Artículo

Europa bajo la amenaza islámica

por Alejandro Portes

Sociólogo. Universidad de Pinceton. Universidad de Miami

Publicado en Política, Sociología | Europa | terrorismo

July 2017 - Nueva Revista número 162

ABSTRACT

Las amenazas terroristas y las víctimas de tales ataques proliferan en Europa. Apenas transcurre una semana, sin que tengamos noticias de un nuevo ataque en algún lugar del continente, sucedido por el inevitable y triste recuento de muertos y heridos. El clima civil en varias ciudades europeas empieza a asemejar a las del Medio Oriente, donde la paz ciudadana y el derecho a la vida se ven continuamente amenazados. 

ARTÍCULO

 

Todo fenómeno social tiene causas y, en este caso, su indagación es particularmente urgente. El análisis del terrorismo islámico en Europa comienza a partir de tres hechos demostrables. Primero, el terrorismo urbano que busca asesinar el mayor número posible de inocentes es un fenómeno del siglo xxi. Antes del año 2000 y, concretamente, antes de la administración George W. Bush en Estados Unidos, el fenómeno prácticamente no existía. Segundo, la mayoría de los ataques terroristas en Europa son perpetrados por ciudadanos del propio país, no por inmigrantes. Tercero, los terroristas son jóvenes y, abrumadoramente, jóvenes varones. ¿Por qué?

 

Las causas profundas de la situación actual habría que buscarlas en la creación del Estado de Israel por las potencias occidentales y el paralelo desplazamiento del pueblo palestino de sus territorios ancestrales. El evidente desprecio por los árabes evidenciado en su sumaria expulsión de sus tierras por parte de los occidentales para dar cabida a la nación hebrea inevitablemente generó un nacionalismo reactivo en el mundo árabe. El desplazamiento territorial sin que mediase acción o culpa alguna por parte de los palestinos da lugar a una confrontación insuperable entre Israel y el mundo árabe y, por extensión, entre este y los países occidentales que crearon originalmente este estado de cosas.

 

La inevitabilidad de la confrontación se manifiesta a través de las décadas en episodios tales como la Guerra de los Seis Días, las sucesivas intifadas, las confrontaciones militares con Al Fatah y después Hamas, y la ocupación por este último movimiento de la franja de Gaza. Más importante aún, la expulsión palestina va cristalizando una identidad reactiva en el mundo árabe forjada en oposición no solo contra Israel sino contra sus aliados en Occidente. Parte de esa identidad se alimenta del recuerdo de la gloria del mundo islámico en siglos pasados y la nostalgia por su recuperación. Tal fin pasa por el enfrentamiento frontal con el Occidente, al que hay que llevar la «guerra santa».

 

Osama Bin-Laden, vástago de una poderosa y adinerada familia saudí, se convierte en adalid de esta lucha y su éxito con la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York en septiembre de 2001 informa al mundo que la guerra está en curso. El desprecio con que las potencias de Occidente expulsaron a los palestinos de sus tierras les va a salir caro.

La identidad reactiva provocada por este hecho logra cada vez más adeptos no solo entre los árabes, sino entre otros musulmanes en Paquistán, las Filipinas e Indonesia.

 

Entretanto, varios grandes países europeos —Francia, Inglaterra, Alemania, Holanda, entre los principales— se convierten en receptores de grandes flujos de inmigrantes de sus excolonias en África del Norte, Medio Oriente y el subcontinente indio. Las razones para estos flujos son esencialmente económicas, pero buena parte de sus integrantes son también musulmanes. Esta población da lugar al surgimiento de numerosas mezquitas y a la proliferación de instituciones culturales islámicas bajo el amparo de las constituciones democráticas y protección a la libertad de expresión en el Occidente. Aparte de la tensión clásica enfrentada por todo colectivo inmigrante entre la presión asimilacionista de la sociedad receptora y la lealtad a su cultura de origen, los musulmanes enfrentan un segundo dilema entre los valores y normas occidentales y el llamado a la reconstitución del mundo islámico por los impulsores de la nueva guerra santa.

 

Abrumadoramente los inmigrantes de primera generación le apuestan a la integración «selectiva», combinando la preservación de su lengua y religión con el aprendizaje del idioma y las normas de vida de las sociedades receptoras. Siguen siendo musulmanes, pero comprenden que las oportunidades económicas que les ofrecen los países occidentales van aunadas a la aceptación de sus culturas y la obediencia a sus leyes. Las mezquitas mantienen y refuerzan la lealtad a las costumbres islámicas, pero rara vez los inmigrantes de primera generación aceptan las premisas de los radicales. Su plan de vida es otro.

 

Con el paso del tiempo y como con todos los colectivos inmigrantes, surge una segunda generación nacida y educada en la sociedad receptora. Habla su idioma y conoce sus costumbres. En este caso, todo depende de cómo, al llegar a la juventud, esta segunda generación perciba su estatus y oportunidades de ascenso social y económico. Los padres aceptan estar «en» pero no ser «de» las naciones que los acogen. Pero la tensión entre el «habitar» y el «pertenecer» se vuelve central en la vida de sus hijos. Son descendientes de musulmanes, pero también ciudadanos del país en que nacieron y en el que recibieron su educación.

 

En países europeos del norte, esta tensión entre el estar y el ser se agrava por la percepción de muchos jóvenes de segunda generación de ser tratados como ciudadanos de segunda categoría. Ser francés, belga o británico por ley pero no en la realidad cotidiana se convierte en un dilema existencial para muchos de estos jóvenes. «Si vas a pedir un empleo y compiten Mohammed y François, ya sabes a quien se lo van a dar», se queja un argelino-francés habitante de los suburbios de París. «Para qué estudiar», nos dice un participante en las revueltas populares en los mismos suburbios en 2006. «Terminas la secundaria y te dicen: tú, a barrer y tú a conducir un camión»1.

 

Esta tensión a menudo da lugar a un proceso de integración descendente en que los jóvenes abandonan su educación y se resisten a aceptar los mismos trabajos manuales y mal pagados que fueron el destino de sus padres. La idea de tener que permanecer toda la vida en barrios minoritarios y pobres, teniendo que depender de pequeños trabajos temporales para sobrevivir se vuelve intolerable para muchos. Llegados a este punto, la cuestión esencial es cómo interpretan su situación los jóvenes en proceso de integración descendiente. Surge en este momento una segunda «identidad reactiva», nacida en oposición a la sociedad circundante cuyos miembros son percibidos como opresores.

 

En Norteamérica ocurre un proceso similar entre hijos de mexicanos y otros grupos inmigrantes marginados por la sociedad receptora. En este caso, la identidad reactiva se manifiesta en el surgimiento de bandas juveniles y su participación en actividades delictivas de todo tipo. Es por ello que jóvenes mexicanos y de otros colectivos latinoamericanos pueblan cada vez más las cárceles norteamericanas, uniéndose a los negros nativos que fueron víctimas de un proceso de marginalización anterior.

 

En Europa, la identidad reactiva juvenil posee un medio de canalización mucho más potente que las bandas. La ideología radical musulmana permite a jóvenes marginados reinterpretar su situación de forma clara y coherente: la causa estriba en la injusta y corrupta civilización occidental que debe ser reemplazada por un resurgente islam. La creación del califato en Irak-Siria, descendiente de Al-Qaeda pero mucho más efectivo en su propaganda, otorga nuevo rigor a la causa y la convierte en un vehículo válido de reafirmación y autoestima. De esta forma, la integración descendiente a las sociedades europeas se revierte, dando lugar a una nueva imagen heroica. El joven musulmán deja de ser repartidor de pizzas o barrendero de un bar para convertirse en soldado de Alá y abanderado de su guerra santa.

 

Es por esta razón que los atentados terroristas que regularmente sacuden Europa son cometidos, en la gran mayoría de los casos, por ciudadanos del mismo país donde ocurren. Son jóvenes belgas, británicos, franceses u holandeses —musulmanes de segunda generación—. La «radicalización» de la que tanto hablan los medios no proviene del aire; los hijos de inmigrantes de otros países no se radicalizan. Es la conjunción del proceso de integración descendiente con una ideología coherente que lo reinterpreta, lo que da lugar a acciones terroristas. Es por ello que los que llevan a cabo estos actos no sienten remordimiento alguno en asesinar a mansalva a desconocidos inocentes, ni en morir ellos mismos. Las víctimas son miembros de la sociedad occidental que los margina y los oprime; morir en la guerra santa abre las puertas del paraíso.

 

La situación que vive hoy Europa occidental es, si este análisis es correcto, resultado de la confluencia de dos procesos de identidad reactiva: el primero en respuesta a la humillación palestina entre intelectuales y activistas del mundo musulmán y la segunda como solución a la integración descendiente entre jóvenes ciudadanos de los mismos países en que estos hechos ocurren. Los líderes del califato en Mosul y Raqqa nunca hubiesen tenido éxito en implementar la cadena de atentados contra países occidentales de no contar con la presencia de una población juvenil lista a ser radicalizada, no en base a sus experiencias en el Medio Oriente —donde nunca vivieron— sino en las sufridas dentro de los países donde nacieron o se educaron.

 

EL CASO ESPAÑOL

 

El 11 de marzo de 2004 explotan simultáneamente diez bombas de dinamita en la estación de Atocha, en el centro de Madrid, matando a 190 personas. Es el mayor atentado terrorista sufrido en Europa desde la explosión de un vuelo transatlántico en Lockerbie, Reino Unido. Los terroristas que perpetraron el atentado de Atocha se suicidaron posteriormente en un piso de Leganés al ser rodeados por la policía. Eran todos extranjeros —argelinos, marroquís o hindúes—. Formaban parte de un comando de Al-Qaeda creado deliberadamente en España por Bin-Laden para castigar a su gobierno por su alianza con Estados Unidos en la guerra contra el talibán en Afganistán y posteriormente la invasión de Irak.

 

Desde Atocha, no se han registrado atentados de magnitud comparable en España. Parte de este buen resultado se debe, sin duda, a la retirada de las tropas españolas de la invasión a Irak por decisión del gobierno socialista de Rodríguez Zapatero. Parte a la vigilancia de los servicios de inteligencia españoles. Pero no es el caso que España no haya estado en la mira del extremismo árabe, sobre todo con el retorno de un gobierno de derechas al poder y la renovada cooperación con Estados Unidos. Osama Bin-Laden repetidamente señaló que la recuperación de España, el viejo Al-Andalus dominado por los árabes por ocho siglos, representaba una de las prioridades de la Guerra Santa.

 

Sin embargo, no ha ocurrido así. España no ha sufrido repetidos ataques de Al-Qaeda o isis como ha sido el caso de sus vecinos del Norte. ¿Por qué? La introducción de células terroristas en el país, como la que llevó a cabo el atentado de Atocha, se vuelve crecientemente difícil dada la activa vigilancia de los servicios policiales. Descartada esta opción, la otra posible es el reclutamiento y radicalización de jóvenes musulmanes de segunda generación, según las pautas descritas anteriormente. Esto no ha ocurrido, al menos en la misma medida que en otros países occidentales. Las razones no estriban en la ausencia de esta población —los marroquís representan uno de los colectivos inmigrantes mayores y más antiguos en España—. La numerosa población de jóvenes de origen marroquí se ve reforzada por la presencia de descendientes de paquistaníes, tunecinos y otros.

 

La Investigación Longitudinal sobre la Segunda Generación (ilseg) fue llevada a cabo en las dos principales áreas de concentración de la población inmigrante en España —Madrid y Barcelona— entre 2007 y 2013. El estudio, auspiciado por la Universidad de Princeton en conjunto con la Pontificia Universidad de Comillas y el Instituto Universitario Ortega y Gasset, entrevistó una muestra de casi 7.000 hijos de inmigrantes a edad promedio 14 años en 180 colegios públicos y concertados en ambas ciudades. Esta muestra se siguió en el tiempo y se la reentrevistó al cabo de cuatro años —en 2012-2013—. Se pudo reentrevistar al 73% de la muestra original sin evidencia de ningún marcado sesgo muestral. La muestra de seguimiento puede por tanto considerarse representativa de la original. Para compensar por la pérdida de casos, se entrevistaron 1.534 otros jóvenes de segunda generación, en la encuesta de seguimiento (2012). Los resultados del estudio han sido publicados en varios artículos y libros en español e inglés2.

 

Los hallazgos relevantes de este estudio para clarificar la situación en España son dos. Primero, la identificación con el país es alta y además crece con el tiempo. Entre los nacidos en España de padres extranjeros, el 80% se autoidentificaban como españoles. Entre los nacidos en el extranjero pero traídos a edad temprana al país, solo el 22% se identificaba como tal en 2008; cuatro años más tarde, sin embargo, el porcentaje se doblaba al 44%. Segundo, las percepciones de discriminación por razones de raza o etnia son muy bajas y no aumentan con el tiempo. A edad promedio 18 años, solo el 5% de jóvenes de segunda generación reportaba haber sido discriminado «regular o frecuentemente». Tal cifra es menos de una cuarta parte de los hijos de inmigrantes que reportaban haber sido discriminados en un estudio paralelo llevado a cabo en Estados Unidos3.

 

Los hijos de marroquís y otros musulmanes no difieren de otros jóvenes de segunda generación, ni en su creciente identificación con España ni en la ausencia de discriminación generalizada. Tales resultados se confirman en entrevistas en profundidad con jóvenes marroquís de segunda generación que formaron parte de la muestra ilseg. Son personas normales que, en su mayoría, aún estudian aunque otros trabajan. Se consideran españoles, aunque muchos siguen siendo musulmanes practicantes. Solo se quejan del creciente acoso de la policía que frecuentemente los para en la calle para pedirles identificación o preguntarles donde van.

 

La relativa ausencia de identidad reactiva entre jóvenes de segunda generación en España puede considerarse como un éxito del proceso de integración de los inmigrantes al país. Es importante notar que este relativo éxito no se debió a la presencia de un modelo deliberado de integración, sino a su ausencia. Contrariamente a lo que ocurre en otros países europeos, España no posee un modelo o esquema de «lo que hay que hacer» para ser aceptables al resto de la sociedad. En ausencia del mismo, los inmigrantes van buscando su forma de integración a su ritmo y a su manera sin padecer grandes presiones externas. Tampoco existen en el país grandes partidos o movimientos xenófobos que rechacen o marginen a los inmigrantes y a sus hijos los hagan defenderse de una discriminación generalizada.

 

Por el contrario, la mayoría de los jóvenes de segunda generación, incluyendo los musulmanes, se ven a sí mismos como parte del universo de la juventud española que enfrenta los mismos desafíos y oportunidades que los demás. La sociedad española no será la más opulenta o la más poderosa pero, por la misma razón, sus miembros no se ven a sí mismos como innatamente superiores a los inmigrantes. Esa relativa ausencia de distancia social funciona para facilitar la integración de los inmigrantes e impedir el surgimiento de identidad reactiva en la segunda generación. Es imposible predecir el futuro y ataques terroristas pueden aún ocurrir en España. Sin embargo, la experiencia de los últimos trece años representa un testimonio elocuente de la notable diferencia entre este país y los de sus vecinos europeos en términos de este tipo de asaltos.

 

La imbricación de dos identidades reactivas —la externa en el Medio Oriente y la interna en Europa— que subyace la situación actual de temor o incertidumbre en varios países occidentales, no ocurre o al menos no ocurre con la misma frecuencia en España. Si este análisis, basado en los datos del estudio ilseg, es correcto, implica que los órganos de seguridad del Estado deben actuar con cautela para evitar provocar lo que se quiere impedir. La policía a menudo adopta prácticas similares, y las de los países del Sur tienden a imitar a las del Norte. En este caso, tal tendencia sería errónea y peligrosa porque las situaciones sociales subyacentes son distintas. El inesperado pero real éxito de España en promover la integración de sus segundas generaciones debe protegerse y apoyarse. En cierta forma, puede servir de modelo a las sociedades hoy golpeadas por el azote de episodios terroristas cometidos por sus propios jóvenes.  

NOTAS

1

Ver Cathy L. Schneider, «Police Power and Race Riots in Paris», Politics and Society 36, nº 1 (2008): 133-159.

 

2 Ver Alejandro Portes, Rosa Aparicio y William Haller, Spanish Legacies: The Coming of Age of the Second Generation, Berkeley, CA. University of California Press, 2016. Rosa Aparicio y Alejandro Portes, Crecer en España: La integración de los hijos de inmigrantes, Barcelona: La Caixa, Estudios Sociales nº 38, 2014.

 

3 Ver Alejandro Portes y Ruben Rumbaut, Legacies: The Story of the Second Generation, Berkeley, CA. University of California Press, 2001. Capítulo 7. 

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