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Este libro trata de los problemas que se nos vienen encima cuando no sabemos qué hacer con el dinero. Se dirá que el verdadero agobio es no saber qué hacer cuando no se dispone de dinero o que la dificultad grave estriba en encontrar el modo de hallarlo cuando este falta. Sin embargo, el dinero, al igual que cualquier otra realidad inserta en la vida humana, suscita diversas actitudes y origina maneras de obrar muy distintas. Y elegir qué actitud adoptar ante él o cómo gestionar su posesión es un problema genuinamente moral o, lo que viene a ser lo mismo, una cuestión que afecta a nuestra vida y al grado de plenitud y satisfacción que en ella logramos alcanzar. Un mal uso del dinero es capaz de echar a perder la vida del ser humano y arruinar su existencia. Habitualmente las penurias económicas provienen del abuso de las riquezas y no, como cabría esperar, de su mera carencia. Este libro de Maeztu versa, pues, sobre las raíces profundas de la crisis económica que nos azota y esboza un remedio para salir de ella y eludir su cíclico retorno.

No es la primera vez que experimentamos una crisis económica. Y, cuando en otras ocasiones vinieron mal dadas desde el punto de vista material, hubo pensadores que, desentendiéndose de la minucia del balance, del detalle macro o microeconómico, sobrevolaron la situación hasta alcanzar el punto desencadenante del trastorno productivo. Un reflujo de liquidez generalizado expresa un retroceso de amplitud de miras morales y una aminoración del circulante suele ser una pálida copia de un estrago de las ansias de vida espiritual.

El acierto de García de Leániz es haber recopilado, ordenado y prologado más de treinta artículos de Ramiro de Maeztu, escritos entre los años 1922 y 1931, cuando en el pleno despilfarro posbélico que algunos denominaron Belle Époque se estaba gestando la crisis del 29, que para la mayoría de los economistas es la única que ha superado en intensidad a la que ahora sufrimos. García de Leániz parte de la edición de Vicente Marrero del tomo XV de las Obras Completas de Maeztu que publicó hace ya muchos años la Editora Nacional en 1957. Sobre los artículos allí reproducidos, aparecidos la mayoría de ellos originariamente en El Sol y en El Mundo de La Habana, ha efectuado una inteligente selección, los ha reordenado de otra forma para mostrar mejor el pensamiento de su autor, corregido diligentemente algunas erratas y anotado mínimamente. A todo ello añade un prólogo esclarecedor, con lo que el lector de hoy dispone de un volumen asequible para comprender el rico pensamiento de Maeztu sobre la economía y sus desdichas.

La tesis esencial, el punto de partida de Maeztu, es que a su alrededor, en los años veinte, ve que falta el sentido reverencial del dinero. Es muy fácil no llegar a entender esta expresión. Frente al dinero, cree Maeztu, que caben solo dos actitudes: la cínica o canalla y la reverencial o religiosa. Conviene advertir que, si bien los términos elegidos para designarlas muestran un patente sentido estimativo, cabe que una buena persona exhiba una actitud cínica frente al dinero y viceversa. Se valoran las posiciones y no a quienes las adoptan. Por esto, puede decir Maeztu que la actitud reverencial es típica de los pueblos anglosajones, mientras que la cínica se halla repartida generosamente entre los restantes gentes de la tierra. Separa a ambas tomas de postura el servirse del dinero o servir al dinero. Quien se sirve del dinero lo concibe como una comodidad, un medio de obtener cuantos placeres o satisfacciones desee mientras duren los billetes. Para este tipo de personas, el dinero se hizo redondo para facilitar su circulación, como una invitación para que pase cuanto antes de una mano a otra, comprando bienes sensibles. Quien, por el contrario, sirve al dinero no tiene por qué caer en un mamonismo o moloquismo. El sentido reverencial del dinero no implica postrarse ante él, ni supone la mirada amorosa del avaro a las riquezas que su mano acaricia. Al contrario, el sentido reverencial del dinero no elimina contemplarlo como un medio, siempre al servicio de un bien mayor. Ahora bien, quien reverencia al dinero, en el sentido que Maeztu propone, ve en él los bienes no sensibles que gracias a él pueda alcanzar, la libertad que le es capaz de procurarle, el poder que le granjea. En definitiva, es la diferencia entre el hombre sensual y el espiritual. No reverenciar al dinero supone, en suma, separar la actividad económica del resto de la vida humana, o sea, desespiritualizarla. Quizá esta tendencia comience con Adam Smith, quien nos advirtió que no deberíamos esperar nuestra comida de la benevolencia de los panaderos y carniceros, sino de su egoísmo. Si así fue, no le vino mal que le bautizarán como Adam, pues inauguró, cree Maeztu, una nueva humanidad, donde el cálculo de los intereses propios sustituye el impulso solidario. La racionalización economicista de la vida, que concibe todo, incluidas las relaciones más personales, como objeto de una comparación de ganancias y pérdidas, como un análisis del coste de una inversión a la espera de un beneficio probable, que tan adentro está penetrando en nuestra sociedad, es la consecuencia inmediata de haber perdido el sentido reverente del dinero. Un segundo efecto de la concepción sensualista del dinero consiste en el abandono de la obra bien hecha amorosamente fabricada. La cultura del usar y tirar, o más aún, la de fabricar mal y vender rápido, sustituye a la delectación en el trabajo bien hecho y trae consigo la ruina económica a medio plazo. Como dice Maeztu, cuando un relojero compone un reloj solo para ganar algo dinero y no porque cree que en esa humilde tarea de ayudar a un semejante a medir el tiempo, además de obtener su sustento, se juega su destino eterno, es muy fácil que no lo haga todo lo bien de lo que sería capaz. Y termina la reflexión de Maeztu, no ha de extrañarnos que los calvinistas suizos sean los mejores relojeros del mundo. La enseñanza de Maeztu, sin embargo, es que no se precisa ligar la creencia en la predestinación con la obra bien hecha y que el culto del trabajo es totalmente compatible con el catolicismo. En el fondo, brota de una concepción espiritual —no exclusivamente sensible— de la vida humana y, con ella, de la actividad económica que comporta. El sentido reverencial del dinero así lo enseña. • 


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