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De Grecia vino el saber a los latinos “así como viene el arroyo de la fuente”, escribió Alfonso X el Sabio en su ‘General Estoria’, tal como recoge Javier García Gibert en Sobre el viejo humanismo. La admiración y el respeto habían presidido, de hecho, la conquista de Grecia. “Unos conocidos y hermosos versos de Horacio (…) certifican esta insólita seducción del conquistador por el conquistado, que acaso no tenga parangón en la Historia y que basta para hacer brotar nuestra admiración por ambos: La Grecia cautiva cautivó a su fiero vencedor e introdujo las artes en el agreste Lacio” subraya Gibert.

Javier García Gibert: "Sobre el viejo humanismo: exposición y defensa de una tradición", Marcial Pons, 2010
Javier García Gibert: “Sobre el viejo humanismo: exposición y defensa de una tradición”, Marcial Pons, 2010.

Toda la cultura literaria y artística griega, con su perfección técnica, su elevado estilo y su temática histórica, moral y filosófica, fue valorada y asimilada por los latinos hasta constituir la base de su personalidad. En la “orgullosa y omnipotente Roma” (en cuyos teatros se representaban dramas griegos en la lengua de Homero), por primera vez en la Historia, una cultura exterior y anterior a la propia se tomó como estímulo y referente.

Este fenómeno -sintetiza Gibert- “sería el modelo de la tradición humanística, la cual requiere, simultáneamente, admiración y distancia, adhesión y examen crítico, y un elevado patrimonio espiritual –acabado, coherente y complejo- sobre el que meditar. Los romanos hallaron todo eso en la cultura griega”.

Pero no bastaba con la devoción e imitación. “Hacía falta una voluntad integradora -afirma el autor-, una perspectiva dilatada, un proyecto educativo que decantara ese legado y lo armonizara con el nuevo espíritu romano. Esa fue la tarea impagable de Cicerón, que bien puede ser considerado como el verdadero padre del humanismo”.

Cicerón, padre del humanismo

Después de estudiar en Roma con los más ilustres maestros helénicos, Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a.C.) hizo su primer viaje de estudios a Grecia en el año 79 a.C. Su implicación emocional e intelectual con Grecia quedaba sellada para siempre, y en carta a su amigo Ático se reconoce “más filoheleno que nadie”. Desde entonces, su tarea fue lograr la perfecta hibridación entre la cultura griega y la civilización romana, es decir “abrir a mis conciudadanos el camino de los nobles estudios”.

Criterio, clarividencia y elegancia son las claves de su amplio legado, como explica Gibert. Apostará por la libertad de pensamiento, piedra angular del edificio humanista. Y desarrollará su gran proyecto a través de una serie de obras escritas, como por ejemplo De officiis (Los deberes), que serán claves para sentar las bases y definir los intereses del humanismo, y otras más breves, como sus tratados Sobre la vejez y Sobre la amistad en los que Cicerón incide en aspectos de enorme calado para configurar el espíritu humanístico.

En De offíciis -dedicado a su hijo y dirigido a toda la juventud romana- aparece un presupuesto esencial del humanismo: la conciencia del deber por encima del placer, la utilidad o los derechos. El tratado es una reflexión sobre la virtus clásica, donde cobra especial importancia el decorum, antecedente de la cortesía renacentista o la discreción barroca, resumen de una sustancia ética amasada con prudencia, moderación, respeto y equilibrio.

El primer deber del ser humano es cultivar su espíritu, y es mérito de Cicerón haber otorgado a la palabra cultura (del verbo colere, cultivo) el principal de sus significados actuales, trasladando su sentido de la agri cultura a la cultura animi.

Petrarca confesó que le emocionaba el parentesco de espíritu con Cicerón… se hizo escritor gracias a él

En su Defensa del  poeta Arquías  hace Cicerón la primera laudatio (o elogio) de los estudios humanísticos y literarios. Por supuesto, no hay humanismo sin libros, pues las enseñanzas del pasado yacerían en las tinieblas si no concurriera la luz de las letras”, advierte Cicerón. Él mismo es escritor y hombre de letras en toda la extensión y profundidad de la palabra, y como tal ha sido apreciado por los grandes humanistas del Renacimiento. Maquiavelo, Luis Vives, Moro, Erasmo o Castiglione imitaron su estilo, se nutrieron de su sabiduría y compartieron su respeto a la tradición, su responsabilidad social y su buen gusto.

El epistolario de Cicerón –más de ochocientas cartas conservadas-; “y sus dos breves tratados Sobre la amistad y Sobre la vejez pueden explicar, mejor que ninguna otra obra, por qué el autor latino se instaló con tanta fuerza en el corazón de la tradición humanística” señala Gibert.

La extraordinaria sinceridad de sus cartas nos permite conocer su riqueza interior, sus ilusiones y temores, sus esperanzas y frustraciones. Petrarca confesó que le emocionaba el parentesco de espíritu con Cicerón, en temas y en tonos. De hecho se hizo escritor gracias al autor romano. Y es que la amistad será la auténtica razón de ser de esas misivas, que cubrían la distancia con el amigo ausente y proporcionaban un consolador sucedáneo de la conversación.

En Sobre la amistad Cicerón “manifestó en vida no solo un noble reconocimiento por sus maestros sino también una indiscutible lealtad por sus amigos” subraya Gibert. Es verdad que la amistad ya había sido cultivada y ensalzada por los griegos, entre quienes tenía cierto carácter cívico, tendente a la armonía de la polis.

Pero, más en la línea de los estoicos y los epicúreos, Cicerón le da un aliento personal al viejo tema; y lo enfoca, sobre todo, “con ese verdadero sentido humanístico que encuentra en el vínculo amistoso un lazo libre y personal entre almas nobles” explica el autor. Así dibuja una relación ética y noble, lejos de formas indignas, triviales o utilitarias.

Por eso escribe Cicerón: “Cuanto mayor confianza tiene uno en sí mismo, cuanto más armado está uno de virtud y sabiduría, hasta el punto de no necesitar de nadie y de juzgar que tiene dentro de sí todos los bienes, más sobresale en ganar y cultivar amistades”. También afirmará, con Platón y Aristóteles, que la amistad consiste en “hacer de varias almas una sola”, y que debe siempre fundarse en la “admiración” por la virtud ajena.

Elogio de la vejez, como proceso de purificación

Si el tratado de Cicerón sobre la amistad es ejemplar para el proyecto humanista, a García Gibert le parece más importante el tratado De senectute, pues el tema de la vejez no había sido objeto de análisis específico en la cultura griega.

La vejez era en Grecia “mucho peor que la espantosa muerte”, y toda la admiración se reservaba para la juventud. Cicerón será el primero en escribir un tratado para dignificar esa última etapa de la vida.

Dirigido a su amigo Ático, defiende la idea de que “el entendimiento, la razón y la prudencia está en los viejos”. Afirma que, si la vejez puede ser contemplada como un proceso de degradación física, también puede ser un proceso de purificación interior, donde se abandona todo lo que sobra y queda solamente la esencia humana.

El tratado –”espléndida y estimulante reflexión” en palabras de Gibert- está salpicado de ejemplos históricos, frases célebres e ideas memorables. Por boca de Catón, Cicerón concluye con el apunte característico de un humanista: tras expresar su ausencia de temor a la muerte, manifiesta su impaciencia por reunirse con amigos y familiares ya fallecidos y, por supuesto, con los grandes hombres y escritores del pasado. El valor de este tratado fue apreciado pronto, y más tarde reconocido por los grandes humanistas del Renacimiento. Era uno de esos libros que Erasmo decía besar antes de leerlo, como recoge el autor de Sobre el viejo humanismo.

Los viejos representan la acción fecundante del pasado sobre el presente, para alumbrar el futuro. Eso es lo que Cicerón representa para el humanismo. Su extraordinario valor no consiste sólo en actuar de nexo entre el mundo griego y el romano, sino también entre el mundo pagano y el inminente aporte del cristianismo, que asumió en gran parte su pensamiento.

Hay que subrayar, finalmente, que el autor romano concede gran importancia a la palabra, de suerte que la elocuencia es para él el arte supremo del humanismo. Y por eso concibe la Retórica como una disciplina de carácter integral, con contenido ético y filosófico al servicio de la verdad. En sus obras sobre oratoria declara la inutilidad de la sabiduría sin elocuencia y el peligro de la elocuencia sin sabiduría. El escritor que, además de dominar la palabra, tiene formación filosófica y principios éticos, se convierte en un ciudadano valioso para la república. Por el contrario, la deserción de la palabra perjudica a la sociedad

“Los tratados oratorios de Cicerón son verdaderos programas culturales que tomaban a la Retórica como núcleo de estudios humanísticos” explica Gibert.

Estos concedían enorme importancia al conocimiento de la Historia, que para Cicerón es nada menos que “testigo verdadero de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajera del pasado”. Por eso, quien la desconoce “será siempre un niño”, llega a decir. La memoria es fundamental para el humanista, para el orador, pues permite retener el pasado y ejercer la prudencia.

Virgilio, la ficción al servicio de la gloria de Roma

Al impagable legado de Cicerón debía sumarse Virgilio (70-19 a.C.), el autor de la Eneida. Gracias a Dante, Virgilio también será “nexo estratégico entre el mundo pagano y el mundo cristiano, entre el rico tesoro de la sabiduría antigua y el nuevo mundo de referencias y aspiraciones inaugurado por Cristo”, como resume el autor del libro.

 Cicerón era un ensayista, no un autor de ficción. Virgilio será el primer autor que preste al humanismo un alto grado de conciencia literaria. Su obra, según Gibert “supone la entrada definitiva de la Literatura en el marco fundacional del humanismo de Roma”.

Se trata de un artista en toda la extensión de la palabra, pues convierte en materia estética todo lo que toca, con tal perfeccionismo que quiso quemar el manuscrito de la Eneida. A sus espaldas tiene una tradición cultural de muchos siglos, y exhibe sus influencias con orgullo. Toda su obra puede ser entendida como un homenaje a los maestros helenos: Homero, Hesíodo, los trágicos…

Así, cuando Virgilio aborde en las Geórgicas, las tareas agrícolas y ganaderas del mundo rural, lo hará desde la sublimación estética, salpicando los versos con ideas éticas, políticas y culturales, dando lugar a una cosmovisión propia. La apacible vida rural está “lejos de las armas que sirven al odio”, entre “novillas glotonas” y “golondrinas parlanchinas”, donde “las endivias se alegran con los riachuelos en que beben” y la hormiga “teme por su vejez menesterosa”, y donde el campesino es ese hombre “feliz” que “conoce a los dioses rústicos”.

Virgilio, sin embargo, estaba llamado a una obra de enorme trascendencia. “Financiado por Mecenas, honrado y protegido por Augusto, estimulado por la selecta amistad de Horacio y admirado por el conjunto de sus compatriotas, que lo consideraban elegido de las Musas, Virgilio no podía por menos que corresponder con un poema a la altura de esas expectativas” como cuenta Gibert.

Concibe entonces la historia del héroe troyano Eneas, un exiliado como Ulises, pero con un designio superior: no volver al hogar, sino fundar uno nuevo. Así escribe un poema para la gloria eterna de Roma, y al mismo tiempo un proyecto de acción civilizadora, “un dulce sueño de paz y de justicia perpetuas y universales”, como apostilla Gibert, a la mayor gloria del emperador Augusto.

El autor subraya la huella de Virgilio en la literatura occidental, desde Cervantes a Dostoyevski, pasando por Steinbeck 

Desde el punto de vista literario, la Eneida se aleja del acerado universo homérico, pues, como se explica en Sobre el viejo humanismo:  “introduce emoción y calidez en la tragedia épica e inaugura para el mundo clásico ese tono patético –ese pathos- que estaba presente en los relatos bíblicos (el episodio del sacrificio de Isaac o la visita de Saúl a la pitonisa de Endor, por poner dos casos célebres), pero que brillaba por su ausencia en la literatura griega”.

Virgilio sabe apelar al corazón y a la cabeza, evitando la carga morbosa, la grandilocuencia efectista y la sensiblería melodramática. La situación patética no vuelve lastimoso o miserable al personaje que la padece, sino que lo agranda y ennoblece.

En ese registro, Virgilio es tan conmovedor, tan sostenido su tono emocional, que suele mover al llanto tanto al lector como al espectador. “Esa humanizadora tonalidad patética ha sido una de las mayores deudas virgilianas que ha contraído la literatura de Occidente”. Precisamente por ese pathos emocional, tan próximo a los textos de la Biblia, así como por su estilo profético y su indudable sensibilidad religiosa, la incipiente Iglesia vio en Virgilio un anima naturaliter cristiana (una alma cristiana por naturaleza), señala Gibert. Por eso no es extraño que, en la larga tradición del humanismo cristiano, sus versos fueran fuente principal de inspiración (“y hasta de saqueo” llega a decir Gibert) de los mejores poetas.

El autor subraya la huella de Virgilio en la literatura occidental, singularmente en lo que llama “los cultivadores de lo patético”, desde Cervantes a Dostoyevski, pasando por Steinbeck “y el tremendo y conmovedor final de Las uvas de la ira”.

La autenticidad existencial de Horacio

Con toda su grandeza, el mundo de Virgilio se ciñó a lo pastoril, lo agrícola y lo épico. Tuvo que ser su amigo Horacio (65 – 8 a.C.) quien abriera las puertas y ventanas de la poesía a la vida misma, a lo cotidiano. Fue también Horacio un literato que reflexionó sobre su propia tarea, y que en su Epístola a los pisones o Arte poética nos regaló una magnífica teoría literaria, donde se dan la mano la sensatez, el buen gusto y la ironía.

Su poesía –dirá- es leve, pacífica y humilde, inadecuada para cantar las glorias de los vencedores en la guerra, pero muy apta para “contar los combates de las muchachas contra los jóvenes”. Y para mucho más, pues en el abanico de sus temas aparecen todos los ámbitos de la existencia, desde los más profundos y elevados hasta los más bajos y ligeros.

Pero la novedad de Horacio no reside tanto en los temas como en su peculiar registro emocional -cínico, irónico, confesional-, que le convierte en un poeta moderno. “Convencido de la degeneración de los tiempos y de la culpable endeblez moral de sus contemporáneos”, gusta de la independencia y del retiro en su casa de campo, lejos de los poderosos.

Estamos, sin duda, ante “el primer autor que crea una obra poética existencial”, como afirma Gibert, en la que se transparenta su modo de ver y de vivir la vida: un discreto epicureísmo que resume en comer con apetito, tener salud y envejecer con la cabeza lúcida.

Sus conocidos tópicos –el aurea mediocritas, o “dorada medianía”; el beatus ille o “dichoso aquel… que se retira a la vida sencilla del campo; y el carpe diem o “disfruta el momento”- fluyen en sus versos con la naturalidad de una fuente de experiencia y sabiduría, no como cuñas filosóficas. Horacio consigue dar a esas ideas una formulación modélica, una fuerza y una humanitas especialísimas.

El rasgo más relevante de la poesía horaciana es -en opinión de García Gibert- una militante conciencia de su singularidad, frente a los legítimos deseos de los otros y, sobre todo, frente “a las vanas o perversas aspiraciones de la mayoría”.

Hijo de un liberto, Horacio no elogia la nobleza hereditaria, sino la nobleza de espíritu

Su Arte poética es, entre otras cosas, un tratado contra la mediocridad literaria, donde se muestra intolerante con el atrevimiento de los incompetentes. “Escribir malas obras es innecesario, y no hay razón para que el no dotado se deshonre a sí mismo, degrade el Arte y colme la paciencia de los demás”.

El acercamiento a lo cotidiano de Horacio no se confunde con la vulgaridad, sino todo lo contrario.  El buen gusto (recte sapere), fundamental para escribir bien, debe ir acompañado de la rectitud de vida (recte agere, recte vivere). Pero Horacio es consciente de perseguir un ideal ajeno a la mayoría, y por eso se ve a sí mismo muy lejos del vulgo (a vulgo longe). El vulgo es mezquino, pérfido, inconstante y profano, incapaz de valorar lo mejor de la vida: la virtud, la filosofía, la poesía. El término “vulgo” no designa a una clase social, sino al conjunto de personas frívolas y mediocres.

En consecuencia, Horacio, hijo de un liberto, no elogia la nobleza hereditaria, sino la nobleza de espíritu, consciente de que ambas se encuentran en cualquier estrato social.

Será precisamente la tradición humanista (reforzada por el cristianismo) la que establezca la idea del honor fundado en el saber y la virtud, no en la sangre o el linaje. Al tiempo que San Pablo predicaba la igualdad esencial de todos los seres humanos por su condición de hijos de Dios, Séneca afirmaba que no hay que fijarse “de dónde vienen sino hacia dónde van los hombres”, explica Gibert.

El vulgo y el sabio siempre han ido en barcos distintos, y no tiene sentido que la demagogia intelectual intente ocultar esa realidad, cuando la masa no tiene inconveniente en regodearse en su vulgaridad. Como apunta el autor, Luis Vives recordaba que “Sócrates tuvo siempre por sospechoso al pueblo, a quien acostumbraba llamar “gran maestro del error e intérprete perverso de la verdad”, porque veía que, por lo regular, “lo peor era del agrado de la mayoría”. Por eso el humanismo no será nunca mayoritario.

Séneca:  la razón virtuosa universal

Junto a Cicerón, Virgilio y Horacio, Séneca (4 – 65 d. C) se alza como la cuarta columna latina de la tradición humanística. De su actividad literaria nos quedan nueve tragedias, que siguen el modelo clásico de los griegos. En especial en Medea, cuya protagonista “no sabe frenar las iras ni los amores”, donde se representa la contrafigura del sabio estoico y se cumple plenamente la catarsis.

En Roma ejerció Séneca la abogacía con éxito, y desempeñó diversas funciones políticas. Fue preceptor del joven Nerón. Pasados los sesenta, se retiró a su villa y redactó sus grandes obras morales. Nerón, ya en el poder, dando crédito a una calumnia le ordenó quitarse la vida.

En su retiro resumió su visión ética y existencial en 124 Epístolas morales, algunas de ellas verdaderos tratados. Están dirigidas a su joven amigo Lucilio, que detentaba un cargo oficial en Siracusa. La prosa didáctica es de frase breve, con un ingenio conceptual y una retórica que no eliminan la impresión la viveza y naturalidad. Abundan las anécdotas, los encuentros y conversaciones con amigos, estados de salud, predisposiciones anímicas… “No es placer sino provecho lo que tienen que producir nuestras palabras”, dirá; pero estamos ante un consumado estilista.

El pensamiento de Séneca se encuadra en la tradición estoica del helenismo. Reclama el derecho a buscar la sabiduría donde se encuentre, pues “no somos súbditos de un solo rey”. Admira el carácter ennoblecedor de la doctrina platónica, que tiene la virtud de enaltecer la dignidad del ser humano y hacerle más fuerte ante las contingencias del mundo.

En la quinta epístola situará la singularidad del humanista en el terreno moral, concretada “en la empresa única de ser mejor cada día”, pero sin separarse de “las costumbres corrientes de los hombres”. Séneca anima a vivir en el mundo sin ser mundano. Apela constantemente al retiro del sabio, a evitar en lo posible el trato con la turba, pues desafina el alma. Como en Horacio, su concepto de vulgo es interclasista, pues “el alma recta, buena y grande” puede alojarse indistintamente “en un caballero romano, en un liberto o en un esclavo”.

En Séneca encontramos siempre, como telón de fondo, la realidad divina y la trascendencia del alma. Afirma –frente a Epicuro- que el culto debido a los dioses es sobre todo creer en ellos, en su bondad, en su poder soberano y rector del mundo, y en su voluntad de amparo hacia el género humano.

“El genuino sentido religioso del humanismo viene encarnado por Séneca en todos sus puntos -explica García Gibert-: creencia en el misterio divino, que limita y al mismo tiempo dota de sentido las acciones humanas, rechazo a la concepción utilitaria y externa del culto, y tendencia a una interiorización efectiva de lo trascendente. Estos aspectos configuran por entero la breve y hermosa epístola XLI, que es la sensible manifestación del tan discreto pero tan profundo espíritu religioso que anidaba en Séneca”.

No hace falta –escribe Séneca- “alzar las manos al cielo” ni “hablar al oído de la estatua” del templo, pues “Dios se halla cerca de ti, está contigo, dentro de ti. Sí, Lucilio, un espíritu sagrado reside dentro de nosotros”. Al final de la carta, ese espíritu divino se define como “la razón perfecta en el alma” (ratio in animo perfecta).

Séneca celebra la belleza moral de ciertas conductas ante la enfermedad, la traición y la muerte

El sabio es, por tanto, la máxima encarnación del hombre religioso, y la gran tarea que le propone Séneca será precisamente el reconocimiento de esa fuerza divina. Por eso el filósofo fue rápidamente adoptado –como sus admirados Cicerón y Virgilio- por el cristianismo, hasta el punto de fabricarse la leyenda de una imaginaria correspondencia epistolar entre él y San Pablo.

Su creencia en una razón virtuosa universal –común a romanos y bárbaros, libres y esclavos-; su concepción de la vida como una esforzada milicia orientada hacia el bien; su firme creencia en un espíritu divino en el alma del hombre; son -explica Gibert- algunas de las razones que explican esa cristianización.

Filosofía y sabiduría son -en los clásicos- conceptos equivalentes. Pero nadie como Séneca expuso de forma tan clara y contundente la épica y la estética de la sabiduría. Compara al sabio con el médico, el soldado, el gladiador y el atleta, pues todos ellos viven la vida como un servicio a los demás y una lucha cuyo triunfo es la victoria sobre uno mismo.

Al mismo tiempo, la sabiduría es un arte (sapientia ars est) y el sabio es un artista consciente y refinado de su propia vida. En esa línea, Séneca celebra con entusiasmo la belleza moral de ciertas conductas, de la compostura y la entereza ante la enfermedad, la pobreza, el destierro, la traición o la muerte. “Grande es Escipión sitiando a Numancia, pero también es grande el alma de los sitiados”, dirá.

Estoicismo no siempre equivale a rigorismo

Al estoicismo se le reprocha cierto rigorismo ético. Consciente de esa crítica, Séneca responde que la ascética estoica busca la liberación de las esclavitudes pasionales, sin anular “aquello a lo que tienes inclinación y que juzgas necesario, útil y agradable para la vida”. Parte de la base de que “nadie puede llevar una vida feliz sin aspirar a la sabiduría”, y aconseja a Lucilio que nunca vaya escaso de alegría.

El sabio se conforma con poco, pero no solo se conforma, sino que se contenta. “La filosofía exige frugalidad, pero no castigo”. ¿Se puede hablar del rigorismo ético de un estoico que, en el ámbito pagano, hace la primera defensa de un trato digno e igualatorio con los esclavos? Séneca afirma que, por mandato de la Naturaleza, “todas las manos han de estar prontas a socorrer a los necesitados”.

Sabe lo que es dolerse y llorar la muerte de un ser querido, pero avisa que “también en las lágrimas puede haber necedad”. Lección pertinente y muy actual, comenta García Gibert, dada la propensión plañidera del individuo moderno.

La enseñanza estoica impartida por Séneca es una suerte de sabiduría con vocación y carácter. Su lucha por la impasibilidad del ánimo y contra los miedos que anidan en el alma, resulta curiosamente cercana a las sensibilidades orientales.

La reflexión sobre el deseo y la codicia como fuentes principales del sufrimiento, ¿no relacionan su pensamiento con el budismo? se pregunta Gibert. Su permanente hincapié en la intención de la acciones, no en el éxito, ¿no se emparenta con la esencia del hinduismo y con el Bagavaad Gita -”biblia espiritual del hinduísmo”-? “Y es que el valor del viejo humanismo”, concluye el autor, “radica también en que sus lecciones no solo han fundado la tradición de Occidente, sino que conectan –más y mejor que las enseñanzas modernas- con lo más alto y granado de la sabiduría universal”.

Próxima entrega:

Sobre el viejo humanismo (y III): la catálisis cristiana


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José Ramón Ayllón (Cantabria, 1955) estudió Filosofía y Letras en las universidades de Oviedo y Valladolid. Desde hace 20 años da clases de literatura, ética y filosofía. Es autor de “Querido Bruto”. Asimismo, ha publicado la novela juvenil “Vigo es Vivaldi” y varios ensayos: “En torno al hombre”, una introducción a la filosofía renovadora, “Desfile de modelos”, que quedó finalista en el Premio de Ensayo Anagrama 1996, “Ética razonada”, “¿Es la filosofía un cuento chino?” y “El hombre que fue Chestertón”, este último de la editorial Palabra, publicado en 2017.