Fernando Herrera

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Una ventana abierta al cine internacional

UN TESTIMONIO HISTÓRICO Y SOCIALLa completa retrospectiva dedicada a la filmografia de Luchino Visconti en la última edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) es significativa de una historia que lleva más de nueve lustros acompasada a las grandes modificaciones políticas, sociales y culturales de la ciudad castellana. Visconti ha sido precisamente uno de los autores que han tenido presencia relevante en el festival, pues incluso algunas de sus obras maestras se estrenan allí. Esta fidelidad a los suyos es una de las características de esta muestra cinématográfica que forma parte de la vida de la ciudad, y que se ha mantenido a través de los años, luchando con éxito contra negros nubarrones que en ocasiones hicieron temer por su continuidad.Cuarenta y seis años en la vida contemporánea son cauce de sucesos y de transformaciones de gran calado. La SEMINCI de Valladolid que comenzó bajo el franquismo más estricto, prosiguió su periplo en las llamadas épocas de apertura, continuó en la transición democrática y sigue hoy más firme que nunca, constituyendo un hito que se repite todos los años y que concita a la gente del cine de España y de fuera durante nueve apretadísimos días. De las diez o doce películas iniciales se ha pasado a trescientas, número quizá desorbitado pero que permite al público que llena las salas optar sobre estéticas fílmicas muy variadas.Si, paradójicamente, las primeras semanas fueron dirigidas por el representante del poder, en este caso del delegado del Ministerio de Información y Turismo, Antolín de Santiago y Juárez, una especie de milagro originó que lo que pudiera haber sido una simple muestra de películas de tema religioso se convirtiera en una ventana abierta al exterior con la proyección de obras que, si en principio pudieran tener alguna relación con ese adjetivo que tantas veces se utilizó contra el festival, en realidad se plantearon como objetos de combate contra la rutina, contra las concepciones chatas y planas del hecho religioso. La presencia de Bresson o Dassin hicieron ver al público que el catolicismo podía ser conflictivo y plantear temas de gran dureza y profundidad. La vocación de permanencia del festival hizo preciso el juego, muy inteligente, de añadir a los valores religiosos, los valores humanos, y la perspicacia de quienes llevaban a cabo las tareas organizativas transformó este festival, en principio tan limitado, en un amplísimo foro en el que todo tema o estética tenía cabida. Preponderó, en efecto, una visión humanista del cine, pero entendida en sentido amplio, que evitaba la blandura o el conformismo jeremíaco.Fue una evolución, más que paralela a la progresión social o política del país, adelantada a su tiempo. El festival abrió caminos, sirvió de banco de pruebas a la entonces omnipotente censura y a los tímidos intentos de limitarla. Hubo ediciones conflictivas con los poderes fácticos, como aquella en la que la proyección de una serie de películas, que denunciaban el holocausto judío, originó la ira del entonces llamado jefe provincial del Movimiento; o como aquella...

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