Pablo Andrés Escapa

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Escritor

Escrituras de verano

Un grupo de hombres perseguidos, frente a un desierto que adivinan inclemente y extenso, vacilan. Uno de ellos, que parece el jefe por la severidad de la estatura y por su calma al responder, expone su visión de la llanura: «un desierto es un espacio y un espacio se cruza». Más adelante se sabe que sólo el que ha hablado sobrevive a la travesía; se enseña, después, cómo el hábito del sol y de la arena produce un hombre distinto, acaso menos rectilíneo que el que enunciaba el desierto desde su umbral. Se representa, por último, la salvación de ese hombre, que prescribe el regreso a la civilización que lo había empujado al borde del desierto. No es imposible que el fracaso de ese trayecto permita a sus descendientes —que desconocerán las dunas— relatos de magnífica nostalgia. La película se titula Yellow sky (William A. Wellman, 1948) y esa sociedad de dos palabras contiene un desierto que no se nombra porque lo duplica el cielo.Veamos otra versión oculta de la arena. Pertenece a una película nueve años posterior, titulada The tall T y dirigida por Budd Boetticher. En una escena, Randolph Scott es interrogado por un anciano que vive con su nieto en una cabaña aislada. Le pregunta cómo es la ciudad. Scott responde con indiferencia que «hay gente». La exposición de la metrópoli suministrada por este actor —cuyo rostro es un reflejo del desierto— vuelve a insistir en las elipsis. Su respuesta, como el título pictórico de Wellman, sugiere también la posibilidad de un vínculo entre los escenarios y el lenguaje que debe referirlos. Y algo más: decir cielo amarillo para nombrar el desierto o someter una ciudad al sintagma «hay gente», son dos deliberaciones que deben enseñarnos que el western es un género retórico.Al menos verbalmente, el western es una convención dialéctica. Su rigor procede de amplios desacuerdos que enfrentan al Este con el Oeste, a Europa con América, al individuo con la comunidad, a la experiencia con la ilusión, al pasado con el futuro. Jim Kitses ha catalogado más de una veintena de hostilidades semejantes en un libro que tituló Horizons west. Una modesta película de Boetticher, a quien admiraba, le sugirió el título. Los mejores intercambios verbales que exhibe el western no rehuyen el conflicto. Las omisiones verbales —que pueden dar por supuesta la conveniencia de una muerte o la familiaridad del desierto—, tanto como el énfasis en las palabras rivales amigo y forastero, demandan del espectador la aceptación previa de cierta ambigüedad reglamentada. Ese acuerdo es responsable de excelentes ironías que hacen inconfundible la oralidad de un western. Bastará con recordar dos. La primera pertenece a Johnny Guitar (N. Ray, 1953); la segunda, a una película menos memorable que incluye estas buenas palabras. Su título es Silverado (L. Kasdam, 1985):Guitar: — No he venido a buscar camorra, señor Lonergan. Lonergan: —Llámeme Burt, los amigos me llaman Burt. Guitar: —Como quiera, señor Lonergan.· · ·Cuatrero: —¡Baxter!, ¡eh, Baxter! ¡Por fin has llegado, Baxter! Llevo dos...

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