José Luis Dader

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Catedrático de Periodismo. Universidad Complutense de Madrid
Nueva Revista

La débil identidad del periodismo en la hipermodernidad

El periodismo atraviesa quizá su peor momento a escala global, justo cuando la globalización del tráfico de mensajes parece más incuestionable. Por nefasta paradoja, la sociedad de la información podría lograrse a cambio de una sociedad sin periodismo, lo que significa sin conciencia de sus propias desgracias, de los factores que las causan y de las vías para superarlas. El deterioro del periodismo es paralelo a la pérdida de audiencia de los medios clásicos, cada vez más presionados por nuevas formas de comunicación digital, de ‘prensa gratuita’ y hasta del espontáneo ‘periodismo ciudadano’. La desaparición de la vieja prensa, que algún experto ha vaticinado para el 2044, no debiera preocuparnos demasiado si es sólo el soporte del papel lo que se esfuma. La verdadera amenaza es que desaparezca el propio PERIODISMO. No es una conjetura apocalíptica. Su desaparición depende más del abandono de sus fundamentos profesionales que de factores en realidad secundarios, como la competencia, otras fórmulas de negocio o el avance de las tecnologías. El principal enemigo del periodismo puede ser su distorsionada práctica actual, fagocitada por el infoentretenimiento y la agitación propagandística; desvaríos quizá inevitables en la etapa de Hipermodernidad en la que parecemos adentrarnos. Bill Kovach, uno de los periodistas con perspectiva intelectual más reconocida, se preguntaba en 1999 si el futuro del periodismo estaría fuera del propio periodismo. Se refería a la reducción del ejercicio comprometido y riguroso de la investigación periodística sobre los abusos e irregularidades institucionales y sociales. Dicha práctica se sustituía paulatinamente por sucedáneos superficiales y entretenidos, de mayor rendimiento comercial y carentes de conflicto para las empresas, adecuados al simplismo y al relativismo de la cultura post/hipermoderna y al consumismo letárgico de las audiencias contemporáneas. El periodismo auténtico resistiría, por contra, al amparo de la filantropía de fundaciones y movimientos cívicos externos, como The Center for Public Integrity (apellidado “Investigative Journalism in the Public Interest”) y The Fund for Investigative Journalism. Se trata de fundaciones que financian y publican en sus webs, investigaciones periodísticas que los medios convencionales no acogen por falta de recursos o entreguismo. Estas experiencias resultan periféricas frente a la acaparadora atención de la corriente mediática principal, pero su vitalidad permite mantener aún ciertas esperanzas.  El horizonte de un “periodismo sin ánimo de lucro” El “periodismo sin ánimo de lucro”  es una reciente etiqueta bajo la que se encuadran algunas de esas experiencias, como la del Minnpost de Minneapolis y The Voice of San Diego. Dichas cabeceras corresponden a periódicos digitales sostenidos por donantes individuales y fundaciones. Intentan garantizar a un puñado de profesionales la dedicación rigurosa a la información de interés público, sin influencias de patrones políticos, ni de la devaluación del infoentretenimiento. Quizá el exponente más reputado en este momento de dicho movimiento y que tras obtener un Pulitzer ha logrado incluso un hueco en el escaparate mediático de referencia, es el digital Propublica, dirigido por el prestigioso Paul Steiger, que abandonó la dirección de The Wall Street Journal para encabezar este proyecto financiado por la Slander Foundation. Algunos de estos nuevos...
Nueva Revista

Ciberdemocracia, el mito ya realizable

La última campaña electoral (marzo, 2000) ha sido escenario de la irrupción definitiva en España de la comunicación electrónica de partidos y candidatos. La proliferación de «sitios» de las organizaciones políticas en la red, de «ciberdebates» y de foros de discusión internáutica reflejan que la nueva dimensión de la comunicación política, llamada virtual, ha arraigado ya entre nosotros. Pero esta innovación, que empezó a ensayarse en la campaña de «las catalanas» de septiembreoctubre de 1999, no constituye un adorno más de la tramoya mediática en tiempos electorales, sino que expresa y anticipa la transformación sustantiva de los modos comunicativos de la democracia. De todo ello da cuenta en las líneas que siguen José Luis Dader.

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