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Pocos son los momentos en que reflexionamos sobre nosotros mismos a través de un análisis científicamente frío, alejado de consideraciones éticas, acerca de cómo y por qué establecemos relaciones con los demás. Ese tipo de “mirada interior” dirigida a lo mental constituye el tipo de conocimiento de la psicología cognitiva: algo complejo, de difícil acceso, pero sin embargo irrenunciable.

Localizado en la historia, el propio pensamiento racional aparece, en sus orígenes, solidario con las estructuras sociales y mentales nacidas en la polis griega. Aquella primera forma de racionalidad no estaba orientada hacia la explotación del medio físico, sino a la experiencia social, a la vida pública como culminación de la actividad humana. Si Aristóteles define al hombre como “animal político” se debe a que la razón misma, en su esencia, es social, y a que las relaciones de los hombres entre sí son su argumento medular. La psicología cognitiva, como un hijo pródigo de la filosofía, ha abandonado a veces sus afanes estrictamente positivistas y se ha vuelto hacia algunos de los interrogantes fundamentales planteados por la filosofía, para indagar en las raíces del conocimiento social y entender, científicamente, la naturaleza humana.

¿Por qué sorprenderse, entonces, ante los consejos de Maquiavelo al Príncipe (“Puedes parecer manso, fiel, humano, religioso, leal y aun serla; pero es menester retener tu alma en tanto acuerdo con tu espíritu, que, en caso necesario, sepas variar de un modo contrario ), cuando lo que hace es pretender enseñar las dimensiones humanas de la realidad política? En verdad, todos somos psicólogos a la hora de manipular o prever el comportamiento ajeno. Lo somos de un modo natural y necesario, como una facultad innata que se enriquece y desarrolla a lo largo del ciclo vital de todo primate humano normal, en contacto permanente con los demás.

Problemas invisibles

A comienzos de los años 70, el investigador en psicología experimental Nicholas Humphrey, de Cambridge, tuvo la oportunidad de trabajar en el campamento de la zoóloga Diane Fossey, en las montañas de Virunga, Ruanda. Durante algunos meses, pudo observar intensamente la actividad diaria delos gorilas de montaña. En apariencia, la vida de esos gorilas era bien simple: comer, dormir y jugar. Pero mientras más los observaba, más crecía su perplejidad: los gorilas poseen un cerebro grande en relación con su cuerpo, lo cual indica una inteligencia considerable, una inteligencia que en el laboratorio ha llegado a demostrarse en el dominio de problemas conceptuales o en el manejo de símbolos. Sin embargo, la realidad era paradójica: los gorilas disponían de una potencia cerebral que nunca aplicaban a una existencia como la suya, tan simple.

Humphrey intentó imaginar de dónde procedían los auténticos problemas de los gorilas y, en el ejercicio, se encontró pensando sobre sí mismo: él no había ido a África por razones únicamente científicas, sino para escapar de una situación familiar difícil. Eran sus problemáticas relaciones sociales no resueltas las que ocupaban permanentemente su mente, y entonces vio a los gorilas desde otro ángulo. Para estos animales, los desafíos de la supervivencia eran una cuestión menor; los problemas surgían a la hora de crear y mantener un grupo estable, a través de las pequeñas y grandes disputas que cubrían una amplia gama de conflictos: dominación social, desacuerdos sobre quién debe copular con quién, precedencias ante una comida favorita, etc. Todo eso daba lugar a disputas, grabadas en las numerosas cicatrices que exhibían los machos y las hembras adultos.

Lo cierto es que, aunque el medio de los primates “sociales” es problemático, su naturaleza está bien definida. La inteligencia necesaria para afrontarlo requiere la flexibilidad intelectual con la que el animal produce estrategias de comportamiento efectivas para la explotación y manipulación de sus congéneres, con los que calcula beneficios y ganancias tanto como las consecuencias de sus propios actos. Todo ello le reporta ventajas individuales, al mismo tiempo que mantiene la cohesión y estructura de su grupo social. El profesor Humphrey acuñó el término “psicología natural” para referirse a esa capacidad indispensable que desarrolla todo primate que vive inserto en un grupo complejo y que le permite la comprensión mutua, la manipulación social, la competencia y el altruismo. Sin embargo, la colaboración mutua es una condición tan natural como la estrategia maquiavélica: entre los animales sociales hay un intercambio incesante de bienes y servicios, pero son manipulaciones de signo bien distinto de las que, como en una especie de sutil compensación, colaboran en la supervivencia del grupo. De hecho, recientemente, en simulaciones computerizadas del “dilema iterado del prisionero”, donde se estudia el resultado de la acción combinada de cooperar y defraudar en generaciones sucesivas, se ha apreciado un sesgo claro hacia la cooperación.

En esta misma línea de investigación, el etólogo Franz de Waal ha trazado un vasto fresco de la vida en común de un grupo de chimpancés en un zoológico de Arnheim, Holanda. Nada más lejos de la conducta de estos animales que la conducta instintiva e impulsiva; en realidad, estos antropoides se comportan con tal flexibilidad que dan la impresión de que saben en cada caso cuáles serán las reacciones de los demás y qué conseguir con ellas. Lo cierto es que, intuitiva o racional, hay allí acción premeditada: la “política” de los chimpancés se desarrolla entre alianzas, coaliciones, engaños y astucias: todos esos son también problemas familiares en el mundo humano, y los chimpancés actúan como si se tratara de la aplicación práctica de los principios que Maquiavelo describía al Príncipe.

La teoría de la mente

Investigando con chimpancés, D. Premack y G. Woodruff (1978), primatólogos, fueron los primeros en plantear la cuestión. ¿Tiene el chimpancé una “teoría de la mente”? Ése fue el título del artículo en el que daban cuenta de un original experimento, en el que la chimpancé Sarah observaba en un vídeo cómo un hombre intentaba resolver problemas tales como alcanzar un racimo de plátanos, por ejemplo, o salir de una jaula, etc.; pero la imagen se congelaba antes de que la acción se completara y, entonces, Sarah debía elegir la solución posible entre cuatro fotografías. Los autores interpretaron sus acertadas elecciones como indicio de que Sarah era capaz de tener una “teoría” sobre lo que sucedía en la mente del protagonista, porque buscaba una salida a su situación: Sarah se hacía cargo, intuía las intenciones y deseos de los hombres cuyas imágenes había observado.

La pregunta en cuestión se mostró sin embargo muy difícil de responder, dando lugar a una intensa actividad investigadora para comprender, por una parte, las etapas evolutivas en la adquisición de una “teoría de la mente” y, por otra, la posibilidad de encontrar estas habilidades en primates no-humanos; algunos psicólogos incluso concentraron sus esfuerzos en detectar la “ausencia” de teoría de la mente, relacionando estas investigaciones con el autismo infantil.

No obstante, hay diferencias sustanciales entre la inteligencia social de los primates humanos y la de los no humanos. Para entender y prever el comportamiento humano -para influir en los demás-, es necesario encontrar una descripción operativa que no se limite solo a los actos observables, sino que explique y permita prever los motivos que inducen a los otros individuos a actuar como lo hacen. Los psicólogos han desarrollado una línea de investigación que ha revelado importantes hallazgos en la descripción de una capacidad mental llamada “teoría de la mente”, término que designa la capacidad de atribuir (ya sea intuyendo, teorizando o imaginando como causas explicativas de la conducta propia y ajena) toda la gama de estados mentales (procesos mentales inobservables, cuya propiedad fundamental es la intencionalidad: por ejemplo, “creer que”, “pensar que”, “sospechar que”, etc.), es decir, deseos, emociones, intenciones, sentimientos o conocimiento.

Esa capacidad tan específica está constituida por un sistema de inferencias que los humanos aplican en la atribución de mente (o de estados mentales) con objeto de desplegar eficazmente las relaciones interpersonales. Los estados mentales, que atribuimos constantemente, son nuestros recursos explicativos para comunicarnos con los demás y con nosotros mismos; si no fuera así, que el lector piense por un momento cuál es el modo en que da cuenta de sus actos a otras personas o a su propia conciencia: probablemente se encuentre leyendo este artículo porque “sintió curiosidad” por el título, o porque creyó que le proporcionaría información que no conocía y ésas son, sin duda, causas del acto de leerlo.

El paradigma cotidiano

El intenso debate suscitado por este planteamiento en relación con los experimentos con monos antropoides obligó a establecer unos criterios claros para la posesión de esa capacidad. Estos criterios se refieren al engaño intencionado, porque es en esta situación donde el usuario debe diferenciar los estados mentales propios (o sea, la forma de representación mental que puede ser falsa o verdadera), de los de creencia de los ajenos. En esa situación, el usuario debe: ser capaz de crear estados de creencia falsa en otros, con el fin de obtener beneficios; ser capaz de reconocer, cuando otro sujeto sostiene una creencia falsa, que no se corresponde con la propia creencia verdadera; o ser capaz de reconocer cuándo otro sujeto intenta crear un estado de creencia distinto al que posee.

Esa competencia, que nos habilita para “leer” la mente de los demás, se define como la facultad de representarnos los estados mentales ajenos y propios, es decir, como la facultad de tener creencias sobre Lis creencias de otros. Por eso, el problema fundamental de la psicología cognitiva es el descubrimiento de la forma en que nuestro conocimiento está representado y organizado en la mente.

La manifestación de esa facultad es muy precoz en los miembros de nuestra especie. En su segundo año de vida, los juegos favoritos de los niños consisten en engañar y en ser engañados, en bromear y simular. El juego del “hacer como si” marca un cambio cualitativo en el desarrollo: el niño comienza a apreciar los estados mentales propios y ajenos (entre otros, el estado mental “simular”) y va ganando complejidad en los dos años siguientes con la comprensión de los estados mentales de “conocer” y “creer”.

Los psicólogos evolutivos han ideado tareas experimentales para probar a qué edad los niños atribuyen propiamente estados mentales de falsa creencia, como prueba inequívoca de entender la diferencia entre lo que uno piensa y lo que piensan los demás. Uno de los más utilizados, por ejemplo, es el “Sally y Ann”. Con la utilización de muñecos, el niño escucha una historia de dos niñas: Sally tiene una canica que guarda en una caja y Ann tiene un canasto vacío. Sally se va a jugar al parque y, mientras tanto, Ann cambia la canica a su canasto. Cuando Sally vuelve, al niño se le pregunta: “¿Dónde buscará Sally su canica?”. Los resultados son estadísticamente consistentes: solo los niños de cuatro años en adelante son capaces de captar la creencia falsa de Sally. El niño necesita “comprender” que si Sally estaba ausente cuando ocurrió el cambio de lugar, no puede estar informada correctamente y, por lo tanto, debe creer —erróneamente-, que la canica está todavía en el lugar original.

Lo desarrollado en estas páginas es necesariamente sucinto, pero las repercusiones de estos hallazgos han supuesto un profundo movimiento “tectónico” en los cimientos de nuestra visión del lenguaje, la comunicación, el desarrollo cognitivo o la comprensión del autismo infantil; en suma, en la explicación ontogenética y filogenética del hombre.

Inevitablemente, la descripción cognitiva de la mente desemboca en los propios interrogantes de los neurólogos acerca del cerebro y, lo que es aún más apasionante, en la posibilidad de coincidir con los filósofos en la comprensión de la naturaleza de la conciencia humana. Como muy bien ha observado el profesor Rivière, “la psicología científica ha soñado la compleja intención de establecer un conocimiento objetivo acerca de las raíces mismas de la subjetividad humana”.


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