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A Michael Ignatieff, canadiense polifacético, que es ensayista, historiador, periodista y hasta político, Isaiah Berlin (Riga, 1909-Oxford, 1997) le preguntó, en uno de los encuentros mantenidos para escribir la biografía del gran pensador, si desearía poder vivir para siempre. «Qué horror», contestó Ignatieff. Y Berlin replicó: «Todos mis amigos dicen lo mismo. Pero yo no. Yo quisiera que esto continuara indefinidamente. ¿Por qué no?».

Que construyan en torno a tu persona un relato biográfico como el que Ignatieff hizo de Isaiah Berlin es asegurarte la única forma de inmortalidad que conocemos por ahora. La vida de los muertos está en la memoria de los vivos, sentenció Cicerón. La vida de Isaiah Berlin resplandece en el recuerdo preciso que de él ha construido este vigoroso escritor, que, al hilo de este recorrido, nos introduce en la encrucijada cultural y política que define al siglo XX.


 

Michael Ignatieff: Isaiah Berlin. Su vida. Taurus, Barcelona, 2018, 488 páginas.


Para ello, Ignatieff se tomó su tiempo: diez años. Berlin, que era un ser disperso («soy un taxi intelectual; la gente me para, me pide un destino y allá que vamos», decía), no quería escribir sus memorias, pues no se consideraba un asunto suficientemente importante. Pero sus amigos pensaron que alguien tenía que captar algo de su palabra antes de que se perdiera, y así entró en escena Ignatieff. Con la condición de que la biografía, de la que Isaiah no leería una línea, se publicara a título póstumo.

De muchos diálogos, de conversaciones con sus amigos, con su secretaria y con su viuda, de la recuperación de cientos de cartas que el profesor había enviado mundo adelante (porque era un impenitente conversador epistolar) y de la catalogación de sus escritos y conferencias (algunas emitidas por la BBC con gran éxito) ha salido un fresco deslumbrante en el que el protagonista se adueña del escenario para exhibir las dimensiones de una vida completa que, como escribe Ignatieff, «tomó tres identidades en conflicto, rusa, judía e inglesa, y las trenzó en un personaje en paz consigo mismo».

Toda la literatura rusa iba a ser una de sus especialidades.

Las distintas etapas de construcción de estas tres identidades siguen en el libro el recorrido cronológico. Hijo de un acaudalado negociante en madera, Isaiah Berlin nació en Riga (Estonia) en 1909, y a los seis años se trasladó con su familia a Petrogrado, donde vivió el triunfo de la Revolución bolchevique: de ahí arranca su anticomunismo indeclinable.

Isaiah Berlin en 1983. © Wikimedia Commons

Pronto exhibió una precocidad notable: a los diez años ya había leído Guerra y Paz y Ana Karenina. Tolstói, como toda la literatura rusa, iba a ser una de sus especialidades. Fue el primer occidental que conoció el manuscrito de Doctor Zivago, en un viaje a Rusia, cuando ya era un destacado profesor, en el que vivió la que él consideraba una de las experiencias más fascinantes de su vida: sus encuentros con la poeta disidente, gloria de la cultura rusa, Anna Ajmátova, ferozmente perseguida, como Pasternak, por el régimen de Stalin.

Su madre era una sionista sin fisuras. Su padre, un judío cumplidor, cauto y astuto, que supo escapar de la Rusia revolucionaria para establecerse en Londres, donde Isaiah vivió entre 1921 y 1928. Aprendió prodigiosamente el inglés (su verborrea era legendaria), mostró su talento en los mejores colegios y vio cómo se mantenía la prosperidad familiar.

Berlin recibió en la escuela hebrea su primera instrucción religiosa formal. Siempre tuvo conciencia de su pertenencia al mundo judío. Pero Inglaterra le hizo suyo: toda su vida atribuyó a lo inglés, según Ignatieff, «casi todas las proposiciones de su liberalismo». Coronó su paso por el colegio St. Paul, donde devoró todo tipo de libros, de Dickens a Chesterton, de Huxley a Eliot, con la obtención del premio del colegio por un ensayo sobre el tema de la libertad. Oxford le esperaba con los brazos abiertos.

Tenía la fuerte impresión de que la política llevaba a la gente a cometer tonterías.

La libertad iba a ser ya, por supuesto, la obsesión intelectual de su vida. Por su capacidad de análisis y su confianza en el liberalismo ha pasado a la historia. De Oxford, donde enseñó filosofía e historia de las ideas, saltó al Foreign Office y al Departamento de Estado durante la segunda guerra mundial. Sus sagaces informes suscitaron la curiosidad de Churchill y le convirtieron en una autoridad como politólogo, aunque «tenía la fuerte impresión de que la política llevaba a la gente a cometer tonterías».

Al término de la guerra volvió a casa, pero no se detuvo en su carrera hacia la celebridad. Este capítulo de su biografía Ignatieff lo titula «Fama»: por él desfilan los personajes más relevantes, de Kennedy a Macmillan (que le concedió el título de «Sir»), de Einstein a Stravinsky, que le pidió un libreto para una cantata, que se estrenó en Israel, a donde viajaba con frecuencia.

La libertad iba a ser la obsesión intelectual de su vida. Por su capacidad de análisis y su confianza en el liberalismo ha pasado a la historia.

Porque el perfil judío de Isaiah Berlin es otra característica de este ruso con chaleco de gentleman inglés. Medió entre Weismann y Ben Gurión, dos visiones opuestas del sionismo, y se murió con la preocupación de no haber tomado suficiente partido a favor de quienes concluían sus plegarias con «el año próximo, en Jerusalén».

El perfil judío de Isaiah Berlin es otra característica de este ruso con chaleco de gentleman inglés.

Su ideología liberal, en un siglo marcado por tendencias totalitarias, no le impedía afirmar que era de izquierdas, al tiempo que cumplía con las tradiciones judías. Tuvo sus contradicciones, pero su voz se alzó como un faro de equilibrio. Como concluye Ignatieff en su biografía, «en un siglo oscuro, él demostró cómo debe ser la vida del espíritu: escéptica, irónica, desapasionada y libre».


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Ha sido, a lo largo de su larga trayectoria periodística, director del diario “Madrid” y presidente de la agencia EFE, entre otros muchos cargos.