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La sucesión de los acontecimientos que se mencionarán a continuación, ocurridos en la esfera del conflicto israelo-palestino, desafían la capacidad de análisis de aquellos que se ocupan de este tipo de materias y cualquier cosa que digan se volverá en su contra. Sin embargo, no debe creerse que a los directos responsables políticos de la situación, o de la salida de la situación, les pasa algo distinto. Animados, pues, por lo de «mal de muchos», vamos allá.

En el caso de este escritor todo comenzó a raíz de la retirada israelí de Gaza, a finales del pasado año. Luego siguieron 1) la certeza de que la misma fórmula se iba a aplicar a la Cisjordania ocupada por el ejército israelí, 2) la salida de la vida política, por un ataque cerebral, del hombre que iba a sacar a su pueblo de la trampa en que se habían convertido los territorios palestinos ocupados; 3 ) la perspectiva de un triunfo electoral del movimiento extremista Hamás en las elecciones «parlamentarias» de la Autoridad Nacional Palestina, confirmado el 28 de enero pasado; 4) todo ello bajo los negros presagios de la amenaza del recién elegido presidente de Irán, Amadineyad, de hacer desaparecer a Israel del mapa, con un programa similar al que Hamás proclama 1 ; y 5 ) las elecciones parlamentarias israelíes del 24 de marzo. Ante tan compleja combinatoria encerrada en una bola de cristal, la primera torpe pregunta que se viene a las mientes es: ¿y ahora qué?

Quizá no mucho más incisiva sea la pregunta que otros se puedan hacer; por ejemplo, esos poderes del mundo que creían tener en la mano el control de un curso racional y planificado de los acontecimientos, ordenado a un fin de paz, mediante la laboriosa gestión diplomática y política del «proceso de Oslo», la «solución de dos estados», «tierra por paz» y el remate y resumen de todo ello: «la hoja de ruta», patrocinada por el famoso «Cuarteto» (ONU, EE.UU. Rusia y la UE), etc.; hoy, esos procesos, ideas y compromisos han caído por los flancos de los acontecimientos, y ya no pertenecen a un mismo orden o secuencia racionales, esto es, no pertenecen a teorías que den cuenta de la realidad — o de la posibilidad de la realidad— en términos de política o diplomacia.

Según recomiendan algunos filósofos, cuando fracasa una teoría hay que retroceder a la tediosa descripción fenomenológica de lo que pasa, lo cual, a su vez, sólo es posible cuando callamos y dejamos que las cosas que entran en la esfera de nuestras percepciones nos hablen de sí mismas y de las intenciones que quieren significar. Así, pues, fuera los constructos con que se han hecho las teorías fracasadas de la política y la diplomacia para el Próximo Oriente y dentro los perceptos 2. Miremos a la lucha agónica de los dos protagonistas.

ESTADO PERMANENTE DE CATÁSTROFE

La Autoridad Nacional Palestina está sumida en la impotencia. El deterioro causado a su prestigio y eficacia por los largos años de mandato de Yaser Arafat no ha podido ser superado por su actual presidente, Mamud Abbas. Su lucha desesperada por mantener un curso moderado y de «centro» se ha visto frustrada por el rebasamiento sectario. Su fracaso se llama Gaza; una Gaza recién liberada de la ocupación israelí y que, por tanto — casi se atrevería uno a decir — se ha visto sumida en el caos. En fin, un lugar donde se prepara a diario la continuación de la guerra contra Israel. Nominalmente, Abbas es el titular del proceso negociador en nombre de la entidad palestina, pero es Ismael Haniya, el jefe del gobierno surgido de las elecciones de enero que dieron el triunfo a Hamás, quien detenta la llave sobre la gestión de cualquier proceso negociador. Haniya, de momento, reconoce que la Autoridad Palestina está comprometida con un proceso negociador, pero ni que decir tiene que no habrá negociación mientras Hamás no abjure de su carta fundacional, en la que se contempla la aniquilación del Estado de Israel y renuncie expresamente a la violencia. Hamás fue el principal promotor de la segunda Intifada, que causó la muerte de muchos cientos de israelíes entre los años 2002 y 2004 y provocó represalias por parte de Israel que causaron la muerte de tantos cientos o más de palestinos. Una violencia que ahora se cuece todos los días en la Gaza «liberada», y que el gobierno de Hamás no se atreve o no quiere suprimir.

Con esto tiene que ver otro dato que generalmente no se factoriza en las ecuaciones diplomáticas: la hipnótica atracción hacia el faccionalismo, la lucha sectaria y la despiadada disputa por los recursos del poder y del control de la calle. Siendo la palestina una sociedad socialmente poco evolucionada, como la inmensa mayoría de las sociedades árabes, padece de las desventajas de un profundo clientelismo, en parte tribal y en parte político, vinculado este último al control de los ingresos de la administración y a los recursos donados por otras naciones y organismos internacionales.

El triunfo de Hamás y la formación de su gobierno han supuesto un doble golpe a los intereses creados durante la hegemonía de Al Fatá: por un lado, los funcionarios, sobre todo los de las fuerzas de seguridad, temen perder sus plazas por tener que abrir huecos en sus filas a los clientes y militantes de Hamás; por otro, la sola formación del gobierno produjo la desecación de los recursos financieros de la Autoridad, por la doble pinza de la retención de recursos palestinos gestionados por Israel y la congelación de las ayudas occidentales a causa de la naturaleza terrorista de Hamás. Esto puso en cuestión o en peligro los 130.000 empleos dependientes de una forma u otra de la Autoridad Palestina y el modus vivendi de un tercio de la población 3.

Además del primer ataque suicida contra israelíes ocurrido a finales de marzo, después de muchos meses sin ellos, debe tomarse nota de la escalada de preparativos militares irregulares en la franja de Gaza para la continuación e intensificación de los ataques cotidianos contra Israel 4.

Aparentemente, tal actividad podría interpretarse como expresión de la voluntad de Hamás de no bajar la guardia y no darle un respiro a Israel. Una lectura más cuidadosa de los servicios de información israelíes indica que la mayor parte de los preparativos y ataques son obra de agrupaciones afiliadas a Al Fatá, la facción de la OLP que más puede temer de la toma de control por Hamás. A primeros de abril, en la franja de Gaza había una auténtica carrera entre grupos rivales para levantar campos de entrenamiento militar y terrorista, seguramente más dirigida a prevenirse contra los otros grupos competidores que contra Israel. Sin que faltara, naturalmente, la represalia regular de las fuerzas aéreas israelíes, con resultados desastrosos para un grupo u otro.[[wysiwyg_imageupload:1623:height=163,width=200]]

Es ésta una constante de las agrupaciones políticas palestinas: el anterior presidente, Arafat, practicó este arte de aliento a la violencia contra sus rivales políticos, y luego las brigadas de Al-Aqsa y otras agrupaciones de Al Fatá así como Hamás, lo practicaron contra la política oficial de Arafat. Lo mismo está ocurriéndole a Hamás. A primeros de abril, el gobierno logró el compromiso de algunas agrupaciones violentas de Gaza de cesar el fuego para propiciar el fin de las represalias israelíes, pero una de ellas, la Jihad Islámica, se quedó fuera y prometió seguir sus ataques. Ni siquiera deberá pagar por ello pues el gobierno de Hamás se ha comprometido a no castigar ni tomar medidas por una disidencia que agrava sus problemas de credibilidad 5. En fin, nada que no estuviera previsto en el conocido guión. Así, por un lado, se muestra tímidamente la voluntad de acomodarse a las demandas de la comunidad internacional, y por otro se hace dificilísimo o imposible su cumplimiento. Hay que reconocer esta ambigüedad y contradicción interna como lo que quieren ser: parte de una pura estrategia político-militar destinada a confundir al adversario, aunque para una mentalidad occidental no sea fácil discernir su racionalidad y su finalidad.

Esta violencia tiende a crear un clima de desaliento entre palestinos e israelíes, y la convicción de que no es posible la paz. Cada parte dice que su acción violenta no es más que una represalia por una acción de la otra parte, y que si el otro cesa en sus ataques, habrá tranquilidad. La cuestión de si Israel juega cínicamente a este juego de represalias que provocan represalias, con la esperanza de destruir cualquier posibilidad de que los palestinos aborden serena y pacíficamente su futuro, no hace al caso. Si, efectivamente, Israel siguiera esa estrategia perversa, la peor estrategia que podrían seguir los palestinos sería la de aparecer como parte necesaria de su engranaje. Ellos son la parte débil, al menos en el coto circunscrito por las relaciones de fuerza Palestina/Israel. Teóricamente, en el plano militar no tendrían más esperanza que la que les ofreciera, como en el pasado lejano, una alianza ofensiva de los estados árabes, desbordando las fronteras de Israel, pero nada más lejos de las posibilidades del mundo real de hoy día 6.

El aire agresivo, truculento y matón que caracteriza las manifestaciones públicas de las milicias palestinas, incluso el que muestran los grupos que apoyan al moderado presidente Abbas, ese desprecio por la seguridad de los civiles, hasta la de los menores de edad, a los que se educa en el uso de las armas desde la primaria y a los que sin mucho amor se pone en el camino de las balas perdidas7, son factores alienantes de la opinión mundial, que desprestigian la causa y al propio pueblo que la apoya. Peor aún es el culto de la muerte y la ritualización perversa de la estafa de que se hace objeto a los que se supone «voluntarios» para el suicidio terrorista. El mundo palestino no ha sabido sacar provecho del estado de conciencia de la opinión internacional, favorable al débil, al que se reconoce colonizado y al impotente ante la fuerza. Las técnicas de aprovechamiento de esta opinión están al alcance del que quiera utilizarlas. No fue tan larga la lucha pacífica del movimiento por la independencia de la India liderada por el mahatma Gandhi, y más conducente a colocar a este país entre las grandes democracias. Menos brillante pero tan efectiva fue la transición entre el régimen de apartheid de violencia infinitamente menor que el que se registra en Palestina, sin efecto político alguno.[[wysiwyg_imageupload:1624:height=148,width=200]]

El pueblo palestino se halla en otro más de esos callejones sin salida en que se mete impensadamente, o en que le meten sus dirigentes de un modo habitual. El actual se describe de esta forma: los palestinos dieron el triunfo electoral a un movimiento que, con sus servicios asistenciales y su fama de honradez, ganó crédito de incorruptible servidor del pueblo, enmascarando su resolución de mantener al pueblo palestino atado a su objetivo de destrucción de Israel mediante la comisión de los más atroces actos de terror. Esto, en contra de la voluntad mayoritaria de los propios palestinos 8. El pueblo palestino, desafortunadamente, no supo descifrar la trampa.

Una trampa en la que es ahora Hamás quien ha caído. Posiblemente nadie en el mundo, excepto quizás Irán y Siria, desea que Hamás siga en el poder: ni la mayoría de los países de la Liga Árabe, que han recomendado las negociaciones con Israel y por lo tanto su reconocimiento; ni los Estados Unidos, ni la UE 9, que han suspendido su apoyo financiero, ni, como se ha visto, las otras fuerzas políticas palestinas, ni el presidente Abbas; incluso las Naciones Unidas decidieron a mediados de abril someter cada solicitud de contacto de Hamás a un permiso expreso. Si pierden la confianza de los amigos, ¿cómo van los palestinos a crear un Estado, ese Estado que probaría definitivamente que la diplomacia de las más encumbradas potencias y un orden internacional regido por reglas iban a dar cuenta de sí como una teoría bien construida? A mediados de abril los más serios analistas consideraban la hipótesis de que Hamás no pudiera seguir más tiempo detentando el gobierno de Palestina. Incapaz de superar sus contradicciones internas, Hamás retornaría en ese caso, con toda probabilidad, a lo que sabe hacer tan bien: mantener su popularidad entre la población mediante su mezcla de caridad y terror.

Todo se ha vuelto hoy un tremendo lío de contradicciones y frustraciones, que representan un nuevo drama existencial del pueblo palestino, en su camino a la libertad que le prometieron. Pero no son ellos solos los que se muestran desconcertados ante disyuntivas de su existencia. También Israel las encuentra en el laberinto de su tierra prometida.

¿CÁLCULOS CÍNICOS?

Si la hipótesis del fracaso del gobierno de Hamás, y de su deseable dimisión, se confirmasen, la primera disyuntiva que se le plantearía a Israel es la de seguir teniendo que asumir la administración civil y el gobierno militar de un territorio desprovisto de autoridad competente propia, hasta nuevas e inciertas elecciones. Se crearía así una situación de anarquía y vacío de poder que obligaría a Israel, por un lado, a acelerar los planes de retirada de Cisjordania sin la debida preparación política y diplomática, y por otro a imponer unas condiciones draconianas de control, que harían aún más intolerable la penosa vida bajo la ocupación. Eso, si los ataques a Israel no provocasen medidas militares radicales.

Un observador cínico podría decir que es eso precisamente lo que pretendía un genio del mal al propiciar el triunfo de Hamás: cargar a Israel de nuevo con esa piedra de Sísifo. Porque Israel ya había arrojado el fardo de Gaza y estaba preparándose para deshacerse de lo principal de Cisjordania, cuando en enero se dieron, con diferencia de veinticuatro días, dos hechos trascendentales: la incapacitación de Sharon y el triunfo de Hamás. Como es sabido, Sharon se presentaba a las elecciones al Kneset de marzo de este año con el programa de «separación» o «desentendimiento » 10 en Cisjordania, esto es, una retirada estilo Gaza, dejando a su suerte a los palestinos. Su propósito era recortar a su conveniencia el perfil exterior de un territorio que proclamaría frontera definitiva de Israel. ¿Se lo permitirán los palestinos al sucesor de Sharon al frente del gobierno israelí, Ehud Olmert? Porque ya hemos visto lo que han hecho los que en Gaza pasan por fuerzas representativas del pueblo palestino: procurar que Israel se arrepienta de haber abandonado el desolado territorio situado en su flanco centro-occidental. Hamás ha advertido que no admitirá el trazado unilateral de unas proclamadas fronteras exteriores de Israel; lo cual puede comprenderse, claro está, siempre que se conteste positivamente a esta pregunta: ¿está dispuesto el gobierno de Hamás a negociar con Israel el trazado mutuo de las fronteras entre el Estado de Israel y un Estado palestino?

Sharon y el partido que fundó para ese fin, Kadima (Adelante), basaban su plan en la alegada imposibilidad de llegar por vía negociada a contar con una entidad palestina que garantizase e hiciese efectiva la paz. Esta alegación siempre había parecido especiosa y ambivalente a los observadores extranjeros, pues podía servir de excusa para seguir extendiendo los asentamientos de colonos judíos en tierras expropiadas a los palestinos, como de hecho había ocurrido sobre una extensión que se calcula entre el 10 y el 15% del territorio ocupado tras la guerra de 1967. La retirada de Gaza constituyó una refutación bastante convincente a estas objeciones. ¿Quizás Sharon también hablaba en serio de retirarse de Cisjordania…? No hay duda, hablaba en serio. De hecho, parece probado que el inspirador intelectual de esta política, o al menos su más entusiasta partidario desde el comienzo de su concepción, era y es el actual primer ministro, Olmert. La segunda refutación está preparándose al momento de escribir estas líneas: consiste en la formación de un gobierno de coalición capaz de afrontar el plan Sharon modificado por Olmert, que tiene por objetivo el «desentendimiento», esto es, la retirada de lo más del territorio, y «convergencia» o concentración de los colonos israelíes en territorio palestino en tres núcleos de asentamientos defendibles y contiguos a la línea de frontera arbitrariamente trazada por Israel.

ADIÓS A LA VERSIÓN «GRAN ISRAEL» DEL SIONISMO

Tal es el núcleo del programa político que se propone el nuevo gobierno. Fue el liderazgo militar y civil de Sharon el que lo hizo posible. Se estima que con él en activo Kadima habría obtenido una victoria parlamentaria arrolladora. La victoria de Kadima sin Sharon no ha sido arrolladora, pero la solidez del programa queda probada por dos hechos: primero, el partido que se oponía de frente al desentendimiento, el derechista Likud, ha resultado pulverizado (pasó de tener treinta y ocho diputados a once); segundo, la dinámica política que llevaría a la formación de un nuevo gobierno giraba en torno al presupuesto esencial del desentendimiento. Es el apoyo a esta política lo que asegurará a las otras fuerzas de la coalición el cumplimiento de sus programas particulares, algunos de ellos con un marcado sentido social. De esto último, se dirá algo más tarde, pero de momento entremos a explicar el fundamento racional detrás de la política de desentendimiento y retirada.

Ante todo está el problema de seguridad, pero no a la escala local del terrorismo, ni siquiera la del más destructor de sus métodos, los ataques suicidas. No. La amenaza expresa de un Irán en vías de convertirse en potencia nuclear, de «borrar del mapa» a Israel, mostró a este país que su terreno de juego estratégico ya no era el Oriente Próximo árabe, en que los israelíes habían demostrado ser imbatibles, sino el gran estadio de Oriente Medio, erizado de potencias hostiles (Siria e Irán) y adversas (el resto); la perspectiva de un Iraq con gobierno chiita vinculado ideológicamente a Irán no mejoraba el cuadro. Israel necesitaba, por tanto, liberarse de la presión internacional para alcanzar un acuerdo que, por sí mismo, resultaba artificioso por falta de interlocutor creíble y no acababa de llegar nunca, y tratar de buscar alianzas «limpias», principalmente con Occidente, basadas en intereses estratégicos compartibles y no empañados por sospechas de codicia territorial.

En segundo lugar, está la dinámica creada por demografías diferentes entre israelíes y palestinos. La presencia militar y colonial de los israelíes en Cisjordania y Gaza, así como el crecimiento de la población árabe con ciudadanía israelí y los lazos de familia de éstos con los cisjordanos, acabarían por conducir a una situación en que una población minoritariamente judía tendría que seguir haciéndose responsable de una población mayoritariamente árabe. En esas condiciones la «judeidad» del Estado israelí no haría sino difuminarse con el tiempo. Sharon, en sus años de estrella ascendente de la derecha y del movimiento colonizador, esperaba que el legendario espíritu sionista que acompañó la fundación del Estado animara aún a un millón más de judíos a emigrar a Israel. Para ello se necesitaba territorio, y el territorio suplementario lo tenían los palestinos. El millón de judíos no vino, las intifadas elevaron el costo de la colonización en tierra extraña y agravaron los problemas de seguridad. Estos problemas ya son de por sí inmensos y costosos, pues suponen tener a una parte de la juventud sobre las armas largos años en lo mejor de sus vidas, en la antipática tarea de controlar una población insumisa, reducida a vivir en cantones separados por barreras y barricadas, infligiéndole inevitablemente penalidades sin cuento.

Ya que los palestinos no quieren o no pueden ayudar a que Israel perfeccione la legitimidad de su posición como Estado independiente y con derecho a la paz con sus vecinos, argumentan en Israel, por lo menos que quede claro que no es por culpa de Israel. Israel ofrecerá a los palestinos un «estatus final», anunciaba Olmert en enero, pero en ausencia de los palestinos, tomará decisiones sin esperar a más. De ahí el anuncio de una no muy tardía proclamación unilateral de los límites territoriales y la reagrupación de colonias según el plan de «convergencia» 11 . Dado que sería de dudosa legitimidad declarar unilateralmente una frontera sin el acuerdo del vecino contiguo, de momento el término que se usa para designar ese límite es el de «barrera», aproximadamente la barrera de cemento que Israel está construyendo, y que corre en parte sobre la «línea verde» del límite anterior a la guerra de los Seis Días (1967), y en parte en sectores circunscritos por razones de seguridad. Olmert necesita cumplir este plan, antes de que expire el mandato del presidente Bush en noviembre de 2008, ya que de momento cuenta con la predisposición de este presidente a escucharlo, pero como es natural no se sabe nada de lo que pensará su sucesor. La urgencia es mayor si entra en la ecuación el programa de enriquecimiento de uranio de Irán. Realizar el plan de desentendimiento tomará años, y tendrá consecuencias económicas y sociales profundas 12 . Ello absorberá toda la capacidad de atención del gobierno y todo el consenso posible de las fuerzas políticas. ¿Qué pasa si en medio de esos cambios va tomando cuerpo una amenaza real iraní? ¿Aumentarían las presiones internas y externas para que Israel emprendiese un ataque preventivo contra Irán o participase en él? No parece aconsejable meterse en un conflicto de rango mundial cuando se está en medio de una revolución casera. Hay, pues, que darse prisa.

Pero sobre todo, queda un interrogante mayúsculo: unas fuerzas políticas palestinas que han aprovechado la retirada de Gaza para hostigar a Israel día a día, ¿lo dejarán en paz una vez que se retire de Cisjordania sin su «venia»? La respuesta a esta pregunta la debe tener el gobierno israelí antes de unirse a cualquier acción hostil contra Irán, si es que la ha de haber. A la parte palestina, por lo menos en su versión Hamás, lo que le conviene es exactamente mantener a Israel en ascuas sobre la incógnita iraní.

LAS PROSAICAS LUCHAS POR PARCELAS DE PODER

Pero dejemos ahora el plano de la seguridad y entremos en el político por gracia de otro interrogante: la coalición que apoya al plan de Kadima, ¿se tendrá en pie en el fragmentado espacio político israelí durante el tiempo necesario para cumplir el plan? ¿Sufrirá el plan, tal como lo diseña de forma imprecisa Olmert, mermas considerables en aras a acomodar las demandas y los intereses de los otros socios de la coalición?

Desde la fundación del Estado sionista, la sociedad israelí se ha transformado a través de procesos sociales y políticos dramáticamente diferentes: primero fue el programa irredentista de los fundadores, prolongado años después como mito por el Sharon caudillo de guerra, martillo de palestinos y colonizador en jefe; luego vino el agotamiento del empuje y los gobiernos de centro-izquierda que en los años noventa mostraron disposición a negociar la paz pero no fueron capaces de cerrar un acuerdo negociado sobre el futuro de los territorios habitados por los palestinos, o no tuvieron el valor para hacerlo. Entretanto se abrió una brecha de desigualdad que el espíritu de sacrificio, renuncia y resistencia fundacionales ya no podía colmar. El rápido crecimiento económico de Israel logrado por los últimos gobiernos del Likud de Netanyahu y Sharon había beneficiado poco a ciertos sectores sociales, principalmente árabes, jubilados, inmigrantes recientes y la juventud. Hay una importante cuenta social pendiente. Se estima que un tercio de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. El «golpe» de Sharon al lanzar Kadima fue precisamente reclutar al líder socialdemócrata del laborismo, Simón Peres, bajo el señuelo de ayudarle a cumplir un amplio programa social con los ahorros que se hiciesen en defensa y seguridad, para los que la retirada de Gaza y Cisjordania era condición necesaria. Las elecciones de marzo de 2006 se jugaron bajo el signo de lo social; hasta un nuevo partido de los pensionistas obtuvo resultados sorprendentes (siete escaños). Esta alianza se ha visto reforzada con la incorporación del propio partido laborista a la coalición formada por Olmert (une sus veinte escaños a los veintiocho de Kadima). El nuevo líder laborista, Amir Peretz, fue preconizado poco después para una de las carteras clave del nuevo gobierno.

No está claro que todos los candidatos a formar parte de la coalición reserven el mismo grado de prioridad a la agenda del desentendimiento y la convergencia. Así, el partido Yisrael Beiteinu, que básicamente representa a los inmigrantes rusos, da prioridad absoluta a los programas sociales y a la liberalización de las restricciones confesionales que caracterizan y refuerzan la naturaleza de Israel como Estado judío. El partido «shas» de los ultraortodoxos (trece escaños), naturalmente, desconfía de este último tipo de reformas, pero enfatizan los programas sociales. Los laboristas quieren una agenda política precisa que obligue a negociar con los palestinos y, sólo en condiciones extremas, proceder a la acción unilateral, e insisten en una intensificación de las inversiones en educación, porque sienten que el rápido desarrollo económico de los últimos años, orientado hacia la tecnología, ha dejado en la cuneta a la gente menos preparada, entre ellos las comunidades ultraortodoxas, los árabes y los beduínos. Si la nueva frontera ha de ir unos kilómetros más allá o más acá, depende a su vez de las condiciones que cada uno de estos partidos ponga para su integración en el gobierno. Es el laborismo el que ha insistido más en el reagrupamiento de las colonias.

En realidad, nadie parece haberse detenido, al menos de cara a la opinión, a presupuestar el costo del reagrupamiento de colonias y el reasentamiento de 60.000 u 80.000 del total de colonos en el territorio propio del actual Israel. Y poco se ha debatido aún cómo reaccionará el movimiento de los colonos a los drásticos cierres de la mayor parte de sus asentamientos. Los colonos son bien conocidos por su fiereza y por la disposición de bastantes de ellos a la violencia. Recuérdese la amargura que les produjo la retirada de Gaza. Los costos de esta gigantesca operación, que habría que poner en la cuenta de la seguridad, podrían detraer recursos a los programas sociales. A ello habría que añadir el costo de compensaciones a los palestinos afectados por la ampliación espacial producida por la agrupación de colonias. El peligro mayor, sin embargo, es el de cumplir el programa de reagrupación y ver que no ha servido para nada porque los palestinos no aceptan las nuevas fronteras y se produce una tercera intifada. Ello produciría una crisis extremadamente grave, afectando a la cohesión del pueblo judío y a la confianza en un estado que habría trazado una estrategia fallida.

Otro costo que no ha sido factorizado es el efecto que el desentendimiento ha de producir en los árabes de Israel, que representan el 20 % de la población. El estatus de esta minoría dentro de la sociedad eminentemente judía de Israel es, de hecho, algo a mitad de camino entre la ciudadanía de pleno derecho y la condición de minoría protegida por una capitulación, pero desde luego esta interpretación no la admitirán las fuerzas políticas judías. No puede ser de otra forma mientras Israel se afirme como Estado del pueblo judío. El hecho mismo de que no exista una Constitución con una declaración de derechos de ciudadanía, crea una situación confusa que no fortalece la naturaleza democrática del Estado. A medida que crezca la población árabe dentro de Israel, este problema no hará sino agudizarse. La necesidad de una Constitución se ha hecho evidente a los ojos de las fuerzas políticas desde hace algunos años. La minoría árabe tiene una queja fundamental: las inversiones de todo tipo les discriminan de modo flagrante. Otra queja tímidamente enunciada en los últimos tiempos es la de que en las negociaciones para la formación del nuevo gobierno no se ha contado con los partidos donde se agrupan los árabes israelíes.

TEATRO DE PROVINCIA O GRAN TEATRO MUNDIAL

Ha sido el desaliento causado por el fracaso de los tratos con los palestinos lo que ha generado en Israel un espacio para la reflexión y la mirada humana sobre las necesidades de su propia gente, como en un país cualquiera del mundo desarrollado. Esa mirada hacia dentro no ha sido hacia el «Gran Israel» de las generaciones que ganaron casi todas sus guerras, ni hacia el pequeño David que se codea de tú a tú con las grandes potencias y capaz de «poner en su sitio» a los palestinos, sino hacia un Israel que, teniendo firmes y seguros los pies en su pequeño pedazo del mundo, busca su sitio entre vecinos pacíficos. Para ello sería bueno que cada parte enfocara sus pasos hacia la posibilidad de recuperar el rumbo perdido de la hoja de ruta y sus presupuestos: un Estado palestino y un Israel y una Palestina en paz y con fronteras seguras y reconocidas mutuamente.

No obstante, no hay que hacerse demasiadas ilusiones. Las primeras páginas de este artículo justifican el escepticismo. Aunque el camino buscado por Israel está lleno de talento y valentía, veremos si su gobierno se muestra lo suficientemente hábil y con la sangre fría necesaria para sortear las trampas entrañadas en el triunfo de Hamás.

La constelación de acontecimientos nuevos surgidos en Oriente Próximo y Oriente Medio hacen presentir borrascas y tormentas. Puede que la representación del drama que hemos descrito ya no quepa en el teatro de «provincia» Israel/Palestina y deba pasar al gran teatro mundial que es Oriente Medio. Pero ésa es ya otra historia.

 

 NOTAS

1 No reconocimiento del derecho de Israel a existir, no negociaciones, sí al uso de la fuerza para lograr la desaparición del Estado de Israel.

2 Empleando terminología de Mario Bunge en su Teoría y realidad.

3 Según el diario Haartez, puede que hasta el 80% de los empleos públicos sean nombramientos de Al Fatá. 11 de abril de 2006.

4 El ejército israelí alegó a mediados de abril haber detenido en los tres primeros meses de 2006 a noventa sospechosos de intentar llevar a cabo ataques suicidas. La mayor parte de ellos, empujados por organizaciones vinculadas a Al Fatá, mientras las vinculadas a Hamás se mostraban más contenidas.

5 «Nunca detendremos a nadie que lleve a cabo una operación de resistencia», ha declarado el nuevo ministro de Seguridad Nacional, Said Seyam.

6 El presidente Abbas lo decía muy bien el 7 de abril pasado: «Hamás comienza a comprender la política exterior de los estados que nos rodean, de los países árabes, de los Estados Unidos, de la Unión Europea… Al principio, el movimiento [Hamás] se hacia ilusiones. Pensaba que podían seguir igual y mandar al mundo al diablo». Le Figaro, 8 de abril de 2006.

7 El 7 de abril un niño de cinco años perdió la vida, junto a cuatro palestinos, en un ataque aéreo israelí contra un campo de entrenamiento. ¿Cómo un padre puede llevar consigo a un crío cuando sabe que su vida pende de un hilo? Una niña de doce años resultó muerta por una granada israelí, el 10 de abril, dentro de una zona usada por los terroristas para lanzar sus misiles. Sería vano intentar seguir este conteo hasta el día de la publicación de este artículo. Habrá más casos.

8 Las encuestas indican que la inmensa mayoría de los palestinos desea la paz con Israel.

9 El 10 de abril el consejo de ministros de Exteriores de la UE decidió suspender la ayuda comunitaria al gobierno palestino, que representa el 48% de la ayuda total a los palestinos por parte de la Comisión. Los ministros se comprometieron a suspender la ayuda directa de sus gobiernos a la Autoridad Palestina. Se mantendrá la ayuda humanitaria. «No ha habido ningún paso serio [del gobierno de Hamás] en la dirección de los tres principios: el reconocimiento de Israel, los acuerdos de Oslo y la renuncia a la violencia», dijo al final del consejo la ministra portavoz, la austriaca Ursula Plassnik.

10 Uso este término como traducción más apta de lo que se quiere decir con el término inglés «disengagement», que supone a la vez separación y descomprometerse con una cosa o situación. En el momento actual de Israel, creo que de lo que se trata es de decirles a los palestinos: «Ahí os quedáis, que os vaya bien». Esto, que en términos psicológicos es comprensible, es imposible en términos políticodiplomáticos.

11 Las 48 colonias actualmente existentes se quedarían reducidas a cuatro de mayor tamaño, concentrando a la mayor parte de los 180.000 colonos ahora asentados en territorio palestino, al tiempo que otros se retirarían al interior de lo que hoy es Israel.

12 El primer ministro israelí aseguró el 13 de abril que se realizaría en 18 meses. A la vista de experiencias como la reciente de Amona, esta afirmación parece más un expediente político del momento que una muestra de sinceridad o realismo. También estimó el costo de la operación en 46.000 millones de schekels, cerca de 9.000 millones de euros.


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