Artículo

¿Por qué leer a Arturo Barea?

por Juan Marqués

Poeta y crítico literario

Publicado en | Letras

September 2017 - Nueva Revista número 162

ABSTRACT

“La forja de un rebelde” es cada vez un libro menos secreto, pero su autor sigue siendo tan desconocido como sugerente.

ARTÍCULO

A mediados de diciembre, en la sede madrileña del Instituto Cervantes, podrá visitarse una pequeña exposición, esencialmente bibliográfica, en la que, al mostrarse prácticamente todas las ediciones de todos los libros que escribió Arturo Barea, pretende hacerse un repaso a su trayectoria vital (muy especialmente a partir de 1939) y un balance cabal de su obra literaria. Comisariada por William Chislett (uno de los más activos “bareístas”, quien, entre otras iniciativas, promovió la restauración de la lápida del escritor en Inglaterra o logró que se le dedicase una plaza en un barrio tan decisivo para el extremeño como Lavapiés), en esa muestra podrá leerse también algún documento inédito, alguna carta, o contemplar la que fuera su máquina de escribir, pero con toda premeditación se incidirá en sus libros, porque son ellos los que hacen al escritor, casi con tanta verdad y de un modo tan literal como el escritor los hace a ellos.

Al escuchar el nombre de Barea (Badajoz, 1897 – Faringdon, 1957), todo el mundo piensa automáticamente en La forja de un rebelde, y eso es así, creo, incluso entre aquellos que no han leído esa trilogía, que no sólo es la particular obra maestra de este escritor tardío (debutó con un pequeño artículo en El Sol el 23 de mayo de 1937, pocas semanas antes de cumplir cuarenta años), sino una verdadera obra maestra de la narrativa y de la literatura de inspiración personal y memorialística, un texto hermoso, sabio e inteligente como pocos de los que ofrece la narrativa española del siglo pasado.

Pero al margen de ese magnífico libro, cada vez menos secreto, cada vez más leído y reivindicado (y que por supuesto protagonizará la exposición, con decenas de ediciones y las traducciones al griego o al danés –en Dinamarca ese libro gusta tanto que lo tienen por una de las principales obras de la literatura española de cualquier tiempo, y llegó a haber un pequeño movimiento para que se le concediera a Barea el premio Nobel…–), Barea fue el autor de algunos otros títulos estupendos que han quedado más arrinconados, desde los cuentos sobre la Guerra Civil de Valor y miedo (su ópera prima, y el único libro que publicó en su vida en España, en 1938) hasta La raíz rota, su única novela en estricto sentido…, y desde sus alocuciones para la BBC hasta los impecables ensayos que por encargo escribió sobre Unamuno y Lorca, dos libros llenos de lucidez y páginas perfectas que, como casi toda la obra de Barea, vieron la luz primero en inglés y después conocieron ediciones argentinas (Lorca, el poeta y su pueblo vio la luz en Losada en 1956, y Unamuno, retraducido al español por Emir Rodríguez Monegal, lo hizo en las prensas de Sur en 1959), pero que, increíblemente, siguen a la espera de merecer sus primeras ediciones españolas…

Lo cierto es que la travesía editorial de Barea es bastante frustrante por injusta, por desproporcionadamente reducida. Cuando en 1977 la editorial madrileña Turner distribuyó por las librerías la primera edición española de La forja de un rebelde,  subsanándose así un explicable pero a la vez disparatado despropósito histórico, en la contracubierta de “La Forja”, el primer volumen, no sólo se daba a Barea por madrileño (error que se repite en demasiadas solapas de sus libros) sino que se citaban otros títulos suyos, como “Unamuno y Lorca” o “El poeta y su pueblo”… El desconocimiento profundo de la obra de Barea alcanzaba, pues, incluso a aquellos que pretendían desactivarlo y resolverlo. Felizmente, la tremenda fuerza y la desesperada calidad de La forja de un rebelde han destruido naturalmente cualquier posibilidad de que ese silencio se mantuviese, y es ya un libro canónico que disfruta cierta popularidad (a lo cual algo contribuyó la adaptación para televisión de Mario Camus), pero quien se asome a los otros títulos va a encontrar premios igualmente extraordinarios en forma de literatura sobresaliente. Algunos cuentos, como el breve y desgarrador “Proeza”, de Valor y miedo, o el propiamente titulado “El centro de la pista” (que dio título a todo un volumen de relatos que pudo publicarse en España en 1960, fallecido ya su autor) merecerían ser reproducidos continuamente, así como algunos de los pasajes y las conversaciones de La raíz rota (en 2009 el sello madrileño Salto de Página se responsabilizó de la primera edición española de esta novela, en edición de Nigel Towson, otro “bareísta” infatigable):

 

“–Déjeme que se lo explique brevemente: yo me marché de España, como hicieron miles como yo, para salvar el pellejo. Todos, todos nos llevamos con nosotros la memoria de todo lo que queríamos, no sólo la mujer, los padres o los hijos sino todo lo que había sido nuestra vida hasta entonces: Madrid y sus calles, el aire y el sol… Creo que me entiende. Hemos vivido en países extranjeros por diez años, siempre recordando y siempre enalteciendo nuestros recuerdos. Yo no tengo idea de cómo los otros encontrarían la realidad si volvieran mañana, yo sé solamente lo que la realidad me está mostrando: soy extranjero en un país extranjero. Estoy más solo aquí que nunca.”

 

Pero, así como el ensayo sobre Unamuno puede sonar ya algo desganado, un encargo que cumplió sin demasiada energía, su monografía sobre Lorca es realmente excepcional, un opúsculo formidable, y es estrictamente incomprensible que no haya circulado entre nosotros. Al fin y al cabo, aunque sólo fuera por echarle un poco de romanticismo al asunto, estamos hablando de un libro en el que quien es, al cabo, uno de los principales escritores del exilio republicano de 1939, escribe sobre quien sin ninguna duda es el más importante de los asesinados en 1936. Pero es que en el libro es de observar con qué sencillez admirable Barea explica a los ingleses (los que iban a ser los lectores primeros de la obra) qué es la Guardia Civil, y por qué los gitanos la temían tanto en tiempos del Romancero lorquiano…, o su interpretación del “Romance sonámbulo”, o su lectura de Poeta en Nueva York (“Había huido de España porque su obra amenazaba devorar su personalidad. Ahora, en su exilio voluntario, a pesar de su fascinación y del cariño que salió a recibirle y que él recibió con ansia, se veía él mismo como una partícula sin forma en una masa informe, sus armas tan inadecuadas como sería la lanza de don Quijote en una batalla de tanques”), para acabar entendiendo que “cuando se llega a la esencia de su arte, el análisis se queda corto. Leonardo da Vinci, con todas sus reglas científicas de las proporciones, nunca pudo explicar la sonrisa de su Mona Lisa”.

 

 

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