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por
RAFAEL GOMEZ LOPEZ-EGEA , Abogado y Periodista
En el número 9 de Nueva Revista (noviembre de 1990) José Jiménez
Lozano publicó un esclarecedor artículo sobre el proyecto Las Edades
del Hombre, que por entonces venía de clausurar la segunda exposición
en la catedral de Burgos. Las Edades del Hombre, en plena madurez,
ha demostrado el acierto de quienes impulsaron un proyecto que
en sus comienzos pareció ilusorio a muchos y que hoy se consolida a
través de la fundación que lleva el mismo nombre, con sede en el restaurado
monasterio de Valbuena, cedido por el obispado de Valladolid.
Tiempo habrá en estas páginas de prestar al fenómeno religioso,
artístico, histórico y cultural representado por Las Edades del Hombre
la atención que se merece. Por el momento, se ha preferido ofrecer una
visión general del proyecto y de su acogida en los millones de personas
que, en España y otros países, han tenido la oportunidad de contemplar
uno de los más ricos patrimonios artísticos de Europa.
La primera época de Las Edades del Hombre, que se cerrará el próximo
2006 en Ciudad Rodrigo, nació como una empresa aventurada
el 24 de octubre de 1988 en la catedral de Valladolid. Los resultados
sumados desde entonces hasta hoy han desbordado las esperanzas más
optimistas.
UN MODELO A SEGUIR
Al examinar la cantidad y calidad de los
trabajos realizados en estos años se percibe
la dificultad de resumir, en el espacio de unas breves líneas, las aportaciones
que el proyecto de Las Edades del Hombre ha ofrecido a los hombres y
las tierras de Castilla y León. La dificultad aumenta si consideramos que
ese proyecto, después de superar ampliamente las fronteras regionales, ha
llegado a convertirse en un modelo para otras iniciativas dentro y fuera
de España. Así lo demuestran las solicitudes presentadas a la dirección de
Las Edades para el montaje de otras exposiciones, como las de Amberes y
Nueva York, lo mismo que la instalada actualmente en la catedral de la
Almudena, de Madrid, dentro de los actos del ciento cincuenta aniversario
de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.
Al evaluar las diez exposiciones que han recorrido durante los últimos
años las diócesis de Castilla y León, junto a las dos citadas de Amberes
y Nueva York, se registran unas cifras tan significativas que apenas
necesitan mayor comentario.
En números redondos, son casi ocho millones los visitantes que han
tenido la oportunidad de contemplar las tres mil piezas expuestas, entre
esculturas, pinturas, retablos, orfebrería, custodias, tapices, monumentos
sepulcrales, códices miniados, incunables, instrumentos y partituras
de música sacra, textos y documentos. Todos estos objetos fueron seleccionados
para integrarse en cada una de las catedrales, como el auténtico
marco natural para el que fueron creadas y donde adquieren su
más pleno sentido histórico, artístico y religioso.
LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO
Se cumplen así los propósitos que
movieron a los fundadores de Las
Edades del Hombre —el sacerdote José Delicia (fallecido en 1996, a los
65 años) y el escritor y periodista José Jiménez Lozano (Langa, Ávila,
1930)— a impulsar un proyecto tan ilusionado como de incierto final. En
una larga conversación de amigos en torno a una mesa camilla, sacerdote
y escritor habían decidido rebelarse contra el difundido prejuicio de
considerar a Castilla y León como un cadáver, más o menos glorioso, del
pasado. En realidad, no aceptaban los crueles versos de Antonio Machado cuando hablan de una Castilla que «envuelta en sus harapos desprecia
cuanto ignora». El proyecto de las Edades, como avanzadilla de la cultura
y recuerdo de la historia, ofrecería la posibilidad de vencer la ignorancia
y cambiar el desprecio por un admirado aprecio. Y es que, conscientes de
la riqueza de su patrimonio, estaban seguros de que el pueblo ya no sería
acusado de refugiarse en sus harapos. Nunca más.
Velicia y Jiménez Lozano pusieron manos a la obra. La cuestión no
era tanto reunir los elementos artísticos, disponibles en cantidades abrumadoras,
sino habilitar el modo, la forma de darlos a conocer, para que
fueran bien comprendidos y no simplemente «contemplados» como
puro objeto. El problema fue más bien el «cómo» habría de hacerse para
cumplir los objetivos deseados, puesto que se trataba de poner en relación
la obra con sus autores, los hombres que la hicieron posible y comprender
la fuerza de los sentimientos que aspiraban a transmitir, de
acuerdo con los valores vigentes en la época en que esas obras se crearon.
Valores, sentimientos, historia que, en el caso de Castilla y León,
nos descubren una elevada forma de ser hombre, en toda la dignidad
que el término comporta. En definitiva, se trataba de recordar, con palabras
del mismo Jiménez Lozano, la realidad que un mundo banalizado
parece olvidar, a saber: que «el hombre es el capital más preciado».
José Velicia se refería a este proyecto de Las Edades del Hombre como
«un pan amasado por muchas manos para recuperar la dignidad de un
pueblo». En términos reales, bajo el símbolo de ese pan, se escondería,
tal vez, el propósito de que sirviera de alimento sabroso, como lo sería
también para el espíritu el rico patrimonio artístico, amasado por muchas
manos, durante siglos, en las tierras castellanoleonesas. LA MEMORIA HISTÓRICA
Situado, como base de partida, el
hombre en el papel de verdadero
protagonista y motor del proceso creativo, cada una de las exposiciones
era concebida como un gran capítulo de la historia, plasmado en
la expresión artística reflejada en pinturas, esculturas, retablos, libros
litúrgicos y partituras musicales, ordenados siguiendo un criterio narrativo
que permitiría captar la más plena dimensión humana —o «humanizada»— de las obras expuestas. De ahí el acierto del rótulo
que abarca el conjunto del proyecto: Las Edades del Hombre, pues atribuye
al paso histórico del hombre sobre la tierra —en este caso, la de
Castilla y León— su camino auténtico hacia la trascendencia.
Para los dos contertulios, los ingredientes se encontraban disponibles
con una abundancia abrumadora. Sólo había que trabajar para mostrar
aquellos tesoros en calidad de testimonio visible, capaz de despertar la
memoria histórica y devolver el orgullo de su identidad al pueblo castellanoleonés
que, a lo largo del tiempo, con gran esfuerzo, tesón y fina
sensibilidad, había generado aquel patrimonio, lo había custodiado y
conservado como un tesoro que transmitir a las generaciones futuras.
Velicia y Jiménez Lozano coincidían en el propósito de no presentar
las piezas agrupadas con criterios académicos —siempre fríos— según
estilos, escuelas o épocas, sino disponerlas de modo que fueran capaces
de recordar al hombre de hoy el mundo de valores religiosos, artísticos
y culturales del que son herederos. Jiménez Lozano lo expresaba magistralmente
el explicar los propósitos que les movieron: «No se trataba de
una didáctica ni de una formación acerca de esa evolución artística formal
sino del mundo y trasmundo en el que esas obras artísticas habían
nacido, determinando incluso su forma y a veces hasta la misma técnica.
Se trataba de evitar cualquier reduccionismo o falseamiento de la
naturaleza de los iconos que se mostraban y de permitirlos hablar y decir
en un ámbito o clima cultural y espiritual que fue el suyo». SIGNOS SUTILES
Para cumplir esos fines, cada una de las exposiciones
procedería a desarrollar, en varios capítulos,
un argumento o tema central, en torno al cual las obras seleccionadas
cobrarían su más pleno sentido. Jiménez Lozano fue el narrador que
compuso el guión para las siete primeras exposiciones —Valladolid,
Burgos, León, Salamanca, Amberes, Burgo de Osma y Palencia— y que
sirvió como pauta y modelo en las sucesivas de Astorga, Zamora, Nueva
York, Segovia y Ávila.
En todos los casos, al redactarse el guión narrativo, se valoraban debidamente
las circunstancias específicas de las catedrales y templos donde se iban a celebrar las exposiciones, así como el carácter, cualidades y rasgos
definidores de las obras que se encontraban disponibles.
Posteriormente, se trataba de acomodar los espacios disponibles a las
exigencias del guión y disponer en ellos las obras de arte seleccionadas,
que nos permiten comprender el particular lenguaje que dejaron escrito
para nosotros los arquitectos, escultores, pintores, músicos, grabadores
y orfebres castellanoleoneses.
No es difícil comprender que la preparación y montaje de cada una
de las exposiciones resulte una tarea muy compleja, en la que participan
equipos de expertos, diseñadores, decoradores, técnicos en iluminación
y, sobre todo, restauradores dedicados a recuperar la belleza original,
muchas veces afectada por el deterioro del tiempo, las condiciones del
clima, la suciedad o el abandono. Localizar, valorar, acreditar la autenticidad,
estudiar y catalogar cientos de obras, muchas de ellas desconocidas,
ha sido una de las tareas de rescate que ya justificarían, por sí mismas,
la existencia de Las Edades del Hombre.
Al éxito del proyecto han contribuido numerosos factores que es
de justicia reseñar. Además de la genial visión debida a los fundadores
—José Velicia y José Jiménez Lozano—, las Edades recibieron el respaldo
entusiasta, primero de los obispos de las diócesis de Castilla y León, y después
de la Conferencia Episcopal Española. Hay que consignar también
el apoyo incondicional recibido en los primeros años a través de la presidencia
de la Junta Autonómica, que en 1988 desempeñaba José María
Aznar, ayuda que ha sido renovada, hasta el momento presente, por los sucesivos
gobiernos de esa autonomía. Contribuyeron a sufragar los gastos,
además de las citadas instituciones y diputaciones provinciales, otras entidades
financieras, como las cajas de ahorro locales y empresas privadas.
Mención especial merece el sacerdote vallisoletano don Antonio Meléndez,
que ha ejercido durante diecisiete años, con sumo acierto y máxima
fidelidad a las ideas fundacionales, la gestión eficaz del proyecto, hasta
su dimisión reciente. La labor realizada, merece el reconocimiento público
de los actuales administradores, que habrán de velar porque Las Edades
del Hombre respondan siempre al principio de que es el hombre «el capital
más preciado».
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