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El pasado lunes 3 de noviembre nos decía adiós nuestro querido amigo Juan Pablo de Villanueva, ilustre periodista y empresario de la comunicación, que colaboró con Nueva Revista de Política, Cultura y Arte como miembro del Consejo Editorial y vicepresidente de la Fundación Nueva Revista desde sus comienzos allá por el año 1990.

Siempre dispuesto a ayudar y aportar su experiencia en los números de nuestra publicación, Juan Pablo era uno de los habituales en las reuniones de directores y del Consejo, además de colaborar con sus artículos, en los que siempre estuvo presente su interés por el desarrollo y modernización de España, la política nacional e internacional y la defensa de la libertad; desde su primer artículo «La lucha por la libertad» (nº 1,1990), hasta el último, «Navarra sin mayoría suficiente» (nº 111, 2007), sin olvidar su participación en la entrevista que nuestra publicación realizó al presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, a finales de 2006.

En las siguientes páginas hemos querido recoger, a modo de homenaje, testimonios de compañeros y amigos suyos de la revista y del Grupo Negocios, donde desempeñó algunas de sus últimas iniciativas y dejó una huella profesional y humana imborrable.

AQUEL VERANO DE 1962
Antonio Fontán

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El 9 de junio de 1962 llegábamos al famoso aeropuerto berlinés de Tempelhof, que ha sido cerrado ahora, Juan Pablo de Villanueva y yo con un grupo de jóvenes universitarios recién graduados de la primera promoción del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra. Juan Pablo, con todo ese aire de amable persona mayor que siempre tuvo, era el benjamín de la clase, y yo, profesor en Pamplona, acompañaba en el viaje de estudios a los que desde aquellos días eran ya profesionales.

Recuerdo que cuando aterrizamos en el Berlín occidental —entonces un enclave de libertad en la República comunista alemana—, Juan Pablo, que era el que estaba más cerca de la puerta de la cabina, bajó decididamente la escalerilla delante de todos.

Al pie del avión nos esperaba un atento representante del servicio de intercambio universitario de la República Federal, que, sombrero en mano, se dirigió a él diciéndole, en alemán, «bienvenido, profesor Fontán». Nuestro hoy llorado amigo, sin inmutarse, le dio la mano sonriente y con un amable gesto y mirando atrás, le contestó en español que el profesor no era él sino el que venía detrás.

Anduvimos por la cercada capital, pasamos ante la cárcel de Spandau y, por fin, en un autobús oficial de la república comunista atravesamos el «check-point Charlie», donde nos retiraron los pasaportes hasta la vuelta. Fuimos a los dos principales museos, mientras los «vopos» que nos acompañaban alejaban de nuestro autobús a la gente que se acercaba a pedir tabaco.

Los de aquel viaje fueron unos días inolvidables para todos: París, Bruselas, Groninga, Münster, Berlín, Fráncfort, y no recuerdo si llegamos hasta Múnich, todo en un modesto y algo destartalado autobús de matrícula de Vitoria, que finalmente nos dejó «aparcados» cerca de Fráncfort, porque se le había roto una biela. A orillas de la autopista, mientras buscábamos un teléfono de carretera para pedir ayuda, Ramón Pi con su guitarra distraía el forzoso y preocupado ocio de sus compañeros.

Al fin por la mañana, casi todos en los pasillos de un tren que en comparación con los de España nos parecía rápido, llegamos a París donde el día trece, que era domingo (domingo de Pentecostés), nos esperaban otras aventuras de distinto género.

Algunos de los viajeros acudimos a misa aquella tarde a la iglesia de Santo Tomás, junto al boulevard Raspail y al lado del de Saint-Germain. Al salir nos encontramos con don José María Gil Robles, a quien yo me acerqué a saludar. Le extrañó que no supiéramos lo que había pasado en Madrid. Nos dijo que él y otros cuantos españoles habían regresado de Múnich la tarde anterior. En Barajas les esperaba la policía que a varios de ellos, o por lo menos a Gil Robles, le ofrecieron una opción «o salir de España otra vez o dirigirse confinados a Canarias». Eran los del famoso «Contubernio». Nos lo contaron entre don José María, Vidal Beneyto y Prados Arrarte. (Estos dos últimos habían preferido quedarse en París, previendo que en Madrid no se les iba a recibir bien), Gil Robles optó por irse a París para poder ocuparse de los asuntos profesionales de abogado que tenía fuera de España. A Fuerteventura y a Hierro fueron los demás.

Juan Pablo y yo y algunos de nuestros compañeros de viaje comentábamos que si no fuera por la censura, al llegar a España habríamos podido tener un verdadero scoop. Pero el sistema no podía tolerar «desfachatez» semejante.

He contado esta historia tan larga en esta triste jornada en que nos ha llegado a sus amigos la penosa noticia del fallecimiento de Villanueva, a quien todos los profesionales de la prensa que le han conocido siempre le han apreciado —y admirado— mucho. Igual que las otras numerosas personas del mundo empresarial y público que han tenido ocasión de tratarle.

Desde aquel verano de 1962 hasta ayer mismo Villanueva (madrileño de 1943) ha estado siempre, incansablemente vinculado a la prensa como periodista y como empresario y creador y alma de diarios y revistas. Su carrera profesional ha sido variada y rica, siempre en la primera línea de los medios de comunicación en que ha intervenido.

Redactor y jefe de información del diario madrileño El Alcázar a los veinte años, fue luego sucesivamente subdirector y director de Nuevo Diario y subdirector de la Agencia Efe y colaboró con las empresas de varios periódicos de distintas provincias (Málaga, León). Promovió el lanzamiento de Actualidad Económica, de la que también fue director, y creó con otros compañeros las sociedades editoriales que lanzaron una revista de decoración y Telva. Al disolverse la llamada Prensa del Movimiento adquirió el diario deportivo Marca, del que fue igualmente director durante dos años y siguió ocupándose de él como presidente del Consejo.

En 1986 con algunos compañeros de su generación fundó el diario Expansión, que siempre fue el de más circulación de la prensa económica, y que él dirigió en sus primeros años, a la vez que presidía el Consejo. Más tarde, ya en 1997, se hizo cargo del grupo Negocios, siendo director de La Gaceta y presidente de la sociedad editora durante varios años más. También ha sido obra suya la organización de la empresa Siena, editora entre otras publicaciones de El Magisterio Español y de la revista Padres.

Villanueva ha desarrollado también otras importantes actividades y empresas en los campos del pensamiento y de la opinión pública y de la enseñanza del periodismo.

La Fundación Diálogos, de la que era presidente, ha realizado con notable éxito numerosos cursos y reuniones de personalidades públicas españolas y extranjeras del mundo de la política, de la economía y de las cuestiones sociales.

Una de las más queridas y trascendentes empresas iniciadas y dirigidas por Juan Pablo de Villanueva ha sido el llamado «Programa Balboa», que desde hace siete años está celebrando cursos anuales de postgrado para jóvenes periodistas de Iberoamérica. A lo largo de este tiempo han estudiado y trabajado en España durante un año entero ciento cincuenta jóvenes periodistas de todos los países de Hispanoamérica, que tras esos meses de estudios y prácticas trabajan actualmente en sus respectivos países en actividades de prensa, radio, televisión y otros medios de comunicación.

Durante el medio siglo que corre entre 1959, cuando empezó sus estudios de periodismo en la Universidad de Navarra y estas últimas semanas del 2008, Villanueva ha llevado a cabo un trabajo profesional de vasto alcance que ha dado lugar a la alta estimación de su persona en la profesión y en la vida pública y al prestigio que ha acompañado siempre a su persona en tan variada y apreciada vida profesional. Juan Pablo de Villanueva, que pertenece al Consejo Editorial de Nueva Revista, ha sido una de esas figuras ejemplares que honran al periodismo español.

EL CREADOR DE LA PRENSA ECONÓMICA EN ESPAÑA
Arturo Moreno
Consejo Editorial de Nueva Revista

La última vez que hablé con Juan Pablo fue el pasado 29 de octubre, cuatro días antes de su fallecimiento. Ese día un grupo de amigos de don Antonio Fontán íbamos en el AVE camino de Sevilla para encontrarnos con él en Guadalcanal, referencia familiar de los Fontán y apelativo del marquesado otorgado por la Casa Real a don Antonio, como reconocimiento por su larga y leal trayectoria al servicio de la Monarquía y de España.

Durante el viaje rondaba en la atmósfera una preocupación coincidente y recurrente entre nosotros sobre el estado de salud de nuestro amigo Juan Pablo. Pensé que era un buen momento para llamarle, pues en otras circunstancias hubiera hecho el viaje con nosotros y estaba seguro de que le alegraría saber que íbamos a Guadalcanal y que nos acordábamos mucho de él. La sensación que tuve al despedirnos y, pasar el teléfono a otros amigos, fue la de un hombre que se enfrentaba a la enfermedad con la normalidad, la fortaleza y la confianza tan habituales en su comportamiento. No percibí ningún rastro de abatimiento, ni de miedo al acercarse a la gran hora; quizás sólo un cierto cansancio del exhaustivo tratamiento médico que recibía.

Conocí a Juan Pablo hace veinte años, y siempre fue un hombre pulcro, digno, de entusiasmo contenido pero evidente, conversador y conciliador, prudente y mesurado en el juicio, que amaba la vida y la honraba como regalo divino. Juan Pablo con su aire bonachón, tranquilo y un tanto eclesiástico, siempre tenía algo entre las manos. Reunía condiciones de hombre de pensamiento, enraizado en la fortaleza de sus convicciones y en su sentido patriotismo, y de acción, como demuestran sus continuas iniciativas empresariales en torno a proyectos periodísticos; siempre con la firme idea de influir en la sociedad y de difundir los valores que fueron el motor de su actividad humana.

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Recuerdo que era habitual oírle hablar con altura y firmeza sobre los temas que le importaban: la unidad de España, Navarra, la educación, la justicia, la economía, y lo hacía siempre con cordialidad, cercanía y profundidad pero con el deseo ferviente de conocer la opinión de los demás para corregir, ampliar o ratificar su juicio. Era un hombre sensible, abierto y flexible, que en las reuniones en las que coincidíamos nunca pontificaba ni limitaba el debate, sino que galvanizaba adecuadamente la discusión y, sin que los interlocutores lo percibieran, obtenía un juicio útil y ponderado sobre las diversas cuestiones que podían interesar.

Juan Pablo de Villanueva era una persona con la que siempre se estaba cómodo, porque aun siendo muy claro en sus opiniones, no tenía un sentido imperativo de las mismas. Le recuerdo muchas veces, en cualquier restaurante, acompasando su opinión con la utilización de los cubiertos a modo de improvisada batería, que para sí quisieran los últimos grupos pop. Había una felicidad innata en él.

Nueva Revista fue el origen y el motivo de nuestra creciente amistad. Coincidimos habitualmente, desde 1990, en las cenas-coloquio que se celebraban en el restaurante La Dorada, después de las reuniones del Consejo Editorial. Pero nuestra relación se intensificó a raíz de la adquisición, en 1996, del Grupo Negocios propietario a la sazón de La Gaceta de los Negocios. Colaboré activamente con él en la obtención del capital necesario para afrontar ese reto empresarial y posteriormente me encargó que me hiciera cargo del Consejo Editorial, como coordinador del mismo.

Durante cerca de diez años, aparte de las cotidianas llamadas telefónicas, nos reuníamos todos los meses con Juan Pablo en el restaurante Arturo de la calle Sagasta un grupo de personas, entre las que se encontraban Sucre Alcalá, Salvador Bernal, Álvaro Delgado-Gal, Fernando Méndez, Rafael Puyol, Antxón Sarasqueta, y también en su época de director Fernando Rayón. Entre todos pasábamos revista a las materias de actualidad y sobre todo a los temas de fondo que afectaban al futuro de España.

Para Juan Pablo, como dijo Ortega, «la vida era un quehacer». Tenía unas dotes excepcionales como periodista y ese fue su destino. Se entregó en cuerpo y alma a su profesión, inspirando múltiples iniciativas empresariales en el campo periodístico, como la mejor vía para trabajar por un fin superior: el construir una España mejor sustentada en los principios a los que siempre fue fiel. Se puede decir que Juan Pablo de Villanueva fue el creador e impulsor de la prensa económica en España. No sé si fue el primero, pero sí el que le dio la dimensión actual. Así, contribuyó a través de la información económica a la modernización económica de nuestro país.

No todo fueron éxitos, tuvo también Juan Pablo decepciones y fracasos. Pero desde su fortaleza moral, el sentido trascendente de la vida en la que firme y fielmente creía, un fair play irreductible y una fe incansable en los proyectos que emprendía, y cuya característica más notoria era su proverbial terquedad, le ayudaron a que su buen corazón y su nobleza de espíritu nunca se enturbiaran.

Siguió siempre adelante, tenía la misma ilusión de siempre por los nuevos proyectos. Nunca perdió la iniciativa, ni abdicó en el combate. Nos deja un recuerdo imborrable, e inevitablemente le echaremos de menos.

CONSTRUIR EL FUTURO DESDE UN PERIÓDICO
Antxón Sarasqueta
Consejo Editorial de Nueva Revista

A Juan Pablo le faltaba un diario, un nuevo proyecto editorial. Se hacía presente en todas nuestras conversaciones. Juan Pablo tenía un periódico en su cabeza. Me hablaba de las partes y del todo del futuro diario. De las secciones, del diseño, de la línea editorial, de la estructura de sus páginas. Sería una apuesta por un diario de calidad, me insistía.

Un día de 1996 me comentó José María Cuevas que querían deshacerse de la participación que tenía la patronal en el Grupo Negocios, y me preguntó si conocía a alguien que pudiera estar interesado en comprarla. Le dije que creía que sí, pero que tenía que comprobarlo. A medida que el presidente de la CEOE me comentaba la importancia de mantener la presencia de La Gaceta de los Negocios en el mercado, yo estaba pensando en Juan Pablo de Villanueva porque desde hacía años me hablaba de emprender una nueva aventura periodística.

En uno de nuestros frecuentes encuentros, en los que durante diecisiete años cultivamos la amistad, el arte de la buena mesa y el ejercicio intelectual de reflexionar sobre la situación de nuestro país y los cambios que se estaban produciendo en el mundo, le comenté a Juan Pablo el interés de Cuevas por encontrar nuevos inversores para sacar adelante La Gaceta. Desconocía los detalles, la situación económica del diario parecía ser problemática, pero que lo estudiase porque también podía ser una oportunidad para el nuevo proyecto en el que pensaba. Le gustó la idea. Me preguntó sobre el diario, en el que vengo publicando mis artículos semanales desde 1994, y me dijo que lo estudiaría. Durante los meses siguientes me fue contando cómo iba progresando todo. Está en una situación difícil, pero creo que nos podemos arriesgar, me dijo. Y terminó cuajando lo que se convirtió en la nueva aventura periodística de Juan Pablo. Con un grupo de amigos, empresarios, y profesionales, compró la mayoría del Grupo Negocios, y durante diez años fue su presidente-editor.

El 3 de febrero de 2000 asistíamos en Cabo Cañaveral al lanzamiento del satélite de Hispasat 1C, recuerdo que se suscitó una conversación sobre la aventura espacial y del futuro científico y tecnológico que iba a marcar el nuevo siglo XXI que estaba naciendo. Inmersos en aquel ambiente, Juan Pablo me comentó: «Es un futuro en el que creo que podemos hacer muchas cosas desde el periódico». Emprender proyectos, tener iniciativas, hacer futuro, fue una de las pasiones de Juan Pablo hasta su fallecimiento. Lo seguirá haciendo.

AMBICIÓN Y EMOCIÓN
Nazareth Echart
Consejo Editorial de Nueva Revista

No sé si Juan Pablo Villanueva era, como yo, un incondicional de El ala oeste de la Casa Blanca. Nunca se lo pregunté, ni tuve oportunidad de sugerirle que se comprara alguna temporada de esta serie de culto. Estoy segura de que le hubiera gustado. Le hubiera gustado porque, más allá de las andanzas del presidente Bartlet en la ficción, de unos guiones inteligentes y precisos, El ala oeste transmite ambición y emoción. Ambición de un país mejor, ambición de gobernar para todos, ambición de superar divisiones. Y emoción por la certidumbre de que la política auténtica es aquella que nace de la vocación genuina de servicio a los demás.

Ambición y emoción. Ésos han sido dos rasgos que han caracterizado tanto la trayectoria profesional de Juan Pablo Villanueva como su vida personal.

Ambición de contribuir, desde los medios de comunicación, a lograr un país mejor, una España mejor. Ambición de evitar sectarismos inútiles y acercarse a los demás sin prejuicios. Ambición de reunir, de superar divisiones, sin traicionar nunca los principios propios. Y también emoción, la emoción que surge ante alguien que no entiende su trabajo si no es como un modo de servir a la sociedad a la que uno pertenece.

Porque, igual que la política, él entendía el periodismo como una tarea de servicio público. Y por eso siempre tuvo muy claro que el papel —y la responsabilidad— de los medios de comunicación en las sociedades democráticas es fundamental. Tanto, que debe contar con el concurso de los mejores en cada campo.

De Juan Pablo recordaré siempre su afabilidad, su inconformismo, su ánimo para evitar el desánimo y superar los obstáculos de todo tipo que aparecieran en su camino. Y su confianza en los demás. Recuerdo muy bien aquel día de 1998 en el que me ofreció incorporarme como columnista a La Gaceta. «Escribe de lo que quieras». Después de muchas dudas, escribí mi primer artículo sobre Bill Clinton, entonces enredado por el caso Lewinski. Casualidades de la vida. La política estadounidense estuvo presente en aquel texto, y lo está también en el inicio de esta despedida. Querido Juan Pablo: somos muchos los que no vamos a olvidarte.

MAESTRO DE PERSONAS
Pablo Caldés Llopis
Consejero Editorial de Nueva Revista

Todos conocemos ya la trayectoria profesional de Juan Pablo de Villanueva. Se graduó en Periodismo en la Universidad de Navarra con premio extraordinario en 1963. Ha dirigido cuatro periódicos en nuestro país y ha fundado uno de los grupos de comunicación más importantes de España. Nadie puede discutir que ha sido un periodista de primer orden y un empresario periodístico que ha creado valor y empleo.

No voy hablar de Juan Pablo desde su faceta de periodista, sino desde su lado humano y como gestor. Le conocí en noviembre de 1997, hace ahora once años. En dicha fecha se hacía cargo del Grupo Negocios, editora de La Gaceta de los Negocios y de la revista Dinero. Me ofreció que me responsabilizara del área comercial y de marketing. La primera instrucción que me dio fue que analizara el equipo humano que había en dicho departamento y que contara con todos ellos y no despidiera a ninguno. Le preocupaban mucho las personas y consideraba el empleo como un medio para el desarrollo humano de las mismas.

Yo venía de un mundo completamente ajeno al de la comunicación, concretamente del sector financiero. Tengo que agradecerle la infinita paciencia que tuvo conmigo enseñándome todos los trucos de una compañía periodística. Era exigente, pero cariñosamente exigente, porque con el primero que era tremendamente exigente era consigo mismo, pero al mismo tiempo era muy compresivo. Era el primero en remangarse y en echar una mano para apoyar una gestión. Como decía él, «hay que pedalear». A pesar de su condición de director del periódico siempre estaba dispuesto a ayudarte, a acompañarte a una reunión o una comida de carácter comercial para reforzar la acción.

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No sólo se preocupaba de ti desde el punto de vista profesional sino también desde el punto de vista humano. Continuamente te preguntaba por tu familia, por los chavales, como él los llamaba. De manera muy respetuosa hacía su labor de apostolado y se preocupaba por tu práctica de la fe. Recordaré siempre con mucho cariño las romerías que realizábamos todos los meses de mayo a una preciosa ermita en Colmenar Viejo. Siempre terminaban en una comida en un modesto bar con el menú del día.

Una vez me comentó que no tenía miedo a la muerte. Lo que sí temía era una enfermedad larga o que se quedara en una situación que no se valiera por sí mismo. Juan Pablo, Dios te ha premiado con la muerte que tú querías.

ALGUNOS RECUERDOS DE LA INFANCIA
Luis Núñez Lavedeze
Consejo Editorial de Nueva Revista

Conocí a Juan Pablo cuando nuestras respectivas familias veraneaban en La Granja. Su padre alquilaba durante los veranos un piso en la que fue casa de Oficios, y el mío, otro en las Caballerizas Reales.

A esa diferente domiciliación asociamos una rivalidad que oponía épicamente los de Caballerizas a los de Oficios. La simetría familiar alimentaba las discrepancias. Las edades de Luis, Juan Pablo y Julio eran correlativas a la mía y las de mis hermanos, Carlos e Ignacio. Gabriel era más pequeño y aún no contaba en las hostilidades; tampoco, Blanca y Concha, niñas a su juego. Había tríos en Caballerizas con los que engrosar la beligerancia, como Santiago, Antonio y Javier Esteban, y tríos cerca de Oficios, como Luis, Nicolás y Julio Toledo. Próximos a Oficios eran los Gandarillas, algo mayores para nosotros, Santos, Jaime y Miguel. Con Miguel, ahora sacerdote, volví a reunirme el día del entierro de Juan Pablo. Creo que hacía medio siglo que no lo veía.

Nuestras diferencias se resolvían en el jardín de la Alameda que abraza a la Colegiata del Palacio. Allí nos batíamos a espadas de palo o nos disparábamos con tiradores de goma y hojalata. Cambiábamos de escenario para perseguirnos entre las fuentes de los jardines o perdernos en el Laberinto jugando a policías y ladrones, mientras emulábamos a los guardias reales que, según contaban los más entendidos, enviaba antaño la reina para entretenerse viendo, desde los balcones palaciegos, cómo se desorientaban en los cruces de los artificiosos senderos.

Convivimos durante los interminables veranos de la infancia, intercambiando tebeos de El Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar, mucho antes de que la suerte me regalara la oportunidad de compartir con Juan Pablo tantas y variadas concreciones de su oculta imaginación periodística. De esa vida profesional ya han hablado otros que no se detendrán a apreciar que era el mejor jugador de chapas, no tan bueno arrojando el clavo, insuperable en su manejo de la taba, y que recuerde, uno de los pocos de La Granja que nunca jugó al mus en los Cestos.

Salíamos en grupo. Bajábamos en bicicleta la cuesta de Infantes, bordeábamos la Pradera para llegar al Tiro Pichón donde se hallaba el primer campo de golf que se diseñó en España. Tenían Luis y Juan Pablo sendas bicicletas Orbea, esmaltadas en negro. Fueron los primeros en subir en bici al puerto de Navacerrada. Después, en las curvas de las Siete Revueltas, o en la bajada que va del alto de Robledo al puente del Eresma, cuando hacíamos la ruta de La Granja-RiofríoLa Granja, Juan Pablo se frenaba para aguardarnos. Se adelantaba al subir las cuestas, por empinadas que fueran, y se despreocupaba al bajarlas. Ahora sé que lo hacía para que pudiéramos llegar agrupados a la meta.

¿CÓMO SE HACE ESO, JUAN PABLO?
Felipe Santos
Periodista

Para alguien que cursaba estudios de periodismo, el nombre de Juan Pablo de Villanueva estaba asociado a un modelo, a un ejemplo al que debíamos aspirar. Prácticamente desde cero había logrado levantar un grupo de publicaciones de gran prestigio. Los que queríamos trabajar en prensa económica veíamos en Expansión y Actualidad Económica nuestra particular arcadia profesional. «Somos periodistas para influir en la opinión pública, para garantizar y salvaguardar el sistema de libertades, así de claro», recordaba estos días Pilar Cambra que le había dicho alguna vez.

Hasta conocerle personalmente, nunca comprendí que este ejemplo, en realidad, estaba todavía más allá de ser el responsable de unos exitosos resultados profesionales en el periodismo. Cuando yo era aún un estudiante de los primeros años de la carrera, tuve la suerte de ser recibido junto a otro compañero por Juan Pablo en su despacho del paseo de Recoletos, justo al doblar la esquina de la calle Recoletos, donde se cocían todos sus periódicos y revistas. Aquello ya me sorprendió. Todo un presidente de Punto Editorial perdiendo el tiempo con unos estudiantes. Campechano, nos invitó a sentarnos con él en los sofás de su despacho. Queríamos pedirle consejo y apoyo para un seminario que queríamos organizar con la embajada de los Estados Unidos en Nueva York y Washington. Hacía días que recorríamos los despachos de quienes nos podían ayudar en aquel proyecto, para el que ya contábamos con el Departamento de Estado y su programa de visitantes internacionales.

Escuchó sin pestañear toda aquella locura de unos jovenzuelos, a los que parecía habérseles subido demasiado a la cabeza la carrera que estaban cursando. Y con la misma parsimonia dibujó unos cuantos consejos que nos vendrían muy bien para elegir bien las visitas y los encuentros de aquel viaje. «Así que la Bolsa de Nueva York…». Le encantaba todo lo relacionado con los mercados financieros. Había asistido a su explosión en nuestro país, hacía unos pocos años, y había conseguido que muchos de nosotros contempláramos hacernos periodistas económicos como una posibilidad real y ambiciosa.

Muchos años después he coincidido con él en las cenas del Consejo Editorial de Nueva Revista. Yo había llegado a trabajar en Expansión, como quería, pero él ya no era presidente de la compañía editora. El destino me llevó después por territorios que nunca imaginé, hasta que lo encontré allí, acariciando con ese gesto tan característico suyo el lomo y la cubierta de un nuevo número de la revista. Con los mismos comentarios socarrones y agudos de siempre. Con esa bonhomía que tanto contrastaba con el entorno yuppie y competitivo en el que se desenvolvía. Siempre sin perder la calma, aunque hubiese motivos más que justificados para ello. ¿Cómo se hace eso, Juan Pablo? Siempre lamenté no habérselo llegado a preguntar.

POCEROS Y CHIPIRONES
Joaquín Madina
Periodista

Conocí a Juan Pablo cuando fichó a mi mujer, Ángeles Oregui, para hacerse cargo de las páginas de bolsa en el nuevo diario Expansión, hace ya casi 25 años. Como primera medida, Ángeles y Juan Pablo se pusieron a la tarea de diseñar el cuadro de bolsa, que querían que fuera «el mejor de la prensa nacional». Este no fue un objetivo difícil, porque los cuadros de bolsa españoles eran muy elementales, con sota, caballo y rey. Más complicado resultó crear (quizá) el mejor cuadro de la bolsa europea, porque aquí la competencia era mayor. En este intento, se dieron una buena panzada de análisis bursátil que, a lo tonto a lo tonto, en un plazo inferior a un año dio como resultado que Expansión superara la tirada de su principal diario de la competencia. La sección de bolsa fue el motor del éxito del periódico, cuando menos en su origen.

A Juan Pablo le gustaba la bolsa y tenía dinero invertido en ella, pero el dinero, el dinero por el dinero, nunca fue su objetivo. Es más, el dinero por el dinero no le importaba nada. Le divertía la bolsa y le divertían los negocios; era un empresario. Un emprendedor. Hasta la última cena que compartimos en los primeros días del mes de octubre, Juan Pablo hablaba recurrentemente de sus proyectos. Descargaba en ellos todo su entusiasmo, con las mismas ganas y la misma vitalidad que a los veinte años. Ponía los labios en forma de chupete, sacudía los brazos como si espantara a las moscas, y abría la espita de la corriente de ideas. Mejor dicho, del torrente de ideas.

Era un periodista todo terreno, con una vocación absoluta. Y con una virtud profesional por encima de cualquier otra: respetaba al periodismo y a los periodistas. Frente a los «poceros» periodísticos que nos maltratan —a lectores y redacciones—, Juan Pablo era un ejemplo de respeto. De madurez intelectual. Se creía lo que hacía. Creía en el medio periodístico y en el fin del buen periodismo. Nunca la soberbia. Nunca la verdad torticera, ni la mentira; que son lo mismo. Nunca el atajo, sino el trabajo. Nunca el pim-pam-pum, sino la razón. Nunca una crítica esquinada. Nunca una censura ideológica, política o mediopensionista ¡Qué envidia! Nunca una mala palabra. Nunca una mala cara. Hoy que está de moda la bipolaridad, hay que decir a su favor que era un hombre moderado y controlado.

Durante el tiempo que trabajé con él, tras la marcha de Ángeles a sus aventuras extraperiodísticas, nuestra relación fue de cordialidad. No de amistad. O no con la plenitud amistosa que llegamos a alcanzar después, aunque para entonces ya tomábamos cigalas en Motrico, en vacaciones, con Paco Gómez Antón, y me invitó a participar en un retiro espiritual del que no saqué ningún provecho. Quizá yo estaba a la defensiva. Fue más tarde, a raíz de su marcha de Expansión —abandonado por todos y hasta por el gallo que no cantó tres veces, ni dos, ni una—, cuando fuimos armando nuestra amistad, paso a paso, sorbo a sorbo, chipirón a chipirón, confidencia a confidencia. Negocio a negocio; ruinosos. Nunca gané un euro con Juan Pablo y, en cambio, perdí algunos. La aventura de La Gaceta de los Negocios desplumó buena parte de mis ahorros. En cuanto a los que le abandonaron, «allá con su conciencia», decía.

Le gustaban los chipirones y Ángeles se los preparaba con cariño cuando venía a casa. Al final, sin chipirón, salíamos a cenar a una taberna próxima con alguna frecuencia. Comía y bebía con afición, aunque cada vez menos. Cuando hace unas semanas estaba en Pamplona, en el hospital, nos citamos para otra nueva cena, que no pudo ser. Yo nunca supe que tenía leucemia, ni lo adiviné porque no sé, ni quiero saber nada, de medicina. «Me han dado un tratamiento de choque», me dijo poco antes de morir. El martes. «Pero físicamente me encuentro bien», añadió, ¿Bien? «Me encuentro bien», repitió. «Si me dejan, el viernes voy para Madrid». Y nos vemos. Pero el viernes, ¡ay!, ya estaba tocado de muerte. «¿Y después, qué? », le pregunté. «Lo que digan».

Cuando colgué, le mandé un abrazo. Y él, como siempre, me respondió: «Un abrazo muy fuerte», con voz clara. Había tenido peor voz en las últimas semanas. Y yo me creí lo del abrazo; era como si te lo diera de verdad. Así que, cuando me enteré de su muerte, me enfadé mucho por su ausencia y entré en mi coche dando voces: «¡Juan Pablo, Juan Pablo!», grité, o casi grité, como si le llamara, y entonces sentí que se había sentado a mi lado, y me tranquilicé. No era una aparición. No estaba junto a mí, no, naturalmente que no, pero tuve la sospecha de que me había oído. Le llamé y vino, es lo que pensé. Le sentía. Ahora, al alcance de la mano, de la amistad profunda, ya tengo de quien echar mano en los tragos difíciles. Estoy seguro de que me ayudará en lo que él sabía, y en lo que no sabía y ahora sabe.

MI AMOGO YAMPOLÉ
Ramón Pi
Periodista

A Juan Pablo de Villanueva lo llamábamos sus amigos, desde la época de estudiantes, Jean-Paul, en francés. No se sabe por qué; al menos, yo no lo sé. Sí creo saber que ponerle ese nombre afrancesado en diminutivo (Jean-Paulet) se le ocurrió a Florentino Pérez Embid, que se dirigía hace casi medio siglo a su entonces jovencísimo amigo llamándolo Yampolé, con todo su acento andaluz. Esta variante más confianzuda hizo fortuna, pero la dejábamos sólo para usarla en los ámbitos más íntimos. Porque Juan Pablo, como ha señalado Antonio Fontán, irradiaba cierta solemnidad de persona mayor ya desde la adolescencia.

Se me acaba de morir mi amigo Yampolé. Ya sé que su alma está ahora con Dios esperando el momento de reunirse con su cuerpo resucitado y glorioso, porque yo pertenezco al sector de católicos que, según las encuestas, creen en la resurrección de la carne; pero no puedo evitar sentirme triste. Los humanos somos así de defectuosos (otro viejo amigo de Yampolé, Nicolás de Laurentis, diría «sois así de defectuosos»), y nos apegamos a los afectos visibles aunque sepamos que la verdad de las cosas trasciende lo que se puede ver y tocar.

Ocurre con las fotografías que contemplarlas resulta particularmente grato o bien inmediatamente después de haberlas hecho, o bien al cabo de mucho tiempo. Con las personas queridas que han muerto es parecido. Por eso, ahora que acabamos de enterrar su cuerpo me resulta de mucho consuelo recordar al amigo, no sólo en lo que tuvo de relevante para la vida pública, sino también, y acaso sobre todo, como ser humano con el que se han compartido tantas vivencias.

No sé cómo se las componía para inspirar a la vez autoridad y proximidad, pero lo cierto es que no sólo sus amigos, sino también sus subordinados, el recuerdo que conservan de Juan Pablo es el de un hombre que parecía estar en el ejercicio permanente de disimular su considerable calidez humana, como si manifestar sus afectos fuese alguna forma de impudor. Lo cierto, sin embargo, es que siempre era igual, incluso en los momentos de desinhibición propios de un rato con los amigos íntimos. Él era así. Era raro oírlo reírse a carcajadas, pero sonreía mucho, y se reía socarronamente con frecuencia. Tal vez una palabra que pudiera definir bien este rasgo de su carácter sería el equilibrio, pero no de equilibrista, sino de equilibrado. O sea, de todo lo contrario al fingimiento.

Mi amigo Yampolé era un hombre verdadero, fiable, enemigo de los extremos, con un hondísimo sentido de la amistad, y, como digo, mucho más afectuoso de lo que aparentaba. En cuanto se le trataba un poco, se percibía en él una instintiva tendencia al acercamiento que era casi imposible no devolverle.

En los meses de la crisis de Nuevo Diario, entre abril y noviembre de 1970, los que constituimos el grupo fundador de lo que se llamó más tarde Grupo Recoletos reconocimos en él desde el primer momento una primacía natural. No era un líder, en el sentido de que no tenía «carisma», que es esa capacidad de algunas personas de hacerse seguir por otras sin que se sepa por qué. Era más bien el aglutinante, el engrudo, como si dijéramos, que nos mantenía unidos. Nosotros (José María García-Hoz, Luis Infante, Juan Kindelán, Nicolás de Laurentis, Sucre Alcalá Rodríguez y yo mismo) éramos «el Equipo»; poco después se nos unió Ramiro Nieto. Y más tarde vinieron otros muchos más (Pilar Cambra, Eduardo Ferreira, Javier Olave, Jesús Martínez, José Jesús López, tantos y tantos) en una especie de círculos concéntricos alrededor de Juan Pablo. Si se me permite la frivolidad, de fuera a dentro la gradación era perceptible: don Juan Pablo, Juan Pablo, Jean-Paul, Yampolé.

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Pero Yampolé era también muy, muy tozudo, y no se apeaba del burro fácilmente si estaba convencido de algo. La vida y los avatares de la aventura empresarial común se encargaron de poner de manifiesto las aristas inevitables entre personas dotadas de personalidad fuerte, que desembocaron en separaciones profesionales y en alguna ocasión pusieron en riesgo hasta los afectos personales. Pues bien, en este aspecto hondo de nuestras relaciones soy testigo de primera mano del dolor que experimentó más de una vez mi amigo Yampolé, de sus esfuerzos por restañar las heridas —compartido por los demás—, y de su felicidad tras la restauración de amistades profundas de tantos años.

He tenido, tengo y tendré muy pocos amigos como Yampolé. Egoístamente pido a Dios que todos me sobrevivan, porque este golpe ha sido, de verdad, muy duro para mí.

UNA AVENTURA APASIONANTE
Fernando Rayón
Ex director de La Gaceta de los Negocios

No recuerdo bien el día. Sería hace unos diez años. Quizá fue dando un paseo, o viendo alguna exposición: Juan Pablo no hacía deporte bajo ningún concepto. Le pregunté por lo que había pasado, hacía ya unos años, en Recoletos; sobre su salida del Grupo que fundó y cuyas revistas y periódicos dirigió. Me miró con su mirada socarrona y dijo: «Vamos a tomarnos un vermú, que no quiero hablar mal de nadie». Hasta unos años después no me contó aquella historia. Era otro el contexto. Y no habló mal de nadie.

Hace cinco años fuimos a dar otro paseo. Yo estaba a punto de dejar mi trabajo en Vocento y quería hacer una revista de arte. Se lo conté. Me pidió que le dejara pensarlo. Sabía que a él le gustaba la arquitectura y la pintura, y que vería con buenos ojos aquel proyecto.

Me llamó unos días después y me habló de La Gaceta. De que quería añadirle una parte blanca al salmón, y que ahí podría escribir de cultura, sociedad, arte y lo que quisiera. Le pregunté por la dedicación. Me dijo que un par de horas a la semana un par de días. Que ya tenía gente buena en ello, y que yo podría ser el redactor jefe de aquella sección.

Yo, la verdad, vi aquello un poco nebuloso, pero como conocía a Juan Pablo, me lancé a la aventura y un buen día desembarqué en el periódico. En aquella sección estaban Carlos Bueno, Ángel Peña, Paco Gutiérrez, Isabel Esparza y David Álvarez. Cinco periodistas como la copa de un pino. Y yo venía de jefecillo suyo. Pero también estaba Juan Pablo y así comenzaron cuatro años apasionantes, locos, disparatados.

Por supuesto, el engaño de Juan Pablo quedó inmediatamente al descubierto. Allí trabajaba de diez y media de la mañana a nueve de la noche de lunes a viernes, como era habitual en la prensa económica. Hacíamos ¡once páginas al día! además de un cuadernillo llamado Ocio los sábados. Y los domingos había turnos. Creo que nunca he trabajado más en mi vida y nunca lo he pasado tan bien. El trabajo llegó a ser tal, que un día a la pobre Isabel le dio un surmenage y la tuvieron que llevar a un ambulatorio a que le dieran un calmante. Ese día me planté en el despacho de Juan Pablo, sin que Vicky me pudiera frenar, y le dije que me iba. Que hasta allí habíamos llegado. Juan Pablo me volvió a explicar el proyecto. Me habló del periódico, de la gente que tenía. De lo bien que iban las cosas. De que necesitaba nuestro esfuerzo. Y, finalmente, me autorizó a fichar un nuevo redactor. Entonces me di cuenta de por qué Juan Pablo conseguía hacer equipos. Sabía motivar y animar a la redacción. Ilusionarla. Creaba a su alrededor un ambiente de trabajo y, como ahora se dice, de buen rollo que convertía, aquella tropa disparatada y loca, en una piña.

Dos años después llegó el cansancio. La paliza era, todos los días, soberana. Y cuando le expuse que lo que me había pedido estaba en marcha, y que ya no me necesitaba, me dijo que me iba a nombrar subdirector del periódico. Que no me podía ir. Que tenía planes…

A las pocas semanas me contó que me iba a proponer como director. De nada valieron mis explicaciones sobre lo poco que sabía de economía, ni sobre los agravios que iba a suscitar el nombramiento. «Yo te voy a ayudar. Voy a seguir aquí. Pero tienes que hacer tú el periódico. Y elegir tu gente». Me habló de la redacción con gran afecto y me pidió que trabajara con todos. Y así lo hice.

He de reconocer que, los casi dos años que estuve en la dirección de La Gaceta han sido, sin duda, los años más apasionantes de mi carrera profesional. Conseguimos abrir con nuestras informaciones los telediarios de todas las cadenas y nos posicionamos como segundo diario económico. Luego vendría la salida de Juan Pablo del Grupo Negocios y, meses después, la mía. Pero esa es otra historia que no quiero ahora recordar.

Hace unos meses nos vimos en su despacho de la Fundación Diálogos. Hablamos de planes de futuro. De aquella revista de arte que quería editar. Entonces me contó que en enero había estado «muy, muy jodido»… las dichosas plaquetas. Que se iba a Galicia en verano. Y así fue. Y allí le dio el ictus. Le llamé después de la operación, cuando ya le estaban haciendo un chequeo en Pamplona: «Ya sabes, las dichosas plaquetas» y quedamos para vernos a su vuelta.

En fin, si he contado esta pequeña historia. La historia de estos años de trabajo junto a Juan Pablo, es porque, incluido este triste final, han sido unos años apasionantes. Años de periodismo de primera división. Con pocos medios. Con esfuerzo. Con cansancio. Pero con Juan Pablo. Sin él, seguro, las cosas van a ser muy distintas.

JUAN PABLO EN TRES FRASES
Miguel Villarejo
Ex director adjunto de La Gaceta de los Negocios

Juan Pablo estaba extrañado de su éxito material. Me lo comentó un día que quedamos a comer cerca de su despacho de la Fundación Diálogos. «He ganado mucho dinero, pero no lo buscaba. Llegó por añadidura. Sólo hacía periodismo». Juan Pablo acababa de dejar el Grupo Negocios. Había sido un divorcio largo y triste, que había sorprendido a viejos camaradas en trincheras opuestas. Estas cosas pasan. Maquiavelo ya advirtió esta trágica inconsistencia: los deseos de las personas y los intereses de los grupos no siempre coinciden. La razón de Estado obliga a veces a adoptar decisiones dolorosas y la buena marcha de la empresa exige amargos sacrificios. No hace falta estudiar Económicas para entenderlo. ¿Se imagina que su jefe diera una oportunidad a todos los desheredados que se encontrara por la calle? ¿Cuánto tardaría en quebrar una empresa gestionada sólo con criterios de caridad?.

Nadie experimentó como Juan Pablo los desencuentros y la amoralidad del capitalismo, pero justamente por eso nadie se esforzó tanto por poner moral en él. Rara vez adoptó una de esas decisiones dolorosas. En los diez años que coincidimos en La Gaceta de los Negocios creo que prescindió de dos redactores. A su alrededor nunca faltaba alguien pidiéndole cabezas. Es el modo más sencillo de zanjar diferencias con un subalterno díscolo. Además, refuerza el principio de autoridad y, en fin, ya saben, es inevitable, no somos una ONG, probablemente le hacemos un favor echándole y reorientando su carrera…

Pero Juan Pablo no cedía. Arrugaba la nariz en un gesto muy suyo y sacudía la cabeza: «No vamos a despedir a nadie». Para él era de verdad un recurso desesperado, algo de lo que sólo se echaba mano cuando todo lo demás había fallado.

Cualquier experto en gestión le explicará que semejante filosofía causa una fatal acumulación de incompetentes que acaba por hundir el negocio. Pero ya digo que Juan Pablo ganó mucho dinero. Sus proyectos salían adelante, y algunos espectacularmente, como Marca o Expansión. En La Gaceta de los Negocios no repitió éxito, aunque hay que precisar que cogió un diario terminal, lo estabilizó y lo situó segundo en difusión, lo que no es poca cosa.

¿Cuál era su fórmula? Ni él mismo la sabía. No buscaba el dinero. Cuando el régimen de Franco le obligó a dejar la dirección de Nuevo Diario, montó una modesta redacción y se dedicó a hacer boletines. Por lo visto, todo lo que este hombre necesitaba era un pedazo de papel impreso en el que levantar acta de lo que pasaba a su alrededor.

Aquella redacción acabó siendo el embrión de un imperio. Además de hacer los boletines, asesoraban a otras publicaciones que querían mejorar los contenidos, cambiar de diseño o modernizar la impresión. Actualidad Económica fue una de las que buscó su consejo. Juan Pablo se dio cuenta enseguida de que era una mina y decidió comprarla con un grupo de amigos: Juan Kindelán, José María García Hoz y Luis Infante. No tenían ni un duro, así que fueron al Banco de Vizcaya, a pedirle 40 millones de pesetas a Pedro Toledo. «¿Y cómo planeáis devolverlos?», les preguntó. Juan Pablo le tendió un papel con una lista de nombres. «Los van a poner estos señores», dijo. «Pensamos venderles el 49% de la revista». Toledo examinó el papel. «Esta lista está muy bien hecha», comentó. Les dejó los 40 millones. Antes de un año se los habían devuelto.

Lo demás llegó por añadidura. Actualidad Económica era, efectivamente, una mina. Compraron Telva, reflotaron Marca, lanzaron Expansión. Todo paso a paso, mirando cada peseta, respetando mucho a las personas, pero aún más la verdad. Eso les granjeó problemas. Otros periodistas que hacen grandes aspavientos se las arreglan para estar siempre en el machito: con Franco eran jerarcas en los medios del Movimiento y ahora reparten el carné de demócrata. Juan Pablo no tuvo una relación fácil con el poder. Franco le cerraba los periódicos, pero ni populares ni socialistas le regalaron nada. Es natural. Sólo hacía periodismo.

PELEÓN INFATIGABLE Y TENAZ
Manuel Trapote
Ex subdirector de La Gaceta de Los Negocios

De mirada limpia, amplia sonrisa, sorprendentemente tímido… Y con un carácter fuerte, como se suele definir a las personas con un cierto genio. Juan Pablo era así. O más bien, yo le veía así. Y precisamente por ello, porque tenía un carácter fuerte, me sorprendía su pelea diaria, minuto a minuto, por ahogar sus primeros impulsos y esmerar al máximo su trato con los demás.

Juan Pablo era un peleón infatigable, tenaz. En primer lugar, insisto, consigo mismo, porque se conocía lo suficiente como para plantearse metas de mejora personal día a día, con esa visión sobrenatural que poseía como consecuencia de su libre y responsable correspondencia a su condición de católico practicante. Un día, por ejemplo, me comentó a los postres de un almuerzo de trabajo —con medias palabras, porque no era amigo de hablar habitualmente de estas cuestiones— que había decidido dejar de tomar café. No es que hubiera recibido algún consejo médico al respecto, sino simplemente que deseaba evitar cualquier tipo de dependencia. Y había decidido también dejar de depender del café.

Era un peleón infatigable y tenaz, sí. Y prueba de ello es su propio currículum personal y profesional. Primero como estudiante; después, como profesional de la comunicación —fue un periodista de raza, como se suele decir—; y en tercer lugar, por aquello de seguir un orden cronológico, como empresario editor.

Es cierto que tenía visión de futuro. Evidentemente. Pero más importante, a mi juicio, era su compromiso diario con los proyectos planteados y su altura de miras. Sabía sentarse en la mesa de un consejo y compartir sus proyectos empresariales con otras personas. Y disfrutaba haciendo el periódico cada tarde, en medio de la redacción, sin evitar un intenso debate sobre cómo debía valorarse cada noticia y en qué términos la podía entender mejor el lector.

Y llegados a este punto, no quisiera dejar de apuntar una cuestión más. Era arrollador en la exposición de sus argumentos. Con numerosos recursos y una vasta formación cultural. No en vano se definía a sí mismo como un gran devorador de libros. Y al tiempo, un gran intelectual liberal, capaz de defender con pasión su puntos de vista y de escuchar con la misma atención las opiniones de los demás.

Desde este punto de vista se puede entender mejor que, siendo un católico practicante por los cuatro costados, fiel hijo de la Iglesia como numerario de la Prelatura del Opus Dei, evitó en todo momento impulsar proyectos periodísticos confesionales. Porque sabía muy bien que un católico no puede ni debe hacerse portavoz de opiniones sometidas al debate cotidiano como si fuesen las de la Iglesia católica, cuyas verdades trascienden la coyuntura de cada época.

Su talante liberal le llevó a respetar siempre las opiniones de los demás, a las que sumaba también las suyas propias. Y buscó siempre la verdad en medio de ellas. Aunque jamás cedió en el debate de las verdades objetivas, como son la libertad de las personas y la defensa de la vida. Dos de los pilares básicos que se dibujan claramente en todos y cada uno de los proyectos con los que se identificó a lo largo de su dilatada vida profesional.

Lamentablemente, los párrafos anteriores no son más que una pobre y sobria aproximación a la verdadera y rica personalidad humana e intelectual de Juan Pablo de Villanueva, periodista y editor. Así lo habrán entendido quienes hayan compartido algunos años de su vida con él. Y por ello, quizá, entenderán también que el teclado del ordenador se haya negado a dar forma a esos impulsos del corazón que fluyen sin remedio, y con cierto desorden, cuando se evoca el recuerdo cariñoso de un compañero y amigo leal.

NADA MENOS QUE UN COMPAÑERO
Hernando F. Calleja
Ex director adjunto de La Gaceta de Los Negocios

La primera frase que oí a Juan Pablo Villanueva referida directamente a mí fue «tú te quedas». Iba a decirle, recién llegado él a La Gaceta, que como director daba por hecho que querría un adjunto de su confianza, que lo entendía y que… No me dio lugar a ello. Y aquí empezó una espléndida relación profesional y una creciente amistad que, en los últimos tiempos, se hizo más densa y más profunda. Acaso sólo teníamos en común la imposibilidad incluso física de dedicarnos a otra cosa que no fuera hacer periódicos.

Nuestra educación, nuestras costumbres, nuestra manera de ser, eran muy distintos, pero a la hora del cierre, entonces, nos hervía la misma tinta por la venas, nos invadía ese trémolo más maternal que paternal de un nuevo y van… muchos miles de periodicos.

Estos días se han prodigado los recuerdos a Juan Pablo que destacan su condición de empresario de periódicos. Con ser importante y exitosa su carrera de editor, yo al que he conocido y he querido es a Juan Pablo nada menos que periodista, capaz de garabatear una portada sobre otra para ayudarse a pensar, capaz, siendo empresario y director a un tiempo, de poner siempre por delante el número del día a cualquier urgencia de otro tipo. Y capaz de confiarnos (se fiaba de nosotros) aquello tan valioso. Él se jugaba todo y, sin embargo, tantas veces dejó en nuestras manos la criatura. Sólo podíamos corresponderle con la máxima lealtad.

A lo largo de mi carrera he tenido empresarios, mejores y peores. Alguno realmente descabellado. Y he tenido directores. Los recuerdo uno a uno por sus nombres y por lo que aprendí de y con ellos. Alguno intuitivo y brillante, alguno locoide e iluminado, alguno distante y mayestático, alguno compañero, sobre todo. Si alguna vez vuelvo a dirigir un medio, sé que ahora me parecería mucho al director que fue Juan Pablo y no porque haya sido uno de los que más me han durado (o yo a él) sino porque fue un magnífico director de periódico. Y eso es lo más.

PERIODISTA Y EMPRESARIO (POR ESE ORDEN)
Miguel Ormaetxe
a Director de Dinero

Tuve la suerte de trabajar diez años con Juan Pablo de Villanueva. Él me nombró director de la revista Dinero y apoyó mi trabajo en tiempos difíciles. Siempre me llamó la atención la doble faceta de Juan Pablo, un periodista formado en la prestigiosa Universidad de Navarra, graduado con premio extraordinario, que a los 26 años ya dirigía un diario en Madrid. Luego llevaría las riendas de tres más, llegando al difícil récord de haber dirigido cuatro diarios en la capital del Reino. Pero desde muy temprano tuvo el acierto de ser empresario de sus propias aventuras periodísticas.

Juan Pablo era un hombre muy preocupado por la cuenta de resultados de las empresas que presidía, muy batallador y tenaz, con la porfía sin igual de un navarro para perseguir metas elusivas. En las reuniones mensuales para el seguimiento de la revista dedicaba el máximo esfuerzo para empujar la gestión comercial de Ediciones Intelige, editora de Dinero. Sabía muy bien que la consecución de la excelencia periodística precisa de una independencia que sólo se logra con una cuenta de resultados positiva y holgada. Le molestaban grandemente las presiones que inevitablemente sufre una publicación prestigiosa del mundo de los negocios.

Las publicaciones de economía a menudo adolecen en España de magros resultados financieros. Incluso las mejores tienen difusiones que son la quinta y aun la décima parte de la prensa hermana de Italia o Francia. En un país en el que se lee poco, las publicaciones especializadas de calidad están condenadas a ser estrictamente minoritarias. Pero sus modestas tiradas no son óbice para alcanzar una notable influencia en los círculos de elites a los que se dirigen. Esta circunstancia las convierte en blanco fácil de presiones de variada índole. Una de las pocas veces que he visto a Juan Pablo golpear su mesa con el puño, fue con este motivo, notablemente irritado por las insistentes llamadas de los altos responsables de una importante empresa española que querían influir más allá de lo razonable en un reportaje de Dinero. «¿Es que pretenden decirnos lo que tenemos que publicar?», me dijo, para terminar dictaminando: «Haz lo que estimes oportuno».

Siempre vi a Juan Pablo como un colega, sin dejar de ser mi editor. Comprendía muy bien las complejas encrucijadas a las que se enfrenta el responsable periodístico de un medio. Y su apoyo era roqueño, de una tenacidad excepcional. Aprendí con él unas cuentas cosas que no te enseñan en las escuelas de periodismo, pero que tal vez son la sal de esta profesión, que sólo puede ejercerse con plena entrega si en la raíz de tu trabajo está la idea de servicio a los demás. Gracias, Juan Pablo.

MUCHO MÁS QUE UN JEFE
Luis Lacave
Periodista

«Os quiero mucho». Estas palabras que pronunció a dos amigos, que se desplazaron a Pamplona, horas antes de fallecer resumen muy sucintamente el lema de su vida.

Juan Pablo de Villanueva, amigo, maestro, consejero, jefe y presidente, fue una persona con profundas convicciones que intentó desarrollar en su vida tratando a todos por igual. No estaba encerrado en los despachos, actitud muy propia de los presidentes. Eran muy frecuentes sus paseos por las redacciones departiendo amigablemente con todos, desde el director adjunto hasta el último becario, siempre tenía tiempo para todos. Le interesaba no sólo la faceta profesional de sus trabajadores, sino primordialmente la humana. Sabía meterse en la piel de la otra persona, en sus problemas y alegrías, porque esto era lo que le ocupaba. Le interesaban las personas, la amistad, la felicidad. Más de uno de sus trabajadores cambió el rumbo de su vida por un consejo acertado que le dio.

Recuerdo que cuatro días antes de fallecer estuve comiendo con él en Pamplona. En esa comida salieron a relucir muchos nombres, con algunos de ellos mantuvo ciertas discrepancias profesionales. Me llamó la atención que no tuvo ninguna palabra negativa para ellos, más bien al contrario, siempre justificaba una actitud equivocada de la otra parte, porque tal y como repetía como un soniquete «siempre hay que ponerse en el lugar del otro».

Decía las cosas, pero nunca las imponía, dejaba hacer. Con su famoso «tú verás» la redacción hacía y deshacía a su libre antojo, pero con una enorme responsabilidad. Esto que es muy fácil de decir no es lo que ocurre precisamente en las redacciones de los periódicos españoles, donde si te descuidas la noticia que aparece publicada no tiene nada que ver con lo que habías firmado. A quién no le han cambiado un titular o el enfoque de una noticia. Con Juan Pablo, esto no pasaba, siempre y cuando toda la información fuera veraz y estuviese contrastada. Por eso era muy fácil que siempre se pusiera del lado de su trabajador ante las presiones externas.

Recuerdo un día que estaba en su despacho cuando le llamó un importante empresario para quejarse de una información que publicaba el periódico. Enseguida le amenazaron con retirar la campaña publicitaria que había en marcha. Daba igual, Juan Pablo se ponía al lado de su trabajador. Muchas veces le escuché: «Nosotros no nos ponemos de rodillas delante de nadie». Ésta era otra de sus frases, pero tenía muchas más que reflejaban su pensamiento y su forma de vida en la que no paró de trabajar, aunque en estas líneas haya intentado dibujar el perfil profundamente humano que tenía. De hecho, días antes de su fallecimiento aún seguía dándole vueltas a un nuevo proyecto empresarial que ya estaba avanzado y en vías de financiación. Aunque el primer sentimiento que hayamos podido tener es el de la orfandad, ahora es el momento de seguir desarrollando toda su obra, incluso este último proyecto, ya que contamos con toda su ayuda desde el cielo.


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