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Europa es una gran victoria –una de las más grandes- de la cultura en la naturaleza. Es la Europa de la Ilustración y la Europa de las catedrales góticas. También es la Europa del consenso de posguerra, demócrata cristiano, liberal y social demócrata. Sobre todo, logra imponerse finalmente la idea de tolerancia, con el nacimiento de la ciencia moderna. Y pronto, la Revolución Industrial. Europa fue en el siglo XIX el primer continente donde casi todos los niños y las niñas aprendían a leer y escribir, es decir, iban a la escuela. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la integración europea es un experimento institucional único. Ahora estamos en la segunda década del siglo XXI, el siglo de la globalización, el paradigma digital, la amenaza islamista y, si bien comienza la Europa cuántica y prologamos vastas sinergias, instintos oscuros pueden erosionar las formas de la libertad, al tiempo que lo que significa sociedad civil, que es garante de libertad.  La vieja Europa y la Unión Europea son realidades que han ido coincidiendo –y más desde la caída del muro de Berlín- más allá de las diferencias en larga duración y “tempo”. Europa es Historia y conciencia; la Unión Europea es un proceso “on the making”.

Ahora ocupa el Despacho Oval un presidente, Donald Trump, que considera la Unión Europea como un ente absurdo e inoperante. En el pasado, en Washington ha habido reticencias con el proceso europeo, pero no obstáculos, y en las mejores horas, compenetración, pero ahí está Trump con sus tuits y comportamiento bravucón, demagógico, de belicosidad infantil. Los seguidores de buena fe de la post-verdad de Trump provienen de un malestar social y se aferran a quien les simplifique todo y ofrezca soluciones, como hacen los populismos, que racionalmente son imposibles. La política exterior de Trump es un incógnita incomodísima porque ahí está Putin reafirmándose todos los días y China a la espera de la mejor oportunidad para acotar el sistema mundial. ¿Cómo será el primer viaje de Trump a Europa? Algunos consensos pueden saltar por los aires. Tal vez eso acelere la reforma necesaria de la OTAN, pero todo es incierto. En su propio país, Trump puede topar con un sistema de controles y equilibrios que históricamente resulta muy atinado. Más que sus ideas –digamos- lo peligroso son sus impulsos, sus instintos.

El filósofo holandés  Luuk Van Middelaar, que fue asesor político y escritor de discursos de Herman Van Rompuy, subraya que el origen de un orden político europeo es un devenir lento, entre crisis y dramas. Hay una desproporción enorme entre la instantaneidad de un clic en el teclado de un “trader” y el largo proceso legislativo de 27 países.  Con la guerra de Siria y sus efectos, la cohesión fundamental peligra, pero sin el sistema democrático nacional de 27 voces, Europa se hundiría si un público nacional múltiple. El lema “in varietate concordia” es un acierto, en busca de consistencia. Tenemos un año de elecciones: Francia, Alemania, Países Bajos, puede ser que Italia. En su blog, Jean Quatremer, corresponsal de Libération en Bruselas, a finales del año pasado dio seis razones para creer todavía en Europa, a pesar del riesgo de un pensamiento único eurofòbico, las consecuencias de la Brexit, una política exterior de Donald Trump celebrada en exceso e inestabilidad. Dice Quatremer: 1. El euro ha pasado la prueba de fuego. 2. El Brexit no ha tenido hasta ahora un efecto mimético. 3. La crisis de los refugiados puede dar un impulso a la integración. 4. La elección de Donald Trump y los crecientes peligros pueden, reactivamente, aumentar la fuerza de defensa europea. 5. Todavía hay cola para el proceso de integración. 6. Las crisis siempre han fortalecido a Europa.

El World Economic Forum, más bien tecnocrático, se reúne cada año para augurar un futuro. Desde 2008 desacierta. La balcanización bélica de Oriente Medio sitúa el caos a las puertas de Europa. ¿El fin de la globalización? ¿Más impuestos para costear la cohesión social? ¿Cómo queda el mapa del comercio mundial? Sobre el tema tan tratado de las desigualdades, la paradoja es que en Asia o África aparecen unas clases medias potentes, mientras que las nuevas desigualdades son más bien un síntoma de las sociedades occidentales. Al mismo tiempo, no es lo mismo desigualdad que pobreza. Para Davos, la gran amenaza son los populismos y, de forma muy socorrida, se ha hablado de fortalecer la narrativa política y económica. 2017, el  año Trump, va a seguir con su secuencia de conflictos, a menudo sangrientos. Desestabilizaciones, estados fallidos, viejas guerras. Un mundo fluido, multi-polar e inseguro. Autoritarismo en Turquía. Guerra feroz en Yemen. Inestabilidad en Pakistán. Hundimiento económico de México. Suma y sigue. Y ¿hasta dónde llegará Trump?


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