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En La taberna errante Chesterton no se contenta con escribir sólo una divertida novela de aventuras ni una defensa de la bebida y la comida ni siquiera una crítica tumbativa a la demagogia y a la alianza de civilizaciones y a la imposiciones de lo políticamente correcto. Haciendo todo esto, que lo hace, no renuncia a dejarnos entre líneas una sólida defensa de una concepción del hombre y una audaz propuesta de sentido.

Con todo, usted puede convalidar este artículo si me da crédito y, en vez de leerlo, se va a la taberna más cercana y se toma una buena cerveza. O mejor (o mejor después) un vaso de buen vino (en honor a Gonzalo de Berceo) o, permítanme el fervor, una copa de jerez. Luego sigan. Acompáñenlas de queso o, discúlpenme el entusiasmo, de jamón ibérico. Y, sobre todo, acompáñenlas de amigos, de conocidos, de saludados y de otros clientes ocasionales. Si se animan entre todos a cantar un poco y a reírse mucho, ya tendrían un sobresaliente cum laude.

Lo que no quita que nos enfrentemos a un tema de inmensa importancia intelectual. En el siglo XIII, cayó en la cuenta la exultante poesía goliárdica, tan itinerante, vitivinícola y universitaria. No en vano aquellos divertidos jóvenes se habían instruido en el método escolástico de la universidad medieval. Nuestra casa, UNIR, por Universidad, por Internacional y por de La Rioja, tiene títulos de sobra para reivindicar esa tradición que entronca con el Gaudemus Igutur y que tanta falta nos hace. Chesterton se apuntó y supo ver su trascendencia en La taberna errante, su novela de 1914. En ella, para huir de la prohibición del alcohol que han impuesto en Inglaterra, por un lado, el neopuritanismo y, por otro, el afán por complacer al Islam, dos amigos se resuelven a huir con un barril de ron y un gran queso y poemas y canciones, auténticos taberneros errantes, goliardos cabalgando de nuevo.

A poco de publicarse, estalló la I Guerra Mundial, por lo que la novela quedó opacada. Para su fortuna, el argumento, con su ataque a las leyes higienistas, a la intolerancia de lo políticamente correcto, a la demagogia de las elites y a la alianza de civilizaciones, ha devenido más actual que cuando se publicó. Parece paradoja chestertoniana, pero es lo propio de las profecías. Optimismo y buen humor aparte, la novela es la hermana gemela (¡y se llevan cien años exactos!) de Sumisión de Houellebecq.

La obra tiene todos los ingredientes chestertonianos (el estilo desbordado, el humor, al amor a Inglaterra, el desdén a los aristócratas (Lord Iwywood) y el amor a los aristócratas (Lady Joan), las aventuras, la imaginación, la crítica política, etc., pero su clave secreta es que, bajo fenómenos que entonces apuntaban y hoy se imponen, tales como el imperio de la dietética, la extensión cada día más beligerante del vegetarianismo y el veganismo o la banalización del sexo, se oculta la enésima reencarnación de la gnosis. Un denominador común de muchas doctrinas y modas contemporáneas es que miran con desprecio todo lo que tiene que ver con el cuerpo, con la vida cotidiana y con la realidad. Sólo valen las ideologías y las utopías. La serie Altered Carbon (basada en la novela homónima de 2002 de Richard K. Morgan) llega al extremo de considerar los cuerpos apenas fundas intercambiables de las identidades individuales.

Santiago Alba Rico, en el excelente prólogo a la edición de La taberna errante de Acuarela Libros (Madrid, 2004), entre muchas observaciones brillantes, acierta al declarar que La taberna errante arremete contra el idealismo de las clases altas. Ésa es su intención, en efecto. Chesterton afina más, incluso, y diferencia en su novela entre dos clases de idealistas: “Los que idealizan la realidad y los, ¡rarísimos!, que realizan el ideal”. Él apuesta por la realización, aunque chafe la perfección abstracta. Por ello emprende una defensa práctica del hombre ordinario y de los placeres sencillos. Cuando más adelante Alba Rico cuenta que Chesterton “desconfiaba de Shaw más por sus costumbres alimenticias que por sus discrepancias filosóficas o políticas”, acierta a explicarnos la razón de fondo: “sus discrepancias filosóficas y políticas tomaban cuerpo en sus irreconciliables costumbres alimenticias”. En consecuencia, si Chesterton prefería un caníbal antes que a un vegetariano, no era para epatar al lector, sino por profundas verdades filosófico-teológicas.

No en vano muchos grandes defensores de la ortodoxia (véase el Aquinate) han sido orondos como toneles. Nada como un bistec combate el gnosticismo. Parece que los jóvenes chestertonianos de Oxford lo supieron ver. Hasta extremos que incitaron a un compañero remilgado a dedicarles este epigrama, que cita Dorothy L. Sayers:

Hay cinco cosas que los jóvenes
chestertonianos reverencian:
el chuletón, la ordinariez,
Roma, el jaleo y la cerveza
.

Chesterton, que en su primera juventud estuvo tentado por el idealismo y el espiritualismo, como destaca muy dramáticamente en su Autobiografía, reacciona y lleva, con la fe del converso, la defensa de la encarnación hasta las más últimas consecuencias, pasando siempre por el chuletón y la cerveza. Wells, que era abstemio además de ateo, protestó del “boozy halo of Catholicism”, esto es, del halo alcohólico que Chesterton y Belloc habían aportado a la causa. En realidad, el halo venía de antiguo (el hálito hace al monje), de la Merrie England, de Chaucer y de Shakespeare y del antipuritanismo, que es una veta pura de la Iglesia.

La poesía que defendía Chesterton, incluso pagando el precio de no entender del todo la poesía joven de su tiempo, fue consecuentemente una poética hipercalórica. Siempre con rima, con metro, con música, con aliteraciones, con argumentos, con estrofas: no le faltaba un avío ni un condimento. Ante la poesía más delicada de su tiempo, la modernista, se pregunta: “¿De verdad hemos aprendido a pensar con más amplitud? ¿O tan sólo hemos aprendido a estirar nuestros pensamientos al tiempo que los adelgazamos? Sospecho que un poeta moderno podría elaborar un admirable poema lírico casi con cada uno de los versos de Pope”. Observen: no entiende el adelgazamiento.

En La taberna errante encontramos el epítome de esta poética. El poema se titula “The Song Against Modern Songs” y, tras expresar sus dudas sobre los poemas más actuales, propone sus postulados cyranodebergerascos (en traducción de Jesús Beades):

Pero ¿quién escribirá el galope y la grandeza,
la canción del cazador, la de brindar con cerveza,
para aquellos que se alzaron, tan valientes, con arrojo,
cuando el día y cuando el vino se volvieron color rojo?
Pero ¡trae acá un clarete del que tienes ahí guardado
y te escribo una canción para el brindis más osado,
sobre la guerra, y los barcos que ya zarpan de los puertos,
una canción que consiga que resuciten los muertos!

Las canciones de taberna que Chesterton incluye en su novela se convierten, así, en el ejemplo más palpable de lo que el inglés pedía para un poema y, en realidad, para cualquier escrito suyo: que fuese una canción, que reuniese a su alrededor a los amigos, brindando a ser posible, y que acabase resultando, además, un himno de combate.

He de vencer la tentación de recitar más poemas, siquiera sea para que, quienes han renunciado a ir a tomarse una cerveza en el primer párrafo, no se retrasen más. Pero el último, sí, para ir, además, entonándonos. “El feliz vegetariano” es un ejemplo paradigmático de las paradojas de Chesterton. El bebedor se considera tan vegetariano como el que más. ¿O acaso no es un devoto del… zumo de uva? “I will stick to port and sherry,/ For they are so very, very,/ So very, very, very vegetarian”. En la versión del grupo sevillano The Flying Inn, se contagia el regocijo que refleja el poema:

Chesterton se está riendo de esos vegetarianos que le ponen peros al vino sin que sepamos por qué, aunque lo sospechamos. Roger Scruton, en Bebo, luego existo, ensayo filosófico de muy cartesiano título y muy chestertoniano contenido, ha llamado sabiamente la atención sobre el hecho de que el vino nos revela, en última instancia, la existencia del alma. Lo hace de mismo modo que la buena comida nos recuerda nuestra condición corporal. A primera vista, parece que la novela de Chesterton está defendiendo la existencia de las tabernas frente al estatismo desmadrado, la política excesiva y la demagogia, y sí, claro, pero está defendiendo, sobre todo, la naturaleza humana, su hilemorfismo.

Su espíritu lo recogió George Orwell en un artículo extraordinario: “The Moon Under Water”. Era el nombre de un pub soñado, el arquetipo de todos aquellos de carne y cerveza que se mantuvieron abiertos durante la II Guerra Mundial, símbolos de la resistencia inglesa al nazismo (cuyo líder, por cierto, era vegetariano y abstemio). “The Moon Under Water” volvió a izar la bandera (o, mejor dicho, el poste con el signo) de La taberna errante. Es una bandera que aún tenemos que enarbolar. Ahora sí podemos (¡y debemos!) irnos todos a la taberna donde nos esperan los amigos de la primera hora. Todavía no es tarde.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.