a la actividad intelectual. Tomás Irish, tomando una idea de Graham Allan, habla de «familia académica», en el sentido de un grupo que comparte conductas, creencias y obligaciones.

Insisto. Son problemas universales. Hace varios años el entonces canciller de la Académie Française, Gabriel de Broglie, manifestó en una entrevista periodística que los escritores jóvenes son gente muy ocupada y que no se sienten atraídos por un trabajo exigente y vitalicio, y agregó que «nuestras sesiones solemnes no son exactamente la forma preferida de mediación que buscan las nuevas generaciones». Este mismo desapego de los investigadores jóvenes por las academias ha sido registrado por alguno de nuestros colegas en entrevistas con los presidentes de la Real Academia de la Historia de España y de la Academia de Historia de Portugal, por ejemplo.

Bajo ahora al caso de la Academia Nacional de la Historia y otras academias de humanidades en la República Argentina. Tal vez nuestro caso arroje luz a académicos de instituciones hermanas en todo el mundo.

Sería impertinente e injusto cuestionar la vocación de excelencia de las distintas academias nacionales o su espíritu de independencia. En cuanto a la amplitud científica, en algunos casos no se ha alcanzado y en otros ha generado una pluralidad de academias nacionales dedicadas a disciplinas tan afines que bien podrían haberse integrado en una sola. El carácter nacional, establecido en su propia denominación, se procura cumplir, pero no siempre es una realidad tangible. En cuanto a la vocación universal, está bastante lejos de ser general, pues en varios casos predomina una escasa comunicación con el exterior, no siempre culposa, pues son notorias nuestras dificultades económicas para mantenerla. En cuanto al espíritu de membresía, son perfectamente aplicables aquí los argumentos del ya citado académico de los Países Bajos, tal vez agravados por el individualismo exagerado de los argentinos, aparejado con su reluctancia hacia el trabajo en equipo.

En cuanto a promover investigación de calidad, lo primero es promover investigadores. Desde hace años esta academia premia a los egresados universitarios y terciarios que obtienen los mejores promedios en historia; ha instituido el premio Academia Nacional de la Historia para obras sobre historia argentina e instituyó una beca para investigadores graduados, la que por razones presupuestarias no pudo otorgarse más que una sola vez hace casi veinte años. Otra forma de promoción de nuevos investigadores es la formación de grupos de trabajo de distintas especialidades integrando a investigadores no académicos y más jóvenes. Otras casas similares han recurrido, con el mismo objeto, a la creación de institutos bajo su dependencia. Otro recurso generalizado es la realización de cursos y seminarios, pero no se llega a la frecuencia óptima por razones presupuestarias y por la renuencia de los propios académicos a comprometerse en la tarea.

Dentro de su objetivo promocional, las academias han realizado acuerdos con universidades del país y deberían realizarlos con las del exterior. También sería importante, en el plano ideal, obtener fondos estatales o privados, destinados a becas, a financiar visitas de profesionales extranjeros o proyectos conjuntos de costo y duración limitados.

Dada la íntima relación de nuestro pasado con el de países vecinos y de Europa, este tipo de acuerdos sería muy beneficioso para todas las partes.

Las academias nacionales son asesoras de los poderes públicos en las materias de su competencia, pero esa es una función casi desconocida. Para cumplir esta tarea sería deseable que no solo brindaran consejos solicitados, sino también otros espontáneos, haciendo público su criterio científico sobre situaciones que son materia de general debate. Manifestaciones de este tipo mostrarían al público general que las academias no son instituciones fosilizadas o torres de marfil ajenas a los problemas del día a día. Declaraciones hechas con altura, prudencia y rigor científico supondrían un valioso aporte para los gobernantes que tienen que tomar decisiones y constituirían una buena guía para la opinión pública.

Hay que llamar la atención —y sobre todo la comprensión— de las autoridades públicas hacia el quehacer académico. Nada impide que se realicen reuniones entre funcionarios, hacedores de opinión, directores de fundaciones y académicos para debatir temas de interés recíproco. Del mismo modo, con carácter público, se pueden convocar foros donde participen, además de (en nuestro caso) historiadores, periodistas de prestigio que generen noticias y comentarios solventes. Si estas reuniones fueran interdisciplinarias, mejor que mejor.

Deben también las academias estar presentes en el entramado universitario, tanto para concebir proyectos conjuntos, como para todo tipo de intercambios. Será imprescindible contar con todos los instrumentos digitales y una página web continuamente actualizada, con informaciones de actos, publicaciones, efemérides, noticias y comentarios.

Se requiere presupuesto. Desde el año 2012, la Academia Nacional de la Historia recibió anualmente, y en todo concepto, aproximadamente dos millones de pesos del erario nacional, cifra que se mantiene idéntica pese a la inflación de los últimos años. Y no tuvo casi ningún otro ingreso de fuentes privadas. En el 2009 la British Academy (que abarca todas las humanidades) recibió de su gobierno 28.000.000 de libras. Más de un 10% de esa suma viene de fuentes privadas. Hay mucha diferencia, aun teniendo en cuenta que el presupuesto de la academia británica engloba todas las ciencias humanas.

Es indispensable tener dinero suficiente para financiar premios de grado, becas de posgrado, aumentar las publicaciones, asistir a reuniones internacionales, traer profesores del exterior, organizar reuniones en el interior del país, sostener los convenios de corto o de largo plazo con universidades del interior y del exterior, vincularse con academias extranjeras y con organismos multinacionales científicos, que a veces también pueden proveer recursos financieros para realizar actividades en común.

Pero, en fin, no quiero invertir más espacios en lloros domésticos. En la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, el monje murmurador Aymaro d’Alessandria quiere cambiar. No es que no quiera su institución o no le parezca necesaria. Al contrario. «En los tiempos áureos de la orden, una abadía benedictina era el sitio desde donde los pastores vigilaban el rebaño de los fieles. Aymaro quiere que se vuelva a la tradición. Pero la vida del rebaño ha cambiado, y para volver a la tradición (a la gloria y el poder de otros tiempos) la abadía debe aceptar que el rebaño ha cambiado y para ello debe cambiar».

Pues eso.


Compartir: