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Laudatio de Miguel Ángel Gozalo pronunciada en el acto de entrega del Premio “Antonio Fontán”, el día 13 de octubre de 2011.

Cuando acepté el encargo de hacer la laudatio de Ignacio Camacho, ganador del Premio Antonio Fontán de periodismo político, no imaginaba, por supuesto, en qué jardín me metía. Primero, porque el periodismo, incluso aunque lo pongamos bajo el amparo siempre seguro de don Antonio Fontán, vive un momento complejo y desconcertante; después, porque ¿es necesario que Ignacio Camacho, tan arrollador, tan joven todavía, necesite de alabanzas? ¿No pensará, con Montaigne, que es preferible que se le elogie menos con tal de que se le conozca más?, y, sobre todo, ¿qué puedo añadir yo, veterano gacetillero de la prensa escrita, usuario con reparos de las nuevas tecnologías informativas, a lo que todo el mundo sabe de este gran articulista de ABC, que cosecha premios como otros nos ganamos multas de tráfico?

Pero entonces reparé en el matiz que adorna este último galardón conquistado por este sevillano que ha sido director de ABC, lo de periodismo político, y me imaginé lo que Antonio Fontán me hubiera dicho en el supuesto de que hubiera pretendido rechazar el honor que se me confiere al hacer este panegírico: «Hombre, ¿no hiciste la presentación de Carlos Sentís cuando le dimos el premio Rafael Calvo Serer? ¿Es que los del diario Madrid ya no sois lo que erais? ¿O es que tienes algo contra los andaluces, como Durán Lleida?».

Así que no se hable más, y pechen ustedes con las consecuencias. Es verdad que Carlos Sentís, que entonces tenía 93 lúcidos años y ha vivido en plenitud de facultades y de magisterio hasta casi los cien, aceptó con media sonrisa tolerante que yo recordara su papel eminente en esta profesión, en la que quedan algunos justos para salvarnos a todos, y que recitara algunas de sus recetas para los jóvenes que se inician en este oficio —«en periodismo hace falta contar mejor las cosas que pasan en la calle»—; su definición sobre la tarea de cronista, como le gustaba llamarse, y que era su especialidad: «Las crónicas cogen el tiempo al vuelo, y lo retienen»; y este clarividente consejo sobre la esencia de esta profesión: «Hoy, con tanta técnica e imagen, se olvida la fuerza enorme que tiene la palabra».

Si me atreví con un gran maestro catalán, ¿cómo no hacerlo alguien que ya empieza a hacer historia en la infantería de las letras?

Pero antes de centrarnos en Ignacio Camacho López de Sagredo, que es de los que no olvidan nunca esa fuerza de las palabras, y las pule con primor y las afila como un arma, como el que hace espadas como labios, volvamos al compromiso de este Premio Antonio Fontán con el análisis político. Algo que solo se permiten hacer algunos elegidos en este momento tan confuso de la política.

La necesidad de ese análisis, de ese periodismo que no caiga en la tentación del poder o del dinero, y que no sea, como dijo el expresidente de Chile Ricardo Lagos, en una asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), «periodismo de trinchera al servicio de la guerrilla política de cada día y no de las ideas grandes del país», es evidente. Y hay que agradecer que en España siga habiendo un puñado de columnistas que miran la actualidad sin sectarismos ni anteojeras, y lo hacen, como Camacho, con liberalidad, independencia y brillantez.

Algo de ese espíritu liberal lo aprendimos de Antonio Fontán sus amigos y discípulos, que hoy nos reunimos para recordar una vez más su magisterio y para añadir a su memoria ese rótulo de un premio periodístico con su nombre, que quiere distinguir la excelencia de una tarea arriesgada y fundamental en el mundo de la información.

La política es una materia básica en el periodismo. Y aún más en un país como el nuestro, que, desde la Transición, vive una continuada campaña electoral. El columnista político es un cronista de lo urgente. No solo ha de pararse a distinguir las voces de los ecos, como hacía Antonio Machado, sino que debe adivinar por dónde va el viento de la Historia, ver lo que otros no vislumbran, iluminar lo significativo y filtrar lo reseñable entre la barahúnda de la información incesante.

Es sabido que estamos más comunicados que informados, que la opinión partidaria lo invade todo y que existen profesionales de la manipulación de los mensajes; que la verdad está escondida y hay que buscarla como el grano entre la paja, como decía Indro Montanelli. Pero alguien tiene que hacer esa imprescindible labor de limpieza, de clarificación y de resumen. Alguien tiene que atreverse a criticar con fundamento. Alguien tiene que sacrificarse, desdeñando lo políticamente correcto. Ese artesano de la palabra, que a veces puede parecer un amigo infiel, se llama columnista político.

Muchos de nosotros aprendimos lo que era el periodismo político, ese subrayado de las cosas que de verdad importan, junto a Antonio Fontán en el diario Madrid. Aquel periódico jugó una partida audaz en un momento difícil, aprovechando la apertura controlada que, en 1966, supuso la Ley de Prensa de Fraga, que acababa con una ley de guerra basada en la censura. Todo parecía política en nuestro diario, aunque no lo era. Pero si dábamos en portada una foto de Amancio, un futbolista coruñés del Real Madrid, que había hecho un gran partido, y la titulábamos con resonancias de Cela («El gallego y su cuadrilla»), los censores veían en el título una alusión perniciosa. Si decíamos «Retirarse a tiempo: no al general De Gaulle», el artículo de Calvo Serer se leía al trasluz y nos cerraban cuatro meses. Es una historia conocida: de la apertura controlada a la voladura controlada.

Con ocasión del homenaje que se le tributó en el Senado, en mayo del año 2000, a raíz de la concesión, en Boston, del título de Héroe de la Libertad de Prensa por el Instituto Internacional de Prensa (IPI), Antonio Fontán, catedrático de latín, político (fue primer presidente del Senado en la Transición) y periodista, recordó los años en que dirigió el periódico, que fue cerrado porque su pugnaz independencia se había hecho insoportable para el tardofranquismo, y las tres actividades profesionales a las que él había dedicado sus trabajos y sus días, y a las que solía referirse con nombres que evocaban a la antigua Atenas: la academia, el areópago y el ágora.

La academia era su primera vocación, el mundo de sus latines, como él decía, al que nunca dejó de dedicar su atención; el ágora constituía lo que él llamaba «el templo de la palabra, del servicio público, de la responsabilidad democrática ante los ciudadanos y de la fabricación de las leyes y de la convivencia política de partidos e ideologías que representan al pueblo español». Y el areópago era la prensa y en general los medios de comunicación. ¿Quienes poblaban el areópago? «Su gente son las mujeres y los hombres de la prensa que sirven de vía de comunicación en una sociedad civilizada y moderna y que no dejan de constituir una profesión arriesgada, como hemos tenido que lamentar muy recientemente en el caso de López de la Calle y de los compañeros españoles que fueron anteriormente víctimas de la violencia terrorista y de los que no nos olvidaremos nunca».

José Luis López de la Calle: otro héroe de la libertad de prensa. Un columnista caído, como caen a diario en muchos países, por decir la verdad y opinar en libertad. Su recuerdo hoy sigue siendo oportuno, ahora que algunos quieren que se olvide a las víctimas de ETA, lo que no hizo Fontán aquel día.

En ese mismo acto, al que asistió, convocada por la presidenta del Senado, Esperanza Aguirre, una representación completísima del mundo periodístico, y en el que el entonces vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, impuso a Fontán la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, el antiguo director del diario Madrid evocó el clima que rodeó aquella gran aventura informativa, de cuya brusca in-terrupción, con pretextos administrativos, están a punto de cumplirse ya cuarenta años: «No nos faltaron dificultades y problemas con instituciones y sistemas. Pero tuvimos muy valiosos apoyos y el aliento de gentes que compartían nuestras aspiraciones para el futuro de España, y que ya eran importantes y fueron reconocidas como tales a nivel nacional en los tiempos de la Transición».

En el Madrid se había creado un espíritu de entendimiento y tolerancia política tanto en la redacción como entre los colaboradores. «Defendíamos la libertad de asociación política, no sin cierto criptolenguaje, hablando de grupos políticos, de libertad de asociación sin emplear la palabra partido, propugnábamos la extensión del sufragio», decía Fontán. A la gente del diario Madrid nos gusta hablar de estas cosas, porque, como él nos enseñó, de la mano de su querido Cicerón, es bueno recordar la historia. «Ignorarla es condenarse a ser siempre niños», sentenció el orador latino.

Y, con ese recuerdo y con esa esperanza, es cómo ha surgido este premio de la Fundación Marqués de Guadal-canal, el título nobiliario con el que fue distinguido Antonio Fontán, que aspira a destacar esos valores en un momento en que la información acelerada lo ocupa todo y no nos deja sitio para la reflexión. El medio no solo es el mensaje, sino que se ha convertido, en muchos casos, en mensaje… sin mensaje: un mensaje apresurado, sincopado y superficial. Es como si el grito reemplazase a la frase, como si el boceto sustituyese al cuadro.

¿Cómo tendría que ser el periodismo político en la época en que Twitter nos abruma con su inmediatez? Ser breve, un imperativo de la época, no equivale a ser super-ficial e impreciso. Cuando yo me iniciaba en esta tarea humilde de narrar lo que pasa, que Ignacio Camacho llama de «peones curiosos del viejo oficio de mirar y contar», uno de mis primeros maestros, Rodrigo Royo, lanzó a la calle una publicación innovadora, la revista SP, descendiente de las norteamericanas Time y Newsweek y antecedente de otras muchas españolas, cuyo eslogan publicitario era: «SP no hincha el perro, exprime el limón».

El periodismo español venía de una tradición literaria que transformaba un despacho telegráfico en un relato novelesco. No pasaba solo aquí. Billy Wilder, periodista en Viena antes que formidable guionista y director de cine en Hollywood, escribió de sí mismo: «Yo estaba bien dotado para el periodismo, pues era impertinente y tenía talento para exagerar». Hinchar el perro era tener talento para exagerar.

Rodrigo Royo quería introducir la concisión de la prosa periodística americana, el fulgor de Hemingway, en un escenario lleno de retórica y consignas, de ditirambos y de censura. Pretendía que quienes escribíamos en SP, de forma anónima, porque solo firmaban algunos destacados colaboradores, volviéramos a la línea recta, lo más cerca posible del punto final, como había enseñado Azorín.

Azorín, por cierto, que fue uno de los elegidos que tuvo asiento en la mesa de ABC, el periódico que Gregorio Marañón definió como un vicio nacional y que a lo largo de más de un siglo ha sido un vivero de columnistas luminosos e imprescindibles.

Ignacio Camacho tiene sitio ahora en esa mesa de gloria. Quienes le leemos con devoción a diario no podemos regatearle el aplauso por haber sabido ocupar, con maneras de torero grande, esa esquina que hasta hace poco era de uno de los mejores, Jaime Campmany. Llenar ese hueco en los tiempos de Internet y Steve Jobs, de las redes sociales y la inmediatez atosigante, tiene, concederán ustedes, un mérito indudable, que explica que a este hombre con barba a lo Rajoy y mirada inquisidora, como de rayos X, disimulada tras una aparente miopía, se haya hecho con los principales premios periodísticos: el Cavia, el González Ruano, el Romero Murube, el Unicaja, el de la Fundación Institucional Española… Además, ha escrito libros pegados a la actualidad andaluza, como El huerto del asistente, sobre el caso del hermano de Alfonso Guerra, Sevilla 24 horas, Memoria del paisaje y Crónica de un sueño, ha intervenido en la fundación de El Mundo de Andalucía y se ha asomado a infinidad de ventanas informativas. Y, ahí queda eso, ha dirigido ABC.

En su periódico publica también «terceras», como esta que ha sido distinguida con el Premio Antonio Fontán y en la que, a propósito del concepto de patria, recuperado por una camiseta roja en el Mundial de Sudáfrica, junta dos de sus pasiones: España y el fútbol.

«Una raya en el agua» es el significativo lema de esa columna que Ignacio abre todos los días del año, como si fuera un cajero automático. También lo hacía Campmany. La columna es más que una metáfora. Es una columna de verdad, como aquella en que se apoyaba Alfonso Sánchez en la caricatura de Dávila de la última página de Informaciones. Sobre esas columnas se asienta el periódico, y no pueden fallar ni un día. Da igual que las aguas sean turbulentas, como las que rodean hoy a la isla de Hierro, o apacibles como el estanque del Retiro: la prosa luminosa y pulcra, de raíz inequívocamente andaluza, nos llama la atención sobre algo que es de rigurosa actualidad, y sobre ello el columnista opina, derramando al tiempo su cultura, su talento literario, su memoria y su corazón. El periodismo es la literatura hecha deprisa y la inteligencia es atar los cabos sueltos. La inteligencia del analista político es atar los dos extremos de esa morcilla que es una columna periodística, para apretar bien su compacto y apetitoso contenido.

Una raya en el agua. Recuerda el título de una película de Polanski, Un cuchillo en el agua, y una idea de Bolívar, que decía que hacer una revolución es como arar en el mar. El padre del columnismo, Larra, nos previno contra la feria de las vanidades: escribir en España es llorar, dijo. Camacho escribe como el que traza, humilde y realista, una raya en el mar, pero sabe que, a veces, lo fugitivo permanece y dura, como ha ocurrido esta vez con el artículo que ha merecido esta distinción.

Una raya en el agua es una metáfora certera sobre ese ejercicio de humildad que debiera ser el periodismo. De la convicción de Ignacio Camacho sobre la caducidad de este quehacer da idea el que diga que, como el también andaluz y radiante Manuel Alcántara, vende cada día pescado fresco. Un pescado que hay que consumir pronto, que no tiene que pasar por el congelador. Que es un género, pescado recién pescado, que soporta hasta el calor del verano.

Yo, como dije al comienzo, no se mucho más de Camacho que lo que sabe todo el mundo. Le conocí en el entierro de Jaime Campmany, cuando dirigía ABC, y he almorzado un día con él, para confirmar que era un tipo al que valía la pena elogiar. No le saqué más que una confidencia: que lo que de verdad le apasiona es el fútbol, como a Rajoy y a Rubalcaba, y que cambiaría toda su carrera por poder ser ojeador futbolístico. ¡Qué exageración sevillana!

Termino, porque esta laudatio aspira también a ser pescado del día. No necesito recordarles otras cosas que hace con sorprendente eficacia este filólogo, como participar en tertulias radiofónicas y acudir a esos programas de televisión en los que la palabra no se hereda, sino que se conquista, y hay que apropiársela con un tono de voz lo suficientemente potente como para que al llegar a casa no te digan eso de «has estado muy callado».

Artesano de un saber remoto que ha ido pasando de una generación a otra, devoto de Umbral, conversador fastuoso, madridista en exceso, mudo de enemigos, como Neruda en su autorretrato, Ignacio Camacho es alguien que se levanta, mira el color de la mañana, echa un vistazo a las noticias, y se pregunta: ¿qué tenemos hoy? Y después de cumplir con las obligaciones sociales del reportero —porque el columnista hoy vive entre la gente, asiste a saraos, almuerza con políticos y comenta lo último de Mouriño— se pone ante el ordenador como el pescador se sienta en su barca. En una hora el pescado está vendido.

Solo queda ya que nos ilumine una vez más con su palabra, con esa columna extra de aceptación de este premio tan merecido. Los columnistas, además de lo suyo, a veces tienen que hacer también horas extraordinarias.


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