Artículo

Donde solo llega el carácter

por Jordi Feixas

Publicado en Cultura, Filosofía | carácter | educación

January 2018 - Nueva Revista número 163

ABSTRACT

La educación es la única respuesta al problema político fundamental consistente en hacer compatible la libertad que no es licencia con el orden que no es opresión.

ARTÍCULO

 

 

A finales de año  Netflix lanzó al mundo Godless. Western hecho miniserie, esta producción de siete capítulos nos conduce –por supuesto– hacia el lejano oeste norteamericano de finales del siglo XIX, donde el bandido Frank Griffin da caza a un antiguo protegido suyo mientras siembra pánico y destrucción por doquier. Varias caras conocidas del cine anglosajón se entremezclan en escenas cuya belleza, crudeza y lentitud dan excelente testimonio de aquella naturaleza que toda sociedad pretende dejar atrás. No hay nada como un buen western para pensar la política, esto es, para recordarnos qué es eso que llamamos “comunidad”, qué es lo que parece querer domesticar y qué fin persigue con tan osada empresa.

 Westerns como Godless no solo destacan por su preciosismo, sino por su énfasis en la fragilidad de toda construcción colectiva humana y, por lo tanto, nos recuerdan el precio de lo más necesario y de lo más noble, que casi siempre es un precio muy alto. Aunque dichos recuerdos ya bastarían para dar un tinte de madurez a nuestra conciencia política, tan afectada por la velocidad e imprudencia de nuestro tiempo, Godless ofrece más. Este western muestra las limitaciones de la concepción moderna de la educación. Y, como dijo un hombre sabio, la educación es la única respuesta al problema político fundamental consistente en hacer compatible la libertad que no es licencia con el orden que no es opresión.

 Los modernos creyeron que, con las instituciones adecuadas, podríamos prescindir de la educación del carácter. En el lado opuesto, los westerns nos recuerdan que, en el lejano oeste, donde la fragilidad del estado se manifiesta en cada Sheriff solitario, es el carácter de las personas lo que marca la diferencia. Por supuesto, es pertinente protestar diciendo que hace tiempo que dejamos atrás a los Marshalls galopando hacia el horizonte llegado el atardecer. Sin embargo, la cuestión es si hemos dejado atrás la fragilidad de toda institución humana –por bien establecida que esté. Si la respuesta fuera negativa, toda nuestra convicción relativista y el consiguiente olvido de la posibilidad de hablar del bien y del mal con claridad bien podrían ser juegos temerarios. Si la respuesta fuera negativa, seguiría siendo necesaria la segunda mejor educación que existe, que es la educación del carácter. En su mejor expresión, dicha educación se encuentra donde siempre ha estado, esto es, en la ejemplaridad más noble, que es aquella que reside en la mejor historia y en la mejor literatura –también aquella que fundamenta el mejor cine. Si estas palabras son acertadas, tal vez sea prudente sospechar que, como en el lejano oeste, siempre habrá rincones donde solo llega el carácter. 

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