Compartir:

  Suenan tambores de guerra y todos nos ponemos a temblar. Así reaccionamos los ciudadanos occidentales que hemos crecido en la cultura de la paz y la estabilidad. No podía ser de otro modo porque, en nuestro concepto del bien y del mal, por muy confuso que sea, sigue viva la idea de que cualquier guerra es indeseable y abominable por los efectos que produce y por los instintos que despierta. Hasta aquí estaremos casi todos de acuerdo. La guerra es mala y todo ser humano con un mínimo de armazón moral es lógico que sienta rechazo ante la perspectiva de una intervención militar.

 El problema y la discrepancia surgen cuando las cosas se ponen feas y nos tenemos que poner a hablar en serio. El melón del debate se abre cuando la cruda realidad internacional nos obliga a levantarnos del confortable sofá de la tertulia y nos empuja a la fría sala de operaciones en donde ya no sirve la ironía y el sarcasmo se convierte en una broma de mal gusto. Ese instante en el que tenemos que ejercer la responsabilidad y, por lo tanto, empezar a tomar decisiones. No hay otra opción, la responsabilidad nos empuja al compromiso que por definición siempre supone una dosis de riesgo y una pizca de renuncia.

 Llegado este momento, hay que ser humildes y reconocer que la nueva realidad geopolítica nos trasciende y, en cierta medida, nos viene dada. Ser humildes en el sentido de que los ciudadanos españoles, europeos, occidentales o americanos, nos hemos encontrado con unos acontecimientos que no son el resultado lógico y previsible de lo que eran nuestros deseos políticos. Dicho de un modo más simple pero no por ello menos certero: ¡Despierten amigos!… el siglo XX ha terminado. Desde 1989, cuando cayó el muro de Berlín, las democracias occidentales hemos estado durmiendo una agradable siesta y ahora toca despertarse y volver al tajo. O si quieren, también podemos recurrir a la versión más realista y más clara: ¡Despierten, aliados, el mundo está cambiando!

 La perspectiva de una intervención militar en Irak puede leerse de muy distintas formas y con muy distintas ópticas. La oferta de argumentos en contra y a favor es muy variada. En una democracia como la nuestra, cuando se abre un debate de este tipo, afortunadamente siempre se sirve barra libre. Incluso la visión más conspirativa y antisistema puede presentarse como un planteamiento respetable desde el punto de vista intelectual y moral. Pero si asumimos por un momento que lo que decíamos antes era verdad, es decir, que el mundo está viviendo un punto de inflexión extraordinario de la historia, entonces podremos coincidir en que los únicos planteamientos políticamente razonables en estos momentos son aquellos que se contemplen con una óptica bien pegada a la cruda realidad. Es un momento para el realismo político.

 En la era de la globalización, la España del siglo XXI debe decidir en qué división desea jugar en el concierto internacional. Félix de Azúa se quejaba de la proliferación de comparaciones políticofutboleras en los medios de comunicación españoles. Tiene razón, pero también será indulgente y entenderá que a veces resulta inevitable intentar hacer comprensible lo que es un verdadero galimatías. Como ya ocurrió en la primera fase de la guerra del Golfo, es el Gobierno de España, en este caso, el Gobierno surgido de las elecciones generales del 2000 que le dieron la mayoría absoluta al programa y a los candidatos del Partido Popular, el que debe asumir la responsabilidad de definir la dirección política en la crisis. El Gobierno, desde la sala de operaciones de nuestro sistema democrático, tiene que decidir qué posición conviene más a los intereses de la sociedad española. En suma, debe decidir si quiere estar en el terreno de juego y, lo que aún es más importante, en qué equipo quiere que juguemos los españoles.

 Desde mi punto de vista, una posición razonable y acorde a los intereses de nuestro país consistiría en una serie de ideas muy básicas que se deberían articular con cierta flexibilidad, dado que la realidad a la que se deben ajustar es, por definición, extraordinariamente dinámica y mutante. Primero, tenemos que ser abiertamente solidarios con nuestros aliados y tener la determinación de compartir la responsabilidad en la lucha global contra el terrorismo. España, desde su silla en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y su pertenencia a la Unión Europea, ha estado trabajando para obtener por medios pacíficos el efectivo desarme del régimen de Sadam Husein. Nuestro objetivo político inmediato debe consistir en mantener unidos a nuestros aliados frente a la amenaza real que representa el dictador de Bagdad.

 No obstante, debemos decir claro que el pueblo americano, el Congreso de los Estados Unidos y su presidente democráticamente elegido y comprometido amigo de España, siempre encontrará el calor político de quienes entendemos que la libertad, los derechos humanos y nuestra seguridad son valores que merece la pena defender a la hora indeseable de enfrentarse a un dictador como Sadam Husein. La globalización tiende a diluir conceptos que antes nos parecían tan nítidos como Occidente, el mundo árabe, el grupo de los 77 o cualquier otra categoría política de la vieja guerra fría. A pesar de ello, hay muchos que seguimos pensando que el concepto civilizador de Occidente sigue estando muy ligado a viejos ideales que, por fin, son para nosotros una realidad tangible como la Democracia, el Estado de Derecho, los derechos humanos, la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer o la libertad en todas sus acepciones políticas (de expresión, de empresa, de asociación, etc.). Como creemos que pertenecemos a ese Occidente político, asumiremos la responsabilidad que supone pertenecer a ese mundo de valores y principios. Sabemos, por experiencia, que los valores y los principios no se defienden solos. Estamos convencidos que desde la responsabilidad política hay que trabajar para poner los valores en acción. Somos conscientes en qué lado tenemos que estar y entendemos que la mayoría de la sociedad española y europea, llegado el momento, también sabrá en qué lado tiene que situarse. España, como actor internacional, debe seguir estando cerca de Estados Unidos.

 Tras el 11S, Estados Unidos es un país víctima del terrorismo, pero además sigue siendo un aliado occidental que contribuye decididamente al mantenimiento del sistema de seguridad que nos protege. Nuestra seguridad, hasta que no se demuestre lo contrario, depende de ese vínculo transatlántico. Pero ya no sólo es España, también Estados Unidos es un comprometido defensor de la estabilidad europea. La intervención de la OTAN, liderada por Estados Unidos, en la crisis de los Balcanes fue la operación que terminó con aquella vergonzosa limpieza étnica que se practicaba en nuestro continente, ante la mirada impotente de una Unión Europea enredada en su propio cordón umbilical. Estados Unidos ha demostrado con hechos y no sólo palabras que siempre está con Europa, cuando se trata de echar una mano.

 Pero aún hay una razón más inmediata a la vista de los intereses de la sociedad española. La amistad activa con Estados Unidos será siempre una buena baza a nuestro favor a la hora de derrotar a una ETA cada vez más atropellada. Sería una torpeza desaprovechar ese vínculo privilegiado que tan buenos resultados está dando. Aquí no sirve decir que Francia y Estados Unidos son aliados excluyentes.

 Otra idea que es conveniente no perder de vista es que desde la cercanía al pueblo norteamericano y a su Gobierno, siempre será mayor nuestra capacidad de discrepar con eficacia. En estas cuestiones no funcionan muy distintos los códigos de amistad entre países y entre personas. Desde la amistad y la solidaridad siempre es más fácil decirse las verdades a la cara y conseguir influir en la resolución de la discrepancia. Así, podemos decir sin problemas, como ya hizo el presidente Aznar en los jardines de la Casa Blanca, que España no facilitará extradición de reo alguno que suponga la aplicación de la pena de muerte. También desde la solidaridad podremos discrepar de todo planteamiento que busque sustento en fundamentalismos religiosos que poco tienen que ver con nuestra visión laica de la acción política. También podremos discrepar acerca de las licencias que Estados Unidos o cualquier otro pueda tomarse al margen de lo que son los estándares propios de actuación de un Estado de Derecho. Nuestro concepto de firmeza en la lucha contra el terrorismo, como ya se demostró ante el fenómeno GAL, se construye a partir de la convicción de que la legitimidad de nuestra lucha reside en la fuerza moral que siempre otorga un Estado democrático y de Derecho como el nuestro. Consecuentemente, es lógica una posición de plena solidaridad con Estados Unidos manteniendo al mismo tiempo la autonomía de acción que confiere el tener un criterio propio a la hora de analizar la realidad a la que nos enfrentamos.

 Seguramente no sea muy amable eso de convencer a la sociedad de que la realidad mundial presenta un perfil hostil y lleno de nuevos desafíos. Un partido político responsable que se dirige a ciudadanos maduros debe hablar con sinceridad y decir que en esta crisis está claro que la actitud de firmeza de Estados Unidos, de España, de Reino Unido y de otros Gobiernos europeos ha sido la que ha permitido la aprobación de la Resolución 1441 así como todos los avances que se han producido desde entonces en la esforzada labor de los inspectores. Esta es la base legal que ha dado cobertura internacional a la misión de la ONU para inspeccionar la capacidad destructiva del régimen de Bagdad. Esto quiere decir que la firmeza y la amenaza de la fuerza también ofrecen resultados pacíficos. Por esta razón, no hay que perder la esperanza de que esto siga siendo así.

 Nadie quiere la guerra aunque la realidad puede conducirnos a ella. Uno de los mayores fracasos de toda esta crisis puede ser comprobar que el partido de la oposición rompa el necesario consenso troncal en materia de política exterior y opte por una postura populista ante los inmediatos comicios electorales. El interés nacional está en juego y se comienza a detectar que la radicalización del PSOE le exige prescindir de la idea de España como motor de su acción política. Se puede entender esta actitud en el PNV, en el BNG e incluso en el nacionalismo catalán, pero si el PSOE insiste en juntarse con los descreídos de la idea de España se estará condenando a perder todas las elecciones generales que se celebren en nuestro país.

 Hay situaciones que exigen decisiones dolorosas y esas decisiones corresponden a aquellos que ejercen la responsabilidad en la sala de operaciones. A nadie le seduce la idea de una guerra del mismo modo que a nadie le atrae la idea de entrar en un quirófano. Cuando llegan esos momentos difíciles, lo importante, es saber permanecer fuertes y unidos.

JAIME MORAGAS


Compartir: