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El profesor Borghesi, titular de Filosofía moral en la Universidad de Perugia y ex director de la Cátedra bonaventuriana de la Pontificia Universidad San Buenaventura, en la que continúa impartiendo clases, comienza su obra recordando dos hechos recientes que han sido otros tantos aldabonazos en la conciencia del Occidente secularizado y laicista que reflexiona sobre los fundamentos de la convivencia en un mundo globalizado y, por lo tanto, multicultural, que no alcanza, sin embargo, universalidad de valores y de vivencias de lo sagrado desde la común— —por natural—— dimensión religiosa de nuestro espíritu. Se trata de «dos caídas»: la del muro de Berlín en 1989, y la de las dos Torres Gemelas en 2001. La primera pareció dar por definitivamente abatido el prejuicio antirreligioso en las promesas de «escatología revolucionaria» y terrenalización del Reino de Dios (en gran medida, la secularización del cristianismo preparó el terreno para la sacralización de la historia). La segunda puso traumáticamente de manifiesto hasta qué punto la religión no ha sufrido en todas las culturas el repliegue a la interioridad subjetiva anunciado en el proceso secularizador, sino que, precisamente cuando el sujeto está inmerso en una fe viva y sin fisuras, esta fe inspira y nutre como desde su raíz toda la acción del creyente, que no puede, en coherencia personal y social, situar al margen de la misma los fundamentos de la organización política.

Señala Borghesi que la secularización desarrollada desde los años sesenta no ha acertado en sus pronósticos sobre el final de la religión— —aunque sí nos encontremos al final de la modernidad–—, hablándose ya incluso por parte de algunos autores del inicio de una «desecularización», a la que estaría contribuyendo la presión de la postmodernidad sobre el sentimiento religioso, que renueva aspectos de la antigua Gnosis. El nihilismo contemporáneo ——cuyas raíces están también en el proceso de secularización, gestado en las exigencias de autonomía de la razón promovidas por los filósofos ilustrados—— se mezcla con el retorno a lo sagrado en una continua mutación de formas. Se da, en primer lugar, un nihilismo «antiestético», negador del mundo, que oscila entre orientalismo y gnosis, cuya sistemática demolición de la identidad del yo ha dado paso a un proceso de despersonalización que se abre a la «mística budista de la Nada» o a «la idea gnóstica de la producción de un hombre divino». El yo, escribe Borghesi, «no se soporta, no quiere ser él mismo, sino otro: o nada o Dios».[[wysiwyg_imageupload:873:height=398,width=200]]

Una segunda forma de nihilismo desconfía de la verdad en cuanto expresión de la voluntad de poder: «el pluralismo exige el abandono de la idea de verdad, de su monopolio integrista y totalitario», que se juzga generador de intolerancia y violencia. Esta segunda forma del nihilismo pretende una sublimación «estética» de los conflictos, en que desaparecen las diferencias éticoontológicas, y su relación con lo sagrado «expresa el retorno a una especie de neopaganismo». Concluye el autor que «lo sagrado posmoderno (oriental, gnóstico, neopagano) contribuye así a superar la dimensión personal, libre y responsable, que, como Hegel comprendió muy bien, constituye la gran afirmación de la posición cristiana». Cuando tal dimensión se pierde, «lo sagrado no salva el yo, sino del yo, del peso de la existencia finita y mortal, que se declara ilusoria». Advierte Borghesi, calando hondo, que la persistencia de la pregunta por el significado de la vida y de la muerte, que no acepta la negación del yo que la plantea, se nutre, sin embargo, de una secreta exigencia de redención que presupone el carácter positivo de la existencia, de modo que en ese punto es la muerte, la desaparición del yo, lo que aparece como absurdo, no la vida.

Pasa revista el autor a la relación de razón y fe, de naturaleza y cultura, de lo natural y lo sobrenatural a partir de la encíclica Aeterni Patris. Desfilan por sus páginas sobre todo, aunque no solamente: el neotomismo y su conversión, con Pío X, «en un sistema teológico-filosófico-político monolítico»; Guardini y su elección de una philosophia-theologia cordis, que no significó rechazo del tomismo; Del Noce, Teillhard de Chardin, Blondel, Bobbio…, sin olvidar interesantes referencias a la relación del cristianismo con la Antigüedad greco-latina, así como al agustinismo y a filósofos del XVII, representativos de la modernidad cuyo proceso histórico  se declara hoy concluido. La propia teología cristiana está ajustando, en efecto, sus paradigmas influida, entre otros motivos, por el rechazo postmoderno de la Teodicea, forma del pensamiento fundamentador que centra su metodología en la aplicación de la causalidad, conduciéndonos a inadecuadas representaciones objetivistas, acusadas— —lo cual no deja de invitar a un diálogo crítico—— de evacuar el silencio que se genera en la experiencia profunda del misterio divino y del misterio que constituye el fondo último de lo real.


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