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La verdadera intención de los libros gusta de esconderse en los subtítulos, mientras que en los títulos se intenta llamar la atención del distraído lector. Calamares a la romana nos anima a abrir boca con un apetitoso guiño de barra de bar concurrida y animada. Es una sabrosa invitación que Del Río cumple con creces. Pero en el subtítulo se nos explica: «Somos romanos, aunque no nos demos cuenta». He ahí el mensaje de fondo que un libro tan chispeante en su superficie quiere dejarnos claro. También lo logra.

Predominan las citas de los autores hispanos, como Marcial y Séneca, además de presumir de los emperadores de la tierra: Trajano, Adriano y Teodosio.

Gracias a un despliegue continuo de argumentos y anécdotas. A los romanos debemos los almendros (que introdujeron en la península); el haba del roscón de Reyes y, en consecuencia, la expresión tontolaba; los spa (salus per aquam); la siesta; las cremas antiarrugas; las comunidades de vecinos; los veraneos en la costa; el falo apotropaico; la importancia del patio y de la biblioteca en las casas, etc. Por cierto que, a raíz de esto último, hace, entre paréntesis, el único comentario impaciente de todo el libro, que me ha producido un estremecimiento de estrecha empatía: «Las casas típicas y los cortijos de Andalucía mantienen la estructura original de la domus romana (cuando leo que es influencia árabe, me desespero)».

Emilio del Río: «Calamares a la romana»

El lector de Calamares a la romana, entre risa y carcajada, asombro y curiosidad, saldrá con dos certezas: una, somos los legítimos herederos de Roma y, dos, la actualidad de nuestros clásicos es indiscutible. La joven escritora Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) autora de El infinito en un junco (Siruela, 2020), recopiló una serie de artículos en Alguien habló de nosotros (Contraseña, 2017) que subrayaban la idea de que lo que se pensó, escribió, sintió y vivió en la Europa clásica sigue interpelándonos hoy muy directamente. El libro de Emilio del Río es igualmente una recopilación, en este caso de intervenciones radiofónicas en los programas No es un día cualquiera y Las mañanas de Pepa Fernández. Compartiendo el espíritu con Alguien habló de nosotros, la peculiaridad de Calamares a la romana es, por un lado, su tono más intencionadamente humorístico y, por otro, su apuesta, más que por los grandes momentos del pensamiento y la lírica clásicas, por la vida ordinaria de los romanos, cuya huella pervive aún en la nuestra. Ambas características, más una continua preocupación del autor por usar un lenguaje cuidadosamente coloquial y por hacer a toda costa rítmicas referencias a la cultura pop, en general, y a la Movida de los años 80 en particular, producen una efervescente sensación de cercanía. Sensación que contribuye a afianzar la idea central de Del Río: somos romanísimos.

No quiere decir que no recurra a los modelos literarios e históricos, sino que prima en sus citas las descripciones de la vida cotidiana de los romanos, más que las muestras de la sabiduría eterna. Intencionadamente o no, predominan las citas de los autores hispanos, como Marcial y Séneca, además de presumir (con motivo) de los emperadores de la tierra: Trajano, Adriano y Teodosio. No es un resabio de localismo, sino una muestra más del modo natural de ser romanos que es el nuestro.

El libro se concentra en convencernos, con una sonrisa y una sorpresa en cada página, de nuestra condición de romanos contemporáneos de pura cepa

Sin duda, esta muy constatada romanidad tiene consecuencias sociales y culturales, tanto por la vigencia de los valores clásicos como por la importancia del estudio de su cultura y sus idiomas, pero el extrovertido Del Río prefiere guardar un elegante silencio sobre esos corolarios lógicos. Es el lector el que tiene que sacarlos por su cuenta y riesgo. Para el lector de Nueva Revista, será fácil recordar el fundamento de la herencia romana en la construcción de Occidente o la idea esencial de Rémi Brague de  que «Ser romano es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter».

Cabe suponer que Emilio del Río estaría muy satisfecho de que sacásemos esas implicaciones y otras más, pero su trabajo se concentra en convencernos, con una sonrisa y una sorpresa en cada página, de nuestra condición de romanos contemporáneos de pura cepa. De lo que al lector de Calamares a la romana no le cabe duda.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.