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Toda sociedad tiene que organizar de algún modo sus actividades económicas, entendiendo por tales aquéllas en las que se ven involucrados recursos escasos (incluido el tiempo) para la consecución de fines alternativos. Nosotros estamos acostumbrados al sistema que llamamos economía de mercado, pero no es el único. Y aunque decimos que es el mejor, tampoco es obvio que lo sea.

El objeto de este artículo es explicitar los caracteres de la economía de mercado como sistema económico, para entender qué condiciones debe cumplir una sociedad para que ese sistema funcione eficientemente. Una manera sencilla de hacerlo es estudiar cómo se organizó económicamente la más elemental sociedad que la literatura nos ha presentado: la de Robinsón Crusoe y su criado Viernes.

La economía de Robinsón y Viernes

Mientras Robinsón estuvo solo en su isla, no necesitó sistema alguno que ordenase su actividad económica: él se lo guisaba y él se lo comía. Pero en cuanto llegó Viernes, fue necesario coordinar las actividades de ambos: hubo que crear un sistema económico. Claro que se trataba de un sistema muy sencillo: Robinsón mandaba y Viernes obedecía.

En esa organización, Robinsón era la pieza principal. El decidía qué producir, qué tecnología utilizar (dentro de sus limitadas posibilidades), cuándo y cómo se repararían las herramientas, cuántas horas trabajaría Viernes y cuántas él, cuánto y qué consumiría cada uno, cuánto ahorrarían y cómo y en qué invertirían, etc. La clave de este protagonismo de Robinsón radicaba en los conocimientos adquiridos por él antes del naufragio (parece que Viernes no tenía nada relevante que aportar, algo muy propio de una época en la que la absoluta primacía del hombre blanco no se discutía) y, sobre todo, en el aprendizaje posterior de ambos agentes: en cómo procuraban adquirir nuevos conocimientos y usarlos de manera eficiente.

Pero, además, Robinsón debía cuidar de que Viernes estuviese suficientemente motivado para el trabajo, el ahorro, la producción y el aprendizaje, de acuerdo con los planes que él mismo había trazado (las motivaciones del líder, de Robinsón, se daban por supuestas).

Acabamos de definir con ello las dos funciones básicas que se atribuyen a todo sistema económico: la recogida, procesamiento y uso de información (conocimientos), y la motivación de los agentes. Pero, información y motivación, ¿para qué? El fin último de ese sistema era la supervivencia, primero, y después la mejora del nivel de vida de Robinsón y de Viernes. O sea, el fin de la sociedad. Claro que el sistema económico no puede garantizar la consecución de esos fines, sino solo su eficiencia, es decir, el que en toda actividad económica (en toda actividad en que se involucren medios escasos para la consecución de fines alternativos) se obtenga el mejor resultado posible con los mínimos recursos necesarios.

Robinsón Crusoe es, en el fondo, un elogio de las posibilidades de la actividad económica. Ni Robinsón ni Viernes habían estudiado economía y, sin embargo, su modelo funcionó bastante bien, al menos en cuanto que sobrevivieron y mejoraron su nivel de vida. Quedaba por verificar lo más difícil: el buen funcionamiento del sistema cuando ambos perdiesen facultades y la transmisión de un nivel de vida digno a sus sucesores. Pero el barco salvador llegó a tiempo.

El éxito de esa micro-sociedad se debió, desde luego, a la adecuada generación de conocimientos y motivaciones, pero también a otros muchos factores, como la historia (los conocimientos, capacidades y valores de ambos), la geografía (los recursos de la isla), el marco jurídico (el reparto implícito de derechos y deberes entre Robinsón y Viernes), las costumbres desarrolladas, sus criterios éticos (Robinsón nunca maltrató a Viernes, ni éste se sublevó contra aquél), etc.

Podemos concluir, pues, que un sistema económico es la manera de organizarse una sociedad para resolver los asuntos económicos, en los que recursos escasos se enfrentan a fines alternativos. Y no es más que eso. Su objeto es promover la información y desarrollar los incentivos necesarios para llevar a cabo con eficiencia (con el menor uso posible de recursos) las actividades económicas. Pero su éxito o fracaso depende también de otros factores.

Antes de seguir adelante, conviene que consideremos más atentamente cómo actuó Robinsón ante los retos y amenazas con que se enfrentó, usando sus recursos de forma adecuada y generando recursos nuevos: lo hizo como un verdadero emprendedor (aunque probablemente no era más emprendedor que otros muchos hombres y mujeres de su época). Y es que, cuando hay incentivos adecuados, esa capacidad se pone en marcha: será un buen sistema el que fomente la aparición de emprendedores que sepan usar los recursos y, sobre todo, que sepan crearlos. Y el sistema robinsoniano lo era, quizá porque el hambre aguza el ingenio.

De Robinsón Crusoe a la economía de mercado

¿Hubiese sido preferible que Robinsón y su criado se organizasen como una economía de mercado? No, desde luego. Para que haya un mercado debe haber intercambio: ambas partes deben producir cosas distintas e intercambiarse luego los productos. Pero en el caso que nos ocupa, ni la extensión de la isla, ni las condiciones de propiedad de la tierra y de las herramientas (todas de Robinsón), ni las capacidades de uno y otro permitían actividades económicas separadas, que luego convergiesen en un mercado.

El sistema robinsoniano se repite, de un modo u otro, en las sociedades cerradas y de subsistencia, en que la propiedad de los bienes es comunal (o del jefe), la información se concentra en los ancianos (y se trata de un conocimiento muy importante: acertar o no en la predicción del clima decide a menudo la supervivencia de la tribu), la toma de decisiones sigue a la información y la ejerce también el jefe (con los ancianos), las motivaciones individuales cuentan muy poco, y las instituciones están dirigidas a la protección de la colectividad.

La historia nos presenta otros sistemas económicos: economía familiar y tribal, estamental, feudal, de planificación central, etc. La que hoy está vigente en casi todo el mundo es la economía de mercado, con más o menos matices.

Decimos “la” economía de mercado; pero, ¿existe una sola economía de mercado? ¿Podemos decir que es tan economía de mercado la norteamericana de 1985 como la de dicho país hace setenta años, la inglesa de finales del XIX o la taiwanesa de 1996? La respuesta es afirmativa, porque la economía de mercado es un sistema de organización de la actividad económica basado en la propiedad privada (incluida la de los medios de producción) y en la libertad de iniciativa y de contratación de los agentes económicos (consumidores, trabajadores, emprendedores, inversores, etc.), en que la coordinación de las actividades económicas no se lleva a cabo mediante mecanismos coactivos (las decisiones de Robinsón o del planificador central), sino a través de la libre espontaneidad de los sujetos, manifestada en ·los mercados de factores, bienes, servicios y activos.

En todos los países y épocas que hemos comentado, y en otros muchos, la economía se organiza, al menos mayoritariamente, alrededor de la propiedad privada, la libertad de iniciativa y de contratación, y el mercado. Todo lo demás, que diferencia a la sociedad taiwanesa de la americana de hoy o de la inglesa de hace cien años es accesorio, a la hora de definir un sistema económico. Pero no lo es a la hora de explicar sus resultados.

¿Por qué la economía de mercado?

¿Qué ventajas tiene la organización de la actividad económica mediante una economía de mercado? Echando un vistazo a la sociedad actual, en (casi) cualquier país del mundo, vemos un conjunto de personas independientes, que viven su vida, celosas de su libertad. Cada una quiere diseñar su propio camino; cada una tiene sus propias motivaciones, que, lógicamente, estarán influidas por la sociedad, pero que trata de defender. Para empezar, pues, tenemos millones de decisores, cada uno con sus propias preferencias, experiencias y conocimientos.

Y tenemos recursos repartidos por todo el mundo. Y gente que produce bienes y servicios que nunca necesitarán, pero que otros pueden necesitar (la división del trabajo, base de la eficiencia económica). Y, sobre todo, hay muchos agentes que saben cosas sobre los bienes y recursos: para qué sirven, cómo usarlos mejor, dónde están, cómo se pueden transportar…

Necesitamos, pues, un sistema económico que favorezca la búsqueda, producción, procesamiento, almacenamiento y distribución de esa información. Una información que está dispersa; más aún, que ni sus propios poseedores saben que la tienen, o que es relevante, y menos aún cómo transmitirla. Y aquí es donde el mercado muestra su función como un gigantesco mecanismo de explicitación y transmisión de conocimientos. Y esto, que es clave, es posible porque hay un mercado en el que puedo intercambiar bienes, servicios, factores y activos a unos precios que llevan consigo esa información, o, al menos, buena parte de ella.

¿Y los incentivos? Hemos dicho antes que el sistema económico pretende dar respuesta a los problemas económicos: allí donde haya necesidades que se puedan satisfacer con recursos escasos, el sistema debe proponer una solución. En el mercado, los sujetos tienen derechos de propiedad (a veces, mitigados) sobre bienes, servicios y factores (incluido su propio trabajo), derechos que incluyen la posibilidad de venderlos, alquilarlos, prestarlos o regalarlos, en virtud de la libertad de contratación. Tienen, además, libertad de iniciativa, lo que les permite ofrecer a otros esos bienes y servicios, o demandarlos, sea para una transacción en el mercado, sea para llevar a cabo una actividad productiva que coordine los bienes y recursos de muchas personas en una empresa. De nuevo son los precios los protagonistas, ahora como portadores de incentivos: ofreciendo o demandando un precio suficientemente atractivo, se cierran los intercambios en el mercado o reúnen los empresarios los recursos necesarios para llevar a cabo la producción.

Pero información e incentivos, ¿para qué? El sistema económico solo ofrece una respuesta: para la eficiencia, para la consecución del mejor resultado con el menor coste. ¿Qué resultado? La satisfacción de demandas en el mercado. ¿Qué coste? El de los recursos susceptibles de intercambio en el mercado. Y nada más. Si no se pueden pedir peras al olmo, tampoco se puede pedir al mercado otra cosa que eficiencia, y aun ésta definida de esta manera, digamos material, puramente basada en el intercambio.

Por eso, juzgado con criterios de eficiencia, el mercado es único, al menos cuando hablamos de una sociedad abierta y pluralista, basada en la propiedad privada y en la libertad de iniciativa, con agentes que actúan con independencia, persiguiendo sus propios fines (que quizá ellos no conozcan bien, pero que, desde luego, los demás conocerán peor que ellos: ahí se basan la libertad de iniciativa y de contratación). Con otros criterios -mérito, estética, altruismo, etc.-, su valoración es claramente inferior, del mismo modo que una pluma no es un instrumento idóneo para encender fuego.

Finalmente, la economía de mercado asegura un cambio continuo en la sociedad, gracias a la función de los emprendedores, hombres y mujeres capaces de descubrir nuevas oportunidades allí donde los demás ven solo una repetición de la historia. Ese cambio económico apunta a la eficiencia siempre mejorada. Pero no puede garantizar que el resultado vaya a ser necesariamente mejor.

Limitaciones del mercado

A estas alturas, el lector ya habrá localizado algunas debilidades de la economía de mercado, así como algunos de sus puntos fuertes. Y, por tanto, no caerá en el simplismo de pensar que, si la economía de mercado no es perfecta, es preferible optar sin más por la alternativa de la planificación o de la intervención.

¿Debilidades del mercado? Como se basa en el intercambio, aquél que no tiene nada que intercambiar queda fuera del mismo. Ahí caen los parados, ancianos, enfermos, minusválidos, indigentes y marginados (los que no saben o no pueden participar en el juego porque no son capaces de entender las reglas y adaptarse a ellas). Las soluciones han sido variadas: la familia (la primera institución de seguro social, en la que cada miembro se valora por lo que es, no por lo que tiene), la caridad, la filantropía y, en los últimos tiempos, el Estado de bienestar.

Pero hoy el Estado de bienestar está en crisis ¿Qué ha ocurrido? Dijimos que el sistema económico es solo un sistema de organización de la actividad económica. El Estado de bienestar fue la respuesta económica a un problema que se consideró que era solo económico. Y no lo era: la situación del que no tiene suficientes recursos para participar en el mercado no es solo un problema económico. No es de extrañar, pues, que la solución solo económica del Estado de bienestar generase efectos perversos.

Si la primera función del mercado es la generación y difusión de información, la distribución imperfecta de la misma, que hace que el mercado, como mecanismo coordinador, funcione mal (pero, sin duda, mejor que el planificador central o el cacique de la tribu), dará lugar a otra debilidad de la economía de mercado.

Hay otros fallos del mercado, que la ciencia económica estudia con detenimiento: la existencia de monopolios naturales, efectos externos (la contaminación, por ejemplo), bienes públicos (defensa, administración de justicia), etc., en que el sistema no garantiza un resultado óptimo, de acuerdo con el criterio de eficiencia.

La otra gran función del mercado, la generación de incentivos, presenta también problemas. Ya hemos dicho que el mercado motiva en función de los precios ofrecidos por los bienes, servicios, factores y activos, esto es, atendiendo a un tipo de motivaciones que podemos llamar económicas, pero que excluyen actuaciones por compasión, altruismo, caridad y otras muchas. Claro que los agentes privados pueden actuar de acuerdo con esas motivaciones. Pero lo relevante es que, ante una necesidad sentida en el mercado, éste solo es capaz de generar motivaciones basadas en precios, es decir, conductas que respondan a incentivos económicos.

Pero aún hay más problemas, porque el mercado puede estar generando conductas inconsistentes, que obtienen resultados a corto plazo, al tiempo que dificultan la obtención de esos resultados a largo plazo. Un ejemplo sencillo pero ilustrativo puede ser el del directivo que engaña a sus empleados para que aumenten la productividad: a la corta, su estratagema puede tener éxito, pero, cuando los empleados se den cuenta del engaño, su reacción llevará, a la larga, al resultado contrario. Y el mercado no puede garantizar que ese efecto (aprendizaje negativo) no se vaya a producir.

Los soportes de la economía de mercado

La economía de mercado es limitada, pese a lo cual sigue siendo, probablemente, el sistema económico mejor adaptado a las necesidades de una sociedad industrializada, globalizada y en la que las personas individuales pesan mucho. Es improbable que otro sistema resulte ser un mejor proveedor de información y de motivaciones. Y, sin embargo, sus limitaciones están ahí. ¿Qué se puede hacer con ellas?

Reformar lo que no es el sistema económico. Porque el modo de organización económica de que estamos hablando forma parte de un todo más amplio, que es la sociedad en su conjunto. Y en ella encontramos una pluralidad de elementos, que desarrollan funciones distintas respecto del sistema económico.

Podemos decir que todo lo que no es sistema económico es su “entorno”: geográfico, histórico, político, cultural, religioso… Para la economía, ese entorno es un dato, pero para la sociedad misma no lo es. Fijémonos, por ejemplo, en el entramado de ideas y valores de esa sociedad, que incluye lo que sus hombres y mujeres saben o creen saber, acertada o erróneamente, sobre el mundo, la sociedad, las personas… y lo que esos hombres y mujeres quieren, aquello a lo que conceden valor, aquello por lo que se mueven, con criterios éticos, estéticos, culturales, políticos, religiosos, económicos, etc. Si toda acción busca un fin, es ahí, en el entramado de ideas y valores, y no en el sistema económico, donde hemos de buscar ese fin.

Veamos cómo afecta esto a las decisiones que entran en ese ámbito que hemos llamado económico, que es el que aquí nos ocupa. Toda acción persigue un fin, que frecuentemente será un medio para otro fin superior, más remoto (y más importante). El agente despliega (mentalmente) los resultados probables de diferentes acciones alternativas. Elige la que le parece mejor. Diseña los medios, teniendo en cuenta el desarrollo temporal que su acción exige. Adopta la decisión y la ejecuta. La economía de mercado le garantiza (hasta cierto punto) que su acción es la mejor posible, pero solo en un sentido: si se cumplen las condiciones establecidas, conseguirá el fin perseguido con el menor uso de recursos posible.

Lo que la economía de mercado no puede garantizar es el éxito de esa acción. El fin pudo estar equivocado. El razonamiento pudo ser erróneo. Acaso la información disponible no era la más adecuada. Las acciones de las demás personas, con las que nuestro agente contaba para llevar a cabo su acción, quizá no se dieron como él pensaba. Puede que, al llevar a cabo la acción, se diese cuenta de que no era eso lo que él quería: ahora, con los nuevos conocimientos adquiridos (gracias precisamente a su decisión), lo haría de otro modo. Acaso haya cambiado la actitud de las otras personas que deben participar en la acción: a lo mejor se han vuelto más egoístas o más generosas. Muy importante: quizá nuestro agente ha cambiado sus mismas actitudes y disposiciones: la acción llevada a cabo le puede haber hecho más agresivo, o más sincero, o menos presuntuoso…

Los límites de la economía de mercado radican en lo que no es sistema económico. Se incluyen aquí muchos elementos que, siendo importantes para el resultado de la acción, tienen para nosotros ahora un interés secundario: el lugar en que vivimos, la historia a la que pertenecemos, nuestra lengua, la cultura acumulada y la tecnología disponible. Se incluyen además -y esto sí es relevante- los fines de mi vida y de mi conducta. También mis conocimientos y capacidades: conocimiento de cosas (cómo funciona un frigorífico), capacidades intelectuales o materiales (cómo estudiar, cómo usar un ordenador) y también esas capacidades de la voluntad que nos facilitan la ejecución de aquellas acciones que nos van a afirmar en nuestro fin (virtudes) o nos van a alejar de él (vicios).

Y luego, cada vez que llevemos a cabo una acción, aprenderemos nuevos conocimientos y capacidades, cambiaremos nuestros gustos, desarrollaremos nuevas virtudes y valores. Y los demás verán nuestras acciones, y las juzgarán, y sacarán de ellas consecuencias para sus interacciones con nosotros. La convivencia social no será una mera repetición del pasado, porque todos aprendemos… y cambiamos.

Insisto en que el problema económico no ha cambiado: sigue siendo la elección de medios escasos para fines alternativos, de acuerdo con criterios orientados a la eficiencia (en el sentido definido antes). Es todo lo demás lo que ha cambiado. Y, por supuesto, los efectos de misacciones serán diferentes.

Si la ética es la ciencia que estudia la conducta del hombre para la consecución de su fin, la ética tiene algo que decir sobre todo esto. No sobre la economía de mercado, que pertenece al rango de instrumentos técnicos para conseguir un resultado, pero sí sobre la vida en una sociedad que se guía por la economía de mercado. La moralidad última del sistema económico, así como de las personas, dependerá del entramado de ideas y valores descrito antes. Ahí, no en el mercado, está la fuente última de moralidad.

Pero, además, la sociedad se gobierna mediante un conjunto de reglas, normas e instituciones, y ese marco normativo-institucional es también de naturaleza ética: tiene por objeto no solo garantizar la eficiencia de las decisiones económicas, sino, sobre todo, la consecución del fin de las personas y de la sociedad.


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