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Michael Maclay: en el momento crítico de la campaña para el referéndum sobre Maastricht en Francia, pregunté a un amigo del Quai d’Orsay como votaría el personal del Ministerio.

La respuesta fue interesante y anticipadora: “se dividirán en dos gru pos iguales; los profesionales, por miedo a Alemania, votarán sí. Las secretarias, oficinistas y limpiadoras, por miedo a Alemania, votarán no”.

La complejidad de las relaciones franco-alemanas es el eje principal de la propuesta de una moneda única, y el mérito del tan criticado libro de Bernard Connolly es que se atreve a plantear algunas cuestiones delicadas y esenciales sobre ese tema. La pena es que las formula en un permanente tono de hostilidad, rayana en la histeria. El análisis habría sido más mordaz si hubiese evitado los insultos gratuitos, pero el efecto agotador de las interminables metáforas sobre el m Reich y el régimen de Vichy hará que los lectores franceses y alemanes no sean los únicos en no aguantar hasta el final. Es una pena, ya que hay una serie de datos interesantes en el libro y -lo que es más útil- cuando se refiere a la UME como un proyecto grandioso de la élite francesa para mantener su liderato en Europa, desmiente la vieja afirmación de Nicholas Ridley de que la UME es una trampa del Bundesbank para dominar Europa.

Connolly ha optado para su libro por el estilo de la polémica antes que por el del razonamiento. Eso no solo pone en duda sus perspectivas profesionales, bastante inciertas de por sí, sino también sus juicios

en una cuestión que necesita con urgencia una crítica bien documentada. No cabe duda de que Connolly encontrará patrocinadores entu siastas y seguirá siendo un enfant terrible en los círculos de conferen ciantes. Se presentará como un mártir de la ortodoxia, políticamente correcta, de Bruselas, con independencia de lo abultado de su sueldo. Sin embargo, uno no puede dejar de pensar que su llamamiento contra los discursos ambiguos habría sido más convincente tras una honrosa dimisión que tras un período de excedencia para escribir un tratado que pisotea claramente las normas internas de cualquier burocracia, nacional o internacional.

No obstante, el lector tiene mucho con que disfrutar. En cuanto a detalles concretos, establece muy bien la diferencia entre el Gobernador actual del Bundesbank, Hans Tietmeyer, y su predecesor, el más austero Helmut Schlesinger; felino y político aquél, más directo y de fensor monetarista de los intereses nacionales alemanes éste. Al mismo tiempo, critica correctamente la tendencia de los políticos alemanes a invocar los intereses europeos como máscara para encubrir lo que con frecuencia son sus objetivos nacionales. Muchas de sus críticas a la arrogancia de la élite énarque en Francia y, en menor medida, a las clases defensoras del mecanismo de tipos de cambio en Gran Bretaña, parecen razonables. Identifica los dos problemas fundamen tales de la UME, que sus defensores todavía no han podido resolver adecuadamente: ¿cómo respondería la Unión ante “conmociones” externas, o incluso internas, que tuviesen un efecto diferente en las economías de los distintos Estados miembros? y ¿qué estructura de cooperación política estaría lo suficientemente  legitimada  para  soportar las implicaciones constitucionales de la unión monetaria? Aún así…

Torres de marfil o torres de amianto

Para empezar, lo que más se echa en falta en el libro es una explicación de por qué habrían querido los europeos crear un mercado común, un mercado único o una moneda única. Para derrumbar un es pantapájaros, hay que empezar por reunir unas cuantas hebras de paja y ponerles un sombrero. La determinación de los franceses de defender las paridades fuertes podría presentarse como heroica más que como suicida, pero se trata de un ataque incesante y completamente desequilibrado a todo político y banco central comprometido en un proceso descrito en varias ocasiones -y entre otras cosas- como cínico, egoísta, equivocado, destructivo e inmoral. Incluso capítulos demasiado extensos, como los dedicados a España, Portugal y Dinamarca, no son más que variaciones sobre el mismo tema. Parece como si Connolly se hubiese sorprendido ingenuamente al descubrir que la política monetaria internacional, como el comercio y la política internacional, o incluso la política local, es una lucha incesante por el poder, la influencia y las ventajas comparativas. ¿En qué torre de marfil ha vivido durante todo este tiempo? Sabemos la respuesta, pero tras las torres de amianto de Berlaymont se está debatiendo una cuestión mucho más importante, en la que la Comisión no tendrá el voto de calidad.

La joya del último capítulo de Connolly es un artículo de Hans Engelen, del Handelsblatt, publicado en el periódico The European hace tres años y encargado por este reseñante, en el que aparecían duras críticas contra la élite francesa y su manipulación de la unión monetaria para fines de interés nacional. A medida que nos acercamos al momento de la verdad sobre la UME, el tema de la moneda única se va a examinar en Alemania y Francia con mayor sinceridad respecto a los intereses nacionales de lo que se ha hecho desde que, por primera vez, se discutió la cuestión de la unión monetaria -hace ya treinta años-. Con independencia de lo que opine la élite, las perspectivas  son, hoy por hoy, inciertas. Entre el fuego y el frenesí de los políticos de la democracia se conseguirá el equilibrio; la crítica de Bernard Connolly, en ocasiones ingenua, y en otras perspicaz y propagandista, será el menor de los problemas en los tiempos que se avecinan.

Paul Belien: La idea clave del libro de Connolly es que el Sistema Monetario Europeo no es un foro de cooperación cordial entre los estados miembros de la Unión Europea, sino un campo de batalla. Cita a Wilhelm Nolling, presidente del Hamburg La.ndeszentralbank y miembro del Consejo del Bundesbank, quien afirmó en  marzo  de 1991: “no deberíamos hacernos ninguna ilusión; la actual controversia en torno al nuevo orden monetario en Europa es sobre poder, influencia y consecución de los intereses nacionales.” Connolly es un economista inglés que durante seis años, hasta que fue cesado de su cargo recientemente, ha sido el jefe del departamento de la Comisión Europea responsable de controlar y vigilar el Mecanismo de Cambios Europeo (MCE) y, en consecuencia, es un testigo privilegiado de los acon tecimientos ocurridos.

La Unión Europea vive y prospera partiendo del supuesto de que sus políticas son esfuerzos pacíficos en beneficio de todos sus miembros. Toda indicación contraria a esta suposición es automáticamente suprimida por la Comisión, como muestra su reacción ante este libro. La observación final de Connolly es que “la finalidad del esfuerzo propagandístico de la Comisión ha sido engañar a la gente (…). La apisonadora propagandística intenta aplastar el análisis, ya que éste solo puede implicar disentimiento, y el disentimiento no puede tolerarse”.

Connolly no es el único en utilizar el término “propaganda” para describir las tácticas de la Comisión. Otro testigo de excepción, Marce! van Meerhaeghe, un antiguo consejero especial de la Comisión Europea, escribe en su último artículo, titulado “La política de información de la Unión Europea” ( Centre for the New Europe, abril de 1995), que, a pesar de que oficialmente el propósito de la Comisión es facilitar “información completa y objetiva” al público, en realidad “selecciona y dirige el flujo de información [sobre la Unión Europea] en función de sus propios intereses (…). Desgraciadamente, la información que proporciona la Unión Europea no es, en muchas ocasiones, más que propaganda”.

Poder sin control

Aún en caso de discrepancia con la tesis de Connolly, es de lamentar que la transparencia en el proceso de toma de decisiones no sea una característica de la Comisión. El cese de Bernard Connolly tras la publicación de su libro respalda su teoría de que en Europa no hay control democrático en el ejercicio de la autoridad.

Connolly se convirtió en funcionario de la Comisión en 1978. En agosto de 1993 vió como el MCE, que es el centro del Sistema Monetario Europeo (SME), se colapsaba. Aun así, tanto la Comisión como los dirigentes políticos europeos siguen aspirando a transformar el SME en una Unión Monetaria Europea (UME) total antes de final de siglo.
Según Connolly, el SME es el resultado de un juego de poder político entre los franceses y los alemanes. Los franceses luchan por rom-

per la hegemonía económica y política de los alemanes sobre Europa tentándoles con la unión política. Los  alemanes  intentan  conseguir una parte del poder político ofreciéndo a los franceses voz y voto en la política económica y monetaria. De hecho, ambas partes engañan a la otra. Bernard Connolly es pesimista respecto al resultado, cualquiera que éste acabe siendo. “El cinismo de los tecnócratas franceses, traidores de su propia gente, y el celo amenazador, despótico y arrogante de los federalistas alemanes, por no mencionar las grandiosas ambiciones de Helmut Kohl [siguen] una trayectoria de colisión”.

Lo que une a Francia y Alemania es su desconfianza hacia la filosofía política y económica anglosajona. Según Connolly, el canciller alemán Helmut Kohl y el presidente de la Comisión Jacques Delors “eran igualmente recelosos ante el liberalismo anglosajón. [Ambos] abogaban por el denominado «capitalismo renano», el capitalismo de los grandes batallones, los complejos financiero-industriales, los gru pos bancarios,  las grandes  asociaciones  comerciales,  los  sindicatos”.

¿Qué impulsaba a Delors? Según Connolly, la convicción de que “el socialismo en un país puede ser imposible, el corporativismo en un continente puede funcionar”.
Connolly hace una fascinante descripción de la clase política francesa, dominada por los énarques, antiguos estudiantes de la École Na­tionale d’Administration (ENA)  de París. Prácticamente,  la totalidad  de la élite política y económica de Francia procede de la ENA. Como dice Connolly, “al igual que Hitler y que Stalin, el énarque cree que el poder siempre prevalecerá sobre la economía”.

Un país complicado

No obstante, cuando analiza la economía alemana, Connolly es a menudo demasiado desconfiado. Como muchos otros euroescépticos británicos, parece compartir la sospecha de que los alemanes persiguen la dominación política de Europa y de que, al carecer de los medios necesarios para lograrlo por sí solos, cortejan a Francia y la utilizan como un aliado. Según esta teoría, los franceses que colaboran con los alemanes son herederos del régimen de Vichy y Alemania sigue siendo una nación  expansionista, básicamente igual a como era antes de 1945. No obstante, Alemania es un país complicado; su eco-nomía, el denominado «capitalismo renano», es muy corporativista, aunque en la actualidad la tendencia hacia el liberalismo y el libre mercado, propio de la tradición anglosajona, es mayor de lo que los conservadores británicos parecen apreciar.

Los analistas británicos a menudo olvidan que puede  existir otra razón para que Alemania corteje a Francia, una razón totalmente contraria a la sospechada, y que consiste en que los alemanes, que siguen sintiéndose culpables por la guerra, cortejan a Francia porque, aunque tienen los medios para dominar Europa, tienen miedo de inquietar a sus vecinos. Lo que Alemania necesita son vínculos más  estrechos con el mundo anglosajón, un mundo en el que la filosofía política subordina la política a la economía. Sería un error de los británicos considerar a Alemania la nación peligrosa de Europa, ya que provocarían que los alemanes se acercasen más a los énarques franceses, en un in tento de demostrar al mundo que ya no son peligrosos. Una alianza continental franco-alemana es una receta para el desastre. El espíritu énarque refuerza las tendencias corporati vistas alemanas y  las hace más asequibles para el esquema francés de crear una Europa fortificada.

Gran Bretaña debería seguir comprometida con Europa para convertirse en el socio privilegiado de Alemania y reforzar las crecientes tendencias anglosajonas en este país. No obstante, esto no implica una unión monetaria entre Alemania y Gran Bretaña. Es  típico  de  los énarques franceses pensar que  la  unión  monetaria  puede  imponerse desde arriba;  dejando  a parte  a Helmut  Kohl  (quien,  desgraciadamente, es uno de esos alemanes que no habla inglés), no hay apenas alemanes que crean que pueda lograrse. Lo cierto es que los alemanes están tan poco dispuestos a renunciar al Marco como los británicos a renunciar a la Libra.*

 

* Publicado  en European  Analyst,  nº 43,  noviembre  de  1995. Reproducido por cortesía del editor y de los autores.


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