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El historiador Enrique Martínez Ruiz, autor de la biografía Felipe II Hombre, rey, mito (La Esfera) pertenece a la escuela de los investigadores que gustan de explicar antes de juzgar, y que creen que los hechos históricos deben mirarse siempre en el espejo de su propio tiempo. 

Catedrático de Historia Moderna de la Universidad Complutense, Martínez Ruiz se atiene a los hechos, dando fe de ellos, porque como él dice “el historiador es una especie de notario de lo que ha ocurrido y lo que tiene que hacer es intentar comprenderlo y explicarlo, pero no pretender justificarlo”. Rechaza  la idea de revisar el pasado a la luz de las inquietudes políticas del presente, como si las certezas de nuestra contemporaneidad no estuvieran sometidas, a su vez, al escrutinio del tiempo, y a la revisión de los que vendrán.

Felipe II. Hombre, rey, mito (La Esfera), 880 págs.
Felipe II. Hombre, rey, mito (La Esfera), 880 págs.

La biografía que Martínez Ruiz le ha dedicado a Felipe II tiene su propia intrahistoria, una especie de ‘tras las cámaras’ que nos lleva al origen de todo: al estupor que produjo en el añorado maestro don Manuel Fernández Álvarez el calificativo de abismal que Martínez Ruiz aplicó a Felipe II. El adjetivo ha hecho luego fortuna, porque revela la complejidad de un monarca que no sólo no fue tan monolítico como sus detractores le presentaron, sino que, en algunos aspectos de su vida y su actuación pública, puede llegar a parecer, incluso, contradictorio. Martínez Ruiz cita dos ejemplos.

El monarca da un distinto trato paternal a su primogénito Carlos, rebelde y desequilibrado, frente al que dispensa a su hija Clara Eugenia

El primero, el muy distinto trato paternal que el monarca da a su primogénito Carlos, rebelde y desequilibrado, frente al que dispensa a su hija Clara Eugenia. En un caso se nos presenta como un padre hosco, seco, frío, que raras veces dispensa cariño a su vástago, y que no duda incluso en meterlo en prisión, mientras que en el segundo aparece el hombre afectuoso, tierno, capaz de mostrar agradecimiento y gratitud.

El segundo ejemplo nos sitúa ante un monarca que traduce su convicción católica en el empeño de que su imperio sea el reino de la justicia, pero que no duda en ejecutar sin juicio, y por razones oscuras, y aún hoy misteriosas, al barón de Montigny, y hacerlo, incluso, en contra del criterio de su mujer, que le rogó clemencia.

Su figura magna es también una figura controvertida a causa en gran medida de la leyenda negra antiespañola, que le convirtió en el centro de sus descalificaciones, exageraciones y mentiras. Una leyenda negra que se ha infiltrado también en la percepción de los propios españoles, y que es responsable del desapego que muchos sienten por el periodo más glorioso de la historia de su país. De todo esto hablamos con el investigador.

-No sé si habrá otro país en el mundo en el que el momento de su historia más cuestionado sea el de su mayor esplendor.

-Efectivamente es una paradoja. Y más si nos comparamos con otros países y vemos, por ejemplo, que Francia considera como los momentos culminantes de su historia Napoleón y Luis XIV. En el caso de Inglaterra, Isabel I, que fue coetánea de Felipe II, y la reina Victoria. Son momentos brillantes de la historia de los países, de los que sus habitantes se sienten orgullosos con total normalidad. Y nosotros no. Es posible que la historiografía liberal, que denigró tanto a esos periodos en el caso de España, contribuyera en parte a provocar ese desencanto o rechazo.

-Quizá esa paradoja tenga que ver con que, aunque Carlos V y Felipe II fueron hegemónicos en su época, los valores que ellos defendían fueron posteriormente derrotados por la historia.

-Es verdad que después de la paz de Westfalia hay una Europa distinta y la Guerra de los Treinta Años es la guerra que liquida dimensiones muy claras de la historia europea, entre ellas la implicación religiosa de la política. La autoridad pontificia, que había sido una especie de árbitro en los conflictos políticos de Europa, pierde su papel y en el desenlace de este conflicto ya no pinta nada. En esa guerra ya nadie recurre al Papa para que medie, y también en su autoridad terrena como jefe de Estado queda postergado. De Westfalia surge un mundo distinto en donde los estados se van a alinear por potencia, o por otro tipo de afinidades, pero ya no por compartir una creencia religiosa u otro tipo de valores; la religión queda ya relegada al ámbito meramente individual y surge una política que muchos creen que marca las directrices de la historia de Europa prácticamente hasta el siglo XX.

-Pero en las guerras de religión se enfrentaron dos religiones, el catolicismo y el protestantismo…

-A Felipe II se le reprocha ser martillo de herejes, pero eso no era una excepción en la época: no era más martillo de herejes que otros monarcas, era el signo de los tiempos. La defensa de unas convicciones religiosas no era algo privativo de la España imperial, era el contexto del momento. Es más, este periodo de intolerancia religiosa es crucial para explicar la emergencia de la tolerancia, que nace justamente de aquí, de la constatación de lo estériles que son los esfuerzos por eliminar al hereje, al que piensa distinto. De ese fracaso, y de todos los sufrimientos estériles que ha provocado, surge la idea de que quizá tengamos que aprender a aceptarnos y a conllevarnos con nuestros diferentes modos de pensar y distintas formas de creer.

-Siendo así, ¿por qué nos siguen pareciendo más culpables los católicos?

-Como consecuencia de la aparición de esta idea de tolerancia, la religión pasa a un segundo plano en la vida política y social, y se vuelve hacia el ámbito privado. En este contexto, al ser el catolicismo la única religión que mantiene una cabeza visible, y que impone unas normas a sus fieles, hace que parezca la más dogmática y excluyente, mientras que el protestantismo, al estar dividido en un gran número de sectas y de tendencias, parece más abierto. Por otra parte, la Ilustración es un movimiento intelectual que se opone a la creencia religiosa, y especialmente al Dios de los cristianos, pero que ataca, sobre todo, a la Iglesia católica, que había sido hasta ese momento el gran soporte del trono. En consecuencia, los católicos van a quedar postergados.

 La leyenda negra se considera un disparate sin fundamento real, pero se ha instalado durante mucho tiempo en el imaginario popular

-Y a ello se añade el impacto de la leyenda negra, que todavía está muy vigente.

-En los ambientes historiográficos hoy la leyenda negra se considera un disparate sin fundamento real, pero las imágenes que crea son tan potentes, y se han instalado durante tanto tiempo en el imaginario popular, que erradicarlas va a ser muy difícil. Y no sé cuál sería el camino para lograrlo. Dedicarnos a poner de relieve las brutalidades de los otros –por ejemplo, las cometidas por EE.UU. con los indios- no sé si sería un camino muy eficaz. Y el trabajo intelectual requiere tiempo para asentarse.

-¿Hay algo que se pueda hacer para corregir esta distorsión?

-Reajustar la imagen de España en el imaginario cultural de los propios españoles requiere de una labor que tiene que iniciarse en la escuela primaria, con una enseñanza de la historia en la que se ponga de relieve lo que verdaderamente hizo España, y en la que se expliquen las distorsiones que ha ido extendiendo una propaganda adversa. Es el único modo de ir cambiando el chip respecto de la percepción de nuestro pasado, al menos entre nosotros. Pero en el contexto actual, con un país tan dividido y sometido a fuertes fuerzas centrípetas, me parece especialmente complicado. No soy nada optimista.

-Y a ello se suma esa tendencia tan de nuestro momento histórico a juzgar la historia desde el presente, que lleva a condenar episodios como la conquista de América.

-Ese es el gran error que un historiador debe evitar. El pasado no se puede analizar con los presupuestos del presente, porque no se puede utilizar el pasado para justificar algunas actitudes o tendencias de la actualidad. El historiador es una especie de notario de lo que ha ocurrido y lo que tiene que hacer es intentar comprenderlo y explicarlo, pero no pretender justificarlo o denigrarlo en función de intereses espurios.

-Volviendo a Felipe II, más allá de las exageraciones, ¿hay motivos para tanto rechazo?

-Tenemos que admitir que la figura de Felipe II en la Europa de su tiempo no era querida o admirada. En el mismo imperio, su primo y cuñado Maximiliano II no lo podía soportar porque Carlos V le privó de sus derechos sucesorios en favor de él. De ahí nació una rivalidad personal entre los dos. En el caso de Francia, los franceses se habían enfrentado muchas veces en guerra contra el emperador pero es que, además, Felipe II maniobra para intentar convertir a su hija Clara Eugenia en reina de Francia

Con Inglaterra estamos en lo mismo. Después de la derrota de la Armada que los ingleses llamaron Invencible se inició una intensa propaganda sobre la propia armada y contra los españoles. Y en el mismo pontificado algunos papas querían escapar de lo que ellos consideraban que era excesiva tutela española. De ahí que promuevan algunas maniobras y alianzas contra el rey. Por otra parte, los embajadores venecianos -Venecia era la pieza italiana que se mantenía al margen de España y aliada con Francia- hablan en unos términos muy negativos del rey español, al que responsabilizan de la ruina de Castilla, citando una frase que ellos aseguraban que estaba muy extendida en esas tierras: “Si el rey no acaba, el reino acaba”. Era una frase que venía a decir que la única solución para Castilla era la muerte del rey y el inicio de otra era.

-¿Podría haber hecho algo el emperador para evitar este rechazo?

-Esta oposición es la que suscita siempre una potencia hegemónica. Combatir la hegemonía es una constante en la historia mundial y en aquellos momentos la potencia hegemónica era la monarquía hispánica. En unos casos eso se manifestaba por la fuerza de las armas, como las revueltas en los Países Bajos, y otros mediante una relación no sincera, como en el caso del Papado. Por otra parte, sí es verdad que hay una limitación personal del rey que no ayudó y es su limitado conocimiento de los idiomas, que le impedía relacionarse con sus súbditos en su idioma, lo que reforzaba su imagen de frialdad y distancia. A diferencia de su padre Carlos V, que hablaba inglés, francés, alemán e italiano además del español.

La historia de nuestra etapa imperial nos la han hecho los historiadores extranjeros, y eso ha facilitado la expansión de la leyenda negra

-Todos los países que han ocupado una posición hegemónica en el mundo han sufrido el ataque de leyendas negras, pero ¿por qué los españoles nos hemos creído tanto la nuestra?

La historia moderna española, sobre todo la de los siglos XVI Y XVII, la de nuestra etapa imperial, nos la han hecho los historiadores extranjeros, y eso ha facilitado los clichés y la expansión de la leyenda negra, que los españoles nos hemos creído y hemos aceptado sin espíritu crítico. Y hay que reconocer que es un caso un tanto extraño.

-¿Por qué no hemos sido capaces de escribir nuestra propia historia?

-No tengo respuesta. No sé el motivo. No sé si es porque en el siglo XIX nos quedamos muy aislados del conjunto de Europa, y es una época en la que padecíamos muchos problemas internos. Todo esto quizás pueda explicar por qué no hemos atendido a nuestra historia con la atención que se merece. Es sorprendente que la pérdida de la gran mayoría de los territorios americanos, en los años 30 del siglo XIX, no despertara ningún eco en la España de Fernando VII. Llama la atención que se aceptara esa independencia, que fue un cataclismo, sin que produjera un trauma en la vida nacional, lo que sí ocurrió en 1898, con la pérdida de Cuba y Filipinas. Creo que eso generó un sentimiento derrotista, de abandono, que es posible que haya influido en que la historiografía española no progresara de la manera adecuada.

-Elvira Roca Barea sugiere en ‘Fracasología’ que el cambio dinástico impulsó la revisión crítica del periodo de los Austrias como un modo de legitimación de la nueva dinastía, y que de ahí arranca esa negación de la propia historia.

-La nueva dinastía borbónica tenía que magnificar su posición por contraste y para ello denigró la España anterior. Eso pudo contribuir a la situación que tenemos, pero lo más sorprendente es que, cuando el último Austria, Carlos II, muere, el imperio prácticamente se mantenía intacto, pese a las críticas que suelen hacerse a ese periodo, especialmente a los reinados que siguieron al de Felipe II. Es cierto que se separó Portugal, lo que estaba dentro de lo previsible, y que Holanda se independizó. Pero en las guerras contra Luis XIV España sólo había cedido pequeñas porciones territoriales. Quizás por ello, cuando llega Felipe V, el primer Borbón, se encuentra un gran rechazo dentro del país.

Felipe II tenía en su cabeza toda la globalidad del imperio, que conocía, asumía y controlaba

-Más allá de los excesos de uno y otro signo ¿cuál es el diagnóstico del historiador sobre el reinado de Felipe II?

-Si cogemos la figura de Felipe II como rey, tenemos que admitir que cumple los objetivos que le marcó su padre: mantiene sus dominios, derrota al hereje, pone coto a la expansión del protestante, construye el mayor imperio conocido hasta entonces… y, además, tenía en su cabeza toda la globalidad del imperio, que conocía, asumía y controlaba. En ese sentido, me parece un gobernante extraordinario en el contexto de su época y que además se esforzó por administrar una recta justicia.

Es verdad que era lento a la hora de tomar decisiones, pero hay que tener en cuenta que las dimensiones colosales del imperio, en una época sin comunicaciones rápidas, hacían que desde que un gobernante planteaba una cuestión, hasta que llegaba la respuesta podían pasar dos años, entre los viajes y el tiempo de estudio del asunto. Ello también contribuía a agravar problemas que, en otro contexto, hubieran podido resolverse mejor.


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