Mariano F. Martín

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Profesor de Filosofía. Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza, Argentina)

El trabajo intelectual. Algunos obstáculos

No hay tarea más ingrata que tratar de distinguir y circunscribir racionalmente —o, dicho con otras palabras, esforzarse por elevar a un nivel científico o filosófico— las nociones comunes... Todo el mundo se encuentra más a sus anchas al utilizar conceptos cuanto con menor exactitud conoce su significado. Mas apenas trata uno de definirlos y separarlos, surgen legiones de problemas y dificultades. Uno corre el riesgo de caer sobre una pista falsa mientras intenta obtener la verdad y hacer analítico y sistemático lo obtenido... (Jacques Maritain) Cuando alguien se decide a estudiar filosofía (pero me animaría a afirmarlo de cualquiera de las humanidades) suele tener la idea de que el trabajo intelectual es una cosa sencilla. En muchos casos uno se encuentra demasiado seguro de quién es, de dónde viene y hacia dónde va. Cree que el estudio de la cultura y de las ideas es lineal, con algunos recovecos, pero nada más. Piensa que uno puede refutar a cualquiera en tres páginas, o quizá en menos. Supone, además, que uno puede explicar cualquier problema, pongamos por ejemplo «el de los universales», a cualquier lego que se asome a la materia. Esto no debe sorprender demasiado: puede atribuirse, quizá, a las ínfulas inocentes de la juventud, propias de ese momento vital. Pero no me resigno a creerlo completamente. He conocido profesores entrados en años muy reconocidos, cuyo esquematismo en las respuestas y la asombrosa confianza en sus sentencias denotaban más una intelección adolescente de los problemas que la madurez serena que debería venir con el paso del tiempo. Podemos suponer que, como lo afirma el mismo Sertillanges, hay personas que nunca abandonan la edad escolar, que son esclavos del trabajo en vez de impulsarlo delante de sí en plena luz. Dejarse envolver por estrechas fórmulas y petrificar el espíritu con teorías librescas representa una marca de inferioridad que contrae claramente la vocación intelectual. Ilotas o eternos niños: tal es el nombre de esos pretensos trabajadores, que se sienten extranjeros en toda región superior, en presencia de todo horizonte amplio y que con gusto reducirían a los demás a su ortodoxia de escolares estrechos. Lo anterior es cierto y creo que no podría expresarse mejor. Sin embargo, confluyen en ciertos intelectuales otros factores que limitan el horizonte de comprensión y que no tienen que ver solo con esta especie de falta de madurez del pensamiento. O quizá, para decirlo mejor, la posible inmadurez intelectual se explica como una confluencia de factores y es el resultado de estos. Aquí me propongo enumerar algunas de esas cortapisas que limitan la profundidad analítica de quien busca dedicarse al trabajo intelectual. Dada mi especialidad, me detendré fundamentalmente en la filosofía, pero no me limitaré únicamente a ella. Creo que muchas de las cosas que he observado pueden aplicarse con bastante facilidad a otras disciplinas humanísticas. Aparece así la primera objeción. ¿Quién soy yo para enumerar escollos intelectuales? ¿Es que tengo tanta confianza en mi propia razón y tanta desconfianza en la autoridad de otros? La respuesta a estas preguntas es la...

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