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Ciriaco Morón (Pastrana, 1935) es un humanista, filólogo y experto en historia de las ideas. Acaba de ser galardonado con el XXVII Premio Internacional Menéndez Pelayo. Estudiante en Salamanca y Múnich, donde se doctoró, ha sido catedrático de Estudios Hispánicos hasta su jubilación en la Universidad de Cornell (Nueva York). En estos momentos, como señalábamos, colabora con la UNIR y en los cursos de Alta Especialización en Filología Hispánica del CSIC.

Con motivo de la concesión de este importante premio, y de la próxima publicación de Hamlet, a new reading, su nuevo libro, el profesor Morón ha conversado con NR.

–¿Qué ha supuesto para usted la concesión del Menéndez Pelayo?

–Primero una gran sorpresa porque nunca he tenido ni esperanza ni expectativa de tal premio. Pero en segundo lugar una actitud de agradecimiento a las personas que me han propuesto, y de alegría, al comprobar que hay generosidad suficiente en algunas personas como para ver el trabajo que uno hace, aunque en general pensamos que poca gente se fija mucha en ese trabajo. Eso es lo que me ha producido el premio: alegría, gratitud. En el tiempo que me quede intentaré hacer verdadera la esperanza que han puesto en mí los que han concedido el premio.

–Usted afirma que su actividad consiste en “aprender y enseñar a leer”. ¿Qué quiere decir con eso?

–Nuestros trabajos, sea en la clase o sea en las publicaciones, no son fundamentalmente más que lecturas de textos. Si publicamos un trabajo sobre el Quijote o sobre Ortega y Gasset es por la pretensión de que se lea a Ortega y Gasset o a Cervantes como se deben leer y como se deben entender. Pero enseñar es aprender, porque el primer beneficiario de cualquier estudio es el que lo hace. Yo siempre he dicho que soy la persona que más se ha suspendido a sí misma. Si he publicado la cuarta versión de cualquier trabajo es porque he tirado tres a la papelera. Es decir, me he suspendido en las tres versiones anteriores. En ese sentido hablo de aprender a leer al mismo tiempo que uno enseña a leer. Publicar, en definitiva, no es más que una pregunta que hacemos a los especialistas en un tema.

–Usted se ha preguntado en más de una ocasión sobre el momento en que puede decir que “conoce el Quijote”. ¿Tiene ya respuesta?

–¿En qué momento puedo estar satisfecho? Nunca. Por eso nuestra vida es fundamentalmente investigación, aprender.

–Hablando del humanismo, destaca el estudio de la identidad. Afirma, por ejemplo, que todas las comedias de Shakespeare están obsesas con la identidad. ¿Por qué insiste tanto aquí?

–Porque es la gran pregunta de cada uno de nosotros. Por ejemplo: ¿cuándo podemos estar satisfechos de lo que decimos? El que está pagado de sí mismo pensará que está diciendo cosas geniales; pero eso sería la paranoia, quijotismo: “Yo sé quién soy”, “yo valgo por ciento”. No es fácil distinguir entre estar legítimamente satisfecho y ser un paranoico. Cervantes dramatiza en el Quijote la encrucijada de la ilusión y la realidad, la verdad y el sueño. Por eso, el primer gran lector del Quijote es Calderón. La vida es sueño no porque sea corta y fugaz, sino porque nunca nos percibimos plenamente. Somos una sorpresa para nosotros mismos, y sea en Calderón o sea en Gracián, la idea de la vida como sueño significa eso: no sé cuándo estoy tocando realidad o cuándo estoy en un mundo de ilusiones: frente a don Quijote, yo no sé quién soy.

–Lo de la identidad es desde luego una pregunta importante para la filosofía, pero la gente normal de la calle tiene muchas preocupaciones como para meterse en más líos. Diría: ¿de qué me está usted hablando?, ¿qué me está usted diciendo?

–Sí, probablemente es una pregunta fundamentalmente de intelectuales, de los que nos dedicamos a estos análisis. Y al mismo tiempo, tenemos que estar en guardia; porque un exceso de preocupación por la identidad es también una paranoia: narcisismo. Pero también lo es el extremo de perderse en lo llamado objetivo, en lo económico, en lo social. El punto está en la encrucijada de evitar los extremos. La literatura y la filosofía nos han dramatizado precisamente esa encrucijada.

–Admira usted la “portentosa hermenéutica de Menéndez Pelayo”, a quien ahora se desprecia olímpicamente en los círculos culturales españoles. ¿A qué se debe?

–Es una pena que no se le estudie. Sin embargo, quizá no se cita el nombre, pero ha triunfado su mensaje. Si miramos, por ejemplo, aquello que hizo en La ciencia española, cuando era todavía un niño, 1876, con diecinueve años… Hoy hay un Proyecto de filosofía en español, del profesor Gustavo Bueno Sánchez, hay cátedras de historia del pensamiento de todas las asignaturas que Menéndez Pelayo proponía ya en 1876… Se ha dicho que en el periodo de Franco se abusó de hacer de Menéndez Pelayo una especie de protofranquista. Tampoco es verdad… Cuando Dámaso Alonso, poeta, gran gustador de la literatura, enriqueció la filología histórica de Menéndez Pidal con la atención estilística y estética a los textos, en realidad lo que hace es recuperar la visión global de Menéndez Pelayo.

–A veces tengo la sensación de que no hay ahora nombres que compitan con esos Menéndez, con Ortega, con Unamuno y unas cuantas grandes figuras más de hace relativamente poco tiempo. ¿Podría citar figuras extraordinarias como estas en el panorama intelectual español?

–Yo no las conozco. Tengo 78 años. En mi juventud estudié a Ortega y Gasset, a Unamuno, los que eran los últimos. Luego a Laín Entralgo, a Julián Marías… De ahora, yo, sinceramente no tengo nombres que se puedan comparar a estos que ya son clásicos. No niego que existan, pero son ya una generación cuyas obras estoy conociendo ahora.

–Propone una nueva lectura de Hamlet en su nueva obra, que se titula justamente “Hamlet, a new reading”. ¿En qué consiste ese “new reading”? ¿Qué aporta este libro? 

–El manuscrito de mi libro necesita una nueva lectura y poner la bibliografía al día. ¿Qué aporta? Un descubrimiento que hice en 1971. La fuente de los actos segundo y tercero de Hamlet es el libro de un protestante español, Reinaldo González Montano. ¿Cómo lo encontré? Yo quise hacer un experimento sobre la competencia en leer o interpretar un texto. Tomé Hamlet para ver qué puede extraer de un clásico inglés una persona (en este caso un profesor) de una cultura general, pero que no conoce bien el contexto histórico y cultural de la Inglaterra isabelina. Al mismo tiempo, para historia de la mística española, estudiaba en latín Artes de la inquisición española, de Reginaldus Gonsalvius Montanus. Tomé la edición crítica de Hamlet del gran especialista H. Dover Wilson. Los dos primeros textos de Hamlet son el “cuarto malo” de 1601, y el “bueno” de 1604, que sirve como base de todas las ediciones. Al llegar al personaje Reynaldo en el principio del acto II, del cuarto de 1604, Wilson advierte que en el de 1601 ese personaje se llamaba Montano y no puede explicar el cambio de nombre. La primera palabra que le dice Polonius a Reinaldo es: “Inquéreme”, inquiéreme qué daneses están en París, y después: “Lanzas una serie de mentiras, porque de la mentira, del cebo de la mentira, puedes sacar la carpa de la verdad”, etc. Bacon llamó a esa frase un “proverbio español”. ¿Qué es el acto segundo y tercero? Un proceso de espionaje que sigue las artes de la Inquisición descritas por Reinaldo Montano. Lo primero era entonces ver si ese texto, que se publicó en latín, en Heidelberg, en 1576, tenía traducción inglesa. Dentro del siglo XVI, hubo tres ediciones de la traducción en inglés. Pero es que además los actos segundo y tercero son precisamente (la búsqueda de Hamlet) un proceso de espionaje y de inquisición por el que Hamlet se propone comprobar por medios naturales que la voz (sobrenatural) del espectro era verdadera. Hamlet ha parecido inseguro mientras estaba investigando; pero cuando comprueba por la reacción de su tío en la comedia, que él ha matado a Hamlet padre, el hijo se convierte en un ángel exterminador, no hay timidez alguna.

Hamlet no mata a su tío Claudio cuando éste está rezando, y en ese momento se convierte en un ser diabólico, cometiendo un pecado contra el Espíritu Santo. Las explicaciones de los freudianos a esta escena demuestran ignorancia del contexto cultural de la obra. Y luego hay escenas, como por ejemplo la del pobre Polonio detrás de un tapiz… Reinaldo Montano sostiene que los inquisidores se ponían detrás de un tapiz para escuchar las confesiones de los reos. Esa es la nueva lectura. Cuando va a combatir con Laertes, Hamlet dice que ha estado entrenándose en la esgrima todos los días.

–¿Los grandes editores críticos de las obras de Shakespeare, las ediciones de Arden, de Oxford y de Cambridge no saben eso?

–Ninguno ha encontrado nada de esto.

–Es, pues, una aportación considerable.

–Sí. Creo que es una aportación fundamental porque quita la leyenda del Hamlet tímido, creado por Goethe en la época cultura de la “sensibilidad”.

–Su biografía es muy rica: de Salamanca a Múnich y de ahí a los Estados Unidos. Si tuviera que hacer una comparación breve de sus sistemas educativos, ¿qué diría?

–En España, en Salamanca, tuve seis años de formación sistemática intemporal, fundamentalmente tomismo y Edad Media. Pero fue un regalo inapreciable llevarme a Alemania como trasfondo -casi en la memoria- la Suma Teológica de Santo Tomás. Al ir a Alemania encontré la visión histórica. Por ejemplo, estudiar a Santo Tomás como una figura que se desarrolla, que evoluciona. Lo fundamental que aprendí en los Estados Unidos fue, vamos a llamarlo así, la estilística, es decir, la atención al texto y algo tan elemental como contar el argumento de una obra. Contar el argumento de una obra supone lectura refleja; atención a los aspectos importantes y al material secundario, etc. Esa atención al texto, cultivada por los hispanistas ingleses y norteamericanos me parece la mejor barrera contra las generalizaciones irresponsables.

–¿Por qué es tan apreciado Calderón de la Barca en el espacio germánico?

–Yo creo que por su profundidad filosófica. La vida es sueño es un análisis, al margen de la identidad religiosa de cada uno, del fenómeno de la identidad humana. El mejor libro sobre los autos sacramentales es el de un alemán, el profesor Poppenberg. En los autos, Calderón presenta toda la historia de la humanidad como un proceso en el cual se va del paganismo al judaísmo y al cristianismo. Es la lucha de los poderes contrarios al cristianismo y la victoria del cristianismo como última economía de la historia. Esa profundidad ni existió antes de Calderón ni ha existido después. Calderón es el único que supera el alegorismo que simplemente personifica vicios y virtudes.

–Los autos sacramentales están completamente olvidados ahora en España.

–Sí, pero eso es culpa nuestra. Se suele decir que al pueblo no le interesan. Problablemente le interesaran si se representasen.

–Camilo José Cela habla en “Viaje a la Alcarria” de Pastrana, su localidad natal.

–Cela dice que en Pastrana, a la princesa de Éboli la llamaban… la tal. Yo nunca lo había oído en mi juventud, ni después. Le pregunté a Don Paco. Don Paco es la figura que acompañó a Cela y aparece como “el hombre de la mirada levemente, lejanamente triste”. Es el que acompaña a Cela en el capítulo de Pastrana y le lleva en su coche a Zorita de los Canes, en el último capítulo de Viaje a la Alcarria. Le pregunté a Don Paco. Yo tuve mucha amistad con él. Ya murió, de hecho, en 2012 habría cumplido cien años. Era médico, un hombre cultísimo. Le pregunté: ¿cuándo se ha dicho eso de la princesa? Y me contestó: es falso. Se lo dijo a Cela el tío Curro, un hombre viejo, muy gracioso y amable, que vivía en la plaza. Cela habló con él y el tío Curro se inventó la especie de que llamaban la tal a la princesa de Éboli. Como digo: en Pastrana eso ofende, a cualquier pastranero.

–Recomiende, por favor, cinco obras literarias a un inglés que quiera conocer la literatura española.

–Eso es como un comprimido del canon de profesor Garrido Gallardo

–Sí, en efecto, un pequeño canon.

–¡Cinco obras! El Quijote. Después hay una obra que de por sí no es muy buena, pero es el origen de toda la leyenda de Don Juan, y de los mitos de Don Juan, El burlador de Sevilla, atribuida a Tirso, con el Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Tercero: La vida es sueño. Creo que es una obra fundamental. San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Es una novela fabulosa y además resulta una síntesis de todo el pensamiento de Unamuno. Y de poesía, Cántico, de Jorge Guillén. Si me concede seis, añado el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz.

–¿Y otras cinco más de estudio o de ensayo?

Cultura literaria de Miguel de Cervantes y la elaboración del Quijote, de Menéndez Pelayo. Es una conferencia, un artículo, pero es fundamental para ayudar a entender el Quijote. Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida. Después, la Teología de la muerte, de Rahner, que es fundamental para los que estamos dedicados a la investigación del sentido de la vida. Yo aprecio mucho las obras críticas de Don Juan Valera. Creo que es uno de los grandes prosistas españoles e imprescindible para la historia intelectual de España. Citaría también, por último, a Heidegger, Ser y tiempo, y, para nosotros en la estética, El origen de la obra de arte” Creo que es genial y fundamental. Al mencionar a Heidegger concluyo con lo que empezamos la entrevista: la idea heideggeriana de la lengua: “Hablar es escuchar”; “Leer es escribir”. No son juegos de palabras. Cuando yo estoy hablando no quiero decir lo que me ocurre, sino lo que debo decir, o sea, lo que me dicta la realidad. Y si quiero leer bien el Quijote, lo primero que hago es redactar comentarios y quizá el libro que escribo es la mejor lectura que puedo hacer del Quijote. En ese sentido, leer es estrictamente escribir. Estos años se ha mencionado la filiación de Heidegger al partido de Hitler. El hecho está documentado. Pero quien tiene la idea de que “hablar es escuchar” no puede lógicamente ser dictador o aceptar dictados de dictadores.


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Doctor en Periodismo (Universidad de Navarra). Licenciado en Ciencias Físicas (Universidad Complutense de Madrid). Corresponsal y periodista de ABC. Director de Comunicación del Ministerio de Educación. Ahora coordinador editorial de Nueva Revista.