Artículo

La filosofía al rescate de la política. Conversación con el filosófo Alejandro Llano

por Miguel Ángel Gozalo

Periodista. Editor adjunto de Nueva Revista

Publicado en Cultura, Filosofía

January 2015 - Nueva Revista número 155

ABSTRACT

¿Cómo es un filósofo? Parece que es una persona corriente, como las demás, que mira a su alrededor con la mirada de alguien que tiene la capacidad de conocerte mejor porque se ha preparado para ello. A un compañero mío que quería ser periodista y estudiaba para filósofo, le pregunté para qué le servía la filosofía. Me mostró la mano abierta y me dijo: «Para saber qué es una mano y cuál es su función». No entendí nada. Me pasó lo que al torero Rafael «El Gallo» cuando le presentaron a Ortega y Gasset como catedrático de Metafísica. Se limitó a decir, fabricando una anécdota que iba a hacerse famosa: «Hay gente pa tó» Tengo frente a mí a un filósofo muy brillante, Alejandro Llano (Madrid, 1943), que en 1976 ya era catedrático de Metafísica, y me siento como «El Gallo» ante Ortega. Pero Llano, que ha sido durante siete años decano de Filosofía y Letras de la Universidad de Navarra, de la que fue rector de 1991 a 1996, y donde sigue enseñando, es hombre comprensivo y tolerante y se presta a conversar conmigo sobre los guiños de la filosofía a la política y el papel de los filósofos, los intelectuales, en el momento que estamos viviendo.

ARTÍCULO

 

Alejandro Llano es un filósofo que escribe sobre casi todo, que ha dicho de sí mismo, en la introducción a sus memorias (dos tomos de prosa autobiográfica, Olor a yerba seca y Segunda navegación) que «el motivo de la diversidad temática de lo que he escrito y, en definitiva, de mis continuas divagaciones intelectuales no es la sabiduría, sino precisamente la curiosidad». O sea, como si fuera uno de los nuestros, de los periodistas, que, en cuanto nos sientan en una tertulia, nos metemos a opinar.

El profesor está en Madrid para participar en un seminario que convoca mensualmente un grupo de filósofos, que esta vez se va a ocupar de «Lo intelectual y lo afectivo», aplicado a la vida práctica e incluso a la política, a partir de las memorias de uno de sus maestros, Fernando Inciarte, un vasco que se fue a estudiar Filosofía a Alemania y ya se quedó allí. En encuentros anteriores se han dedicado a la obra de Millán-Puelles, el maestro de Llano. Vienen colegas de Sevilla, Barcelona, Pamplona y Madrid a darles vueltas a la filosofía, eso que Ortega, en las Meditaciones del Quijote, consideraba que era la ciencia general del amor.

—Entremos en materia, profesor. ¿Para qué sirve la filosofía en estos tiempos tan revueltos?

—Es una pregunta que, como se puede figurar, me han hecho muchas veces. En primer lugar, mi padre. Y la respuesta obvia y convencional es que no sirve para nada. Es una respuesta, que, como la palabra servir para nosotros, adquiere un gran horizonte. Yo diría que la filosofía sirve para conocer la realidad más a fondo. La filosofía da una visión más neta y más profunda de la realidad, si aciertas a enfocarla bien. Eso, yo creo que es muy válido y que puede servir para cualquier cosa.

—Incluso para manejar aviones de guerra. He leído que en la segunda guerra mundial, los licenciados en Humanidades fueron de los mejores pilotos...

—Yo tenía un hermano, que ya murió, que por una serie de circunstancias se fue a México, donde mi padre tenía negocios, y resultó ser, además de filósofo, un gran empresario. Mi padre estaba encantado. No dejó la filosofía, porque en México había muy buenos filósofos, los exiliados españoles, que eran muy buena gente. Carlos, mi hermano, se hizo amigo de varios de ellos, terminó su carrera allí, e incluso conectó con una universidad. Él daba clases, pero se dedicaba sobre todo a los negocios de mi padre. Cuando mi padre los redujo, continuó asesorando a gente y resultó ser un hombre de negocios muy bueno. Publicó libros acerca de la vida empresarial. Hablé mucho con él en tiempos, y se veía que tenía una gran precisión y que en algo tan amplio como los negocios, o como la política, ese tipo de cosas que realmente no se pueden aprender en un libro, él acertaba. Bueno, pues yo creo que la filosofía sirve para eso, para ver la realidad, ¿no?

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Miguel Ángel Gozalo y Alejandro Llano. Foto: Javier Herrera

—Usted, ¿sigue la carrera de sus alumnos, sabe a qué se dedican?

—De muchos de ellos, sí. Muchos, a la enseñanza, porque es lo que tienen más inmediato y ahora, además, resulta que la gente de filosofía, aunque sea en la enseñanza, se coloca bien, cosa que no sucede con otras carreras, como arquitectura e ingeniería. Voy a decir una cosa que es una inmodestia, de la que estoy muy orgulloso: yo he dirigido ochenta y siete tesis doctorales. A muchos de sus autores les he seguido cuando he podido. Con los que están en España casi siempre conectamos, y también con algunos de Latinoamérica, que vienen bastante por aquí. Ha habido de todo, pero los que han podido dedicarse a la filosofía se felicitan entre sí. Hay quien dice: «Yo en cambio me he tenido que dedicar a los negocios; sí, gano mucho dinero, pero no me interesa», cosas así. Yo creo que es frecuente que se dediquen al mundo empresarial, también a cuestiones políticas, cuestiones no técnicas. Son mayoría los que quieren y pueden dedicarse a la enseñanza. Algunos han llegado a la universidad, otros están en institutos y colegios. En los institutos ganan más o menos como en la universidad, ganan poco.

A la misma hora en que estos tenaces filósofos van a reunirse en Madrid, un grupo de profesores de Filosofía de la Universidad Complutense se va a concentrar en la Plaza de España para dar clases al aire libre, reivindicando que no se supriman las enseñanzas clásicas en el bachillerato. Es una vieja batalla de los latinistas. El fundador de esta revista, Antonio Fontán, periodista, político y catedrático de latín y griego, estaba también en esa lucha en defensa de las enseñanzas clásicas.

—Los planes de estudio conspiran contra estas enseñanzas, ¿no?

—En el sentido de las carreras, filosofía está subiendo otra vez. Ahora allí, en la Universidad de Navarra, se notan mucho las subidas y las bajadas de las carreras, y filosofía está subiendo, tiene más alumnos que hace unos años. Treinta por curso, que a mí me parecen muchos: treinta señores y señoritas que, en contra de la opinión de sus padres, salen adelante con esos estudios. No conozco ninguno que esté arruinado.

—Eso pasa con los estudios superiores. La crisis afecta mucho más a los que no los tienen. Siempre es bueno estudiar.

—Efectivamente, sin duda. Mis hermanos tenían mucho contacto con Estados Unidos, y me decían que hacer una buena carrera de filosofía está muy bien visto en la política, en la empresa. Es una pena que se hayan suprimido las lenguas clásicas. Nosotros, en Navarra, lo hemos vuelto a poner. Lo quitaron también, pero como se ha visto que no es obligatorio hacerlo, se ha vuelto a poner latín y griego, que a mí me parece fundamental.

Comentamos lo que eso le hubiera gustado a Antonio Fontán, y a través de Fontán y del latín entramos en materia política, su otra asignatura vital.

—¿Cuál es la relación de la filosofía con la política?

—Es una relación problemática, diría yo, de la que se ha hablado mucho, pues, desde el principio, ha habido conexiones y roces. Ahí tenemos a Platón, que influyó mucho y que, en cierta manera, acabó mal, ¿no? No fue el único que acabó mal. La filosofía trata de lo universal y la política trata de lo actual, pero, al mismo tiempo, la política también se inspira en cosas que son generales, de manera que rara vez los filósofos han triunfado en política. Yo creo que tenemos una cierta dificultad intelectual para tomarnos en serio el aquí y ahora. Tendemos a generalizar o a pontificar. A mí siempre me ha gustado mucho la política, me sigue gustando, pero me doy cuenta de que mi hábito filosófico no es muy adecuado, porque te planteas las grandes cuestiones, y no las oportunidades. Dicho esto, yo señalaría que la filosofía ha influido muchísimo en la política. El liberalismo es un constructo político, y no digamos el socialismo. Los fascismos, desgraciadamente, también. Es decir, las grandes autopistas de la política han venido de la mano de la filosofía y en ese sentido, aunque sea    barrer para casa, yo creo que hacen mal los políticos que no tienen en cuenta la filosofía. Se concentran en lo muy pragmático y no tienen la inspiración de las grandes avenidas. Y una cosa que quiero añadir: en general, esto pasa con los políticos de derechas; el político de derechas es escéptico en cuestiones filosóficas. El político de izquierdas, para bien o para mal, por ser más ideológico, tiene más en cuenta las aportaciones de la filosofía, buenas o malas.

—Debe ser así, porque Pablo Iglesias, que es de izquierdas, cita a Kant, y Albert Rivera, que parece de derechas, confiesa que no lo ha leído.

(Nos ponemos a hablar de Iglesias y de Rivera, los dos políticos emergentes en la vida española, que se han entrenado para la última campaña electoral con un mano a mano en la Universidad Carlos III, en el que salió a relucir nada menos que Immanuel Kant, para que digamos que los que vienen a renovar el patio no traen su culturita en la mochila. Kant, por cierto, es una de las especialidades de Alejandro Llano, que ha escrito diversos tratados sobre el gran filósofo alemán del siglo xviii, autor de una de las preguntas centrales de la filosofía: «¿Qué debo hacer?», como explica el profesor en otro de sus libros, La vida lograda. Filosofía que no falte. Otro filósofo, Fernando Savater, que se presenta al Senado en las filas de Unión Progreso y Democracia, ha recordado que se necesitan políticos bien preparados, como el candidato de upydal Congreso, Andrés Herzog. Lenin decía que el gobierno del país lo podría dirigir una cocinera, lo que, a la vista de algunos recientes casos españoles, lleva a Savater a proclamar que este es un país leninista).

—También usted ha sido muy crítico con la política, a la que ha calificado de actividad modesta.

—Lo primero que diría si me preguntaran por la política sería mediocridad. Yo creo que la política española, en este momento, incluso comparándola con otros países, es muy mediocre. Más que hace treinta años, más que en la Transición. La gente de la Transición ha desaparecido, algunos por edad, pero incluso la gente joven de entonces, con la que yo me trataba, es gente que no ha medrado.

—¿Usted cree que los intelectuales, como hizo Ortega en su momento, tienen que bajar a la arena?

—Yo creo que deben, pero también deben retirarse pronto, porque es raro, en general, que se les dé bien la vida diaria de la política. Ortega lo hizo bien, porque escribía, se metía pero se salía... En los últimos años de su vida estaba muy desencantado, por no haber hecho la gran obra que él creía que tenía que haber hecho. Se le adelantó Heidegger con Ser y tiempo. Pero no cabe duda de que Ortega ha aportado ideas, expresiones y muchas cosas a la política española. Que personas como Fontán hayan estado en la política, como otros intelectuales, es bueno. Porque la ausencia de la universidad española en el mundo político es muy lamentable.

3597 Alejandro Llano             Foto: Javier Herrera

—¿Tiene respuesta la filosofía para los problemas de nuestro tiempo?

—Yo creo que sí. Primero, porque hay una tradición de filosofía política muy fuerte, que quizá no está en su momento más brillante, pues en Alemania, Francia e Inglaterra, los países más potentes, e incluso en Italia, se ha producido mucho y muy bueno, en distintas orientaciones, con gran presencia en publicaciones, discursos políticos, sociales, etc., de altura. Pero yo tengo la impresión de que eso prácticamente ha desaparecido, entre otras cosas porque, aunque la gente es igual de inteligente que antes, no tenemos la grandeza de ánimo, la valentía y la generosidad para meternos en esos vericuetos, y, por otra parte, tampoco somos bien recibidos. Hay poca gente a la que le interesen no solo los filósofos, sino quienes piensan en general.

—O sea que se conforma con que les escuchen...

—Yo considero que la filosofía tiene cosas que decir, porque sigue habiendo filosofía política, filosofía social, poco conocida y poco leída. Me parece que conseguir de algún modo que los que están en la batalla, los que están en el ajo, lean, hablen, sería muy benéfico. No tanto que los filósofos hagan política como que difundan lo que saben y alguien les haga caso. Es fundamental la participación política.

—¿Qué ha pasado con la Transición? ¿Por qué ahora ponemos en cuestión la Transición?

—Bueno, yo creo que la Transición es lo más brillante que ha habido en España. Al lado de lo que hay ahora, la Transición alumbró muchos políticos nuevos, mucha gente joven, interesante, con ideas. Tengo la impresión de que esa gente ha sido eliminada por los que se integraron en la política pragmática. El caso de España no era un caso fácil. Esa gente, a muchos de los cuales yo los conocía, sabía que meterse en política era jugársela, y no lo hicieron por ambición, entre otras cosas porque la mayor parte de ellos era gente bien situada y de familias más o menos pudientes. Yo creo que sí, que sí que habría que difundir los libros, no solo españoles, sino los que hay, de muy buena filosofía política, en otros países.

—¿Y el problema catalán? Que ya viene de los tiempos de Ortega...

—Viene de los tiempos de Ortega, es verdad. Bueno, yo creo que algo de lo que estamos diciendo tiene que ver con ello, porque una cosa que me sorprende es que tanto los independentistas, como los contrarios, los españolistas, no digan nada con fundamento.

Como el asunto de Artur Mas, que está en el límite y resulta una caricatura, sí, pero es lo que está ahí. Seguramente Cataluña es la mejor parte de España en muchos aspectos, y que nadie diga nada, por temor, en un asunto tan importante, históricamente tan relevante, es sorprendente, dado que incumbe tanto a los políticos como a los que opinamos y a los que escribimos. Que si se llega a, ¿cómo la llaman?, una desconexión (ya que casi ha sido una desconexión, pues el enchufe se ha salido sin saber qué ha pasado)...

—Es curioso que hayan buscado esa palabra, que es precisamente lo contrario al enchufe.

—Pero es lo mínimo, la desconexión.

—Es preferible seguir con la conllevanza, como decía Ortega. Esto lo decía siempre Fontán, hablando, por ejemplo, del problema palestino, que era una cuestión que le interesaba mucho: «Hay problemas políticos que no tienen solución».

Por los palestinos la conversación se mete por Israel, otro asunto de interés para un filósofo todo terreno como Alejandro Llano: «He leído un libro que le recomiendo, de Amos Oz. Tiene un título tremendo, Judas, es un libro político, no es sobre Judas, es sobre un universitario que está interesado en saber cómo era Judas. Al final hay errores, porque considera que Judas tenía buena intención, incluso lo que está mal es que Judas asiste a la cruz; se suicidó». El filósofo tiene en alta estima a ese eterno aspirante al Nobel que es Amos Oz y sigue con mucha atención la política de Israel.

—¿Cómo ve las elecciones que vienen? ¿Qué va a pasar?

—No lo sé, no lo sé. Creo que estas cuestiones más recientes, las más recientes del terrorismo, que gracias a Dios no nos ha tocado, todo eso le puede beneficiar a Rajoy. Rajoy estaba muy mal, pero ha levantado un poco la cabeza; no creo que tenga una mayoría suficiente, pero Podemos ha bajado mucho y el psoeestá muy mal. El señor este de Ciudadanos puede ser un buen contrapeso.

—Nos falta un tema, la ética y la política, que es un asunto sobre el que usted ha escrito mucho. ¿Cómo conseguiríamos que el país asumiese que no puede haber política sin ética? Eso ha desmoralizado a la gente, ¿no?

—Eso es fundamental. En el caso del pp, que ha sido el más notorio, con razón o sin ella, ha sido gente educada, católica, al parecer; bueno, todo eso no sirve para nada si no hay una respuesta personal. Yo creo que esa corrupción también se da en otras cosas, por ejemplo, en el mundo de las cátedras. Es decir, hay corrupción bastante generalizada; no quizá corrupción de robar, preferentemente, pero hay muchos enchufismos y hay muchas recomendaciones. En otros países no hay tanto. Por ejemplo, en Estados Unidos, que no son ejemplares en muchas cosas, pero si se descubre eso, ese señor queda fulminado. Y aquí no ha pasado nada.

—Eso sí que sería una buena desconexión. Desconexión frente al enchufismo. He leído un artículo suyo quejándose de la falta de dimisiones.

—Aquí no dimite nadie. Lo que alguna vez se ha llamado, sorprendentemente, la cultura

de la dimisión, que puede ser, simplemente, el reconocimiento de un fallo o un error. Pero aquí no dimite ni Tarzán. Aquí no se dimite. Incluso, conoces gente que dice: «Voy a dimitir» y a la que le dicen: «No, no, eso es lo último». Aquí dimitir es lo último, y eso es elemental para la ética. Yo pienso que eso es muy grave, y además la gente tampoco es tonta. La gente normal eso lo tiene muy en cuenta, y es un desprestigio.

¿Cómo entrarle a eso? Bueno, yo creo que en parte es un problema de educación, y me resulta muy doloroso también, porque me afecta a mí directamente que los temas de tipo humanístico, ético, etc., en cuanto pueden los quitan del bachillerato, de las carreras. La filosofía habla de esas cosas, pero han suprimido una de las dos asignaturas que había: una, que era de historia, en el último curso, y, otra quizá en el penúltimo, que era de teoría. Esta de la teoría la han quitado, lo cual es un poco absurdo. Se ha protestado mucho, pero no ha servido de nada. Yo veo a mis alumnos, que quieren estudiar filosofía, que son gente selecta en ese sentido, que no saben ni las palabras, claro, la ética tiene todo un repertorio de palabras, y esas palabras no las saben.

—Volvemos a la educación, el tema eterno.

—Creo que, en general, si ahondamos en el problema de España, el problema de España es un problema de educación. España es uno de los países que proporcionalmente tiene más uso de toda la cuestión informática, de WhatsApp, etc. Y aquí el más pelón y el más niño, sabe cómo se maneja, mientras que a los hijos de los grandes informáticos de Estados Unidos no les dejan tocar un ordenador hasta que tienen unos cuantos años. Aquí eso es letal, sobre todo por el tiempo que les quitan y por la mentalidad, porque eso no tiene nada que ver con la ética. Pienso que también la Iglesia debería tocar más ese tema moral, y explicar cuestiones de ética, porque no se estudia en las escuelas, en los colegios. Entonces yo creo que una buena formación ética, por supuesto, iba a decir el periodismo, creo que en el periodismo es de los pocos sitios donde se toca ese tema. A veces más en línea de escándalo, según la prensa, pero por lo menos se habla de ello, y es la referencia que uno tiene.

—Ortega decía que la prensa era la única fuerza espiritual en la España de su tiempo. Me parece un poco exagerado.

—Un poco exagerado. Tendríamos que considerar mucho las cuestiones educativas, formativas. Y luego uno se entera de que cierran las librerías...

Antes de que nos entre el ataque de pesimismo que de vez en cuando se cierne, inevitable, sobre dos españoles que charlan sobre las cosas que pasan, nos permitimos un elogio a los vecinos franceses y casi estamos a punto de entonar La Marsellesa en homenaje a la manera solemne, firme, serena, cómo han reaccionado ante el zarpazo del terror sin buscar, como pasó aquí in illo tempore, otro culpable que los asesinos. El profesor me dice: «Yo cada vez tengo más admiración, aunque no cariño, no afición, por los ingleses, porque ahora sale el primer ministro y lo que dice siempre está bien, hable de la guerra o de la paz, o por los alemanes de la señora Merkel».

Al día siguiente van a recorrer Madrid varias manifestaciones. Entre otras, una de los del «No a la guerra» en prevención de que el Gobierno se meta en aventuras. Ojo, Rajoy, que aquí estamos. A ver qué tramas con Hollande. Menos mal que unos profesores de filosofía se llevan a sus alumnos a pedir que sigamos aprendiendo latín, para poder decir, con Séneca, «nec Philosophia sine virtute est, nec sine Philosophia virtus», una frase que podría entender hasta la cocinera de Lenin. La recuerdo mientras digo adiós al profesor Alejandro Llano, que en otra de sus obras asegura que escribe «para salir yo mismo de la perplejidad y ayudar a otros». Siga echándonos una mano, profesor. Porque aquí los perplejos somos mayoría absoluta. ¢

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Comentarios

Instrucción sin experiencia humana no es educación. La educación es "modelaje" por excelencia, y, en tal sentido, estamos retrasados. El modelaje familiar, en primer lugar, y social en el ámbito ampliado de la familia es deficiente, pues lo que se predica no se practica. "Dime qué predicas y te diré de qué careces" parece ser una frase afortunada. El conocimiento científico y la tecnología carecen de humanismo porque los docentes carecen de "conciencia humana", aunque sean "humanos". Para ejemplo "desafortunado", en Alemania Heidegger apoyó a Hitler en sus comienzos, en Venezuela Mayz Vallenilla apoyó a Chávez. Ambos eran creyentes de la rigidez académica aplicada a lo social, sin considerar la "naturaleza" humana, que es vulnerable y apetitiva y, en tal sentido, tiende a la animalidad prioritariamente a la trascendencia.

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