Artículo

Las cosas por su nombre

por Marqués de Tamarón

DIPLÓMATICO Y ESCRITOR

Publicado en Cultura, Política cultural

October 2010 - Nueva Revista número 129

ABSTRACT

Los vicios nacionales modernos de los países europeos cristalizan hacia 1840, con el triunfo definitivo de las burguesías patrióticas. España adopta la envidia como razón de ser tras abolir la sociedad estamental me­diante la confusión de estados y las desamortizacio­nes (1836). Inglaterra convierte la hipocresía en supre­ma norma social al poco de acceder al trono la reina Victoria (1837). y Francia contrae entusiastas nupcias con la avaricia incitada por el mandato de Guizot, ministro de Luis Felipe, el rey burgués: «Enrichissez-Vous!» (1843).

ARTÍCULO

No es que antes del aburguesamiento europeo las naciones careciesen de defectos distintivos, lo que pasa es que tenían otros y además plurales. Basta con ver las estampas de Hogarth para comprobar que la sociedad inglesa del XVIII era muchas cosas —sobre todo era disoluta— pero ciertamente no hipócrita. La Francia del Antiguo Régimen tenía la aris­tocracia más manirrota de Europa, a veces codiciosa mas
nunca avara, ni de su propia sangre guerrera ni de su dine­ro. Los españoles sabían ser crueles y despóticos, pero la envidia tenía poco sentido en una sociedad casi de castas, aunque hay que reconocer que la Santa Inquisición, nece­saria para mantener la hegemonía de los cristianos viejos, pudo sembrar la simiente de la envidia, tan útil para el fo­mento de la delación. Luego, con la llamada Guerra de la Independencia, fructificó la semilla y lo primero que destruyó la envidia fue a los hidalgos, como en un delirio edípico que constituye una de las más sarcásticas manifesta­ciones de la némesis histórica.


HIPOCRESÍA Y CENSURA
Sea como fuere, cambio hubo en la idiosincrasia viciosa de cada país, y ese cambio afectó y sigue afectando a sus res­pectivos idiomas. Veamos primero cómo la hipocresía con­diciona la evolución de la lengua inglesa. Un hipócrita tiende a pasar la palabra por el filtro de la censura, para no ofender. Yo siempre he sido ardiente defensor de la hipocresía y de la censura, y no me voy a desdecir ahora. La hipocresía es esencial en toda sociedad moderna, que sin fingimiento sería invivible. Si todos expresásemos lo que pensamos, esa franqueza destruiría en horas cualquier tejido social. En cuan­to a la censura, recuérdese que Shakespeare, Quevedo o Dostoievski escribieron bajo su mirada severa, y que yo sepa no escribieron peor que Terenci Moix. La censura —siempre que tan sólo obligue a callar, y no a decir como la soviética, mientras sea negativa y no positiva— aguza el ingenio y la pluma y es un benéfico estímulo para el autor. Ya lo dice el apotegma: «Sin censura ni cesura / no existe literatura819

O, dicho con otros términos, sin comedimiento ni sintaxis ni métrica produciremos meras algarabías o extravíos dadaístas. Pero —y el pero es importante— la censura deja de ser provechosa o inocua cuando se extralimita y pretende fiscalizar el uso y significado de las palabras. Entonces se vuelve peligrosa. Quevedo sabía muy bien qué era lo que no podía decir sobre la Trinidad o sobre el poder de la Co­rona, pero también sabía que lo demás podía expresarlo con palabras a su entero gusto. De lo contrario se habría deses­perado y no hubiese sido Quevedo sino un vulgar gacetillero plagado de las muletillas del momento. Tres cuartos de lo mismo le ocurría al Cela de los años cincuenta. La literatura soporta casi todo menos que le capen el diccionario.
Pues bien, a esa castración lingüística tiende por hipo­cresía la lengua inglesa esporádicamente desde hace siglo y medio. Ya los victorianos fueron más lejos en su afán de­purador de las «fourletter words» que sus coetáneos espa­ñoles persiguiendo las palabras malsonantes. No hubo aquí nada comparable a la labor del Dr. Bowdler expurgando las obras de Shakespeare para hacer ediciones populares «lim­pias», con tanto ahínco que dio origen al verbo «bowdlerizar». Hoy, por supuesto, se emplea ese vocablo en sentido peyo­rativo, puesto que el mundo anglosajón ya no es pudibundo. Pero la cultura anglosajona —sobre todo la norteamericana— ha trasladado su refinada hipocresía a nuevos ámbitos, que también afectan al mismo Shakespeare. Se censura el lenguaje antisemita de El mercader de Venecia, se evita representar Coriolano (obra irrecuperable de puro militarista y antidemocrática) y se teme un poco a Otelo (por ser negro el personaje epónimo). Y no digamos lo que se hace con Mark Twain, cuya habla llana en boca de Tom Sawyer
o Huckleberry Finn resulta inadmisible por racista. El eterno puritanismo latente y latiente en la sociedad americana cambia de tabúes —carnalidad, alcohol, raza, tabaco, lo que se tercie— pero siempre incluye el eufemismo entre las ar­mas de su perpetua cruzada moral.


«POLITICAL CORRECTNESS»
La última reencarnación de esta hipocresía lingüística an­gloamericana es la «political correctness», la «corrección política» en el sentido de buen tono, de lo que es aceptable y correcto. Hija legítima del puritanismo y del vago marxis­mo residual de los intelectuales de provincias, la «political correctness» aparece definida en el Random House Webster’s College Dictionary como «una ortodoxia típicamente progresista en cuestiones que afectan sobre todo a la raza, el género (nuevo eufemismo de sexo, masculino o femenino), las afinidades sexuales o la ecología». Cierto comentarista inglés más expeditivo dice que «no es más que el izquierdis­mo de clase media tal como se practica en las universidades americanas». El asunto ha levantado tal polvareda en los Estados Unidos que las siglas PC empiezan a ser empleadas más como iniciales de «political correctness» que como acrónimo de «personal computer». Lo curioso es que la po­lémica está convirtiéndose en una disputa filológica, con listas oficiales de palabras poscritas en distintas universidades. Remontando la historia mucho más allá del nomi­nalismo medieval, hasta volver a la creencia en la virtud taumatúrgica de los vocablos, profesores y alumnos rivalizan en sutilezas lingüísticas. Para evitar acusaciones de racismo, sexismo o desprecio por cual­quier minoría imaginable hay que hacer arduas contorsio­nes eufemísticas. Algunos consideran machista «género humano» («humanity», y no digamos «mankind»), sabe Dios por qué, y el propio Dios no puede ser Él sino que tiene que turnarse con Ella. Se asegura que el sustantivo «judío» es vitando, hay que usarlo tan sólo como adjetivo y decir «una persona judía». Incluso hay militantes de los derechos de los animales que exigen sustituir «pet» por «animal de compañía», expresión más digna. Por supuesto, no se pue­de hablar de un «vejete», sino de un «senior citizen».
Es cierto que estas ansias eufemísticas no son exclusivas del angloamericano, y que en el español también hemos in­troducido expresiones políticamente correctas como «ter­cera edad» o «invidente». Pero aquí casi nadie se las toma en serio, todo lo más algunos políticos y periodistas. Ade­más algunos de nuestros neologismos, como «tercermun­dista» por «merienda de negros», son igual de insultantes en sus alusiones que las viejas expresiones, y a nadie parece importarle mucho. En los Estados Unidos, por el contrario, lo que importa es la censura idiomática. Los aspectos sus­tantivos, no lingüísticos, de la «corrección política» univer­sitaria parecen apasionar menos al público, por ejemplo los programas de lectura obligatoria en el «syllabus» de algunas enseñanzas superiores. Como Homero o Shakespeare eran varones, blancos y poco progresistas, y se suponía que su estudio podía ofender a las mujeres, a los negros y a toda persona «politically correct», hubo que aminorar o suprimir su lectura y acudir a textos de escritores más presentables; el autor ideal es una negra lesbiana procedente de alguna cultura sojuzgada, pero no siempre es posible encontrar el ideal. La otra posibilidad es explicar la historia de la cultura de esta manera: la civilización moderna ha heredado las artes y las ciencias de los griegos clásicos, pero éstos habían robado la antigua sabiduría a sus inventores, los egipcios, los cuales eran africanos, luego negros. Una variante de este discurso melanófilo es demostrar que las matemáticas, la filosofía y en general todo refinamiento intelectual y aun vital volvieron a Occidente gracias a los árabes, que tenían «air-conditioning» en la Alhambra (sic), mientras los reinos cristianos eran un hatajo de patanes. Naturalmente, tam­bién se da y florece en los Estados Unidos la versión amerindia de la Historia Universal —versión que aquí vamos conociendo a medida que se acerca el Quinto Centenario— y menudean otras exégesis culturales para todos los gustos siempre que no sean eurocéntricos o falócratas. Di-ríase que el amable manicomio de la Unesco de los años setenta se ha trasladado al campus académico norteamericano. Pero el centro de la 820 batalla está en la palabra, y la tác­tica consiste en suprimir las palabras peligrosas, más que en desvirtuarlas. Se censura el diccionario porque —reacción de raíces bíblicas protestantes— tan sólo en el Libro puede hallarse la culpa de los males del pueblo y su remedio.


EL CASO ESPAÑOL
Muy distinto es el caso del español. También se sacrifica el lenguaje claro en aras de exigencias sociales cambiantes, pero ello se hace adulterando ciertas palabras, no proscribiéndolas. Consciente o inconscientemen­te se advierte que la forma más fácil de conjurar ciertos peligros sociales es desdibujar el perfil semántico de algunos vocablos para terminar cambiando por completo su contenido. El ejemplo más revelador es el de la palabra democracia. Está claro que la nueva situación política en España a partir de 1975 puede ser descrita de muchas maneras, pero se ha consagrado una definición tan sucinta que consta de una sola palabra: democracia. El motivo de tal laconismo no es, como parece, maquiavélico; la pereza, la vanidad y sobre todo la simple envidia hacia los países vecinos han sido decisivas en la simplificación verbal. El problema está en que una vez adoptado un simple animal como tótem se tiende a complicarlo añadiéndole símbolos heterogéneos y atribuyéndole virtudes contradictorias: el toro potente termina teniendo alas y rapidez de águila, melena heroica de león, ojo de lince y aun astuto cuerpo de sierpe para que la tribu esté contenta identificándose con él y pierda sus complejos de inferioridad y su envidia congénita. Y eso es lo que ha ocurrido en nuestro idioma con el término democracia, que empezó significando gobierno del pueblo y ahora se pretende que signifique por lo menos doce cosas más.
No existe, en verdad, ningún paradigma comparable de polisemia en toda la historia de las lenguas humanas, nin­gún fenómeno de multivocidad extrema alcanzada en tan poco tiempo. Tres o cuatro lustros —un mero instante en la cronología lingüística— han bastado para que demo­cracia quiera decir no una sola cosa sino muchas y, lo que es más interesante y quizá único, no sólo cada una de esas cosas, alternativamente y a gusto del hablante, sino en ge­neral todas ellas a la vez, por discordantes que sean. Hay vocablos con varios significados. Escatología, por ejemplo, quiere en unas ocasiones decir «conjunto de creencias re­ferentes a la vida de ultratumba» y en otras «tratado de los excrementos», pero nunca se usa para designar ambas cosas a la vez. Se consideraría de mal gusto. En cambio, en­tra dentro de la PC e incluso puede que constituya el fun­damento mismo de nuestra «corrección política» emplear la voz democracia como quintaesencia simultánea de todos estos elementos variopintos: gobierno popular, estado de derecho, división de poderes, constitucionalismo, liberalismo, parlamentarismo, «sociedad civil», buena administración pública, progresismo izquierdista, librecambio capitalista, pluralismo, respeto por los derechos humanos y amor a las libertades fundamentales.
Hasta hace pocos años cualquier persona culta, de iz­quierdas o de derechas, hubiera protestado ante semejante amalgama, considerándola incoherente. Hubiese alegado que democracia equivale, jurídica y etimológicamente, al primer concepto de la lista antes citada, el gobierno del pueblo, y que ontológica e históricamente tal cosa puede existir y de hecho ha existido con independencia de los demás conceptos reseñados. Hubiese recordado que la democracia ateniense condenó a muerte a Sócrates y que la democracia de Weimar eligió a Hitler. Hubiese añadido que casi todas o todas las demás nociones políticas relacionadas pueden ser puestas en práctica sin democracia, y que alguna de ellas, como el liberalismo, se compadecen mal con el gobierno popular de pura mayoría, el cual tiende al igualitarismo absoluto y por tanto cercena las libertades y el pluralismo, como bien explicó Ortega y Gasset. También hubiese citado a Alfonso Guerra, que explicó no menos justamente cómo Montesquieu y su división de poderes tienen poco que ver con la realidad democrática de una mayoría de votos. Y si nuestro culto observador hubiese sido aficionado a la comparación internacional de los sistemas políticos, habría apuntado que los Estados occidentales de hoy que funcionan bien lo hacen en la medida en que no son democracias puras sino vigorosas oligarquías mitigadas por factores semidemocráticos. Así Bush, elegido por el 26 por 100 del electorado (o el 19 por 100 de la población, según se mire), tiene considerable poder, pero no tanto como para olvidarse de otros poderes como el Tribunal Supremo, Wall Street, el Pentágono, los lobbies ideológicos, raciales o económicos, las iglesias y cien más, ninguno de ellos dependiente del voto popular general. En el Reino Unido hay un mo­narca hereditario, una cámara alta también hereditaria, un clero constituido por cooptación, unas universidades con bienes propios y claustros también cooptados (que se permiten denegar un doctorado honorario al jefe del gobierno), una prensa pujante y otras mil instituciones no democráticas de gran peso. El estado de derecho, la sociedad civil o la buena administración pública son cosas muy distintas de la mitad más uno de los votos.
De hecho, y volviendo a España, a nadie se le oculta que nuestra democracia desconoce el constitucionalismo (puesto que la Constitución de 1978 no se puede cumplir y por tanto no se cumple), desprecia el parlamentarismo (los presidentes del gobierno apenas acuden al Congreso), carece de las características elementales de un estado de derecho (empezando por la seguridad jurídica, que exige cuando menos una administración de justicia fiable), y así sucesivamente.


MITOLOGÍA
Sin embargo, quien todo esto objetase a la actual polisemia del vocablo democracia en español podría ser un buen filólogo, un buen jurista y un buen historiador, pero sería un mal antropólogo. Cuando nuestros compatriotas caen a diario en el solecismo de decir «el rodillo parlamentario no es democrático» o «el soborno de los políticos es antidemocrático» o «la situación de las cárceles va en contra de la democracia», cuando dicen «llevaré el asunto hasta el Supremo, que para eso estamos en una democracia», no están aludiendo a ninguna forma política de gobierno, sino invocando a su tótem. Los oscuros sentimientos, las frustracio­nes y anhelos ancestrales que nos llevaron a escoger esa pa­labra totémica y no otra pueden traducirse resumidos en este silogismo: la democracia es todas esas cosas buenas y acaso alguna más, como recoger la basura y no saltarse los semáforos, la democracia es vivir como nuestros vecinos ricos. Es así que nosotros somos una democracia, luego los españoles somos justos y benéficos. Teleológicamente la corrupción semántica nos lleva por el túnel del tiempo a la Constitución de 1812. Mediante una extraña inversión temporal cumplimos ahora el mandato de entonces, pero por precaución concentramos en un solo santo y seña, De­mocracia, las antiguas y dispersas palabras mágicas de Constitución, Libertad o Progreso. En 1931 ocurrió lo mis­mo con otra palabra de vocación simbólica y abarcadora, República, y en 1939 otro tanto con el ensalmo Patria. En ninguno de los citados momentos históricos, incluido el actual, nos hemos planteado en serio si basta con pronunciar una palabra para vivir con el sosiego y el desahogo de suizos
o daneses, o si hará falta algo más que conjuros anhelantes para disipar la miseria de los marginados o el humo acre de los incendios.821
 La gran mentira nacional —el mito— es atribuir a la democracia el significado precisamente de todo lo que no tenemos, de lo que ansiamos, de lo que envidiamos en otros, y no darle el sentido real, gobierno del pueblo, que sí existe en España. Buscábamos una mitología y nos hemos encontrado con una mitomanía.
Pero algo es algo, y la mentira, cuando es colosal, supone un buen paso adelante. Creo que ya Renan apuntó que las naciones sólo cuajan del todo cuando tienen un gran crimen colectivo e histórico que ocultar. Cabe esperar que nuestra mentira nacional tenga la misma virtud integradora y menos coste social que la Revolución Francesa o la Santa Inquisición. Tenemos a nuestro favor el hecho de que no ha habido ruptura en el vicio cardinal; hemos visto que la actual mentira es consecuencia en buena parte de la envi­dia, y la envidia fue lo que nos permitió sobrevivir a siglo y medio de desastres. La pena es que el precio de la super­vivencia incluya, según parece, la obligación de nunca más llamar a las cosas por su nombre.


ILUSTRACIONES DE DIEGO MORA-FIGUEROA, MARQUÉS DE SAAVEDRA
PUBLICADO EN NUEVA REVISTA N.º 19 (1991)

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