Artículo

Una mirada a la política y a la literatura

por José Manuel Romay Beccaría

PRESIDENTE DEL CONSEJO DE ESTADO

Publicado en | literatura | Política | Política

July 2014 - Nueva Revista número 148

ABSTRACT

A la manera orteguiana, José Manuel Romay Beccaría ha combinado en su trayectoria la mirada del observador y su pasión por las letras con una vigorosa acción política. Estas son sus claves en torno a la relación entre cultura invididual y servicio público.

ARTÍCULO

El número 147 de Nueva Revista fue presentado en la Casa de América el pasado 29 de abril, en un acto que contó con la participación de José Mª Vázquez, rector de unir; Miguel Ángel Garrido, director de esta publicación; Carlos Aragonés, coordinador del número dedicado a la conjunción de las letras, las leyes y los gobernantes; Manuel Pizarro, de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y José Manuel Romay Beccaría, presidente del Consejo de Estado. Este último resumió en su intervención el sentido de un número rico en contenidos que ha despertado numerosos ecos. Estas fueron las palabras de Romay Beccaría, un intelectual que, a la manera orteguiana, ha combinado en su vida la mirada del observador y su pasión por las letras con una vigorosa y brillante acción política.

Es para mí un gran placer estar esta tarde con vosotros, en la presentación de este número de Nueva Revista que tituláis Letras, Leyes y Gobernantes. Y el placer aumenta porque me lo ha pedido Carlos Aragonés, persona a la que yo tengo gran estima y sobre la que quería decir que realmente me quedé muy tranquilo cuando le conocí y pude comprobar que Aznar tenía tan cerca un hombre de su capacidad intelectual, de su entereza de carácter y de su vastísima cultura, y con el que se podía hablar del último libro que estaba uno leyendo aunque ese fuera El fuste torcido de la humanidad de mi admirado Berlin, que tiene como lema una idea de Kant verdaderamente genial, según la cual los hombres buscan la concordia, pero la naturaleza es sabia y sabe que a la especie le conviene la discordia. Mi amistad con Carlos Aragonés la conservo, afortunadamente, y eso es un lujo.

También le quiero agradecer sus afectuosísimas palabras a Manuel Pizarro. En relación con Manuel Pizarro solo quiero decir que me parecería un fracaso de todos los que le tenemos cerca que no seamos capaces de aprovechar como se merece sus extraordinarias cualidades. Es todavía un hombre joven —y me parece que yo tengo autoridad para decirlo— del que se puede esperar grandes servicios a nuestras ideas y a España.

Decía antes que estaba muy contento por estar aquí y lo confirmo, porque además creo que mi amigo Carlos Aragonés conocía bien la trilogía de mi vida cuando me invitó a participar en este acto.

Las leyes han sido mi formación, mi escuela; la política, mi ocupación; y las letras, mi pasión, mi devoción.

Pienso que las letras y la política han de caminar siempre juntas porque, como decía Ortega: «Al político de raza le precede la preocupación intelectual y le sigue la acción propiamente política [...] esa nota de intelectualidad que corona la figura del hombre de acción es síntoma que distingue al político egregio del político vulgar».

La política y la literatura son esenciales. Creo que, junto con el fútbol —y más en una tarde como esta—, son las únicas armas capaces de sublevar la sangre de los hombres, como decía Shakespeare. Son las únicas armas capaces de alcanzar el sueño más elevado del humanismo: que la lectura de los grandes libros nos permita construir un mundo mejor.

Y esto lo hemos visto en las recientes despedidas de Adolfo Suárez y de Gabriel García Márquez, adioses que demuestran la grandeza de estos dos oficios. Del presidente de la concordia hablaré después. De Gabo solo os puedo decir que dentro de mil años será recordado, dirán de él: se atrevió a escribir en la misma lengua y el mismo siglo que Jorge Luis Borges.

Quiero citaros los versos de Auden:

Nosotros, como otros fugitivos,

las flores incontables, que no saben contar,

y las bestias, que no necesitan memoria,

vivimos en el hoy.

Y como en Nueva Revista vivís en el hoy, habláis en este número de muchos de los temas de nuestro tiempo, que decía Ortega. Me es imposible referirme a todos, como desearía por la calidad de los trabajos, porque este número es muy variado, muy interesante y mantiene en todas sus páginas un alto nivel.

Empezáis hablando de los liderazgos de los presidentes del Gobierno, y yo creo, humildemente, que hay tantos tipos de liderazgos como de presidentes. Y para conocer la calidad de la aleación de que cada liderazgo está hecho, no hay como recordar los momentos de hielo abrasador, de fuego helado, que cantaba Quevedo.

Como la terrible primavera en 1940 en Londres cuando todo el mundo coincidía en que la pregunta no era si capitularía el Reino Unido, sino cuándo; todo el mundo menos un hombre, Winston Churchill.

Como el durísimo verano de 2012 de nuestra querida España, cuando todo el mundo coincidía en que la pregunta no era si España solicitaría el rescate, sino cuándo; todo el mundo menos un prudente y responsable paisano mío —humilde experto en el manejo de los tiempos—, que piensa que los gobernantes solo han de estar sometidos al imperativo del interés general, el interés de España y los españoles; sean cuales sean los otros intereses, sean cuales sean las presiones.

La calidad de la aleación de la que están hechos los liderazgos se aprecia, también, cuando a sucesivos ríos de lava de rauxa, más y más rauxa, se responde con su némesis, glaciares de seny, más y másseny.

Se aprecia, digo, cuando al estruendo de las palabras responde la sabiduría del silencio; cuando a la brusquedad de las formas se opone la firmeza educada de los principios. Fortiter in re, suaviter in modo.Ancestral suavidad galaica.

Mi admirado Isaiah Berlin, que teorizó sobre el éxito en política y, por ende, sobre los liderazgos, estoy seguro que el origen pontevedrés de mi responsable y prudente paisano lo hubiese considerado óptimo para pilotar con tino la nave de España en estas aguas, en esta hora; pero esa, como diría Kipling, es otra historia... o no.

Con la Iglesia y con Europa hemos dado, Sancho. Vosotros también en este número con Jerusalén y Atenas habéis topado. El origen de nuestros orígenes es ya un lugar común, pero nadie lo ha descrito con tanta belleza como la inmensa prosa de Jorge Luis Borges: «Más allá de las aventuras de la sangre, más allá del casi infinito y ciertamente incalculable azar de los tálamos, toda persona occidental es griega y judía».

Os referís en muchas colaboraciones a Europa, la mujer fenicia raptada por el dios Zeus que dio nombre a un continente, y en otras muchas a la Iglesia.

Nos habláis de papas en una semana como esta en la que hemos asistido a la elevación simultánea a los altares de dos colosos: un hijo de campesinos que nos regaló Pacem in terris y que cambió la Iglesia y un hijo de Polonia, víctima de todos los totalitarismos, que cambió el mundo. Fueron elevados a los altares en una ceremonia a la vez sencilla y grandiosa. Nadie domina la escenografía y la liturgia como la Iglesia católica, ni siquiera la tradición, la pompa y el boato británicos.

El domingo asistimos a un movimiento táctico del papa Francisco digno de César o Alejandro. Bendito eclecticismo, divina manifestación de centrismo de un pontífice que tiende puentes. Esta canonización ha satisfecho a la vez a los entusiastas del Concilio Vaticano II y a los del posconcilio, a los que veían las ventanas medio vacías y a los que las ven medio llenas.

El papa Francisco ha practicado un prodigioso funambulismo por las catacumbas del alma de la Iglesia, haciendo las delicias de Voltaire, aplicado y díscolo exalumno de la Compañía, que no hubiese esperado nunca menos del primer papa jesuita de la historia.

Decía antes que hablaría más tarde del presidente Adolfo Suárez, él fue el Sáenz de Oiza que acompañó a nuestro Frank Lloyd Wright particular —Su Majestad el Rey don Juan Carlos— en la construcción del gran edificio de la Transición española, una de las más deslumbrantes obras de la arquitectura política del siglo xx.

A partir de 1975 este viejo Reino de España, de la mano de su Rey, escribió una de las páginas más hermosas de su historia. Tras siglos de invierno de la desesperación llegó, al fin, la primavera de la esperanza. La Transición fueron Los mejores años de nuestra vida. España se encontró a sí misma y encontró su lugar en el mundo. La España de muros desmoronados de Quevedo, cuya historia, según Ortega, era la historia de una decadencia, dio una lección inesperada e inolvidable al mundo, una lección de sabiduría, tolerancia y grandeza.

España superó su cainismo irrefrenable y superó, también, los versos que hielan el corazón, haciendo feliz a Antonio Machado. Hicimos nuestro el sueño de Martin Luther King: nos sentamos juntos a la mesa de la hermandad. Alcanzamos las libertades: «la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos».

Miramos al futuro y eso permitió que desterrásemos la España oscura, aldeana y mezquina; angosta y terrible. La desterramos y confinamos para siempre, como dicen los bellísimos versos de Luis Cernuda:

Allá, allá lejos,

donde habite el olvido.

El Rey nos convocó, como quería Ortega, a un proyecto sugestivo de vida en común, rodeándose para ello de un puñado de hombres y mujeres excepcionales: Adolfo, Torcuato, Landelino, Leopoldo, a quien también recordáis en este número, y tantos otros.

Hay una noche de invierno que los españoles no olvidan. España encallaba en el Corazón de las tinieblas y fue el liderazgo indiscutido e indiscutible del Rey, reconocido urbi et orbe el que la guió con pulso firme hacia alta mar.

Don Juan Carlos interrumpió ese enloquecido Viaje al fin de la noche. Esa noche oscura el Rey convirtió Waterloo en Austerlitz.

Los españoles sabemos quién es el Rey, sabemos que le duele España. Por eso sabemos que el día todavía lejano, repito, día todavía lejano, en que tengamos que realizar el balance de su reinado, el haber quintuplicará al debe, los aciertos redimirán los errores y las muchas luces oscurecerán las sombras. Eso los españoles lo sabemos.

Hoy algunos y algunas quieren revisar el proyecto y los planos de esta gran obra —aunque son meridianamente claros— pero es un esfuerzo inútil, para hacerlo se requieren ingentes conocimientos de arquitectura y política y en España, muertos Pío Cabanillas y Antonio Fontán, no queda ningún especialista en ambos saberes.

Siento no poder referirme a otras muchas colaboraciones, a una que habla de Juan Linz, uno de mis autores de cabecera, o a la entrevista que mi querido Miguel Ángel Gozalo hace a Eduardo Torres Dulce consiguiendo que hable de otra cosa que no sea cine, o a colaboraciones de jóvenes compañeros míos de partido que me dan la tranquilidad de saber que el futuro del centro reformista en España está en muy buenas manos.

Pero hay una colaboración a la que no puedo dejar de referirme, ya que me siento directamente aludido: Los ancianitos son una lata. No contestaré yo, dejaré que lo haga el gran poeta irlandés William Butler Yeats:

La decrepitud física es sabiduría; jóvenes

nos amamos tú y yo y éramos ignorantes.

Al resto del artículo no tengo ninguna objeción que poner, aunque el del envejecimiento no es uno de los grandes desafíos del Estado de bienestar, es el desafío.

Termino ya, Edgar Allan Poe decía que un relato debía ser escrito atendiendo a la última frase y un poema atendiendo al último verso, y vosotros habéis seguido este sabio consejo y habéis dejado para el final los versos más hermosos.

Los ha escrito Irene Vázquez Romero, recientemente desaparecida, que es la esposa de mi admirado amigo José María Michavila —amigo, compañero de partido y compañero de profesión—. Sé que José María y sus hijos hallan fuerza y consuelo en la fe y en la poesía, esa otra religión. Hallan fuerza y consuelo en Hörderlin:

Quien marcha sobre su dolor marcha hacia las alturas.

Hallan fuerza y consuelo en la poesía de Borges, honda y hermosísima hermana melliza de su prodigiosa prosa:

Solo una cosa no hay. Es el olvido.

Sé que en la eternidad perdura y arde

lo mucho y lo precioso que he perdido.

Pero yo no quiero hablar de José María, quiero hablar de Irene, quiero hablar de las personas que —como ella defiende en su tesis sobre C. S. Lewis— hacen de la exigencia de ejemplaridad personal el camino por el que afrontar los dramas y las dificultades de esa odisea que es la vida.

Los griegos creían que los que morían jóvenes eran los favoritos de los dioses, también en esto el gusto de los habitantes del Olimpo era exquisito. Son los favoritos de los dioses griegos, y de todos los dioses, los que pasan por la vida haciendo el bien, entregándose a los demás y acompañando a Shelley en esa búsqueda de un mundo...

Algún mundo

donde la música, la luz de la luna y el sentimiento

sean uno.

A esas mujeres, como Irene, se refería Lord Byron —tan unido a Grecia— cuando escribió su verso inmortal:

Camina en belleza, como la noche.

Son personas, como Irene, que alcanzan a descubrir el sentido de la vida y no sufren la angustia de Albert Camus: «Los hombres mueren y no son felices»... Ella fue feliz.

Robert Louis Stevenson observó que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Todas y todos los que conocisteis a Irene convendréis conmigo que Stevenson no pudo estar más acertado.

Irene venció a la muerte, porque se abrazó a ella dando vida. Todas y todos los que quisisteis a Irene convendréis conmigo que es imposible dormirse con más encanto.

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