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Ramón Gómez de la Serna (Ramón para los lectores amigos) “muere” en 1936 cuando escapa de la refriega civil a ultramar. Quiero decir que muere el Ramón glorioso, el chamán de Pombo, el punto calidoscópico de referencia de la generación poética y humorística del 27; aunque ya en vísperas del conflicto, había sufrido el eclipse del “nuevo romanticismo” ideológico, un epítome que debemos a José Díaz Fernández y su libro homónimo de 1930. Esta muerte social acompasa sus estertores con el finiquito de la osada época de entreguerras, que aún liberaría extemporáneos espectros durante el prolongado exilio de Ramón en Argentina, y en España en discípulos como Mihura y navios errabundos como La Codorniz, teñidos en uno y otro caso por el filtro de la negrura, prueba de que se había pasado al otro lado del espejo, a la base misma del azogue.

Ignorado por unos por su falta de compromiso y sus tímidos tanteos con el régimen (que hay que entender desde el descorazonamiento del Ramón final, que es final durante casi treinta años), y tildado de superficial por otros (se entiende que los que habían practicado una lectura del mismo tono), Ramón no disfrutó de “apoteosis”. Solo algunas voces en el campo de la investigación como Francisco Induráin, o en el literario, como Umbral o Nieva mantuvieron la atención hacia el autor por encima de la anécdota visual y la simplificación de la greguería, y sobre todo al margen de pudores ideológicos. Atravesando la moqueta de esos puentes, quizá sea éste el mejor momento para que Ramón regrese sin excusar su dedicación exclusiva a la pulsión literaria; pues si de algo valioso puede presumir la época muelle que nos toca, es de aglutinación y recepción reacias a dictados. Así, la empresa de Círculo de Lectores de editar a partir de septiembre su prolija obra completa, bajo la dirección de la hispanista Ioana Zlotescu, ejemplifica mejor que nada un reconocimiento que acaba siendo más cómplice que literario, porque a poco que nos fijemos, es mucho lo que tenemos en común con su intentona, al borde último del formidable siglo que él contribuyó a encender.

Cercano a la sensibilidad actual

El reconocido greguerólogo César Nicolás ha enfocado ya esta simpatía entre épocas y modelos en su prólogo a un libro de Ramón para Espasa-Calpe (Gregerías. Selección 1910-1960, Col. Austral, núm. 179, 1991). La lectura sincopada y excitante a que dispone un tomito de “greguerías”, su posibilidad de entrar y salir de él sin necesidad de perseguir una línea continua, se adapta al tiempo y los hábitos fragmentarios que nos condicionan, sin olvidar que su hilera de formas autónomas y vivaces encuentran también ojal en nuestra retina neobarroca: “… nada más cercano a nuestra sensibilidad actual, en una época donde prima el destello de lo breve, la cultura del clip, el impacto rápido, el spot, el flash, el minimalismo”. Esta imagen, que sería extensible a las pequeñas prosas ramonianas reunidas en las misceláneas de Caprichos, Gollerías, Disparates, etc., deja abierto el camino a pesquisas de otras afinidades, como la de la sugestión de lo cursi en Ramón enlazada con la de lo Kitsch en Almodôvar, como parece apuntar C. Nicolás, en lo que las une de “deliberada ironía, de gesto vital y contemporáneo, de lectura profunda, de actualísimo fenómeno estético”.

Tal como anda de delicado el mundo editorial, las recientes reediciones de obras no muy leídas de nuestro autor (por ejemplo, el Teatro muerto —selección de Agustín Muñoz-Alonso y Jesús Rubio— en Cátedra, 1995; Cinelandia, en Valdemar, 1995; o Madrid e Historia de la Puerta del Sol, ambas en Almarabu, 1996), ya distantes de la órbita de su centenario en 1988, testimonian también un núcleo receptor que ha de tenerse en cuenta, al margen del recogido club de estudiosos ganados para la causa (condición sine qua non que habrá influido en el Círculo de Lectores a la hora de poner en orden y venta la babelia de Ramón). Y es que es cierto que se aprecia una renovada “ramonmanía”, con rebrotes en los lugares menos sospechados. Tal es el caso de la solapa del nuevo libro de Juan Manuel de Prada, El silencio del patinador (Valdemar, 1995), donde la editorial transcribe una entrada del Diccionario de literatura de Umbral a modo de ficha calificativa, y así, la escritura del joven autor se define como “un ejercicio ramoniano de inventiva”.

Juan Manuel de Prada, lejos de ocultar este influjo, ha rendido claras citas a Ramón —y no solo literarias— en sus textos; intrínsecamente, su primera obra, Conos (Valdemar, 1995), remite a las clasificaciones lúdicamente carnales y sin embargo poéticas del Senos del maestro vanguardista (Ia ed., Pueyo, Madrid, sineanno; en 1917, según la bibliografía que da Gaspar Gómez de la Serna en Ramón (Obra y vida), Taurus, Madrid, 1963). La familiaridad —y más que eso, libertad— de Prada con la materia literaria, el guiño entre lo fantástico y lo real – e n donde, casi a manera de apólogos, se apercibe un suero crítico— acusan esa herencia que, al ser de Ramón, también es de Quevedo.

Otro rincón imprevisible resultó la bizarra aventura de los jóvenes editores de la revista El canto de la tripulación, quienes le dedicaron su número de junio de 1993, tan de agradecer en lo documental como en las referencias estéticas; y por si no fuera bastante, estamparon un rumboso graffiti en los muros de la calle Carretas donde yace o subyace Pombo, si mal no recuerdo en enero de ese mismo año, trigésimo aniversario de la verdadera muerte de Ramón.

“Ramonismo” para lectores más interiorizados

Tal vez una de las claves de esa sintaxis con nuestro tiempo se deba a que el carácter y la óptica ramonianos tienen un aire de familia con nuestro acerado individualismo “fin de etapa”, pues tendemos a ser lectores más interiorizados, decepcionados de casi todos los cantos de sirena sociales y estéticos, en retorno a una literatura porque sí, sin plantillas comunales previas. ¿Cómo no vamos a simpatizar entonces con esa “vanguardia unipersonal” que es el “ramonismo”? Ahora que nos hemos convertido en respetuosos investigadores y exégetas de los movimientos ísmicos (que no dejaban de ser en cierto modo marinettismos, tzarismos y bretonismos), el ramonismo (para este término, remito a la “Advertencia preliminar” del propio autor a Ramonismo, Calpe, Madrid, 1923), carente de líneas programáticas y definición, llama nuestro interés desde una vitrina menos sacra, y se enrosca a nuestra mirada escaldada por la historia, refractaria a todo lo que suena a propuestas incontestables. Lo que tiene este ismo personal de hinchazón del ego, lo atenúa su propia ironía, pues la cruzada ramoniana contra el envaramiento y a favor de la nivelación con las cosas sencillas y cotidianas hace suprimir el apellido distinguidor; no parece sino una chanza (en el fondo bastante seria), según la cual un ismo se le ocurre o se le pega a un señor que pasaba por ahí, que se llama Ramón como podría haberse llamado Raimundo. Pero por ello, pese a haber sido observado en la pantalla orteguiana, su ismo se nos hace más humano; es un humanismo que ensaya las relaciones hombre-objeto sin el profiláctico de la sofisticación.

Como lector e investigador de Ramón, en la encrucijada de las generaciones WyX, atento con natural envidia a las inquietudes de los más jovencitos, no dejo de calibrar cuántos potenciales lectores ramonianos se ocultan entre los de Mañas, los espectadores de El cuervo de Brandon Lee o los que imaginan la canción Just another victim —con base en el gruñido de una sierra mecánica, del grupo Helmet and the house ofpain- en una sala de espera odontológica. Rebeldes, sin quitar lo cortés, apasionadamente nihilistas y afectos a la mezcolanza de géneros, al barrunto necrófilo y a una neorromántica fisicidad, harían de Ramón uno de los suyos; se arrimarían a su idea, tan nietzschiana, de la literatura como estado de cuerpo y, por tanto, a la de ese antiacademicismo que le hace regurgitar en el prólogo a El hombre perdido (Poseidón, Buenos Aires, 1947): “… y esos que se pasan la vida viendo cómo se repiten dos palabras en la misma página para criticarlo, se encontrarán a veces ciento cincuenta veces repetida una palabra en media página”; hay en ese mismo prefacio frases que parecen ideadas para ellos: “En el caos no hay injusticia” o “cada vez estoy más convencido de que decir cosas con sentido no tiene ningún sentido”, esas aparentes baladronadas que dejan el flanco humorista descubierto para los ataques. Rescatarían a un autor que titula su autobiografía Automoribundia (1888-1948) (Sudamericana, Buenos Aires, 1948), que se resiste como ellos a los novelones largos y pesados y que le salen thrillers como Cinelandia (Sempere, Valencia, sine anno. Gaspar Gómez de la Serna da el año de 1923, en la obra ya citada), donde el supuesto primer protagonista desaparece sin más tras el sexto de los 43 breves capítulos; o que no reprime disparates acerbos como aquel del picador enloquecido que sale de la Plaza a ensartar desprevenidos transeúntes, en El torero Caracho (Agencia Mundial de Librería, Madrid, sine armo. Gaspar Gómez de la Serna da el año de 1926). Ya digo, aullarían a poco que se les presentara. Del mismo modo valorarían como nadie su inclinación a moverse en terrenos extraliterarios (o paraliterarios, si se quiere) como la ilustración y el cine, y su sentido de hombre-espectáculo, esa adaptación de “la vida como arte” de los simbolistas y decadentes al nuevo siglo. Otra cosa es que, salpicado con estas pistas para acabar con todo y recuperar la “idiotez” preadánica -reclamada en el prólogo a El Rastro- (Ia ed., Sempere, Valencia, sine anno. Gaspar Gómez de la Serna da el año de 1915), nuestros “equis” descubran al subterráneo senequista y lector de los clásicos que también es; pero no les vendrá mal esta nueva mezcla, esta sorprendente dosis en tiempos en que se está regresando al canon y Harold Bloom -por decirlo en símbolo— es verdaderamente lo “actual”.


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