viernes - 22 febrero - 2019

Enrique García-Máiquez

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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es "Con el tiempo" (2010), tres dietarios (el más reciente, "Un largo etcétera", 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, "Un paso atrás", 2012), un libro de aforismos, "Palomas y serpientes" (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, "Alguien distinto" (2005). Tiene en prensa "El burro flautista", nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el "Tomás Moro", de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria "Nadie parecía" y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog "Rayos y truenos".

De Homero a Kafka: bibliografía de un alma

El barbero de los libros. En esta sección el autor nos ofrece –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

García Morente y el progreso petrificado

Lo más impresionante de este ensayo del filósofo español es comprobar lo poco que ha progresado el progreso. Lo que dijo en su discurso de ingreso a la Real Academia en 1932 sigue de rabiosa actualidad en 2018.

Un Shakespeare marxista

"Timón de Atenas" es una de las obras menos leídas del genio británico, pero sirve y mucho para la búsqueda de sentido; quizá por ello era la preferida de Marx.

Haikus, la unidad mínima del lirismo máximo

EL BARBERO DEL REY/ Antonio Moreno publica ‘Más de mil vidas’, dedicado enteramente al género en boga del pequeño poema japonés.

“La taberna errante”: Chesterton y su poética de peso

El autor británico no se contenta con escribir una divertida novela de aventuras: nos deja entre líneas una concepción del hombre y una audaz propuesta de sentido.

Filosofía neopopularista: Pemán

EL BARBERO DE LOS LIBROS | Quinta entrega de esta sección en la que Enrique García-Máiquez nos ofrece –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

El arte del anacronismo: Murena

EL BARBERO DE LOS LIBROS | Cuarta entrega de esta sección en la que Enrique García-Máiquez nos ofrece –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

José Jiménez Lozano, comenzar desde antes del principio

EL BARBERO DE LOS LIBROS | Tercera entrega de esta sección en la que Enrique García-Máiquez nos ofrece –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

Venir por vino y volver con todo

EL BARBERO DE LOS LIBROS | Segunda entrega de esta sección en la que Enrique García-Máiquez nos ofrece –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

Atrapados en un síndrome de Peter sistémico

EL BARBERO DE LOS LIBROS. Primera entrega de esta sección en la que Enrique García-Máiquez nos ofrece –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

El barbero del rey de Suecia

EL BARBERO DE LOS LIBROS | Exposición de motivos e introducción histórica de esta sección en la que Enrique García-Máiquez nos ofrecerá –tras unas líneas introductorias— unos secos cortes a navaja de obras clásicas y actuales de las que nos conviene o nos gustará tener noticia.

“Poemas pequeñoburgueses” de Juan Bonilla

Reseña de Enrique García-Maiquéz del libro "Poemas pequeñoburgueses" del poeta Juan Bonilla (editorial Renacimiento, 2016).

Leer a Dante hoy. Una invitación a la Divina Comedia

Para afrontar esta introducción a Dante nos atendremos a las seis preguntas clásicas del periodismo. A fin de cuentas, del in-mortal florentino se ha dicho que fue «un periodista teológico», un corresponsal en el Más Allá.

Alta tensión. Una lectura contemporánea de Gustavo Adolfo Bécquer

Bécquer es, en buena medida, una víctima de su éxito. «Un artista puede ser incomprendido no solo cuando se le desdeña, sino también cuando se le admira», nos advierte Luis Cernuda

Un belén de canto y verso. La Navidad en nuestra poesía reciente

 La poesía española ha mostrado siempre un intenso interés por el tema navideño, hasta el punto de reservarle en exclusiva una forma poética. Según el poeta Antonio Cáceres, prologuista y antólogo de la preciosa colección de poemas navideños Hoy son flores y rosas (Fundación El Monte, Sevilla, 1995): "Se observa una sintonía profunda entre la poesía española, en general, y la poesía navideña, un discurrir paralelo de sus destinos". El tema resulta prácticamente inagotable, abriendo numerosos campos de estudio, ya que, en palabras del mismo escritor, es llamativa "la supremacía de la Navidad sobre cualquier otro tema religioso en nuestra literatura. Este hecho, fácil de comprobar al repasar cualquier manual, ha de encerrar alguna de las claves definidoras del genio poético español".Concentrémonos en esta ocasión en un aspecto encantador. La poesía navideña de los últimos tiempos ha tendido a crear una serie de figuritas de belén de canto y verso. Ha recogido así un carácter de nuestro belenismo, bien descrito por Berenguer y Rivas como "tan atento a la gestualidad de las figuras y costumbrista en su realismo, tan abigarrado, siempre en busca de representar, con característica ucronía en sus tipos y oficios populares el énfasis en la viveza y el movimiento, el acento regionalista". Esa influencia fue explícitamente reconocida por Rafael Alberti. Escribe la serie "Navidad", de la que daremos después algunas muestras, inspirándose directamente en las figuritas del Nacimiento que levantó con sus sobrinos.Pero no se bebe del belenismo sólo. Hay una línea de fuerza que viene de nuestra poesía navideña del renacimiento y, sobre todo, del barroco, que recreó a numerosos personajes, lo que la acercaba a la dramatización de sus lejanos orígenes (recuérdese el Auto de los Reyes Magos, del siglo XIII). No hay más que repasar los nombres propios de los pastores (Mingo, Pascual, Llorente, Antón) y su consiguiente caracterización. Silvia Iriso ha destacado "los villancicos de negro", que gozaron de tanto predicamento: "Son piezas en las que los pastores que se dirigen al portal pasan por ser esclavos africanos e imitan su pronunciación , cambiando o abreviando palabras , añadiendo vocabulario propio o incorporando interjecciones, onomatopeyas y ritmos probablemente vinculados a su música tradicional". No es el único caso en una lírica que se llena de tipos, caracterizados por su origen, como el gallego, el asturiano, el portugués, el gitano, el catalán, el portugués o el vizcaíno; o por su oficio: el alcalde, el poeta, los estudiantes, el alguacil... Quizá, siendo la celebración de la Navidad la gran fiesta de la dignidad y redención de todos los hombres, los autores se podían permitir buscar el lado más humorístico de unos pueblos o caracteres sin hacer por ello sangre.El ya citado Alberti, en libro que alitera con su nombre, El alba del alhelí, de 1925, con el que cierra su trilogía neopopularista, incluye una serie titulada "Navidad" de catorce piezas de canto y verso que, amén de profetizar algunos tonos del inminente Sobre los ángeles, revitalizan esa tendencia a la creación de personajes...

Ten más modestia, muerte

Machado, mediante Juan de Mairena, ironizó sobre el deber profesional de los poetas de hablar de la muerte, y se recreó en la sorpresa que, a pesar de haberla nombrado tanto, se llevaría más de uno al encontrarse de golpe con ella. Por debajo de la broma de humor negro, late una verdad muy honda: la poesía lleva enfrentándose a la muerte desde sus inicios.A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos: “¡No todo moriré! Así nos dice/ henchido de sí mismo aquel poeta/ que odia al vulgo profano y que le reta/ a olvidarle esperando le eternice/ el reto mismo; es calculada treta”. Quizá se enfadó porque Horacio le lleve siglos de inmortalidad de ventaja, o quizá porque esa inmortalidad, “donde el recuerdo es lo único que queda” le sepa a poco al cristiano (atormentado, pero cristiano) Unamuno. Lo indiscutible, se ponga como se ponga el rector de Salamanca, es que Horacio ha quedado en nuestro recuerdo, y eso ha dado moral a los poetas para mirar a los ojos a la muerte.Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría: “Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya/ erróneamente dicho poderosa/ y temible; pues esos que has borrado/ no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta/ de aniquilarme a mí. Si el reposo/ y el sueño son tan gratos, cuánto más/ no debes serlo tú: así se explica/ que los mejores antes den contigo/ libertad a sus almas y a sus huesos/ descanso. Azar, reyes, suicidas,/ son tus amos, habitante de pócimas,/ enfermedad y guerras. Y más diestros/ que...
Macbeth

Macbeth, de Shakespeare (y de Cuenca)

TRADUCTORES Y POETAS Una noticia espléndida es que poco a poco vamos completando el canon de la obra completa de Shakespeare traducida por poetas contemporáneos de primera fila. Luis Cernuda tradujo Troilo y Cresaida, Pablo Neruda Romeo y Julieta, Tomás Segovia, Hamlet, Jenaro Talens, La tempestad, entre tantas otras, Agustín García Calvo, el mismo Macbeth, etc. A este espléndido elenco se suma ahora Luis Alberto de Cuenca. Fue otro importante poeta traductor de Shakespeare, en su caso al catalán, Josep M. de Sagarra, quien protestó contra la costumbre de volcar íntegramente en prosa las obras del Bardo: «Eso, a mi en-tender, es impropio porque cuando se escribe en verso, por algo se escribe». Puede parecer una tautología, pero el verso tiene una importancia esencial, porque es una naturaleza propia: dice distinto que la prosa. La música de la métrica, las pausas de los encabalgamientos, el ritmo y la imagen son actores principales e imprescindibles del texto shakespeariano. Razón por lo que reclama alguien experto en poesía. Ni basta cortar las líneas en porciones más o menos simétricas ni tampoco cumplir con ciertos preceptos métricos. El verso se mide por fuera, pero se modula por dentro. UN LUIS ALBERTO DE CUENCA SHAKESPERIANO Y VICEVERSA Sin duda, la traducción de Luis Alberto de Cuenca y de José Fernández Bueno cumple este requisito, que, en el caso de Macbeth, una obra casi íntegramente en verso, adquiere todavía mayor relevancia. Hay todo un despliegue de maestría técnica, con un amplio abanico de endecasílabos, dodecasílabos y alejandrinos; sin olvidarse de la rima de las canciones, donde tan importante es, aunque suele olvidarse. También se han ceñido al número de versos original. Es un dato a tener en cuenta porque la concisión también significa. En el prólogo, De Cuenca rememora una representación en el salón de actos del Colegio del Pilar, a mediados de los años sesenta, donde hizo el papel del heredero legítimo e inocente Malcolm. Quedó para siempre marcado y no ha querido, afirma, «irse al otro barrio sin traducir la inmortal tragedia shakespeariana». Como siempre en Luis Alberto de Cuenca, lo que parece una simple anécdota biográfica se carga de sentido literario, pues se nos avisa, como si cualquier cosa, de que esta traducción nace de la vida, de la memoria y del deseo, nada menos. Y se nos señala, implícitamente, otro hecho importante. En varias ocasiones, Luis Alberto de Cuenca ha reconocido su deuda con Shakespeare. En el número 144 de esta misma revista, escribió: «Leer a William Shakespeare ha sido lo más importante que me ha pasado en los últimos sesenta y dos años. Y estoy seguro de que será, también, lo más importante que va a pasarme en el futuro». Y ha explicado hasta qué punto esa lectura está imbricada con su biografía: «Como aprobé la Reválida de 4º con matrícula de honor, mis padres me regalaron las obras completas de Shakespeare, traducidas por Luis Astrana Marín (Aguilar). Las leí de cabo a rabo a lo largo de todo el curso siguiente, durante las triunfantes mañanas de los domingos y,...

Ibáñez Langlois: Libro de la Pasión

Presumo de no quejarme de las razones o contrarrazones metaliterarias que hacen que a veces el escritor católico disfrute de menos reconocimiento que el que va a favor de los vientos y las mareas del siglo. En líneas generales, creo que lo mejor que puede sucederle a cualquier autor es tener que ganarse el aplauso palmo a palmo, si se lo gana, que si no, qué importa. Sin embargo, mi postura gallarda y serena hace agua en el caso de José-Miguel Ibáñez Langlois (Santiago de Chile, 1936). Solivianta ver que un poeta de tal potencia artística, de tanta osadía de pensamiento, de oído prodigioso, de visión hondísima, de cultura completa, de sabio manejo de los modos modernistas, de ecos inmemoriales… no tenga un mínimo reconocimiento equiparable al de otros escritores de su generación. Libros como Futurologías (1980) o Historia de la Filosofía (1983) son hitos únicos, que la inmensa mayoría de los lectores de poesía se están perdiendo. En España no existen ediciones.En su obra brilla con especial intensidad un poemario que varios de los happy few que conocen al autor leemos cada Semana Santa: Libro de la Pasión (Rialp, Madrid, 1986; 3º edición, 2003). Se recorren en él los últimos días de Jesucristo, intercalando reflexiones, diálogos, oraciones y también, al más puro estilo de Ezra Pound, monólogos dramáticos de distintos personajes. Así, por ejemplo, se nos presenta al centurión del Calvario:Jesús era sólo un rumor para él hasta anocheuna nota pintoresca del paisaje hebreodonde se está de paso para ascenderun centurión está hecho a las ejecucionesy él personalmente no presumió nunca de sensitivopero ese crucificado esa bestia agónica qué majestadcuando suplicó el perdón del cielo para sus verdugosal centurión se le derrumbó todo su conocimiento de la naturaleza humanatenía los ojos fijos sobre su cara en sangreestaba a punto de llorar como ni en su niñez Ibáñez Langlois sigue los relatos evangélicos y otros libros piadosos, especialmente el Vía Crucis de San Josemaría Escrivá de Balaguer y La dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo de la beata Anna Katherina Emmerich. Lo hace, como ya han podido comprobar ustedes, con un verso libre, sin apenas signos de puntuación, con un gran despliegue imaginativo y con vuelo poético.Alguna vez pensé que el hecho de que se publicara en una editorial de espiritualidad, hubo de restarle lectores de poesía generales. Luego se recogió completo en una colección escrupulosamente poética, en la sevillana Númenor, dentro de la antología Oficio (2006) , y ya no hubo excusa. En realidad, lo religioso y lo poético no pueden ni deben distinguirse. En la solapa de otro libro de Ibáñez Langlois, Poemas dogmáticos II (Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1995) se explica de forma nítida: En 1935, T.S. Eliot, en su ensayo sobre Religión y Literatura, decía desconfiar de la poesía intencionalmente religiosa y eclesiástica, pues en ella la conciencia de sus fines obstruiría la inconsciente y sincera energía que lo poético más alto requiere. ¿Es así en idioma inglés, en los metafísicos del siglo XVII, en el...

Lewis ante el peligro

 La obra de Mark St. Germain La sesión final de Freud es un duelo titánico entre Sigmund Freud y C. S. Lewis. El interés teatral, desde un punto de vista literario, viene dado por la intensidad de ese duelo; el interés teatral desde un punto de vista filosófico, viene dado por su amplitud, ya que en ese cuarto y entre esos dos hombres se discuten varios de los problemas cruciales y de los retos esenciales del mundo y el pensamiento modernos. Por eso, es tan importante comprender bien las posiciones de ambos protagonistas.C. S. Lewis está sistemáticamente en inferioridad de condiciones. Quizá un lector apresurado de la obra o un espectador hedónico de la representación no se dé demasiada cuenta. Lo cual es mérito del autor, del actor y, por supuesto, del propio C. S. Lewis. Para admirar a fondo ese triple mérito y para saborear la obra en toda su calidad hay que fijarse, sin embargo, en la complicada posición de nuestro admirado escritor norirlandés.Empecemos por la situación que ha dado pie al encuentro. Lewis ha sido convocado (más que invitado) a la casa del gran hombre en principio porque ha osado criticarlo en un ensayo. Pónganse ustedes en su piel. En los libros hablamos de las ideas de los demás con una libertad propia de espíritus puros, con la mano suelta y la lengua afilada. Todos tenemos la experiencia de que en los encuentros cara a cara matizamos mucho más nuestras opiniones y damos mucho más juego a la empatía. No digo que sea mejor un ámbito que el otro, ambos son imprescindibles para la vida intelectual, pero resulta muy incómodo cuando de golpe te sacan de uno y te meten en el otro ámbito. No ocurre solamente cuando conoces al autor cuya obra has criticado por escrito. También resulta bastante embarazoso cuando publican las palabras que dijiste cara a cara o escribiste por correspondencia privada. Con todo, el supuesto peor es el cara a cara. Lo ha descrito con gracia el estupendo diarista Iñaki Uriarte:Saludo al famoso escritor X en el Carlton. Como sería de mala educación poner alguna pega a sus libros, toda la energía de la conversación deriva hacia el polo positivo, y empiezo a halagar y halagar. De permanecer diez minutos más allí creo que hubiera acabado llamándole el Shakespeare de nuestros días. Me largué corriendo.El pobre C. S. Lewis se encuentra, al principio de la obra, justo en la situación contraria. Saluda al famoso escritor F. en su casa y no puede desprenderse de la crítica que acaba de publicar. Para aumentar su bochorno, Mark St. Germain —que llega a veces a ciertos extremos de crueldad refinada— le hace llegar a su cita «con tanto retraso». C. S. Lewis es un británico abandonado ante la absurda y embarazosa coyuntura de que le ha fallado nada menos que el servicio de ferrocarriles. Solo un fallo del servicio de Correos podría ser peor.Por si esto fuese poco, está la cuestión de la edad. Vistos...

Epílogo del sedentario

El insaciable espíritu aventurero de Ignacio Jáuregui ya ha quedado atestiguado a lo largo y ancho de este libro, pero si alguien todavía abrigara alguna pequeña duda no tendría más que ver a quien se trajo a escribir el epílogo. Más sedentario no lo hay. Es fama que los libros de viajes se escriben para los sedentarios, pero uno lo es en grado recalcitrante. Hasta la literatura viajera me da jet lag, por no hablar de los reportajes fotográficos de aquellos que se empeñan en mostrárnoslos demoradamente, como si el hecho de que no viajemos se debiese a una incapacidad económica o a una minusvalía que sus fotos y comentarios vendrían a consolar. Firme partidario de la libertad ajena, me gusta mucho que la gente viaje (y de algunos confieso que incluso preferiría que lo hiciesen más), con la única condición de que luego no me lo cuenten ni me enseñen las fotos.No lo digo para hacerme el interesante: lo tenía escrito y, con toda seguridad, Jáuregui —que entre viaje y viaje encuentra tiempo para leerlo todo— me lo tenía leído. ¡Y todavía se atreve a abrirme las puertas de sus 50 ensayos de secesión! Cuánto valor. O mejor dicho, cuánta fe en el valor literario de sus crónicas, que es por donde me rindo.Mi entusiasmo rendido por este libro no se debe, pues, en ningún caso a que esté escrito en la prestigiosa Indochina o en la cool Chiapas, sino a que está escrito muy bien. Véase la puesta de sol en Marsella, ciudad que es, por lo visto, "antes que nada, una luz portentosa":La caída del sol es aquí un acontecimiento lento, agónico, aparatoso, dulcísimo, de una belleza exasperante. Yates aparatosos de esos que parecen electrodomésticos de alta gama. El cielo es ya una pantalla plana de un naranja carnoso y violento sobre la que los barcos que vienen de vuelta se recortan con nitidez de sombras chinescas en una misma lava incandescente.Estuve a punto de advertir a mi amigo de la duplicidad del adjetivo "aparatoso", tan bien puesto en ambos casos; pero, al dudar de dónde aconsejarle que lo quitara, caí en la cuenta de que aparece de modos muy distintos: en el primer caso, refiriéndose a una compleja tramoya espectacular y en el segundo, con una guasa fina, apuntando a la simple condición niquelada de esos yates de un lujo fuera de lugar. La proximidad destaca la divergencia de ambos "aparatosos", los hace más expresivos y remarca, como quien no quiere la cosa, la de registros (y recursos) que maneja Jáuregui en un palmo de terreno. Con esas sutilezas y precisiones escribe siempre. Sostiene una soterrada tensión literaria que no se da tregua. Reléase, por ejemplo, la adjetivación de Bangkok: "borboteante", "bullanguera", "avasalladora efervescencia", "gigantesca marmita"… O esta fotografía genovesa, ante la precipitada ciudad que crece hacia los montes, tomada en el click instantáneo de una greguería que podría haber firmado Ramón Gómez de la Serna: "Génova: una avalancha invertida".El lector, en...

Chesterton, la sorpresa interminable

"La sorpresa",por primera vez en español de la mano de Renacimiento, nos revela a Chesterton como hombre de teatro. Adelantamos el prólogo escrito por el también traductor del volumen. 

Más que una obra

La lectura cruzada de The Booke of Sir Thomas More, el original, y de la versión de Ignacio García May: Tomás Moro, una utopía, ofrece una lección múltiple de historia, cultura y teatro. Ya la obra original es más que una obra: es también, para empezar, una novela de intriga. En el texto colaboran varias manos, entre ellas, la de William Shakespeare, nada menos. El detective de esa novela de intriga tendrá que adivinar hasta qué punto la segura mano de Shakespeare fue la decisiva, con lo que ello supondría de clarificador de la biografía del Bardo y del sentido total de su obra. En el prólogo de Tomás Moro (Rialp, 2012), la traducción española, Joseph Pearce apunta en esa línea. Otros misterios son el papel del tenebroso dramaturgo y espía gubernamental Anthony Munday o la fecha ignota de la primera redacción. A la vez, la labor del Maestro de Festejos, sir Edmund Tilney, el censor del reino, deviene importantísima y ha dejado su huella sobre el manuscrito, cuya representación frustró. Lo que lo convierte en un valioso documento de los modos y las maneras de la censura de entonces. Estamos, por tanto, ante un texto capital para los filólogos, historiadores y estudiosos de las relaciones de la política y la cultura. La obra de teatro en sí es la conmovedora hagiografía de un mártir y también la ocasión para varios fragmentos de poderosa poesía civil; una oportunidad aprovechadísima para el humor más negro y más brillante; un implícito tratado de filosofía política y un manual de buenas maneras del objetor de conciencia. De todos estos extremos, como cotraductor de la obra junto a Aurora Rice, ya he escrito y hablado. Lo instructivo de la lectura comparada con la versión teatral es comprobar cómo esta consigue potenciar casi todas esas virtudes, adaptando la obra a las tablas, o sea, favoreciendo técnicamente su representación en el espacio, y adaptándola al tiempo, posibilitando que el lector actual siga con pasión unos acontecimientos históricos de hace quinientos años. Si Sir Thomas More era más que una obra, ahora es más una obra. Como no se representó en su tiempo, al manuscrito le faltan los arreglos y afinamientos que solían realizarse de forma muy intensa durante el montaje. La más evidente de las novedades que ha incluido García May es la figura del Historiador, o sea, de un personaje que hace las veces de intermediario entre el público y la obra, y que representa varios papeles sobre el escenario. Aunque este segundo aspecto pueda parecer menor, es un gran hallazgo, pues no solo permite economizar el número fastuoso de actores, sino que otorga un chispeante movimiento irónico a la acción. Más discutible es el empeño didáctico del Historiador, quizá algo forzado por la vocación pedagógica de UNIR, cuya Fundación ha producido ejemplarmente el proyecto. Ese afán de adaptación curricular deforma algunos significativos silencios de la obra original. Por ejemplo, el nombre de Enrique VIII no se usa jamás en ella, pero aletea constante sobre el público, omnipresente...

Sobredosis de brevedad (y homeopatía)

La revista que usted tiene entre las manos es un lujo. Sí, ya sé que usted lo sabe, y que por eso la tiene entre las manos, pero es un lujo en muchos aspectos y cabe dentro de lo posible que alguno de ellos se le escape. Por ejemplo, el hecho de que aquí se publican artículos articulados, reportajes reposados, entrevistas atentas y análisis analíticos no es, ni mucho menos, una sarta de obviedades y redundancias. Para este artículo se me ha concedido un margen generoso de 3.000 palabras. Sí, sí: no 30 ni 300 ni 3.000 caracteres, 3.000 palabras. Nada más que el hecho de que se haya hablado de palabras y no de caracteres, alegra el alma. Cada vez es más raro. Con la aceleración de la vida, hemos entrado en la cultura de lo hiperbreve, cuyo símbolo es Twitter, o sea, los 140 caracteres como límite máximo infranqueable.Y no es solo Twitter, sino todo. «Característico de una época explosiva es el fragmento», ha anotado Ramón Eder, y es imposible discutirle el diagnóstico. ¿Qué se hizo de la vieja oratoria del foro? Los discursos políticos actuales son ráfagas de lemas inconexos y datos comprimidos, precocinados ambos para caber en los titulares de prensa, que es lo único que se ojea, se asegura. La opinión de la calle se comprime en pintadas y pancartas. La publicidad se contrae en eslóganes pegadizos, exentos de cualquier información relevante, para que sean más asimilables. La cultura —ay, la cultura— se dispensa en citas enlatadas. La música, en estribillos en serie. La narrativa, en microcuentos. El teatro, en pasacalles. El arte, en happenings. La poesía, en haikus, en el mejor de los casos. Incluso los poemas más largos se desintegran y pierden la coherencia interna, con cada verso queriendo ir por libre, y consiguiéndolo. La que la crítica considera última poesía española resulta en esto un fiel reflejo de su época: espejo roto en mil fragmentos, extrema exactitud al representar el estado social. Incluso las relaciones personales se jibarizan en sms, whatsup, «toques» o apresurados correos electrónicos. Las tertulias de antaño, ahora —cuando aún coincidimos y no estamos consultando nuestros dispositivos móviles— se fraccionan en nerviosos soliloquios sordos, interrumpiéndonos unos a otros.Por eso descansa tanto esta revista en nuestras manos. O tener un rato largo para permanecer en silencio. O leer en paz un novelón decimonónico. O la poesía comme ilfaut, con su coherencia interna, su trabazón versal y su música callada de soledad sonora. Hay muchas realidades que, por su complejidad, necesitan de tiempo y paz para ser pensadas y entendidas. El carácter terapéutico de una gran sinfonía nadie puede ponerlo en duda, y de seguir así terminará por ser objeto de prescripciones médicas. La extensión como un cuidado paliativo acabará siendo imprescindible.Pero nosotros, hijos legítimos de nuestro tiempo, tenemos que ser todoterrenos, y estar bien dispuestos para lo largo, cuando se pueda, y para lo corto, cuando toque, que hoy por hoy va a ser casi siempre. Al empacho de...

Plática

]EL DESENCANTO EN CANTOPara entender y disfrutar del todo este último poemario, tan breve, de Fernando Ortiz (Sevilla, 1947), hay que echar largamente la vista atrás. De entre los poetas de la llamada «Segunda generación del 70», esa que echó un freno de sensatez a los excesos de sus coetáneos novísimos, sin menor culturalismo, pero más vivido y menos estentóreo, Ortiz es de los mejor equipados teóricamente y de los que mayor influencia estaban llamados a ejercer entre las generaciones siguientes.En él se anudaban algunas influencias esenciales, como la de la poesía inglesa, T. S. Eliot y W. H. Auden, y la recuperación de poetas andaluces, como los integrantes del grupo Cántico, además de la reivindicación de Aquilino Duque, entre otros. La claridad expositiva, unida a una actitud amigable y receptiva, permitió que Fernando Ortiz hiciera de puente generacional y que despejase el camino a muchos de los poetas más significativos de los ochenta y los noventa.Tantas influencias dejaron una huella, antes que nada, en su poesía, lógicamente. Por un lado estaba su apuesta por el tono conversacional, del que el título del libro que nos ocupa es una nueva defensa; y por otro, el trato íntimo de estudioso con tantos grandes, que le haría tomarse con humildad su propia obra creativa. Y sobre todo ello, su apuesta por la elegía. Por eso, los poemas de Fernando Ortiz nunca levantan la voz y poco a poco se van ciñendo a temáticas cada vez más circunstanciales. Ese aire de apagamiento que se ve en Plática ya estaba en sus orígenes: su primer libro se llamó Primera despedida (1978) y otros títulos suyos son igual de significativos, específicamente los últimos: Moneditas (1996), Posdata (1999), Miradas alúltimo espejo (2011) y Después del siglo XX (2012).Todas estas características comparecen quintaesenciadas en Plática. El libro se abre enseguida con dos homenajes, uno a Fray Luis de León y otro a Manuel Machado, que reivindican al poeta a contrapelo, contra mundum, por un lado, y al poeta de la gracia y la anécdota, por otro. Tras esos dos poemas, un soneto donde declara: «Aunque bien sé que nunca fui un genio», y a continuación un homenaje implícito a Rafael Alberti, que viene a recordarnos la sempiterna defensa de Ortiz de la tradición andaluza. Nada más empezar, por tanto, nos marca las coordenadas de Plática.A partir de ahí, pasa a declarar su desencanto, disfrazado de indiferencia o de un leve interés irónico por temas menores, aunque el desencanto también se presenta sin disfraces, como en «Caducidad de mi reino»: «Pensé que era mi reino la Poesía. / Y, si la dominaba, con desprecio / podría tratar sin duda al vulgo necio / desestimando así su tontería. // Pasan los años y la demasía. / El joven, al caer de alto trapecio, / aprende por sí mismo el justo precio / que ha de pagar por tanta altanería. // » No es la única declaración de desolaciones. Expone heridas, enfermedades, desengaños. «He sido más necio que preclaro»...

Chesterton, autor -sobrevenido- de aforismos

«No hay duda de que la mejor manera como un hombre podría poner a prueba su aptitud para relacionarse con la común variedad del género humano sería descolgarse a la ventura por la chimenea de cualquier casa y procurar congeniar todo lo posible con la gente que encontrase dentro. Esto es esencialmente lo que cada uno de nosotros hizo el día en que nació». La escena central de la película Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992) consiste en una sentida glosa de esta cita de Gilbert K. Chesterton hecha por el protagonista ante el expectante silencio de sus amigos. Teniendo en cuenta que el cine es el gran excipiente de las tendencias sociales, podríamos utilizar esa secuencia para visualizar hasta qué punto un Chesterton autor de aforismos se ha ido haciendo, en estos setenta y cinco años que han pasado desde su muerte, con un papel principal entre la crítica y el público.Hoy se le cita tanto que a menudo se hace con una leve petición de excusas del tipo «como decía Chesterton, quién si no» o «volviendo a Chesterton» o «G. K. C., naturalmente, pensaba» o «como ya saben, Chesterton escribió»... Propagando sus mejores frases, hay una cuenta en Twitter (@ChestertonQuote) que remite a un blog monográfico. En todas las páginas de citas de la Red, incluyendo, por supuesto Wikiquote, se le dedica un generoso apartado. Se ofrecen almanaques y calendarios con sus pensamientos. Muchos estudiosos y articulistas lo tienen como constante referente intelectual, casi como un estribillo. Incluso se le atribuyen citas apócrifas, que es un estadio de celebridad que solo alcanzan los más grandes: no es suyo aquello tan repetido de «Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que se lo creen todo», aunque bien podría haberlo sido. Numerosos libros se dedican a recoger sus pensamientos: Chesterton. Las quintaesencias (selección de Ramón Setantí, Ediciones de la Gacela, Madrid-Barcelona, 1941), G. K. Chesterton, The Apostle of Common Sense (Dale Ahlquist, Ignatius Press, San Francisco, 2003), The Wisdom of Mr. Chesterton (Dave Armstrong, Saint Benedict Press, Charlotte, North Caroline, 2009), Ciudadano Chesterton, una antropología escandalosa (José Ramón Ayllón, Palabra, Madrid, 2011) o The Quotable Chesterton (Kevin Belmonte, Thomas Nelson, Neshville, 2011), entre otros. Por último y quizá lo más importante, puede observarse entre los fervientes lectores de Chesterton una admiración más viva aún a sus ideas, expresiones, imágenes y hasta anécdotas, que a cualquiera de sus títulos concretos, incluidos los de la serie del padre Brown, que tanta celebridad le dio en vida.Estamos ante una paradoja netamente chestertoniana: se impone el autor de aforismos, aunque él, que practicó con maestría casi todos los géneros, desde la poesía hasta la novela policíaca, pasando por el ensayo, el columnismo, la narración, la oratoria, la hagiografía, el teatro y la autobiografía, nunca los escribió. Su réplica a un poema de T. S. Eliot sí podría ser, en cambio, un atisbo profético de lo que está pasando. Eliot había rematado su poema,...

Una introducción sin anestesia a la poesía de José Miguel Ibáñez Langlois

Que otros se jacten de los libros que han escrito, a mí me enorgullecen los que he editado; podría declarar parafraseando a Jorge Luis Borges, sobre todo después de haber hecho la selección y el prólogo a Oficio, la antología de José Miguel Ibáñez Langlois que acaba de publicar la colección de poesía Númenor. Es muy posible que a usted el nombre de Ibáñez Langlois le diga poco. No se extrañe: con contadas excepciones, entre la literatura hispanoamericana y el público español hay un insondable océano de desconocimiento, como si alguien hubiese dibujado en los mapas monstruos marinos, figuras mitológicas y un lacónico aviso: non plus ultra. La intención de estas páginas es, por el contrario, ir más allá: presentarles a un poeta extraordinario y ofrecerles una pequeña antología de los Poemas dogmáticos, una de sus creaciones más representativas. José Miguel Ibáñez Langlois nace en Santiago de Chile en 1936. Además de Teología, ha estudiado Filosofía y Periodismo. Crítico literario desde 1966 en el diario El Mercurio con el seudónimo de Ignacio Valente. Escritor abundante e infatigable, es autor de más de treinta libros, de los cuales, junto a varios ensayos filosóficos o teológicos y ocho de crítica literaria, once son de poesía. Además (y sobre todo) es sacerdote. No es ése un dato privado para relegar entre las curiosidades biográficas: se trata de un aspecto central del personaje poemático, del hablante lírico, perfectamente integrado en su discurso, como ha observado el profesor Eddie Morales Piña en Lecturas sobre textos líricos (Facultad de Humanidades, UPLA. Valparaíso, 2004). José Miguel Ibáñez Langlois lo reafirma, adelantándose a las reticencias de un hipotético público laicista, con una provocadora naturalidad: OFICIO Soy cura y qué otros buscan perlas en el fondo del mar o instalan ojos y oídos humanos en la estratosfera yo trabajo en este y en el otro mundo yo tengo el poder de expulsar demonios de las computadoras yo transformo leprosos en arcángeles y mujeres de Lot en estatuas de sal yo me visto como ni los reyes para celebrar la Misa yo hablo todas las lenguas de Pentecostés y algunas otras nuevas yo soy la mano de Dios que borra los pecados más increíbles yo soy el espejo de Dios que camina por la historia sagrada otros tocan la flauta a las serpientes artificiales yo resucito muertos soy cura y qué El ministerio sacerdotal también resulta clave para encuadrar al poeta en su tiempo y entorno. Juan Manuel Martínez Fernández, en la laudable tesis doctoral Tres caminos y nueve voces en la poesía religiosa hispanoamericana contemporánea (Universidad Complutense de Madrid, 1999), estudia la abundancia de poetas sacerdotes, entre los que sobresalen, además, Joaquín...

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