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Con sus luces y sus sombras, las que corresponden a una institución en parte divina y en parte humana, en la historia de la Iglesia, desde el primer pontífice, San Pedro, hasta nuestros días, cada Papa recibe una misión de acuerdo a las circunstancias del tiempo en el que le es encomendado desempeñar su ministerio. De sobra es conocida la misión histórica y espiritual llevada a cabo por Juan Pablo II en relación con la caída de los regímenes totalitarios del este de Europa, formados después de las dramáticas experiencias bélicas vividas en el continente. Pero, tras el derrumbamiento del «Telón de acero» en 1989 y los hechos desencadenados en años sucesivos, el pontífice polaco no dio por finalizada su misión sino que alertó de «la presencia de otra ideología del mal, tal vez más insidiosa y celada, que intenta instrumentalizar incluso los derechos del hombre contra el hombre y contra la familia»1. Como muestra de ello, en una entrevista realizada en 1998 a Massimo D’Alema, el mandatario político que llegaría a ser primer ministro de Italia, hablando sobre el protagonismo de Juan Pablo II en la caída del comunismo señalaba que «ha sido el Papa que ha advertido de la necesidad de combatir la idea falsa de que la caída del comunismo significaba el fin de la historia»2. Y así era, porque el mismo Juan Pablo II se preguntaba un año antes: «¿No será que tras la caída de un muro, el muro visible, se ha descubierto otro, el invisible, que sigue dividiendo nuestro continente; el muro que atraviesa los corazones de los hombres? Se trata de un muro hecho de miedo y de agresividad, de falta de comprensión de los hombres de distinto origen, de distinto color de piel, de distintas convicciones religiosas; es el muro del egoísmo político y económico, de la debilitación de la sensibilidad sobre el valor de la vida humana y la dignidad de todo hombre. Hasta los indudables éxitos en el campo económico, político y social no disimulan la existencia de dicho muro. Su sombra se extiende por toda Europa»3.

Aquella era una advertencia que ha pasado a formar parte de un modo esencial del legado que Juan Pablo II ha dejado a su sucesor en el trono de Pedro, Benedicto XVI, el Papa que, tras haber sido veintitrés años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha sido llamado a enfrentarse con ese muro invisible. Un «telón» que por estar hecho de aleación de libertad y nuevo moralismo es de igual o mayor espesura que el más concentrado de todos los aceros. Un «telón» que Benedicto XVI parece dispuesto a combatir no sólo desde catedrales y explanadas al aire libre sino también desde «los grandes areópagos de la cultura y en los foros internacionales de la vida artística, social, económica y política»4.

EUROPA EN LA CRISIS DE LAS CULTURAS

En los últimos años se ha difundido la idea de la necesidad de una Europa unida y, como consecuencia de ello, se ha tratado de dar un impulso al proceso de construcción europea. Una nueva Europa que sigue cometiendo el error de dejar de lado su bagaje espiritual, de anularlo, porque sólo parece ver en él una limitación a sus ansias de grandeza. Se fortalece el desequilibrio entre la capacidad científica y técnica, y la fuerza moral. El hombre debe hacer todo lo que puede hacer sin cortapisas, sin norma moral que le coarte. Una libertad que se vuelve contra el propio ser humano por la despersonalización de la que termina siendo víctima. «Y lo peor, lo que nos ha dejado más sorprendidos en el siglo pasado y comienzos de éste, es que la mayor parte de los atropellos y los crímenes masivos se han cometido en nombre de algún extraño tipo de teoría que recibió en su momento el aplauso de millones de personas»5.

El hombre ya no tiene valor por sí mismo. Se pierde de vista el hecho de que «las grandes conquistas morales de la humanidad son tan razonables y verdaderas como las adquisiciones de la ciencia de la naturaleza y de la técnica»6. Y como señalaba Benedicto X V I en su última conferencia como cardenal: «El hombre sabe clonar hombres, y por eso lo hace. El hombre sabe usar hombres como almacén de órganos para otros hombres, y por ello lo hace; lo hace porque parece que es una exigencia de su libertad. El hombre sabe construir bombas atómicas y por ello las hace, estando, en línea de principio, también dispuesto a usarlas. Al final hasta el terrorismo se basa en esta modalidad de autoautorización del hombre»7.

De igual modo, Juan Pablo II señalaba que «el peligro de la situación actual consiste en que, en el uso de la libertad, se pretende prescindir de la dimensión ética de la consideración del bien y el mal moral. Ciertos modos de entender la libertad, que hoy tienen gran eco en la opinión pública, distraen la atención del hombre sobre la responsabilidad ética. Hoy se hace hincapié únicamente en la libertad. Se dice que lo importante es ser libre; serlo del todo, sin frenos ni ataduras, obrando según los propios juicios que, en realidad, son frecuentemente simples caprichos». Y advierte de que «aunque una forma tal de liberalismo merece el calificativo de simplista, su influjo es potencialmente devastador»8.

Si ese concepto de libertad es la piedra angular sobre la que Europa desea asentar su proyecto común, la Unión no va por buen camino. Benedicto XVI es consciente de ello y su preocupación por este tema ha estado presente en todos sus escritos e intervenciones. Resume sus propuestas para responder a las amenazas del relativismo con los siguientes enunciados9:

a ) El Estado no es fuente de verdad ni de moral. El Estado no es absoluto.
b ) El fin del Estado no puede ser el de garantizar la mera libertad sin contenido; precisa del conocimiento del Bien y de la Verdad.
c ) El Estado debe aceptar que el conocimiento del Bien y de la Verdad le vienen «desde fuera», no nace en sí mismo; el afirmar que el conocimiento del Bien y de la Verdad le adviene «desde fuera» es lo mismo que reconocer que se puede adquirir desde la pura evidencia de la razón y está abierta a la experiencia y tradición religiosa. En esta afirmación se hallan ecos de la posterior discusión de J. Ratzinger con J. Habermas.
d) La fe cristiana se ha revelado como la cultura más universal y racional, y ofrece a la razón el sistema fundamental del conocimiento moral; el fundamento esencial le viene al Estado «desde fuera», desde una razón que ha ido madurando históricamente desde la fe.
e) La Iglesia es para el Estado algo «exterior». La Iglesia debe hacer resplandecer la verdad moral para que sea perceptible a todos los ciudadanos.

A la vez, con la mirada puesta en el proceso de la modernidad, propio de la cultura nacida en Europa, llama la atención sobre lo que se refleja en el Tratado de la Constitución Europea, anotando los fundamentos morales que no deberían silenciarse10:

a) La dignidad y derechos humanos son valores que preceden a cualquier jurisdicción estatal; no son creados por el Estado ni conferidos a los ciudadanos. Los derechos de la persona nos reenvían al Creador; sólo Dios puede establecer valores que se fundan en la esencia del hombre y que son intangibles.
b) La recta concepción del matrimonio y de la familia ha dado a Europa un rostro singular, y en ellos se refleja la identidad europea. Europa ya no sería Europa si esta célula fundamental desapareciese y fuese esencialmente cambiada.
c) El respeto por lo sagrado, el respeto a Dios. La profanidad absoluta que ha ido invadiendo Occidente es algo profundamente extraño a sí mismo.

LA CULTURA DEL AMOR

A muchos pudo sorprender que la primera encíclica escrita por Benedicto XVI tuviera como motivo central el «amor». Pero Deus Caritas est también es un elemento de transición entre el pontificado de Juan Pablo II y el del nuevo Papa. Si dos muros diferentes se han levantado ante dos Papas distintos, uno supo enfrentarse al primero con la valentía propia sólo de los grandes hombres, la que le llevo a decir sin miedo al mundo que debía escapar a las cadenas ominosas del totalitarismo comunista; el otro tiene intención de derruir el suyo a través de la inteligencia con la que poder hablar de tú a tú a los dictadores de la cultura que manejan los hilos que mueven el mundo. Y se propone hacerlo de manera que la fe resulte atractiva y asequible a las personas de nuestro tiempo.

Si sus estilos son diferentes, ambos acuden a un mismo denominador común, la Divina Misericordia, en definitiva, el amor, para hacer caer los muros del odio. Juan Pablo II canonizó a sor Faustina, monja pregonera del mensaje según el cual la única manera de contrarrestar el mal de ideologías como el comunismo o el nazismo es que Dios es Misericordia. Tiene su importancia que el propio Juan Pablo II falleciera en la víspera de aquella nueva fiesta de la Iglesia que él mismo instauró. Por su parte, Benedicto X V I convierte este mensaje en el título y motivo central de su primera encíclica, una manera de mostrar al mundo la única base verdadera sobre la que poder reconstruir la civilización occidental. El Papa sobre el que muchos habían difundido la imagen de «inquisidor» decepcionaba a sus detractores.

BENEDICTO XVI EN ESPAÑA

Al contrario de lo que muchos imaginaban, Benedicto X V I no es un Papa estático. Lo ha demostrado afrontando ya en los comienzos de su pontificado varios viajes y jornadas que a pesar de celebrarse cada cierto tiempo han coincidido con su recién estrenado ministerio. Ocurrió así el pasado mes de agosto cuando participó en las jornadas de la juventud. En aquella ocasión, con un aliciente sentimental para el propio pontífice, puesto que tuvieron lugar en Colonia, en su Alemania natal.

Recientemente, Benedicto XVI ha visitado España por primera vez desde que fue elegido Papa. Lo ha hecho con motivo del V Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Valencia. Aunque muchos le habían conocido cuando era cardenal, tenían gran curiosidad por saber cómo se comportaría en su nuevo papel de Vicario de Cristo. También eran previsibles las comparaciones con su predecesor que tanto había cautivado a los españoles estableciendo una relación de complicidad mutua, en muchas ocasiones demostrada con expresiones de cariño y simpatía no previstas en el guión. Baste recordar su último encuentro con los jóvenes españoles celebrado en el aeródromo de Cuatro Vientos, cuando al decir que habían pasado cincuenta y seis años desde que fuera ordenado a la edad de veintiséis, se quedó en silencio esperando que los asistentes hicieran la cuenta para acabar diciéndoles con énfasis «¡Un joven de ochenta y dos años!». Aquel encuentro sonaba a despedida.

Está claro que Benedicto XVI no es igual que Juan Pablo II, pero es igualmente buena la impresión que ha causado en su visita a Valencia. La sensación de orfandad y desconsuelo que pudo dejar a los fieles la ausencia de Juan Pablo II, el Papa amigo que ocupó más de veinticinco años el trono de Pedro, comienza a desaparecer al escuchar tras la fumata blanca el nombre de su sucesor, pero cuando se conoce de cerca a Benedicto XVI el sentimiento de filiación se restituye completamente. Se podía intuir este hecho pero en Valencia se ha consumado. «El abuelo del mundo», le llamó el actor italiano Lino Banfi en mitad de su testimonio, frase que repitió el Papa durante sus palabras al termino de la vigilia cuando hacía referencia a la importancia del papel de los abuelos en el seno de las familias.

Benedicto XVI y el muro invisible.jpg

Pero no sólo ha causado buena impresión entre los cientos de peregrinos que acudieron a Valencia, también lo ha hecho ante las principales autoridades de nuestro país. Entre los comentarios de muchas de las personalidades que se dieron cita en el encuentro, la opinión más generalizada ha sido la de que Benedicto XVI, sin caer en ninguna clase de mimetismo con Juan Pablo II, refleja la misma fuerza y capacidad de abstraerse del entorno a la vez que lo cautiva demostrando ser un hombre de Dios consciente de su misión.

DE «LA CIUDAD SOBRE EL MONTE » A BENEDICTO XVI

Cuando el 20 de abril de 2005 el cardenal protodiácono Jorge Arturo Medina anunció desde el balcón de la plaza de San Pedro el nombre elegido por el nuevo Papa, «Benedicto XVI», aquel sobrenombre pudo resultar extraño a muchos fieles congregados allí y a la multitud de personas que se reunían en torno a los medios de comunicación para conocer el resultado impredecible del cónclave. Minutos más tarde, los analistas ya informaban de las posibles razones que habían llevado al cardenal alemán Joseph Ratzinger a realizar aquella elección.

Pero bastaba con leer su última conferencia, Europa en la crisis de las culturas, impartida en el monasterio de Santa Escolástica al recibir el premio «San Benito por la promoción de la vida y de la familia». En ella, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, demandaba la necesidad que Europa tiene de hombres como Benito de Nursia, «quien en un tiempo de disipación y decadencia, penetró en la soledad más profunda logrando, después de todas las purificaciones que tuvo que sufrir, alzarse hasta la luz, regresar y fundar Montecasino, “la ciudad sobre el monte” que, con tantas ruinas, reunió las fuerzas de las que se formó un mundo nuevo». Continuaba Ratzinger, «hombres que hagan creíble a Dios en este mundo, hombres cuyo intelecto sea iluminado por la luz de Dios y a quienes Dios abra el corazón, de manera que su intelecto pueda hablar al intelecto de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de los demás»11. Parece que sólo los hombres que reúnan estas características son los llamados a derruir el muro invisible que nos separa de los demás y de nosotros mismos.

A continuación reproducimos algunos extractos de las palabras de Benedicto XVI en la vigilia y en la misa de clausura del V Encuentro Mundial de las familias celebrado en Valencia.

La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor

Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana. Así lo enseña en su Magisterio: «Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, “de manera que ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 6)» (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, 337) .

La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente. Ella misma se apoya sobre todo en una profunda relación interpersonal entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y comprensión mutua. Para ello recibe la abundante ayuda de Dios en el sacramento del matrimonio, que comporta verdadera vocación a la santidad. Ojalá que los hijos contemplen más los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, pues el amor entre el padre y la madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les enseña la belleza del amor fiel y duradero. La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro de los esposos durante toda su vida. Es un bien insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos.

Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido por sí solo los conocimientos elementales para la vida. Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección en relación y comunión amorosa con los demás.

La familia como lugar de encuentro forman personas en donde se transmite la fe y se libres y responsables

Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una de las tareas más grandes de la familia es la de formar personas libres y responsables. Por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante algún tiempo son tutores. Si éstos ven que sus padres — y en general los adultos que les rodean— viven la vida con alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades, crecerá en ellos más fácilmente ese gozo profundo de vivir que les ayudará a superar con acierto los posibles obstáculos y contrariedades que conlleva la vida humana. Además, cuando la familia no se cierra en sí misma, los hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre todos los seres humanos.

Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas e instituciones como la parroquia, la escuela o las asociaciones católicas, es una responsabilidad que los padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente. «La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos» (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, 350). Y además: «Los padres, partícipes de la paternidad divina, son los primeros responsables de la educación de sus hijos y los primeros anunciadores de la fe. Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como personas y como hijos de Dios […] En especial, tienen la misión de educarlos en la fe cristiana» (ibíd., 460).

Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios.

Promover los valores del matrimonio

Este encuentro da nuevo aliento para seguir anunciando el Evangelio de la familia, reafirmar su vigencia e identidad basada en el matrimonio abierto al don generoso de la vida, y donde se acompaña a los hijos en su crecimiento corporal y espiritual. De este modo se contrarresta un hedonismo muy difundido, que banaliza las relaciones humanas y las vacía de su genuino valor y belleza. Promover los valores del matrimonio no impide gustar plenamente la felicidad que el hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo. La fe y la ética cristiana, pues, no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo más sano, fuerte y realmente libre. Para ello, el amor humano necesita ser purificado y madurar para ser plenamente humano y principio de una alegría verdadera y duradera (cf. Discurso en San Juan de Letrán, 5 junio 2006).

La Iglesia nos enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es, además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar a esta institución es uno de los mayores servicios que se pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la verdadera libertad de la persona humana.

Propuesta a los gobernantes y legisladores

Invito, pues, a los gobernantes y legisladores a reflexionar sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la sociedad, como recuerda la Santa Sede en la Carta de los Derechos de la Familia. El objeto de las leyes es el bien integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y aspiraciones. Esto es una ayuda notable a la sociedad, de la cual no se puede privar y para los pueblos es una salvaguarda y una purificación. Además, la familia es una escuela de humanización del hombre, para que crezca hasta hacerse verdaderamente hombre. En este sentido, la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad de hijos.

La criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase de insidias y amenazas.

Sobre el papel de los abuelos

Deseo referirme ahora a los abuelos, tan importantes en las familias. Yo soy el abuelo del mundo, hemos escuchado ahora. Ellos pueden ser — y son tantas veces— los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía de la muerte.

La verdadera libertad del ser humano

En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos. Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe ponerse todo grupo social.

La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del ser humano proviene de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es educación de la libertad y para la libertad. «Nosotros hacemos el bien no como esclavos, que no son libres de obrar de otra manera, sino que lo hacemos porque tenemos personalmente la responsabilidad con respecto al mundo; porque amamos la verdad y el bien, porque amamos a Dios mismo y, por tanto, también a sus criaturas. Ésta es la libertad verdadera, a la que el Espíritu Santo quiere llevarnos» (Homilía en la vigilia de Pentecostés, L’Osservatore Romano, edic. lengua española, 9-6-2006, p. 6).

 

NOTAS

1 Juan Pablo II, Memoria e identidad, La esfera de los libros, 2005.
2José Ramón Garitagoitia, Juan Pablo II y Europa. Rialp, 2004.
3 Ídem 2.
4 Aurelio Fernández, «De Joseph Ratzinger a Benedicto XVI», artículo publicado en el número noventa y nueve de Nueva Revista. Mayo/Junio 2005.
5 Alejandro Llano, La vida lograda, Ariel, 2002.
6 Eugenio Romero Pose, Raíces cristianas de Europa, Ediciones San Pablo, 2006.
7 Joseph Ratzinger, Europa en la crisis de las culturas, Conferencia impartida en Subiaco (Italia) con motivo del premio «San Benito a la promoción de la vida y de la familia en Europa», 2005.
8 Juan Pablo II, Memoria e identidad, La esfera de los libros, 2005.
9 Ídem 5.
10 Ídem 5 y 8.
11 Ídem 6.


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