Fernando Muñoz

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En torno a El Sueño de Ares, de Rafael Narbona

IRafael Narbona ya es, con su segunda obra, un escritor maduro. Nacido en Madrid hace poco más de medio siglo, retoño de una familia pequeña burguesa con domicilio en el barrio de Argüelles, hijo de un escritor notable que fue un padre deslumbrante y una referencia inamovible y absoluta. Vive hoy junto a su familia, rodeado de animales, a menudo malheridos o abandonados, en un pueblo del entorno de Madrid y escribe con una pasión de visionario sobre el paisaje castellano, sobre los perros que le han acompañado, sobre su madre que todavía conserva, a su lado, la luz suficiente para iluminarlo. Escribe sobre los desprotegidos y los desheredados con una piedad mortificante que le ha llevado a extremos casi desesperados. Escribe, sobre todo escribe diariamente con constancia casi febril una obra creciente de articulista y crítico literario. Rafael Narbona es uno de los escritores más propiamente tales del actual panorama literario, de manera que cada vez queda más paradójicamente definido por ese indefinido título: escritor.En su primera novela, entre ficticia y biográfica (“Miedo de ser dos” Minobitia, Madrid. 2013), conocimos la figura determinante de su padre. Un escritor injustamente olvidado, del que Rafael Narbona conserva – frente a los modernísimos impugnadores del patriarcado y la familia – una memoria en carne viva, porque este hombre magnífico falleció pronto y su ausencia dejó una cicatriz que aún respira en su piel.  A ésta habría de añadirse la marca imborrable de un hermano adorado que joven, alto y fuerte no habría podido vencer la envidia de los dioses, cortando pronto el hilo de aliento que nos ata a la vida, lo cortó con sus propias manos y conmovió, como siempre sucede, el curso de muchos días.Presente de modo tácito, pero profundo, fue un padre de alegre melancolía, sereno, ejemplar. Alguien podría añadir “a ojos de su hijo”, pero este añadido resultará o bien vacío por evidente, o bien miserable porque busca degradar su estatura apelando a la mentira relativista de que para todo hijo, es su padre encarnación de los más altos valores.  Esto es – en efecto – simplemente falso. Sólo para el hijo que ama y es amado por sus padres, puede esto resultar válido.  Pero entonces es doblemente verdad: el hijo amado por sus padres los contempla como arquetipos de la divinidad, sin duda, pero entonces los ve como realmente son.El principio fundamental al que nos atenemos podría presentarse del siguiente modo: los que miran sin la potencia iluminadora del amor están cegados para la presencia real del valor de las cosas. Lejos de falsear, el amor encuentra en su objeto lo que realmente allí existe, aunque se esconde para ojos fríos y distanciados. Miguel de Cervantes expresa con exactitud esa objetividad de los valores morales, visibles únicamente – sin embargo – para el que sabe orientar, amorosamente, la dirección de su mirada. En D. Quijote dice Luscinda a Cardenio: “Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os estime…”...

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