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Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, recién fundada por don Antonio Fontán, publicó en su número 9, correspondiente a noviembre de 1990, como tema de portada un artículo del entonces subdirector del diario El Norte de Castilla, José Jiménez Lozano, en el que exponía los propósitos y alcance de una iniciativa tan ilusionada y ambiciosa como de incierto futuro. Dos amigos, el sacerdote don José Velicia (1931-1997) y el periodista, poeta y narrador, premio de las letras Miguel de Cervantes 2002 y autor intelectual del proyecto Jiménez Lozano, se habían concertado en el mismo propósito de dar a conocer al público el tesoro de arte, cultura y religiosidad que se ocultaban en los más apartados lugares de la Comunidad de Castilla y León. La autorizada pluma de Jiménez Lozano en las páginas de nuestra publicación presentaba los rasgos definidores de un programa que ha superado las más optimistas previsiones y permite hoy, una vez más desde Nueva Revista, reconocer el acierto de sus fundadores y el valor de los trabajos realizados por sus continuadores.

BAJO EL LEMA DEL AQUA

Se celebra este año 2016 en la ciudad de Toro (Zamora) la vigesimoprimera exposición de Las Edades del Hombre. Se cumple un año más del programa de actividades iniciado por la fundación del mismo nombre en Valladolid en el año 1988, bajo la presidencia de honor del rey don Juan Carlos I. Las actividades desarrolladas han permitido inventariar, recuperar y restaurar centenares de piezas de incalculable valor, no solo desde el punto de vista estrictamente religioso, sino también artístico, histórico y cultural.

Los objetos seleccionados y tratados por los expertos, van desde la más delicada orfebrería en metales preciosos a los más modestos materiales: cobre, plomo, bronce, barro y cerámica y cristal. Permanece constante el mismo propósito inicial de dar a conocer a los hombres de hoy las obras que nos legaron nuestros antepasados, a las cuales se ha devuelto, después de una restauración rigurosa y concienzuda, su belleza original. Así, ha sido recuperada una cantidad innumerable de esculturas en piedra, imágenes policromadas y tallas en maderas nobles, escenas en relieve, óleos sobre tabla o lienzo, tapices y muebles, así como pergaminos, incunables, planos, cartas, libros litúrgicos y de polifonía y archivos parroquiales.

Todo este ingente material ha escapado de una más que probable desaparición debido a diversos factores, que van desde el deterioro natural a las agitaciones sociales, guerras o el más reciente expolio y comercio ilegal de obras de arte. La mayor parte de los objetos rescatados se hallaban diseminados en iglesias, conventos, monasterios, colegiatas, basílicas, templos y catedrales, aunque también los hay cedidos por fundaciones, museos o colecciones particulares.

Encuentros con el pasado

A través de las veintiuna exposiciones ya celebradas, Las Edades del Hombre, además de impedir en gran medida la pérdida de un rico patrimonio nacional, referido en este caso a la religiosidad popular, se muestra buena parte de la historia secular de los habitantes de las tierras reconquistadas por los reyes de León y Castilla a los invasores musulmanes.

El ámbito geográfico que abarca la Iglesia en la región castellanoleonesa se corresponde con la demarcación política y administrativa de España de la Junta de Comunidades de Castilla y León. Se trata de una zona extensa, de reconocida raigambre histórica, que atesora una extraordinaria riqueza, tanto en lo que se refiere a la calidad de sus grandes monumentos como al número elevado de las piezas que estos albergan tras sus muros.

A la vista del patrimonio heredado, es fácil descubrir el espíritu que animaba a mecenas, arquitectos, escultores, imagineros, pintores, orfebres y artesanos de las sucesivas épocas históricas que, observadas en conjunto, permiten seguir el pulso de los siglos y apreciar los cambios de mentalidad y costumbres experimentados por los diversos estamentos de la sociedad castellanoleonesa.

El visitante puede entablar un diálogo con el pasado. Sentir el latido y la voz de los hombres y mujeres que las idearon, encargaron, costearon o bien trabajaron con sus propias manos. En ellos quedaron reflejados para la posteridad inquietudes e ilusiones que, salvando las distancias de tiempo y lugar, podemos llegar a compartir los hombres y mujeres de hoy. La realidad que presentan las salas de exposición no se reduce a una época determinada, sino que ofrece un amplio recorrido a través de una historia secular tan diversa y amplia como variados son los acontecimientos que marcan la aventura del ser humano sobre la tierra en la que nace, vive y muere.

Junto a las aguas del Duero que riegan la ciudad de Toro

Esta visión cambiante y dinámica de la existencia en permanente transformación, constituye uno de los rasgos definidores de los propósitos que movieron a los impulsores de Las Edades del Hombre. Así, la actual vigésimo primera exposición que se celebra en la basílica de Santa María la Mayor y en la iglesia del Santo Sepulcro de Toro, presenta ante el público las obras que muestran, sobre el tema acuático de fondo, los múltiples significados del patrimonio que nos habla de un pasado común.

Es cierto que los objetos incluidos en la actual edición de Las Edades transmiten en su mayor parte una visión cristiana, católica, de la existencia, rodeadas además del suntuoso marco ambiental que prestan los espacios de arquitectura religiosa.

Sin embargo, no está de más señalar que el lema central elegido, el término latino aqua, gira en torno al agua, el líquido elemento, recurso indispensable, fuente de la vida, y del modo de servirse de ella, a través de la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura, ámbitos que se relacionan más tarde con el significado religioso que, obviamente, constituye el eje central de la exposición.

Por otra parte, el tema del agua aparece estrechamente vinculado a la provincia de Zamora, regada en Toro por las aguas del legendario río Duero, frontera natural de dos zonas características de la región, al separar los trigales de las llamadas «Tierras del Pan» al norte de la capital zamorana, de las situadas al sur o «Tierras del Vino», de las que forma parte la ciudad de Toro, afamada por sus tintos con denominación de origen.

Los dos itinerarios de la exposición

Como elemento indispensable de vital importancia, el agua parece como si quisiera elevarse sobre la fluida corriente de su cauce, para recorrer primero las naves de la basílica de Santa María la Mayor y para surcar después las salas de la iglesia del Santo Sepulcro, y recordarnos que, además de fuente de vida, el agua ha desempeñado una papel trascendental en la historia de la salvación del hombre, tal como viene representada en los textos de la Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento.

Considerada en su conjunto, la exposición se distribuye en seis grandes capítulos que, a modo de relato, desarrollan una trama argumental dentro de la cual el agua figura como gran protagonista. Los cuatro primeros apartados, I. Agua de vida, II. Preparando caminos, III. Los cielos se abrieron y IV. Cristo, fuente de agua viva, se albergan en las naves de la basílica, mientras los dos restantes, V. El bautismo que nos salva y VI. Renacidos por el agua y el espíritu, se ubican en la iglesia del Santo Sepulcro, situada frente a la basílica. El simple enunciado de los títulos que presentan a continuación ayudará comprender el significado de las obras que se van a mostrar al visitante.

PRIMERA PARTE: BASÍLICA DE SANTA MARÍA LA MAYOR

I. Agua de vida

En este primer capítulo, al amparo de las bellas imágenes en piedra que adornan la Portada de la Majestad, se desarrolla el relato que gira en torno al agua tratada, en fase textual de los organizadores, «desde las perspectivas natural y antropológica». Un recurso indispensable para alimentar y mantener la salud e higiene del cuerpo, además de servir al hombre para regar los cultivos y aprovechar las corrientes como fuentes de energía.

De entre las veintitrés piezas que integran este capítulo, destaca por su antigüedad y simbolismo un fragmento de mosaico romano del siglo IV d.C, que representa un tritón, en abierto contraste temporal con la imagen del agua que fluye entre las manos del hombre, pintada diecisiete siglos más tarde (2014) por el artista Eduardo Palacios.

Paisajes del Duero de distintas épocas y lugares, copas y jarra de cristal de La Granja, una preciosa edición de los diez libros de la arquitectura de Vitrubio (s. XVIII) planos de proyectos hidráulicos y cántaros de cerámica, cierran este primer capítulo dedicado a los aspectos naturales del agua.

  

II. Preparando caminos

Las veintidós obras que integran este capítulo, se refieren a los siglos que precedieron al nacimiento de Cristo. Desde el relato bíblico de la Creación, donde las aguas aparecen como el primer paso de la vida animada, hasta los bautismos de Juan a sus seguidores en el Jordán, se exponen distintas representaciones del Diluvio Universal, del Arca de Noé y de Moisés, en tres versiones: salvado de la muerte en el cañaveral del Nilo, en la travesía del mar Rojo y al hacer brotar bajo su cayado la fuente para calmar la sed de los israelitas en el desierto. En todo momento, el agua es protagonista destacada, imprescindible, para la salvación de cuerpos y almas. La edición facsímil del Beati Liebanensis Tractatus de Apocalipsin (s. XI) y la acuarela titulada Vegetación cedida por el artista Fernando Lozano Bordell (2016) señalan los límites del tiempo en este apartado, en el que también figuran óleos de los siglos XVI y XVII, algunos de gran valor como El baño de Betsabé atribuido al taller de Pedro Pablo Rubens (hacia 1635), procedente de la colección del marqués de Remisa.

III. Los cielos se abrieron

San Juan Bautista, figura que cierra el tiempo de los profetas del Antiguo Testamento, también abre como precursor los caminos del Nuevo para anunciar la inmediata venida de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, Redentor y Salvador de la Humanidad. A través de las veinticinco obras que componen este capítulo se ofrece una amplia visión sobre la vida y mensaje del Bautista, desde su nacimiento e infancia, con óleos de artistas italianos de los siglos XVII-XVIII, al drama de su muerte, recogido de forma conmovedora en los óleos sobre tabla de Fernando Gallego (s. XV) y de Javier Carpintero (s. XX). Entre las obras más relevantes dedicadas a su figura, destacan la talla en madera policromada de Gregorio Fernández (s. XVII) y el Bautismo de Cristo, óleo sobre tabla de Pedro de Berruguete (s. XV) en el que el Precursor derrama sobre el cuerpo de Jesús las aguas purificadoras del Jordán. Es el momento cumbre del capítulo, cuando «los cielos se abrieron» para dejar paso a la voz de Dios Padre que reconoció ante el mundo: «Este es mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt. 3, 13-17).

IV. Cristo, fuente de agua viva. Iglesia del Santo Sepulcro.

Este apartado, que se configura como el eje central de la muestra ofrece, a través de las dieciocho obras que lo componen, diversos episodios de la vida de Jesús relacionados con el agua, desde las escenas que transcurren en torno al lago de Tiberíades a otras en las que el líquido elemento aparece como referencia, símbolo o motivo que sirve de cauce para transmitir el mensaje salvífico de Cristo.

Al observar los contenidos del capítulo tendremos ocasión de recordar cómo el Señor dirige sus primeros pasos hacia las orillas del mar de Galilea, donde llama a sus primeros discípulos. El momento viene representado en la pintura al óleo de Bartolomé de Cárdenas, titulada La vocación de san Pedro (1626), cedida por la iglesia del convento de San Pablo, de Valladolid.

En la escena de la pesca milagrosa, los cuadros dedicados a Cristo sobre las aguas, de Juan Carlos Savater (2014), y el cuadro anónimo del siglo XVII junto a la Aparición a los discípulos en el mar de Galilea, de Martín Alén (2016), tanto el agua como las riberas del gran lago sirven de marco ambiental donde transcurre buena parte de la predicación de Jesús.

El agua mantiene su presencia en El milagro de las bodas de Caná, copia del óleo de Gerard David (s. XVI) y en el relieve en madera de Pérez Calvo (1966). Aunque de forma distinta, vuelve a ser protagonista en la escena conmovedora de Jesús con la samaritana junto al pozo de Jacob, en la ciudad de Sicar. El Señor pide a la mujer agua para calmar la sed. A cambio, le revela que Él es la verdadera fuente de agua viva: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás […] será en él una fuente que salta hasta la vida eterna» (San Juan, 4, 11/42).

Nuevos episodios se suceden bajo el signo del agua. En la pintura de Pieter van Lint (s. XVII) titulada Jesús cura a un enfermo en la piscina de Betesda, el agua reviste propiedades sanadoras que, en el relieve de nogal Lavatorio de los pies, simboliza el amor de Jesús a sus discípulos. Las últimas escenas de la Pasión en el Calvario, vistas a través de la tabla del maestro Francisco Gallego (s. XV) y de las imágenes del Crucificado, la Dolorosa y san Juan, obra de los Ducete, Juan y Sebastián (s. XVI), muestra la fuerza salvadora del agua que brota del costado de Cristo y se convierte en símbolo visible del misterio de la Redención.

Finaliza aquí el recorrido por las naves de la basílica que se reanuda en el cercano templo del Santo Sepulcro, donde se muestran los capítulos V. El bautismo que nos salva y VI. Renacidos por el agua y el espíritu, con los que se cierra aqua, la edición de Las Edades del Hombre 2016 en Toro.

SEGUNDA PARTE: EN LA IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO

V. El bautismo que nos salva

El agua desempeña en el sacramento del bautismo una acción purificadora que limpia las culpas del que lo recibe y elimina los efectos del pecado original cometido por nuestros primeros padres. A través de las veintiocho piezas reunidas en este capítulo se ofrece una variada muestra de cuadros, pilas, cacitos y conchas bautismales, hisopos y acetres para el agua bendita, crismeras para los santos óleos, aguamaniles, vinajeras, navetas y otros objetos de plata repujada, conservados celosamente en las sacristías y museos de iglesias y catedrales. Destacan en este apartado el Pontificale Romanum, libro impreso en Venecia en 1769, y los dos cantorales de música polifónica (motetes, misas y salmos), ambos del siglo XVII, cedidos por la catedral de Zamora.

VI. Renacidos por el agua y el espíritu

Este capítulo, continuación del anterior, presenta en sus veintiuna piezas un resumen del tema central elegido para la muestra: el agua en sus múltiples aplicaciones para la historia de la salvación del hombre. Se incluyen numerosos retratos, óleos sobre lienzos y tablas, diversas tallas en madera policromada que representan las vidas de santos canonizados a los que rinde culto la Iglesia católica. Se trata de hombres y mujeres que a lo largo de los siglos dieron testimonio y ejemplo de fidelidad al mensaje del amor predicado por Jesucristo durante su paso por la tierra. Ocupan lugar destacado en este apartado la pintura sobre tabla de la Inmaculada Concepción, de Antonio Vázquez (s. XVI), con la que se inicia el capítulo, y la imagen de su divino Hijo, Cristo resucitado, en madera policromada, de Antonio Tomé, joya relevante del siglo XVIII  que enriquece la misma iglesia del Santo Sepulcro y que sirve para clausurar el recorrido de Las Edades del Hombre que dio comienzo en la basílica de Santa María la Mayor. Intercalados entre los dos extremos, la Virgen Inmaculada y su Hijo resucitado, figuran, entre otros, numerosos óleos de notable valor artístico dedicados a los apóstoles Santiago (s. XVI), San Andrés y San Pablo (s. XVII) seguidos de las Santas Práxedes y Úrsula (s. XVII), junto a los de San Agustín (s. XVII), San Antonio de Padua (s. XVII), San Nicolás de Bari (s. XVI), San Isidro labrador (s. XVIII), San Pedro de Alcántara (s. XVIII) y San Francisco Javier bautizando a los infieles, de Claudio Coello (s. XVII).

LAS EDADES DEL HOMBRE UN PROYECTO DE AMPLIO ALCANCE

El proyecto de Las Edades del Hombre, que gestiona administra y promueve la fundación del mismo nombre, centraliza actividades en el monasterio de Valbuena, perteneciente a la provincia y diócesis de Valladolid. Declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1931, fue designado como sede de la Fundación Las Edades del Hombre a finales de la década de 1990, restaurado en el año 2001 y recuperada la antigua hospedería del convento, reconvertida hoy en hotel-balneario. Edificado por Estefanía de Ermengol, hija de los condes de Urgel, en el siglo XII, ha recibido el apoyo de diversos monarcas españoles a través de los siglos.

En la actualidad la Casa Real Española ha distinguido en varias ocasiones con su presencia y respaldo Las Edades del Hombre. El rey don Juan Carlos I ha ostentado en dos ocasiones la presidencia de honor y la reina doña Sofía y las infantas han inaugurado o clausurado algunas de las exposiciones. El entonces príncipe Felipe inauguró la sexta exposición celebrada en Burgo de Osma (1997) y la veintiuna en la ciudad de Toro que ahora se reseña, se abrió de nuevo con la presencia de la reina doña Sofía el pasado 26 de abril.

Consolidado ya un proyecto que ha reunido a millones de visitantes de toda España y viajado fuera de la comunidad castellanoleonesa, en Madrid y en las capitales de Amberes (Bélgica) y Nueva York (EEUU), Las Edades del Hombre ha rebasado el ámbito de la Junta de Comunidades de Castilla y León para alcanzar una dimensión extraordinaria dentro y fuera de sus fronteras.

Las próximas convocatorias previstas en Cuéllar (Segovia, 2017), Aguilar de Campoo (Palencia, 2018) y Lerma (Burgos, 2019) garantizan la continuidad de los trabajos de la Fundación Las Edades del Hombre y convierten su proyecto en serio candidato a optar al premio Princesa de Asturias en algunas de las próximas convocatorias.


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