Compartir:

El libro de Aznar es una obra clara y equilibradamente construida, como era de esperar de la mente y de la personalidad del autor. En sus primeras páginas, expone con claridad y sin petulancia los principios de filosofía política aplicada que han inspirado su acción en el partido y en el gobierno: el liberalismo político, la tolerancia y la voluntad de promover y fomentar determinados valores y cierras ideas sobre la sociedad política, la naturaleza y funciones del Estado y de la sociedad (del Estado y la sociedad en general y del caso español en particular).

La enumeración de las principales cuestiones que, según Aznar, deben ser objeto de preferente atención por parte de los poderes públicos no es exhaustiva ni tediosa, sino nítida y comprometida y refleja, evidentemente, convicciones firmes del autor. Comprende la familia, la educación, el fomento de la iniciativa social, la normalidad institucional y el patriotismo. España como nación y la cultura española y su lengua son una riqueza de la humanidad, cuya custodia y promoción ha confiado la historia a los gobiernos de nuestro país.

La biografía política de Aznar se extiende a lo largo de más de veinte años de partido y de actividad parlamentaria o de administración regional, cuando hubo de asumir la presidencia de la comunidad autónoma de Castilla y León. Culmina con las dos legislaturas de 1996 y 2000 en qué ha ejercido la presidencia del gobierno del Estado español y que son, por ahora, la página más importante de su vida pública y que serán justamente apreciadas por las decenas de miles de españoles que en estos meses están leyendo su libro.

A más de cien días ya de las elecciones que entregaron la responsabilidad de los asuntos públicos de España a los socialistas y a sus más o menos permanentes u ocasionales aliados parlamentarios, se pueden empezar a examinar globalmente los ocho años precedentes, los años de Aznar.

Pero antes de comentar el libro, resulta oportuno intentar una valoración de conjunto de los dos mandatos presidenciales de Aznar, porque los suyos han sido ocho años de buen gobierno, como prueba cualquier ensayo de balance político. Y si el presidente y los ministros que en esta primavera han asumido el poder se dedicaran a deshacerlo todo —a la hora de los hechos y no de esas declaraciones primerizas, con las que hay que ser más tolerantes— harían un mal servicio a España.

La acción política de un gobierno se ejerce sobre cuatro campos principales: los asuntos exteriores, la defensa, la economía y la seguridad de la nación. Alguien ha dicho que los titulares del poder juegan con ellos, bien o mal, sus cuatro «ases».

Es evidente que en esos grandes campos en que se mueve la política de un Estado, Aznar, al retirarse, ha dejado a España mucho mejor situada de lo que estaba en 1996. La tremenda e imprevisible tragedia nacional —o más bien, tragedia universal con sede en Madrid— del 11 de marzo no oscurece ni rebaja los logros alcanzados en los dos mandatos anteriores.

El mayor mérito de Aznar y sus equipos es que eso no se ha producido por un favorable golpe de fortuna o por el milagro de .una bien aprovechada coyuntura. Como gritaba Basilio, el feliz novio de las bodas de Camacho cervantinas, no hay que decir: «¡Milagro, milagro!», sino «¡Industria, industria!». Ha sido el resultado de la puesta en práctica de un proyecto que se asentaba en unos fundamentos ideológicos y políticos sólidos, y de la aplicación flexible de unas políticas que en los casos concretos se ajustaban, con firmeza y con realismo, a las exigencias, o más bien a los intereses nacionales del momento en el asunto de que se tratara.

España ocupaba a principios del 2004 una posición de prestigio e influencia en los grandes foros internacionales. Su voz era escuchada con atención y respeto en la Unión europea, en el Consejo de Seguridad de la ONU y en las cancillerías de los países de la OTAN, entre las naciones iberoamericanas, en los diez Estados de la ampliación y en los futuros candidatos. Un escrito del presidente del Gobierno tenía el respaldo de más de media docena de líderes de otros países del continente. El rigor y la disciplina con que España había cumplido el «pacto de estabilidad» europeo, sin que se resintiera el crecimiento económico de la nación, reduciendo además el desempleo y manteniendo moderada la inflación, se contemplaban desde otras capitales, y desde los medios de comunicación internacionales, con una mezcla de admiración y envidia. España había conseguido, como era su vocación y es su destino, ser europea y atlantista, y muchas cosas más.

En el orden de la defensa, aquel servicio militar obligatorio que parecía casi imposible de abolir, se ha sustituido por un ejército profesional, cuyo nivel técnico y humano ha sido apreciado por las Fuerzas Armadas de otras naciones con las que los soldados españoles han compartido misiones de seguridad y humanitarias en territorios de tres continentes.

Una acción policial y coordinada de las diversas fuerzas de seguridad, la buena relación profesional y social con las de los Estados vecinos, una firme y respaldada acción de la justicia y ciertas medidas legislativas a las que la oposición de entonces, que ahora es Gobierno, prestó la asistencia de su colaboración con acuerdos estatales, han conseguido reducir a mínimos la violencia de las acciones y la capacidad de operación de los terroristas nacionales.

El cuarto de los «ases» en manos del poder sería el de «oros». Nadie, ni dentro ni fuera de España, discute el éxito de los ministerios de Aznar en la gestión de la economía. Se ha logrado consolidar una economía social de mercado en la que el gobierno no es ni quiere ser parte, ni siquiera árbitro, sino simplemente garante para que un limpio juego de los llamados agentes sociales (empresas y trabajadores) opere libremente con respeto de las leyes —técnicas, administrativas y sociales— en un régimen de libre competencia. Se privatizaron las grandes empresas públicas, se logró una trasparencia, que si no ha sido total, ha alcanzado niveles que no tenían precedentes en España. Y finalmente, una economía que en otros tiempos apenas si pudo asomarse a aquella antigua serpiente monetaria europea, ha sido ahora capaz de introducir el euro en los bolsillos de los ciudadanos sin que hubiera rechazos ni se crearan dificultades y con no pocas ventajas funcionales. Todo ello ha ocurrido mientras se reducía en proporciones dramáticas el desempleo, se alcanzaban máximos históricos en la afiliación y en las contribuciones a la seguridad social, y el Estado español se encontraba, por primera vez en muchos años «con las arcas llenas».

Aznar sabe muy bien que los problemas españoles no se han resuelto. La liberalización, aún siendo la más amplia de la historia nacional, no ha llegado todavía a donde se quería llegar. Y el desempleo, aun rebajado a porcentajes tolerables para una economía como la española y aliviado por un aceptable pero quizá insuficiente régimen de subsidios, sigue siendo uno de los más altos en la Europa de los quince.

Respecto de Europa, Aznar, europeísta y euroatlantista, no es un federalista. Yo tampoco. Aznar cree en la Europa de los Estados, ampliada ahora a veinticinco miembros, y capaz de recibir la incorporación de algunos más. No piensa que haya que inventar una Unión Europea a la manera de un gran Estado, política y funcionalmente semejante a los Estados modernos.

La variedad histórica de Europa es una de sus grandes riquezas. Ya en el siglo X un poeta de nombre desconocido, que parece tomar sus argumentos de una fuente literaria oral germánica, escribió un «epos» de casi 1500 versos, al que se suele llamar El poema de Valtario, por el nombre del héroe cuyas hazañas se cantan. Yo diría que es el poema de Europa. Empieza dirigiéndose a los oyentes de sus versos diciendo: «la tercera parte del orbe, hermanos, se llama Europa. Sus pueblos son diversos en costumbres, lengua, nombre, también en cultura y en religión distintos».

Ni Aznar ni yo sabemos la suerte que pueda correr el proyecto de Constitución Europea. Tengo la impresión de que a ambos nos gustaría más que fuera un tratado interestatal que comprometa a los gobiernos a coordinar sus políticas al servicio del interés general del continente. Pero el poder superior, si es que se puede emplear esta palabra, habría de seguir residenciado en el Consejo Europeo, que forman los jefes de gobierno legitimados por elecciones democráticas de los respectivos países. Debería ser además una Europa atlántica. Sin la relación atlántica, la Unión Europea se convertiría en un «pato cojo». La buena relación de España con las dos Américas podría prestar grandes servicios al establecimiento de estos nexos.

Europa habrá de ser también la Europa de los valores. La referencia al cristianismo en la Constitución europea —dice Aznar— no significaría que Europa deba ser «un club de naciones cristianas». Pero sí sería el reconocimiento del legado de la historia, el reconocimiento de que hay «unas determinadas raíces en la cultura común».

El capítulo que dedica Aznar a «La España constitucional» presta especial atención a la nueva organización territorial del Estado. «Vale la pena —escribe— continuar el proceso que se inició con la Constitución de 1978». Corresponde al Estado asegurar que haya un sistema judicial común, así como la seguridad exterior, la representación política y del mando de las Fuerzas Armadas. Igualmente, los medios que garanticen el mismo grado de cumplimiento de las leyes en todo el territorio nacional. Se ha avanzado grandemente en estos años de Aznar en las transferencias a las comunidades autónomas, tras lo cual hay que saber mantener el equilibrio entre el sistema descentralizado y las responsabilidades del gobierno de la nación. Eso es lo que ya es y tiene que seguir siendo el Estado de las Autonomías. Aznar decía que «a más España, más Europa», pero también da a entender que podía añadirse: «a más Autonomías más España».

El último capítulo del libro de Aznar, el epílogo, está pensado y escrito después del 11 de marzo, y bajo la tremenda impresión humana y política de aquella penosa e inolvidable fecha. Aznar no entra en el debate abierto sobre lo que ocurrió ese día y en los siguientes. Pero parece claro que él, como la mayor parte de los españoles, cree que el gigantesco atentado de Atocha y sus inmediatas consecuencias, tienen mucho que ver con el resultado de las elecciones generales del domingo 14.

Nada obligaba a Aznar a dar cuenta, tan pronto y tan de urgencia, a la opinión pública española de sus ocho años de gobierno, como lo hace en este libro. En Roma, al final de un mandato en la República o en sus provincias, los magistrados muchas veces daban razón de su administración ante el Senado. Algunas veces también ante el pueblo que se agolpaba en el Foro. C o n este libro, Aznar ha seguido el ejemplo de los que explicaban su gestión ante todos los ciudadanos que quisieran escucharle.


Compartir: