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Cuando estalla en París la revolución de 1848, el joven escritor Iván Turguénev, de apenas treinta años, escribe en su cuaderno: “¡Una revolución sin mí!”. “En media hora estaba vestido y camino de la estación para subirse a un tren con destino a la capital francesa”. Lo cuenta el historiador Orlando Figes, y esa imagen de Turguénev yendo en tren a la revolución sintetiza bien la importancia del ferrocarril, que está en la base de los cambios ocurridos en la segunda mitad del siglo XIX, cambios (sobre todo culturales) que son el objeto de su último libro.

“Los europeos”,
Orlando Figes
TAURUS, 2020.
672 páginas, 26.50€

Profesor en la Universidad de Londres, Orlando Figes (1959) se ha especializado en historia de Rusia. En este campo, su obra más importante es una muy galardonada historia de la revolución rusa. Pero es también autor de El baile de Natacha. Una historia cultural de Rusia y de un curioso trabajo sobre la represión estaliniana, Los que susurran, muy basado en las vidas privadas y testimonios personales de quienes la sufrieron (todos, disponibles en español en Edhasa).

El que presenta ahora (Los europeos. Tres vidas y el nacimiento de la cultura cosmopolita, Taurus) se puede emparentar con facilidad con los dos últimos: se trata de historia cultural de tono narrativo y tiene como hilo argumental las tres vidas del subtítulo. Estas son las del escritor Iván Turguénev (1818-1883) y el matrimonio compuesto por la cantante de origen español Pauline Viardot (1821-1910; de soltera, García) y el multifacético Louis Viardot (1800-1883). Los tres, además de formar un triángulo amistoso y amoroso, constituyeron el núcleo de un entramado de relaciones y contactos que dio excelentes resultados culturales a lo largo del siglo XIX.

UNA NUEVA ERA DE LA CULTURA EUROPEA

Su madurez personal coincidió con la llegada del ferrocarril, invento representativo del siglo que es el otro gran protagonista del relato, sin el cual nada de lo que ocurrió y pormenorizadamente recoge Figes hubiera sido posible. Los ferrocarriles trajeron una nueva era para la cultura europea. Al acortar drásticamente los tiempos de los viajes acercaron a unos europeos a otros, facilitaron intercambios, abrieron mercados (para los libros, los cuadros o las partituras), permitieron giras de orquestas y lograron, en fin, que un número considerable de europeos reconociera sus rasgos comunes, “su propia europeidad, los valores e ideales que compartían con otros pueblos de Europa, por encima de su nacionalidad particular”. La era del ferrocarril trajo el primer periodo de la globalización cultural. La conclusión es también una premisa del libro, ya que en sus páginas se contempla a Europa como un todo.

Sin el ferrocarril, invento representativo del siglo XIX, nada de lo que ocurrió -recoge Figes pormenorizadamente-hubiera sido posible

Alrededor de la columna vertebral que es la cronología y la trayectoria vital de los tres protagonistas –que, sin ser omnipresentes, nunca desaparecen del relato-, Los europeos toca multitud de asuntos, referidos especialmente a la ópera, la música, el arte y la literatura, pero también el ocio y los viajes, relacionándolos siempre con el mercado y los aspectos económicos, deteniéndose muy a menudo en los precios de las obras o los sueldos de los artistas.

Trabajo de más que notable erudición, combina los datos y argumentos que sustentan la tesis principal (la formación de esa cultura europea o cosmopolita) con una gran cantidad de información que no excluye detalles curiosos, poco conocidos del lector medio, como el punto de partida que La educación sentimental tiene en la propia biografía de Flaubert o que la primera vez que se interpretó el dueto amoroso de la segunda parte de Tristán e Isolda fuera a cargo del propio Wagner y Pauline Viardot en la casa parisina de esta. Sirvan estos dos ejemplos como mínima muestra de la erudición y el tono del libro, así como de lo que le cabe esperar al lector.

También serán muchos los lectores que descubran en estas páginas al atractivo matrimonio Viardot. Hermana de la cantante María Malibrán, ella pertenecía a una de las varias familias de cantantes, bailarines o instrumentistas existentes a la sazón; sólo que la suya fue “la de más talento, la más prolífica y la que mayor éxito alcanzó”, o, al decir de Franz Liszt, “una familia donde el genio parecía ser hereditario”. Para George Sand, que la tomó como modelo de uno de sus personajes, encarnaba el ideal feminista de libertad y autonomía artísticas. Él, una de las principales figuras de los círculos intelectuales de París a finales de los 30, fue un activista republicano con una filosofía cultural internacionalista, editor, director de ópera, investigador especializado en España, crítico, escritor, traductor, experto en arte, coleccionista, lo más parecido a un hombre del Renacimiento en el siglo XIX. De carácter apacible, llevó con elegancia las relaciones de su joven mujer con Turguénev, del que nunca dejó se ser amigo. Alrededor del trío, aparecen con mayor o menor intensidad nombres como Rossini, Schumann, Meyerbeer, Offenbach, George Sand, Chopin, Wagner, Gounod, Flaubert, Courbet, Dickens, Berlioz, Victor Hugo, Dostoievski, Henry James…

REVOLUCIONES CULTURALES Y CAMBIOS TECNOLÓGICOS

Figes, que toca muy de pasada las importantes revoluciones políticas del periodo (las Jornadas de 1830 que acabaron con la Restauración y entronizaron al rey burgués Luis Felipe, la primavera de los pueblos del 48 o la Comuna de París del 71, si bien constata que la segunda pasó de parisina a europea por los periódicos, el telégrafo y el tren), entra a fondo en las revoluciones culturales, propiciadas por cambios tecnológicos, que le interesan y son objeto de su trabajo. El primero de los cambios tecnológicos –queda dicho- fue el ferrocarril, que hizo que circularan con más rapidez las mercancías, pero también las personas y, junto con el telégrafo, las cartas, las noticias y la información, todo lo cual produjo un mayor sentido general de pertenencia a Europa y el desarrollo de una cultura paneuropea. El ferrocarril impulsó la circulación internacional de la música, la literatura y el arte europeos, hizo que los costes del transporte de libros experimentaran una reducción drástica y que surgieran librerías en las ciudades de provincias. El ferrocarril rediseñó el mapa cultural de Europa. Otro invento importante fue la litografía, que creó la industria de las partituras, la cual cambió a su vez la forma en que los compositores se ganaban la vida, y abrió un mercado internacional para las reproducciones baratas de libros y cuadros. Junto a estos cambios tecnológicos hubo otros de distinto tipo, como el aumento de la alfabetización que influyeron también en el aumento de las ventas de libros.

Al acortar los tiempos de los viajes, el tren facilitó intercambios, abrió mercados… sirvió para que un número considerable de europeos reconociera sus rasgos comunes, “su propia europeidad”

Con todo, ese camino a una nueva conciencia europea no fue lineal. El ideal europeísta tuvo siempre enfrente a ese otro invento del siglo, el nacionalismo. La guerra franco-prusiana de 1870 supuso un primer batacazo para la cultura cosmopolita que estaba cuajando (“¡Qué prueba para la civilización europea!”, escribió George Sand); y, ya en la siguiente centuria se hizo añicos en los campos de batalla de la Gran Guerra. Pero, tras la paz de 1918, se hizo realidad la idea de una “cultura europea como síntesis de estilos artísticos y obras de todo el continente y como identidad basada en unos valores e ideas comunes”.

Jalones y aspectos de ese camino son las exposiciones universales, el desarrollo y el poder de la prensa, la identificación de la música clásica (Beethoven, Haydn, Mozart) que, en las décadas centrales del siglo, empieza a distinguirse de la música popular; las leyes sobre derechos de autor, la moda de la fotografía y su influencia en la pintura y las novelas; o los viajes, que popularizan lo que, antes del tren, era un elitista Grand Tour, dando origen a la palabra turista.

LAMENTOS DECIMONÓNICOS POR LA GLOBALIZACIÓN

Es difícil no sonreír ante los lamentos decimonónicos por las “botellas rotas y fragmentos de The Daily Telegraph” que alfombran zonas verdes antes no holladas o (este, del poeta Heine) por “encontrar turistas ingleses pululando por todas partes”. No fue el único fenómeno que empezó entonces y se mantiene hoy (en el caso del turismo, muy aumentado y sustituyendo –digamos- ingleses por japoneses). Las imposiciones de las leyes del mercado sobre la cultura también son muy reconocibles. La necesidad de que la cultura fuera rentable llevó, concretamente en el campo de la ópera, a que los programas se fueron centrando cada vez más en los éxitos probados, dando lugar a un creciente conservadurismo musical y a que descendiera la producción de óperas nuevas. Surgió así un repertorio operístico estándar de alcance mundial, de modo que se podía escuchar la misma selección de óperas en París, Londres, Milán, Nápoles, Madrid, Berlín, Viena o San Petersburgo. Un canon de hecho –Don Giovanni, El barbero de Sevilla, Lucia de Lammermoor, Norma, Rigoletto, La Traviata– que hoy se mantiene en buena medida.

Figes sostiene que se llegó a una uniformidad por el auge de la traducción, que todas las novelas nacionales eran imitaciones de la francesa, y que toda Europa estaba leyendo los mismos libros

El repertorio estándar o el canon es otra de las conclusiones del libro. Se dio también en la novela (Antonio Muñoz Molina ha rechazado recientemente el término novela del XIX, defendiendo el plural por considerar que las novelas del XIX fueron muy distintas entre sí). Figes sostiene que se llegó a una uniformidad por el auge de la traducción, que todas las novelas nacionales eran imitaciones de la francesa, y que toda Europa estaba leyendo los mismos libros. Las ediciones masivas de obras clásicas en series coleccionables y las bibliotecas que seleccionaban libros populares (de nuevo el mercado) también contribuyeron. Se dio en el urbanismo, las reformas de Haussmann fueron el modelo para la renovación de otras capitales. Y se dio en el campo del arte, apoyado en las populares guías de museos, los libros ilustrados y la reproducción de obras de arte. Y al asimilar la estética impresionista (son jugosas las páginas dedicadas a este movimiento y cómo se abrió paso contracorriente, con el apoyo del mecenas y marchante Paul Durand-Ruel), empezó a surgir por primera vez en la historia un estilo de arte genuinamente europeo.

Todo lo dicho no agota los contenidos de un trabajo lleno de información y sugerencias. La figura de Turguénev, un cosmopolita europeo, es otro de sus pilares. Turguénev fue el gran intermediario que dio a conocer la literatura rusa en Europa y viceversa. Alguien que, como el Potugin de su novela Humo, “creía solo en la civilización europea”. Un recordatorio muy pertinente que añade interés al libro de Figes.


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