Daniel Rivadulla Barrientos

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Coordinador académico. Facultad de Educación. Universidad internacional de la Rioja

Fred Kiel, Return on Character. The Real Reason Leaders and Their Companies Win

Harvard Business Review Press, Boston, 2015, 276 págs., 23,81 euros El poder de los conceptos es menos simbólico de lo que parece ser y más real de lo que estamos dispuestos a aceptar, como organizadores de la vida social, que es siempre cultural por la naturaleza misma del ser humano. En este sentido, toda sociedad —estructurada en el marco político, económico, empresarial que sea— tiende a elaborar, desplazar e incluso ocultar los conceptos que crea o que ha heredado. EL PODER OCULTO DE LOS CONCEPTOS En una interesante obra de Daniel Bell, publicada ya en 2001 (no siempre lo más reciente tiene por qué ser lo mejor) y titulada The Cult of the Nation in France. Inventing Nationalism, 1680-1800, el historiador norteamericano relacionaba, con gran acierto, los conceptos y el lenguaje del discurso en la historia cultural —y, en concreto, en la cultura política— con la constitución y desarrollo de los procesos históricos. Y así examinaba el discurso político francés y la formación paulatina de una nueva idea de Francia que encontraría su expresión a partir de 1789 con el estallido de la Revolución. En esta línea de argumentación, el lenguaje, por tanto, no solo describe, sino que actúa. Y, a este respecto, el impacto discursivo de la Revolución Francesa ha sido tal que, más de doscientos años después, no puede darse todavía por finalizado. Aunque para el caso del libro que analizamos aquí parezca que nos hemos ido muy lejos, en realidad no es así. Pongamos, para demostrarlo, un doble ejemplo. A partir y raíz de la Revolución Francesa, y desde Europa sobre todo, se ha producido en distintos tramos históricos el desplazamiento u ocultación de dos conceptos clave de la que hasta ahora conocemos como civilización occidental: El desplazamiento y sustitución del concepto de «bien común», por el discurso del «interés general» y la ocultación y sustitución de la cultura de las «virtudes» por el lenguaje de los «valores». De tal manera que si en la concepción de siglos pasados el bien común era una causa ineludible de todos los ciudadanos de una nación o territorio, pongamos por caso, ahora el interés general se ha convertido en el ejercicio político y/o cultural de unos pocos, las denominadas élites. Y si para vivir las virtudes en aquellos siglos la cultura del hábito y del esfuerzo eran imprescindibles, hoy los valores se adoptan, o no, en función de las modas de pensamiento, ligadas sobre todo a las novedades de una cultura predominantemente sometida al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (ya popularmente conocidas como tic) y sus aplicaciones, sobre todo sociales. Por señalar un caso más actual, asistimos, por ejemplo, al auge del concepto de innovación, de tal modo que el que no innova, sea institución o persona —en imagen, lenguaje, proyectos de vida personal o profesional—, se va quedando supuesta e ineludiblemente atrás en el camino del progreso de la humanidad. Cosa bien distinta sería establecer respecto a qué se produciría ese atraso... Pues no. La innovación por la innovación parece...
Robert Putman

Robert Putman, Our kids. The american dream in crisis

  En el imaginario colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas, el concepto de desigualdad se remonta principalmente a los años de la Revolución francesa y su onda expansiva, cuando se contemplan esos años desde la óptica del enfrentamiento por la ampliación de los derechos sociales y políticos (y, cómo no, económicos) de las sociedades europeas, frente a los privilegios estamentales o de estatus en función del origen; enfrentamiento que conducirá, muy lentamente, al principio del fin de las sociedades cortesanas o de corte. Tras Waterloo (este año 2015 conmemoramos su bicentenario) la extensión planetaria de la «pax britannica», con su impulso globalizador, pareció adormecer la preocupación por las desigualdades, hasta que Engels y Marx, también desde Londres, la resucitaron ideológicamente (aunque no fueron los únicos), a medida que estas desigualdades volvían a recrudecerse, con las sucesivas fases de lo que conocemos como revolución industrial o industrialización. En la historia de nuestro mundo actual, la cuestión de la desigualdad —más económica y social que política— se plantea y replantea cíclicamente, a la par que se han venido reproduciendo (y acelerando) las distintas y sucesivas oleadas globalizadoras. Es más, si nos fijamos detenidamente, del mismo modo que se producen los ciclos económicos de alza o descenso mundiales —con una incidencia evidente en el auge o desinterés por dicha cuestión— es precisamente en los momentos históricos en que se combinan o yuxtaponen un cambio de ciclo, en descenso, con un nuevo proceso de globalización, cuando esta cuestión se vuelve aún más candente... De tal manera que, si bien en el momento actual la percepción es de una grave crisis social y de intensas desigualdades —al menos en el mundo occidental— la globalización ha vuelto a intensificarse desde el año 2012 (como señala el Índice de Conectividad Global DHL 2014, elaborado por los profesores del IESE Pankaj Ghemawat y Steven A. Altman). De hecho, el referente inmediato, como antecedente, que muchos analistas sociales —y sobre todo periodistas o comunicadores— han utilizado para explicar la larga crisis actual («The Great Recession») ha sido y es la llamada Crisis del 29 («The Great Depression»). Pero, a la par, muy pocos entre ellos han recordado que esa crisis vino precedida por una oleada globalizadora sin precedentes, con la suma consecutiva de grandes avances tecnológicos, al tiempo que se producían singulares avances en otras áreas como la gestión bancaria o la comercial, y nacía la sociedad del ocio, de los primeros deportes de masas, etc.; fundamentalmente, eso sí, en el mundo occidental de aquellos años. Es plenamente cierto que la primera guerra mundial —la primera gran guerra industrial y total de la historia— lo había desbaratado casi todo; en particular por la combinación casi diabólica de una gran destrucción y una duración desconocida e inesperada... Y que el caos subsiguiente, sobre todo en Europa y en sus correspondientes territorios coloniales, pareció ensombrecer aquellos logros, con el auge subsiguiente e imparable de los nacionalismos autoritarios y totalitarios en y desde Europa. Más cerca de nosotros, con las llamadas crisis del petróleo de los años setenta,...

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