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Los autores, dos de los economistas más afamados en la actualidad, premios Nobel de Economía 2019, junto con Michael Kremer, debutaron en su faceta de divulgadores del desarrollo con su libro Repensar la pobreza: Un giro radical en la lucha contra la desigualdad global.

Buena economía para tiempos difíciles
Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo,
Editorial Taurus, 2020. 490 páginas.
23,90 euros (papel), 12,99 (digital).

Con la humildad propia de los grandes pensadores, Duflo y Banerjee aspiran, con Buena economía para tiempos difíciles, a divulgar los impactos positivos que tienen la teoría económica, que se publica en los libros y artículos de investigación, en las medidas concretas que mejoran la vida de gente que habita nuestro planeta.

Es por ello un libro imprescindible y fácil de leer, repleto de citas de otros grandes economistas. Además, los autores repasan algunos axiomas del pensamiento económico convencional, con el máximo respeto, pero también con espíritu crítico, con el fin de construir una “caja de herramientas” que sea realmente útil para la elaboración de la política económica. Siendo capaces de demostrar que la ciencia económica puede abordar los problemas y las realidades importantes de nuestro mundo: populismo, racismo, descarbonización, crecimiento económico, redistribución de la renta, avance tecnológico, libre comercio, etc.

En esta reseña nos vamos a centrar en cuatro aspectos del libro que pueden relanzar el crecimiento económico de los países: la inmigración, el desarrollo económico, el crecimiento de la población y la discusión sobre el proteccionismo.

El debate sobre el crecimiento

Una de las grandes preguntas que se plantean los autores es si hemos llegado al fin del crecimiento, es decir, si la economía global ha alcanzado el estado estacionario. En el capítulo 5º, titulado ¿El fin del crecimiento (económico)?, se comparan las teorías de los que piensan que la economía está y seguirá estancada (crecimiento 0%) frente a los que creen que el progreso económico seguirá avanzando. Así, citan al economista y profesor universitario Alvin Hansen, que acuñó la teoría del “estancamiento secular”, en el marco de la Gran Depresión, cuando se desató la mayor crisis económica del siglo XX y que dejó grandes secuelas en los años posteriores. La percepción de Hansen era que “la economía estadounidense nunca volvería a crecer porque todos los factores del crecimiento ya habían tenido lugar. En particular, pensaba, el progreso tecnológico y el crecimiento de la población habían terminado” (pág. 191).

El término estancamiento secular fue retomado en el año 2013 por Larry Summers, quien buscaba encontrar una explicación a la lenta recuperación de la economía tras la Gran Recesión iniciada en 2008. Afortunadamente, la historia ha demostrado lo contrario: la mayoría de quienes crecimos en Occidente, en las últimas ocho décadas, lo hicimos con un rápido crecimiento o con padres acostumbrados a aumentar su bienestar. ¿Qué es lo que ha hecho posible este crecimiento? Sin duda, el aumento de los factores de la producción: capital, trabajo, recursos naturales y conocimientos. Sobre todo, el avance tecnológico y su difusión. Así, a medida que crece el desarrollo científico, lo hace también la frontera del conocimiento. En este sentido, Paul Romer, premio Nobel de Economía en 2018, y uno de los economistas más citados en el libro, asegura que el cambio tecnológico permite rendimientos crecientes en la economía.

Además, y gracias a la Industria 4.0 (4ª Revolución Industrial), se produce con más rapidez la difusión de la innovación mediante el aumento de la transferencia internacional de la tecnología y del comercio internacional. Esos intercambios de información tecnológica permiten que se produzca un efecto similar al del incremento de la población, es decir, cuando el número de individuos aumenta, la capacidad de desarrollar ideas innovadoras también lo hace y con ello el crecimiento económico. El desarrollo tecnológico favorece, por tanto, economías de escala que producen rendimientos crecientes.

Las evidencias sugieren que incluso los grandes episodios de inmigración casi no tienen un efecto negativo en los salarios o en las perspectivas laborales de la población a la que llegan los inmigrantes

En este sentido los autores afirman que los países emergentes están actualizando sus tecnologías con mayor rapidez que los países desarrollados. “Por supuesto, las innovaciones más vistosas, los coches sin conductor y las impresoras 3D de cada época, siempre estarán en los países más avanzados, pero gran parte de la actualización tecnológica consiste en pasar de la tecnología de anteayer a la de ayer. Normalmente esto es más fácil que flanquear la frontera, porque ya se ha hecho y sabemos exactamente cómo hacerlo. Es cuestión de utilizar lo que está disponible en lugar de concebir algo nuevo” (pág. 301).

La aportación de los inmigrantes

Precisamente uno de los factores que permite el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico, que vimos en el aparatado anterior, es la aportación de los inmigrantes. De ahí que el libro desmitifique algunos sofismas que una parte de los ciudadanos en general, y los políticos en particular, dan por ciertos. Para ello utilizan trabajos empíricos y experimentos económicos que se han ido realizando en las últimas décadas y que demuestran, por ejemplo, que los inmigrantes no quitan puestos de trabajo a los nacionales de un país y, en cambio, añaden valor a la economía. Se aborda, literalmente, “un intenso debate en la profesión económica, pero las evidencias sugieren que incluso los grandes episodios de inmigración casi no tienen un efecto negativo en los salarios o en las perspectivas laborales de la población a la que llegan los inmigrantes” (pág. 35).

Según la crítica, el libro sabe dar respuestas sencillas y convincentes a problemas graves de la actualidad económica: desde el fenómeno del estancamiento económico hasta el equilibrio ecológico

Además, muchos de los inmigrantes o sus descendientes han sido grandes emprendedores. En 2017, de las quinientas compañías estadounidenses con mayores ingresos (lista Fortune 500), el 43% habían sido fundadas o cofundadas por inmigrantes o por sus hijos. Los ejemplos son numerosos, baste destacar algunos: Henry Ford era hijo de inmigrante irlandés, el padre biológico de Steve Jobs era natural de Siria, Sergey Brin (cofundador de Google junto a Larry Page) nació en Rusia, y el apellido de Jeff Bezos (Director Ejecutivo de Amazon), proviene de su padrastro, el inmigrante cubano Bezos. Sin embargo, durante la presidencia de Donald Trump, la idea dominante en EEUU era que “los inmigrantes no solo se quedan con nuestros trabajos, son criminales y violadores que amenazan la supervivencia misma de los blancos” (pág. 142). Se trata de una ira declarada hacia los extranjeros, que va mucho más allá del puro resentimiento económico. Resulta curioso que en EEUU cuantos menos inmigrantes viven en un estado (caso de Wyoming, Alabama, Virginia Occidental, Kentucky y Arkansas), menos aceptados son. Como toda clase de discriminación, la historia del racismo está llena de odio, y se basa en la ignorancia (falta de educación) y en el temor a lo distinto. El temor es la emoción más fácil de usar y manipular en la política. Ese temor que amenaza una supuesta posición económica o social.

El crecimiento de la población

Junto con la inmigración, los autores no se olvidan de un factor íntimamente relacionado: la importancia del crecimiento de la población. Para ello ponen dos ejemplos: Japón y China. Así, señalan que, en 1979, Japón se iba a convertir en la primera potencia mundial, lo tenía todo para superar a los EE.UU. (en términos de renta per cápita): elevado nivel educativo, avanzado nivel tecnológico, buenas relaciones laborales, baja criminalidad, sector público competente, etc. Sin embargo, la tasa de crecimiento se estancó. ¿Cuál fue la causa? Banerjee y Duflo muestran como la “baja tasa de fertilidad y la ausencia casi completa de inmigración hicieron que Japón empezara a envejecer rápidamente” (pág. 249). Así, a finales de la década de 1990, la población en edad de trabajar alcanzó su máximo histórico, y, desde entonces, ha ido descendiendo, lo que significa que para mantener una elevada tasa de crecimiento deberían tener un avance tecnológico aún más rápido. En definitiva, que para que Japón hubiera alcanzado a los EEUU, debería haberse producido algún milagro que lograse que su fuerza laboral fuera o más abundante y/o más productiva.

Los autores quieren mostrar que la fecundidad genera progreso. Para que haya un gran tenista, argumentan, debe haber antes cientos de niños jugando al tenis

El ejemplo de Japón es importante porque China quizá, en el futuro, se podría enfrentar a los mismos problemas que Japón. Y aunque ahora, ciertamente, está creciendo muy rápido para ponerse a la altura de EEUU (en términos per cápita), sin embargo, los resultados de la política del hijo único podrían generar una ralentización del crecimiento. En concreto China está pasando de una tasa anual de crecimiento del 10% en los últimos 40 años a una del 5%. Entonces si, por ejemplo, EEUU sigue creciendo al 1,5% China tardará al menos 35 años en igualar a EEUU en términos de ingreso per cápita (pág. 250).

Con estos dos ejemplos, los autores quieren mostrar que la fecundidad genera progreso técnico. Esto puede sorprender a algunos, pero es lo que se constata empíricamente. Para que haya un gran tenista debe haber antes cientos de niños jugando al tenis y, consecuentemente, padres que los traigan al mundo y que les animen a hacerlo. Lo mismo ocurre con los profesionales de la ingeniería, la investigación y el desarrollo: hay que crear cantera.

¿Librecambio o proteccionismo?

También el comercio internacional es un factor que contribuye poderosamente a aumentar el crecimiento de los países. Hace más de 200 años que dos británicos (que fueron precisamente los padres de la economía) Adam Smith y David Ricardo, demostraron los beneficios que genera el comercio internacional sobre el crecimiento de las economías. De ahí que la mayoría de los economistas defiendan la libertad de comercio como un instrumento que mejora las condiciones de vida y de trabajo de la población mundial. A pesar de las discrepancias que suele haber entre los economistas, sin embargo, su opinión sobre el proteccionismo es casi unánime. Así, Mankiw, G. y Taylor, M. en su libro Economía (Paraninfo, 2017, pág. 33), recogen una encuesta en la que el 93% de los expertos coinciden en que los aranceles sobre las importaciones normalmente reducen el bienestar general. No se puede olvidar que proteger es eliminar el mejor estímulo que tienen las empresas y los países para mejorar la competitividad.

Todos los antecedentes históricos han sido malos para el proteccionismo; en América Latina, la estrategia de Sustitución de Importaciones (políticas que sustituyeron las exportaciones por la producción interna) tuvo consecuencias económicas fatales; la URSS, que parecía que era uno de los países más ricos del mundo, colapsó económicamente, entre otros motivos, porque los bienes y servicios que producía eran incapaces de competir en los mercados internacionales; China en la época de Mao (una economía cerrada al exterior) obtuvo resultados económicos desastrosos; en España los veinte años de autarquía (1939-59) generaron un aparato productivo ineficiente.

Todos los países que liberalizaron el comercio, según los autores,  tuvieron un crecimiento económico más rápido que aquellos que defendieron sus economías de las importaciones procedentes del exterior

En cambio, cuando las economías se abren al comercio internacional, consiguen resultados muy alentadores: asignan mejor sus recursos. Los autores muestran como los cambios de estrategia de algunas economías hacia una mayor apertura les permiten alcanzar un elevado nivel de crecimiento económico. Ejemplos no faltan: India desde 1990; algo muy parecido ocurrió en Chile a partir de 1973, con la llegada de Pinochet; en China, con las reformas de Deng Xiaoping, a partir de 1979; en Corea del Sur, cuando se convirtió en un país industrializado a comienzos de la década de 1960, y en Vietnam en la década de 1990. Pero al mismo tiempo, en estos países junto con el trigo de la mejor asignación de recursos y la reducción de la pobreza, aparece la cizaña de la desigualdad.

En todas estas historias de éxito, la desigualdad (que no la pobreza) se ha incrementado de manera drástica. ¿Entonces para que abrirse al exterior? Es evidente que el tipo de control estatal extremo en el que muchas de esas economías operaban antes de la liberalización era muy efectivo a la hora de reducir las desigualdades, “pero tenía un elevado coste por lo que respecta al crecimiento económico” (pág. 80).

Los autores señalan que, para responder a este tipo de preguntas (¿Librecambio o proteccionismo?), los economistas suelen comparar países y también, dentro de un país, su evolución histórica. Se intenta contrastar así y de forma empírica las hipótesis. La idea básica que se obtiene de esta comparación es sencilla; todos los países que liberalizaron el comercio tuvieron un crecimiento económico más rápido que aquellos que defendieron sus economías de las importaciones procedentes del exterior. Los resultados son favorables al comercio.

A modo de conclusión

En resumen, este nuevo libro de Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo propone políticas públicas claras y operativas dirigidas a los profesionales de la economía, empresarios, y en general, a los ciudadanos interesados por la situación económica del mundo. Ha tenido críticas muy positivas que proceden de personas de formación económica muy dispar y de los más prestigiosos medios de comunicación. Bill Gates, Yanis Varoufakis, William Easterly, Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal, etc. señalan que el libro sabe dar respuestas sencillas y convincentes a problemas graves de la actualidad económica: desde el fenómeno del estancamiento económico hasta el equilibrio ecológico, pasando por la política de identidad. El libro es especialmente seductor cuando los autores están dispuestos a ir más allá de los límites de su disciplina.

La buena economía, hecha de forma honesta y no al servicio de otros propósitos, puede ser muy útil para mejorar la vida de la gente. Este libro es buen ejemplo de ello.


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Rafael Pampillón es profesor de Economía en el IE Business School. Doctor en Ciencias Económicas y empresariales por la Universidad de Barcelona y MBA por IESE, ha sido decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Extremadura y profesor de Política Económica en la Universidad de Barcelona. Autor de diversos libros, entre los que destaca El déficit tecnológico español (IEE, 1991), Análisis económico de países (McGraw-Hill, 1999, segunda edición), Economía mundial (Universitas, 1995) y El nuevo modelo económico de Iberoamérica (1996).