Artículo

David Felipe Arranz: "Hay un cine que produce nostalgia de lo complejo"

por Anna María Iglesia

Publicado en | Arte | cine | literatura

November 2016 - Nueva Revista número 159

ABSTRACT

En sus libros más recientes, editados por Líneas Paralelas, David Felipe Arranz se pregunta por el arte de la lectura (Arquitecturas de la ficción) y por las relaciones entre imagen y palabra, entre literatura y cine (Sueños de tinta y celuloide). 

ARTÍCULO

 

David Felipe Arranz es licenciado en filología hispánica, en Teoría de la Literatura y en periodismo. Ejerce la docencia en la Universidad Carlos III de Madrid y, a la vez, el periodismo cultural: dirige el programa radiofónico El marcapáginas y colabora con distintos medios escritos. Además de todo esto, David Felipe Arranz ha tenido tiempo de escribir dos ensayos, Arquitecturas de la ficción y Sueños de Tinta y Celuloide, dos textos (ambos publicados por Líneas Paralelas) en los que reúne artículos en los que reflexiona sobre el acto de la lectura y su carácter hermenéutico en la conceptualización de la literatura y de las obras a lo largo del tiempo así como sobre el cine y la relación de este con el texto escrito.

Dos libros, uno de artículos ensayísticos sobre literatura y otro de artículos ensayísticos sobre cine, y una afirmación: “la literatura es la hermana mayor del cine”. Sin embargo, leyéndote, uno podría afirmar que esa mayoría de edad de la literatura parece convertirse en un arrinconamiento social en favor del cine, que se impone. 

- La literatura y el cine, es indiferente el orden en que se mencionen, nos inician en las intimidades de otros horizontes, ampliándolos, porque nuestro vivir cotidiano es finito y va languideciendo con nuestras pequeñas servidumbres a medida que nos vamos complicando la vida. De esta forma, el visionado de una película maravillosa o la lectura enriquecedora de una novela o un poemario exquisito nos engrandece. Cada vez que cerramos un libro o nos levantamos de ver una gran película, no nos quepa ninguna duda de que volvemos a esa jungla de barbarie que es nuestro día a día, sobre todo en las grandes ciudades, mejores y más sabios. En ese sentido son manantiales de recuperación de los que es muy aconsejable beber, como si se tratase de las aguas de un balneario salvífico. Cierto que el mundo audiovisual le está ganando la partida al literario, pero, aunque siempre ha sido así, la caída de ventas en la taquilla y en el mundo editorial acusa un cambio de paradigma que, como mínimo es preocupante y que tiene mucho que ver con las descargas piratas y una mirada saturada, agotada, infoxicada, que muchas veces no es capaz de filtrar y se deja llevar por un ritmo de consumo mainstream, de hamburguesas culturales a medio hacer y con unos ingredientes poco nutritivos.

“Son tiempos difíciles para todo, especialmente para la cultura en general y la literatura en particular”. Así empieza Arquitectura de la ficción, ¿un antídoto contra estos tiempos difíciles o la confianza en que, a pesar de todo, la literatura sigue teniendo su peso?

-Me gusta recordar la frase de Bertolt Brecht de los Malos tiempos para la lírica, que pertenece a los Poemas de Svendborg (1939) y que reivindica la necesidad de leer y de escribir poesía en momentos de crisis. La literatura sigue teniendo un peso en la sociedad, muy a pesar de los políticos, poco o nada preocupados por el fomento de la cultura, y gracias al empeño, a veces desinteresado, de cientos de pequeños editores, orfebres de los libros, y de autores que siguen pensando que una existencia sin literatura constituiría una inconsolable monotonía. Para incontables lectores, Cervantes, Shakespeare, Mark Twain o Luis Cernuda siguen constituyendo unas presencias tutelares imprescindibles. La humanidad se desgasta en periodos más cortos, por eso la modulación ética y estética de la literatura resulta esencial a la hora de disfrutar y de asumir nuestras enormes limitaciones, nuestra descomunal soberbia promovida solo por el hecho de tener un smartphone en la mano cuya batería puede llegar a durar tanto como un trabajo basura, una relación fugaz o un almuerzo apresurado en un garito de comida rápida. Si no nos tomamos nuestro tiempo y nuestros tiempos, nuestro déficit espiritual y mental va aumentando al cabo del día hasta vaciarnos de todo aquello que nos hace humanos. Recordemos que cuando somos pequeños y adolescentes el tiempo transcurre más lento, en gran medida gracias a los cuentos, los tebeos, los cómics, aquellos largometrajes de dibujos animados que saboreábamos y trasladábamos a nuestros sueños: el que se vaya progresivamente acelerando es culpa nuestra porque nos dejamos arrastrar por un sistema diabólico y enloquecido. Tenemos que regresar a la síntesis de lo experimentado y de lo imaginado.

Ya sea al cine ya sea a la literatura los defines como moradas, refugios, casa a la vez que los analizas como medios de configuración del sustrato cultural, ideológico y de costumbres. En este sentido, pareces plantear una ambivalencia entre lo íntimo y lo social que definen sea el cine sea la literatura.

-La literatura posee unas propiedades restauradoras y protectoras probadas. Es refugio, ya lo descubrieron Santa Teresa de Jesús en El castillo interior o Virginia Woolf en Una habitación propia. Con ese enfoque metafórico he abordado los distintos hogares conformados por libros en los que he vivido una grata temporada salvo de la intemperie. También creo en el teatro de la memoria y en cómo articula nuestro entendimiento según ciertos marcos mentales que nosotros hemos elegido o que nos han elegido. A mí me eligió Quevedo hace muchos años y no lo conocía de nada, pero fue gracias a mi padre, cuya biblioteca familiar es una casa dentro de otra casa: ahora mi madre se afana en desmontarla y en dispersarla caóticamente porque amenaza con invadir todo el espacio; esa escena familiar me recuerda mucho el donoso escrutinio de El Quijote. En mi casa sucede lo mismo, los libros se reproducen y multiplican, al punto de que he tenido que buscarle un hogar a la literatura, esta vez cerca de la Universidad Carlos III donde hoy clase y levantar una biblioteca para miles de volúmenes, siempre a caballo entre lo íntimo y lo social, como usted apunta. ¿Qué mayor estímulo hay que compartir ese conocimiento con los demás, transmitir unos valores?

La arquitectura adquiere un valor metafórico en su ensayo sobre literatura: la escritura, literaria y periodística, adopta formas espaciales distintas en pos de un sentido –la libertad del articulismo-  o de un tema –el humor como refugio, la música como casa o la guarida del Diablo en la tradición de la figura de Lucifer. ¿Por qué optaste por elementos topográficos y arquitectónicos para acercarte a la literatura?

-Escribe Oscar Wilde en Las artes y el artesano que la vida es un conjunto de influencias que es conveniente armonizar estética y espiritualmente. El otro día me sucedió algo verdaderamente curioso: fui a ver Yo, Feuerbach de Tankred Dorst al Teatro de La Abadía y en el coloquio con el director, Antonio Simón, y el actor Pedro Casablanc, comenté que me parecía maravilloso que una obra tan compleja donde aparecían desde alusiones al Torcuato Tasso de Goethe al propio Feuerbach, pasando por La rata de Zaniewski o los cantos italianos medievales de San Francisco de Asís, se llenase de público. Un espectador me reprochó airado que a él le daba igual que hubiesen representado una obra protagonizada por “una chacha” y que todo el teatro satisfacía por igual. La Abadía es un ejemplo perfecto de maridaje entre arquitectura y ficción: una hermosa capilla del siglo XIX en la que se representan piezas verdaderamente excelsas. A eso me refiero, a extender lo sublime y el gusto por la belleza, los abismos del horror o la inteligencia recogidos por la ficción por toda nuestra realidad, tan prosaica.

 En arquitectura de la ficción, la ordenación de los ensayos no sigue, aparentemente, ningún orden concreto: de Bioy Casares a Jovellanos, de Dostoievski a Dickens y de Gore Vidal a Cervantes, Shakespeare y Cernuda. ¿Este “desorden” cronológico responde a una concepción de la literatura como un todo a temporal?

-Responde sobre todo al criterio de ordenación del editor, Juan Manuel Corral, que ha hecho un excelente e innovador trabajo de maquetación y diseño para su editorial, Líneas Pararelas. Pero también tiene mucho del anarquista que soy, al romántico que busca los residuos del pasado para contrastarlos con el presente: pocas personas hablan ya de Tennyson, de Diego de Torres Villarroel, de Thomas Mann o incluso del best seller que fue mi admirado Gore Vidal. Se trata de restos de un mundo en sueños que conllevan una transmisión de valores frente al pacto acordado tan de moda de lo inferior, de lo efímero, de lo epidérmico… Apelar al canon es, hoy en día, ser un provocador, un iconoclasta. Me gusta la seducción de lo azaroso porque conlleva su pérdida irrevocable, antes o después, y este libro fue fruto de la casualidad y del encuentro con Corral en un momento en que estaba extraviando todos mis artículos publicados en revistas literarias, entre traslados y olvidos. Y traer de la lejanía a estos grandes creo que puede deparar grandes sorpresas.

Y al “desorden” cronológico se suma la mezcla de géneros: en tu concepto de literatura, ensayismo, ficción narrativa, poesía y periodismo conforman un mismo todo, ¿me equivoco?

-La ausencia absoluta de literatura, incluso a nivel discursivo, me causa inquietud y diría que hasta terror. Es casi una exigencia melancólica no confesable y una seguridad: la de que los libros nos devuelven la mirada en un desafío sentimental e intelectual. Acepto las leyes de lo diverso y que haya personas que se ufanen de su ignorancia, pero también creo en el poder de transformación de la literatura, como si recogiese las promesas de las ficciones que vivimos y en las que creímos cuando éramos niños. No podemos evitar relacionar a Cervantes con Mark Twain o William Thackeray para comprender la soledad infinita de un niño arrojado al mundo, un mundo lleno de mutilados mentales, pero también de personas extraordinarias que se convierten en maestros a través de distintos géneros, como Oscar Wilde o Mariano de Cavia: ¿hacían periodismo o literatura? A quién le importa. El gusto, esa categoría escurridiza, es lo que verdaderamente importa, donde uno puede sentir una libertad más completa. ¿Y qué decir de la empatía? Escribir, leer es atender también a los grandes errores y, como escribió Sontag, de la que hablo en el libro, entender el dolor de los demás. La literatura nos hace mejores.

Con respecto a los ensayos de cine reunidos en Sueños de tinta y celuloide, lo interesante es ver el papel que juega la literatura en tu lectura de las películas. ¿Es imposible, y volvemos en parte a la primera pregunta, entender el cine sin la literatura?

-Para mí así es. Si lees obras que estén relacionadas con la película, incluso sin que se trate necesariamente de su adaptación cinematográfica, los pensamientos generados por ese visionado estimulan y fertilizan nuestro pensamiento. La belleza comparece en los lugares más inesperados: hace poco volví a ver Horizontes de grandeza (1958) y a Jean Simmons montando a caballo: las miradas que se cruza con Gregory Peck cuando ambos creen que están a punto de morir… revelan a la vez una extrema esperanza. William Wyler se apoyó nada menos que en cinco guionistas para adaptar la novela de Donald Hamilton, una novelita de quiosco, y plasmar esas emociones incontenibles, imposibles de obviar para un espectador medianamente sensible.

En Sueños de tinta y celuloide afirma que “no es posible disfrutar dos veces de la misma experiencia frente a la gran pantalla”. A partir de aquí, desmonta la idea de la interpretación única y, sintoniza con la Escuela de la Recepción, plantea la mirada cinematográfica como una mirada dialéctica, en perpetuo cambio.

-La experiencia del cuerpo frente al cine atraviesa un espacio único y provoca una extrañeza, una sensación en movimiento, la acción de ciertas fuerzas que emanan de los personajes y de los paisajes sobre el espectador: las imágenes parecen interrogarnos bajo el foco del proyector, pero lo hacen de una forma diferente cada vez. Gadamer, Hans Robert Jauss o Wolfgang Iser lo sabían; conocían de esos efectos caprichosos y desordenados que van cincelándonos: jamás olvidaremos el final de Dos hombres y un destino o de El ladrón de bicicletas. Y cada vez que las volvamos a ver, serán películas distintas porque nosotros ya no seremos los mismos. La metamorfosis del cinéfilo no es más que el resultado de ese tiempo maravilloso condensado en el que las historias más fascinantes ya han sucedido, ya nos han ocurrido porque estuvimos allí, junto a Gable y Monroe, viviendo nuestras Vidas rebeldes.

En relación a esto, el primer ensayo “El cine como reescritura: Shakespeare y La Torre de Londres” es muy significativa pues resume parte de la tesis de libro: ¿El cine es la reescritura de la literatura?

-El cine es la evolución natural de la narrativa y del teatro. La escritura, diría incluso que la cultura en su totalidad, comparece en el cine frente al fulgor de lo mínimo en esta sociedad estúpida y atolondrada. El mundo mágico se plasma en una pantalla y ese visionado nos aleja de la barbarie cotidiana, del seudoconocimiento troceado, deshilachado. El cine y sobre todo el cine literario es el último refugio de una elegancia: como diría Roland Barthes, es la fatiga amorosa que deja tras de sí la imagen tras el poderoso acto erótico de la escritura. Frente a la burocracia, basada en la repetición y en la automatización, el cine recrea un desvanecimiento: el del deseo. Shakespeare resume todo eso, es en sí mismo un concepto ampliado de arte, toda una antropología.

El cine se ha convertido, desde sus orígenes, en un arte de masas, mientras que la literatura y, esto se ve en los índices de lectura, ha ido retrayéndose. ¿El cine es o ha sido vendido como un arte más fácil que la literatura?

-Es un arte más cómodo, eminentemente visual, aunque no más “fácil”: Andrei Tarkovsky, Zanussi, Krzysztof Kieslowski, Terrence Malick o más recientemente Lars von Trier no hacen concesiones a la comodidad de pensamiento. Nos estimulan constantemente. Hay otro cine más fácil, el palomitero, pero ese no responde a ninguna pregunta: es como comerse una hamburguesa y produce nostalgia de lo complejo. Lo importante del buen cine es que genera la voluntad de incorporar a uno mismo esas imágenes o esas vivencias enriquecedoras. Te activa, es fértil y nos hace más conscientes de la fragilidad de la vida o la idea de redención, por ejemplo.

Y, en relación a esto, en una sociedad frenética, ¿la captación rápida de las imágenes en contra de la lentitud de la lectura ha sido motivo del desnivel entre estas dos artes? 

-Sin ninguna duda. El cine mainstream no requiere de la soledad, la calma y el aislamiento, ni un bloc de notas siquiera. Nuestra mente es sometida a la precariedad de lo convencional. Por el contrario, la detención, que es la estrategia de la literatura y del llamado cine de autor, nos muestras las grandes cicatrices en mitad de un silencio ceremonial, para que no tengamos la sensación de que la vida loca que nos ha tocado vivir en el siglo XXI nos ha pasado de largo o, lo que es peor, por encima.

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