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En el acto de comprensión de la propia identidad, la memoria no se detiene en la recuperación de los sucesivos yoes perdidos en el fluir del tiempo, sino que los articula en una unidad de sentido. De ahí que, en esta tarea, la memoria aparezca mediatizada por la mirada: no sólo la que el yo dirige hacia sí mismo y hacia su propio pasado, sino aquella con la que instancias distintas de él lo contemplan.

MIRADAS A LA HISTORIA

En diversas ocasiones a lo largo de su historia, la mirada del mundo se ha posado en el Paraguay. Así, la de los hermanos Robertson a principios del siglo XIX, registradas en Letters on Paraguay y Francia’s Reign of Terror; o las de J. B., Rusch y Ph. Raine en el periodo posterior a la Guerra Grande, contenidas en Die Paraguayer y Paraguay, respectivamente.

En medio de ellas, la de Sarmiento se asombra de que la capital de la que fuera «Provincia Gigante de las Indias», aquella que «Nunca había obedecido a extraños, ni admitídolos», cuente apenas con diez mil habitantes en 1839. Además se espanta, en la introducción al Facundo, de los años en que el doctor Francia aísla al Paraguay y lo encierra «en sus límites de bosques primitivos y, borrando las sendas que conducen a esta China recóndita, oculta y esconde durante treinta años su presa en las profundidades del continente americano, sin dejarla lanzar un solo grito». También Juan Andrés Gelly, a su regreso al país para colaborar con las tareas de un nuevo gobierno a la muerte de Francia, mira hacia el pasado reciente y se asombra de él: «Ahora ocho años el Paraguay […] sólo existía para el mundo político y comercial en las obras y cartas geográficas; parecía que un cataclismo había hecho desaparecer aquel país de la superficie del globo».

A pesar de que la clausura preservó la independencia de las pretensiones de Buenos Aires y del convulso panorama de las provincias del Río de la Plata, la mirada de Sarmiento y de Gelly censura los años de enclaustramiento al situarse en el contexto del enfrentamiento entre civilización y barbarie, eje vertebrador del pensamiento hispanoamericano del siglo XIX. Olvidan que la tendencia al aislamiento se aprecia desde los comienzos de la colonia: no sólo como consecuencia de que el descubrimiento de las minas de Potosí desde el Perú interrumpiera el avance hacia el norte de los expedicionarios llegados a la costa atlántica, ni de que la amenaza portuguesa sobre el Guairá obligara a la partición de la provincia a principios del siglo XVII —convirtiendo al Paraguay en el único territorio de la Corona sin salida al mar— sino también como fruto de unos fenómenos de tipo cultural que contribuyeron a la conciencia temprana de una identidad.

Así, la unión de los conquistadores con las mujeres guaraníes emparentó el elemento indígena con el español, iniciando un proceso de mestizaje cuyo fruto fue el «mancebo de la tierra». El peso de este último llegó a ser tal que en 1575 el número de mestizos se elevaba a 5.000, mientras que el de los españoles era de apenas 280. En este proceso, que inauguró la poligamia y que le valió al Paraguay el apelativo de «Paraíso de Mahoma», a la madre le correspondió la transmisión de la lengua guaraní, cuyo uso generalizado permitió que el Paraguay, siglos más tarde, se reconociese como entidad independiente frente a las demás naciones. Azara mismo, en las postrimerías ya del siglo XVIII, anota que el guaraní es la lengua hablada en los territorios gobernados desde Asunción, y que «sólo las personas instruidas y los hombres de la villa de Curuguaty entienden el español».

De esta manera, el aislamiento impuesto por Francia, y que dio lugar al apelativo de la «China sudamericana», no pudo sino contribuir a la voluntad de afirmación de un pueblo que se sabía con señas de identidad propias.

Sin embargo, va a ser un nuevo acontecimiento el que provoque que la mirada del paraguayo se vuelva sobre sí mismo en busca de dilucidar esa unidad de sentido en la que consiste el propio yo: la Guerra de la Triple Alianza o Guerra Grande. La misma enfrentó a Paraguay con Brasil, Argentina y Uruguay durante poco más de un lustro (1864-1870), siendo Francisco Solano López presidente. A pesar del empuje inicial de las tropas paraguayas, el país se vio obligado a defender palmo a palmo su territorio hasta que, tras un interminable éxodo hacia el norte, el mariscal López fue derrotado y muerto en Cerro Corá.

Obligado a ceder grandes extensiones de su territorio, Paraguay perdió gran parte de su población, especialmente masculina; y si en el siglo XVI había sido conocido como «Paraíso de Mahoma», ahora recibirá el apelativo de «País de las Mujeres». Los planes de progreso iniciados por el padre de Francisco Solano, don Carlos Antonio, se vieron truncados, y la economía se derrumbó, obligada a cargar con los gastos de la guerra. Los países vencedores impusieron el nuevo sistema de gobierno, y durante los primeros años ejercieron de árbitros de la política nacional. Por último, la nacionalidad derrotada quedó mancillada, obligada a soportar la acusación de barbarie y salvajismo que los aliados habían lanzado para justificar la prosecución de la contienda.

LA MIRADA AL PARAÍSO DE LA INFANCIA

Durante la posguerra, la dilucidación de la propia identidad se va a convertir en tarea obligada y, en ésta, la mirada va a jugar un papel trascendental. Así, en 1877 Enrique Parodi compone el poema Patria, modélica muestra —junto con La Sibila Paraguaya, del español Victorino Abente, y Al Paraguay, de Venancio López— de lo que se ha dado en llamar «lírica de la consolación». Los poemas son auténticas exhortaciones a la patria para que se levante. De ahí el empleo de imperativos como «levanta», «yérguete» y «alza». La patria aparece como la Tierra-Madre de quien el poeta se sabe hijo. Y cuando su memoria —pienso en Parodi, que escribe desde Buenos Aires recreando «impresiones de risueña infancia»— se demora en su cielo y en sus cerros, en sus selvas y cascadas, la mirada es claramente idealizadora: en la descripción del paisaje se conjugan elementos del Paraíso, del jardín y de un lugar placentero.

También de 1877 es Viaje nocturno, pequeña obra narrativa publicada en la distancia, en Nueva York, mientras su autor residía en Cuba. En ella, Juan Crisóstomo Centurión narra un regreso soñado al Paraguay. Nuevamente la memoria, en busca de una edad dorada desde la que recuperar el orgullo arrebatado por la derrota, dirige la mirada hacia el paisaje de la infancia, en cuyo centro se encuentra la choza natal y la figura de la madre. De esta manera, el «viaje» que da título a la obra no sólo supone un desplazamiento onírico, sino una auténtica labor interpretativa de la historia reciente a partir de un momento capaz de servir de fundamento.

El espacio, una vez más idealizado, se encuentra regado por la sangre de los héroes, para cuya exaltación se comparan con figuras de la antigüedad grecolatina: Coriolano y los trescientos de Termópilas, pero también las mujeres de Cartago, pues, como dirá años después Ignacio A . Pane en su poema La mujer paraguaya: «Ella impulsó a su hermano a la pelea, / ella siguió a sus hijos al combate… / Dijo a su amante: “La victoria sea / arra de amor del que mi amor acate”».

Esta corriente interpretativa de la identidad cuenta con antecedentes, como el del inglés C. B. Mansfield, que en 1856 escribía a un amigo: «¿No ves que Paraguay es un error tipográfico por Paraíso, y que los ríos Paraguay y Uruguay son los del Edén?». En ella, la mujer es el componente primero como fuente de patriotismo y agente de inserción armónica en el espacio. Si para Centurión la morada materna era la etapa final de su viaje, en el poema de Pane la mujer guaraní nace, «como surgiera Venus del Egeo», de una selva paradisíaca. La naturaleza la viste con sus galas: «Para sus ojos fúlgidos y bellos, / focos de amor del corazón salvaje, / le dio el rocío matinal destello / y el negro yvapurú1 le dio ropaje». De esta manera, la raza del «mancebo de la tierra» se integra en el espacio natural del que la mujer es «mensajera gentil». En la nueva raza se armonizan las virtudes de la guaraní y la española, y es a la madre a la que corresponde la función transmisora: «Por ella, en fin, del bosque en la espesura, / al paraguayo, orgullo de la historia, / la sangre de Guarán le dio bravura, / la sangre de Pelayo le dio gloria».

Pane pertenece a la generación del 900, compuesta por un grupo de intelectuales que se impuso como misión la recuperación definitiva del orgullo de la nación, mediante estudios y escritos de diversa índole. Reveladoras de esta voluntad son dos publicaciones realizadas con motivo del primer centenario de la independencia: el extenso poema Canto secular, de Eloy Fariña Núñez, y el Álbum gráfico de la Repúblicadel Paraguay: 1811-1911, editado por Arsenio López Decoud. Si el primero exalta e idealiza los componentes naturales, históricos y culturales de la identidad paraguaya, el segundo da cuenta, en multitud de artículos y de fotografías, de los aspectos relevantes del país. Su sintonía con los fines de su generación se aprecian en estas palabras de la introducción: «Él [el Álbum gráfico] dirá que no fuimos la horda de bárbaros fanatizados, el “millón de salvajes” al que debió redimirse por la sangre y por el fuego».

De entre los integrantes de esta generación, seguramente fue O’Leary quien más influyó en el Paraguay del siglo XX. En sus escritos, de un tono exaltadamente romántico, inicia el revisionismo al escribir la historia de un pueblo que durante los años de la guerra prefirió la muerte a verse privado de su independencia. La polémica en la que se enfrentó a su maestro Cecilio Báez en 1902 refleja una división de la sociedad paraguaya paralela a la que aún hoy separa a los dos partidos tradicionales —el Colorado y el Liberal—, pues al salir victorioso de ella consiguió para el mariscal López la consideración de héroe.

Teresa Lamas, autora de Tradiciones del hogar (1921 y 1928) y La casa y su sombra (1955), expresa en el relato De aquel viejo dolor los mecanismos del proceso de idealización del Paraguay. En una escena teñida de dolor y de melancolía, mujeres, ancianos y niños abandonan su caserón ante el avance de los aliados. Momentos antes de partir, Nicasia, doncella entonces, recoge una rosa del jardín y, en vez de colocarla en sus cabellos, la guarda junto a su corazón. Cuando acaba la contienda, los sobrevivientes regresan y encuentran devastado su hogar. Tan sólo un naranjal les va a ofrecer cobijo y sustento. Poco a poco empieza la reconstrucción. Cuando se vuelve a alzar el caserón y renace el jardín, Nicasia ve pasar a un joven a caballo. Se enamora de él y, por primera vez desde el éxodo obligado, coloca nuevamente sobre su cabello las rosas del jardín, símbolo de la juventud recuperada.

Como se ve, mirada y memoria se dirigen en el relato al espacio perdido de la infancia o de la juventud, identificado con un jardín en cuyo centro se alza la morada de los padres. La inserción en él es armónica. A la pérdida sufrida con motivo de la contienda sucede su recuperación, gracias a la sangre vertida por los héroes y a la labor femenina. Los paralelismos con el contexto histórico son evidentes: el jardín primero equivale a la época de esplendor de los López, arrebatada como consecuencia de la contienda; reconstruir la patria equivale a recuperar el espacio ideal.

LA DESTRUCCIÓN DEL PARAÍSO

En el seno de este contexto, un elemento perturbador aparece en La raíz errante (1953), novela de Natalicio González: en ella, el cazadoragricultor Pedro, integrado armónicamente en un espacio rural descrito con pinceladas arcádicas, es desposeído de su tierra por el cacique, lo que le lleva a quemar su propia choza y a contratarse, en condiciones de casi esclavitud, para una compañía yerbatera de las selvas del Alto Paraná. Y es que la mirada que el escritor dirige a la realidad de su patria hace ya algunos años que ha comenzado a cambiar. En 1952, Gabriel Casaccia ha publicado en Buenos Aires La babosa, novela en la que rompe con la literatura idealizadora descrita. Esta ruptura la había iniciado con la colección de cuentos El guajhú en 1938, y contaba con el antecedente de El dolor paraguayo y Lo que son los yerbales, obras en las que el escritor español Rafael Barret retrataba a principios de siglo los aspectos más sórdidos de la realidad. Roa Bastos, en un artículo aparecido en la revista Sur en 1965, recordaba a este último como «otro viajero [el primero que cita es Georges Bernanos] que había venido en busca del Paraíso Terrestre y sólo encontró su infernal contrafigura».

En La babosa, la acción se localiza en Areguá, villa que Adolfo Posada, profesor de la Universidad de Madrid, describiera como arcádica durante su viaje al Paraguay en 1910. Sin embargo, Casaccia invierte en la novela el modelo de la posesión ensalzada del espacio americano y de la identidad idealizada. Los componentes de esta última siguen siendo los mismos, pero ahora la mirada percibe sólo su negativo: el personaje ya no es un héroe, sino un ser decadente incapaz para la acción; el ejercicio de una sexualidad instintiva lanza sospechas sobre la misma raza; y el espacio se percibe como carcelario, símbolo de las dictaduras que a partir de los años cuarenta oprimen al Paraguay.

Dos miradas, dos ejercicios distintos de la memoria en busca de la identidad. Cada una de ellas responde a dos momentos de la historia paraguaya, separados entre sí por ocho décadas, y marcados por acontecimientos de diverso signo. El uno, la situación de abatimiento en que quedó el país tras la Guerra Grande, anima una visión idílica; el otro, la descomposición interna de una sociedad que desemboca en un largo periodo dictatorial, incita a la mirada crítica. En el momento actual, superados ambos acontecimientos, las dos visiones pueden servir para una nueva tarea de interpretación desde la que construir la sociedad a la que el Paraguay dedica hoy sus esfuerzos.

 

NOTA

1 Fruto negro del árbol de igual nombre.


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