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SAN PEDRO Y SAN PABLO EN SUS BASÍLICAS

Cuando en enero de 1952 se publicó en Roma el primer volumen de las Exploraciones bajo la Confesión de San Pedro en el Vaticano se pudo decir que, con la segura ayuda de la ciencia, una vieja tradición se había transformado en Historia. Yo mismo lo escribí precisamente con esas palabras dos años más tarde, comentando un excelente libro de la BAC en que el prestigioso arqueólogo Kirschbaum contaba, con un estilo suelto y buen pulso narrativo, las vicisitudes de los trabajos de los sabios y sus sucesivos descubrimientos a varios niveles por debajo de la Confesión de San Pedro en la Basílica vaticana.

Se había hallado el lugar de la tumba de San Pedro, metros más metros menos, en donde desde hacía siglos se creía que estaba. Esa era para los cristianos cultos la noticia romana del año y para historiadores y arqueólogos la respuesta a no pocas preguntas para las que hasta entonces no se había encontrado una explicación satisfactoria. ¿Por qué precisamente allí, e incluso violentando la disposición del terreno, con tanto empeño y tan dilatado esfuerzo, durante casi mil quinientos años la cristiandad, convencida de que se edificaba sobre la tumba de San Pedro, se había propuesto y finalmente había logrado alzar en ese espacio un gran templo dedicado al Príncipe de los Apóstoles?

El 28 de junio de 2009 casi se ha repetido un hecho semejante al que se había vivido más de medio siglo antes. Bajo el papa Pío XII, y en buena medida por su constancia y aliento, se había hallado en 1950 el lugar de la tumba de San Pedro. Ahora, con Benedicto XVI, otra tradición de la era apostólica se ha transformado también en Historia. Se ha encontrado la sepultura de San Pablo. La novedad consiste en que, antes de que sabios especialistas publiquen en eruditas y concienzudas disertaciones el curso y los resultados de sus trabajos, ha sido el propio papa Benedicto, actuando como un reportero que refiere con detalle y con rigor un acontecimiento, el que ha querido informar, personalmente él, de este hallazgo a los cristianos, a la gente culta e incluso a los mas ilustrados de los turistas que en lo sucesivo visiten la llamada Ciudad Eterna.

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En el discurso de clausura del «año Paulino» decretado por el Pontífice para conmemorar el segundo milenario del nacimiento de San Pablo, que año o lustro más o menos debió ocurrir en torno al nueve después de Cristo, Benedicto XVI, como si por un momento se hubiera revestido de su antigua toga doctoral de profesor, ha contado el gran descubrimiento en los siguientes términos: «Esta tarde se concluye el año conmemorativo del nacimiento de San Pablo. Nos encontramos recogidos ante la tumba del apóstol, cuyo sarcófago, conservado bajo el altar papal, recientemente ha sido objeto de un análisis científico. En el sarcófago, que no había sido abierto nunca en tantos siglos, se hizo una pequeñísima perforación para introducir una sonda especial, mediante la cual se han encontrado restos de un precioso tejido de lino de color púrpura, bañado en oro, y de un tejido de color azul con filamentos de lino. Se encontraron también granos de incienso rojo y de sustancias proteicas calcáreas. Además, se han descubierto pequeñísimos fragmentos óseos, que han sido sometidos al examen del carbono 14 por parte de expertos que, sin saber la procedencia, han afirmado que pertenecían a una persona que vivió entre los siglos I y II. Lo cual parece confirmar la unánime y no controvertida tradición de que se trata de los restos mortales del apóstol Pablo. Todo esto llena nuestro ánimo de profunda emoción».

Es seguro que el Papa, que había autorizado, o incluso promovido, el estudio arqueológico, e indudablemente habría seguido muy de cerca los sucesivos pasos de la investigación, cuando se encontró bajo el suelo de la Basílica el sarcófago que describiría en su discurso del 29 de junio, pudo con bastante probabilidad prever cuáles iban a ser sus resultados. Probablemente, lo largo del año paulino si no antes, los estudiosos y el Pontífice se habían formado una idea de la trascendencia de unas conclusiones positivas.

El paralelismo de las vidas de los dos apóstoles, su vinculación con Roma y la común veneración de ambos en la Urbe, cabeza de las cristiandades de todo el orbe, hace pensar que la «profunda emoción» que llenaba el ánimo de Benedicto XVI en su discurso del día 28 era un sentimiento muy arraigado, ya desde antes, en lo más íntimo de su personalidad. Quizá esa emoción pudo en algún momento verse turbada por un asomo de inquietud de que no fuera a salir todo tan bien como se esperaba y se había previsto. Pero afortunadamente no ha sido así.

El feliz descubrimiento de San Pablo Extramuros y lo que enseñan sin palabras las piezas estudiadas, su probable cronología y las conclusiones que de todo ello se deducen presentan un cierto paralelismo con lo que se sabe de la tumba de Pedro en el Vaticano. Cuando se confrontan unas investigaciones con las otras se advierte que la secular, o más bien milenaria, tradición que asocia a los dos principales apóstoles y los hace inseparables era algo que vivían los cristianos de Roma en la primera centuria de nuestra era y que, ahora, «con la ayuda de la ciencia», como decía el Papa, se ha transformado también en Historia.

EL PAPA BENEDICTO Y SUS ENCÍCLICAS

Benedicto XVI, en sus cuatro años de pontificado no ha sido un Papa dedicado a la Historia, ni siquiera a la «sagrada historia» de la Iglesia. Ha sido y es el Pastor «universal» de la Iglesia católica y un maestro de la humanidad en todos los sentidos de esta polisémica expresión: hermano mayor de las otras confesiones cristianas, promotor de la paz entre los pueblos, guía moral de la sociedad civilizada, a la vez que viajero incansable que ha probado que tiene algo que decir y algo que aconsejar para que las mujeres y los hombres de este mundo resuelvan sus problemas o, por lo menos, se propongan hacerlo.

A los pocos días de dar al mundo la noticia del hallazgo de la tumba de San Pablo, a casi dos mil años de su muerte, y sólo unas semanas después de su regreso de Tierra Santa, el papa Benedicto ha ofrecido al mundo su tercera carta encíclica, que, por excepción en estos solemnes documentos pontificios, está dirigida no sólo a los católicos sino «a todos los hombres de buena voluntad».

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Es bastante significativo que el Papa haya regalado al presidente Obama en su visita a la Santa Sede un ejemplar de esta tercera encíclica primorosamente encuadernado. (Se supone que en inglés, porque el presidente le prometió empezar a leerlo esa misma tarde en su vuelo de Roma a Ghana).

Las tres primeras palabras del texto latino de la encíclica –Caritas in Veritate-, que como es tradicional sirven de título al documento pontificio, están inspiradas en la afirmación de San Pablo de que es necesario unir la verdad con la caridad, y a la inversa la caridad con la verdad. «La verdad -dice el Papa- es la luz de la razón y de la fe, por medio de la cual la inteligencia llega a la verdad natural y sobrenatural de la caridad. Sin la verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo».

Encíclica, una voz griega que significa algo así como «carta circular», se llama tradicionalmente desde hace un par de siglos a estos solemnes escritos con que los papas enseñan a los cristianos y ofrecen a todo el mundo las respuestas de la Iglesia a cuestiones, generalmente de cierta actualidad, que tiene planteadas la sociedad humana y que guardan relación con la fe y la moral.

Hasta ahora Benedicto XVI ha publicado tres encíclicas, de las que se puede decir que son como tres grandes capítulos de una teología de la Trinidad y tres respuestas operativas y prácticas, inspiradas por las tres virtudes que la doctrina cristiana llama teologales.

El asunto central de que se ocupa el primero de estos tres solemnes documentos es nada menos que Dios: quién o qué es ese Dios, Padre y creador del universo y del hombre. La respuesta es «amor» –Deus caritas est-. La gran virtud teologal que así lo enseña a los cristianos y sería capaz de ilustrar con tan sabia doctrina a todos los humanos, es la Fe.

Algo semejante se podría afirmar de la segunda encíclica del papa Benedicto, Spe salvi, -Salvados por la esperanza-. El que salva a la humanidad es Jesucristo, el Dios Hijo de la Divina Trinidad. La virtud que anima a los hombres y les guía a esa salvación final es la segunda de las teologales del catecismo cristiano, la Esperanza.

CARITAS IN VERITATE

La nueva encíclica completa el ciclo temario de estas enseñanzas de Benedicto XVI. Las versiones civiles de la caridad cristiana son la fraternidad humana, la solidaridad social y la responsabilidad de todos los hombres y mujeres de este mundo en la suerte de los demás, hermanos suyos también, por diversas que sean sus patrias, su cultura y el color y las facciones de sus rostros. Su presencia en el seno del mundo y en el seno de la Iglesia es la voz del Espíritu -del Espíritu Santo- y la virtud teologal que los une a los cristianos entre sí, y con la Iglesia, es la Caridad.

Esa hermandad universal es anterior a todas las diferencias que han tomado forma y estructura a lo largo de la historia y aun antes, en los oscuros y misteriosos milenios de la existencia de seres humanos en la tierra, en los que no se puede con propiedad hablar de historia.

Es de notar el amplio desarrollo que en esta tercera encíclica hace el Papa de dos referencias de pasado y de presente, que son muy significativas del propósito y de la estructura de este documento.

Una es la alta estimación de la encíclica Populorum Progressio publicada por Pablo VI en 1967, que manifiesta el papa Benedicto destacando su importancia -y casi trascendencia- histórica. El actual Pontífice reafirma su «convicción de que la Populorum Progressio merece ser considerada como la Rerum novarum de la época contemporánea» y que «ilumina el camino de la humanidad en vías de unificación». También podía haber dicho en ese lugar que la humanidad de nuestros días, con conciencia o sin conciencia de ello, se encamina a una verdadera «globalización».

Unas páginas más adelante, la nueva encíclica examina las cuestiones éticas, políticas y económicas que plantea esa «globalización», de las que unas pueden generar o fomentar el desarrollo de que ya hablaba Pablo VI, y otras dificultarlo dando lugar a fenómenos sociales empobrecedores como en el campo cultural el «eclecticismo» y su casi inmediata derivación que sería el predominio del «relativismo». «El desarrollo necesita serante todo auténtico e integral. No basta progresar sólo desde el punto devista económico o tecnológico». En 1967 el gran tema para Pablo VI era el desarrollo de los pueblos, de todo el hombre y de todos los hombres, el tránsito de condiciones menos humanas a condiciones más humanas.

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La otra notable referencia en varios de los capítulos de la actual encíclica es la frecuente contraposición entre «desarrollo» y «subdesarrollo». Las causas de este último, según Pablo VI, no son sólo, ni principalmente de orden material sino que se encuentran en otras dimensiones del hombre: en el desentendimiento de los deberes de solidaridad, o en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos: «una sociedad cada vez más globalizada hace a los hombres más cercanos, pero no más humanos».

El mundo actual, el de Benedicto XVI, no es ya el de Pablo VI. Basta considerar que entonces la actividad económica, la actividad productiva y las inversiones extranjeras se movían en confines limitados, de modo que no en pocos, sino más bien muchos países el Estado podía gobernar el curso de la economía de la nación. Por el contrario, ahora, el poder político de esos mismos Estados se ve limitado en su soberanía por el nuevo contexto internacional económico, comercial y financiero.

El «desarrollo humano» en nuestro tiempo, según la nueva encíclica, no puede ser una simple continuación del que deseaba Pablo VI y que efectivamente ha sacado de la miseria a millones de personas y ha hecho posible que muchos países participen efectivamente en la política internacional. Nuestro tiempo no es el de hace cuarenta años.

«Las fuerzas técnicas que se mueven, las interrelaciones planetarias, los efectos perniciosos sobre la economía real de una actividad financiera mal utilizada y en buena parte especulativa, los imponentes flujos migratorios, frecuentemente provocados y después no gestionados adecuadamente, o la explotación sin regla de los recursos de la tierra, nos inducen hoy -insiste el Papa- a reflexionar sobre las medidas necesarias para solucionar problemas, que no sólo son nuevos respecto a los afrontados por Pablo VI, sino que sobre todo tienen un efecto decisivo para el bien presente y futuro de la humanidad».

Por eso no basta para progresar un desarrollo económico o tecnológico, sino que tiene que ser auténtico e integral. «El nuevo contexto económico, comercial y financiero internacional, con la movilidad de los capitales y de los medios de producción, tanto materiales como inmateriales -dice el Papa-, ha modificado el poder político de los Estados. Es previsible, además, que se fortalezca la participación en la política nacional e internacional de la actuación de organizaciones de la sociedad civil y es de desear que haya mayor participación en la res publica de los ciudadanos».

La movilidad laboral y el desempleo, que mina la libertad de las familias y de las personas, deben recordar a gobernantes y ciudadanos que «el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad». «Los costes humanos, como enseña no sólo la moral sino también la ciencia económica, son también costes económicos, e inversamente las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos».

LOS PUEBLOS: DERECHOS Y DEBERES

La solidaridad ha de entenderse como exigencia planetaria para las personas y las sociedades. Igual ocurre con el respeto a la vida: «La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo». No falta un recuerdo a que la sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción misma de la sociedad.

En su tercer capítulo -Fraternidad, Desarrollo, Sociedad civil- se concluye que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

En sus siguientes capítulos, la encíclica insiste en que «la solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber». Pero ese principio que nadie discute exige una nueva reflexión sobre los derechos y deberes, en la que no se debe olvidar que «la exacerbación de los derechos conduce a un olvido de los deberes. Compartir los deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos».

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En la que podría llamarse segunda parte de Caritas in Veritate, el Papa insiste en la importancia que tienen para el progreso el crecimiento demográfico y la apertura a la vida; en la imprescindible necesidad de la ética para el correcto funcionamiento de la economía, en la cooperación internacional para el desarrollo económico y humano; en la relación del hombre con el ambiente natural que es un don de Dios. «La religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política. La doctrina social de la Iglesia -dice Benedicto- ha nacido para reivindicar esa “carta de ciudadanía” para la religión cristiana».

Fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes del mercado o de políticas de carácter internacional no garantizarán nunca plenamente un verdadero desarrollo. «Son precisos operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común».

La bioética, concretamente, es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral. «La razón sin la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de la propia omnipotencia. La fe sin la razón corre el riesgo de alejarse de la vida concreta de las personas», como se dice en la Instrucción Dignitatis personae.

Pablo VI recordaba que el hombre solo no puede fundar un verdadero humanismo. Pero Benedicto XVI añade que si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de los hijos de Dios, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo al servicio de un humanismo cristiano y verdadero.Teología y moral, filosofía política, económica y social con la sabiduría milenaria y la experiencia de la Iglesia y el acreditado magisterio de Benedicto XVI se dan cita en esta encíclica Caritas in Veritate. Se podría decir que si de Populorum Progressio de Pablo VI pudo decirse que fue la Rerum novarum del siglo XX, Caritas in Veritate, publicada a principios de la actual centuria, es para los cristianos y, en general, para mujeres y hombres de buena voluntad, un programa y guía para dirigir el pensamiento y la acción en el siglo XXI.

EL QUINTO AÑO DEL PAPA BENEDICTO

Durante los cuatro primeros años de su pontificado Benedicto XVI, siguiendo el ejemplo de sus predecesores, Pablo VI y Juan Pablo II, ha sido un Papa viajero que ha protagonizado hasta doce viajes apostólicos fuera de Italia, que le han hecho recorrer casi todas las partes del mundo. Ha estado dos veces en Alemania (Colonia y Regensburg), y una en Polonia, en Turquía, en España (Valencia), en Brasil, en Austria, en los Estados Unidos (donde acudió también a la Organización de las Naciones Unidas), en Australia, en Francia. Y ya en este mismo año de 2009 ha visitado tres repúblicas de África y durante sus siete días de Tierra Santa, Jordania, Israel y los territorios palestinos.

Como cabeza de la Iglesia y sucesor de Pedro ha creado cardenales, ha recibido Jefes de Estado y personalidades públicas, ha acudido casi todas las semanas a las grandes audiencias públicas de los miércoles de San Pedro y además de pronunciar y publicar varios cientos de homilías y los solemnes discursos de las grandes jornadas del año cristiano, ha publicado innumerables escritos teológicos y pastorales y sorprendió a los propios católicos dando a la luz el Jesús de Nazaret en que él, Papa ya, escribe sabia y elocuentemente como el sabio teólogo y escriturista que fue antes de su elección pontifical, llevando su libro a la plaza pública de las librerías y los comentarios profesionales de los críticos y los estudiosos.

También ha tenido que tomar decisiones, consoladoras unas y dolorosas otras, en asuntos internos de la Iglesia. En ellas no se sabe qué es más de admirar si la caridad que ha desplegado en casos difíciles, o las muestras de sincera humildad con que ha dejado asombrados a cristianos y no cristianos por la naturalidad y sencillez con que ha acertado a producirse.

Los católicos y muchos cristianos de otras confesiones le veneran, los grandes de este mundo -políticos, intelectuales, las personalidades de todo orden y los sabios- le respetan. Y casi todos los jefes espirituales y líderes de otras confesiones cristianas y de otras religiones se honran con su trato y agradecen las atenciones que les dispensa. Los medios de comunicación se refieren habitualmente a Benedicto XVI con creciente consideración.


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