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por
GUILLERMO MARÍN , Diplomático
La sacralización de la política exterior como política de Estado ha
acompañado a la diplomacia moderna desde su origen en el Renacimiento.
El supuesto de que el consenso interno en cada país refuerza
la posición internacional de los Estados entre el resto de las naciones,
se ha convertido desde entonces en un dogma de fe que perdura hasta
nuestros días. Y gobernantes de todos los colores siguen todavía hoy
apelando persuasivamente a este mito para acallar la crítica a su gestión
de las relaciones con otros Estados.
Sin embargo, esta convicción universal choca contra la realidad reciente
de muchos países. En España, sin ir más lejos, cada vez resulta
más arduo ponerse de acuerdo sobre la acción exterior más conveniente.
Asuntos como Irak, Estados Unidos, Europa, Cuba o Venezuela han
abierto una brecha profunda entre nuestras principales fuerzas políticas.
Incluso los ex presidentes de gobierno más recientes se atreven a llevar
adelante diplomacias paralelas, contradictorias con la del Ejecutivo de
turno. Y más allá de nuestras fronteras, por poner otro ejemplo, Francia
y Holanda nos acaban de sorprender desgarrándose en torno a la
Constitución europea.
Aquí y allá el consenso se ha marchado y no es probable que regrese,
porque las premisas en las que se basaba han dejado de tener validez.
La buena noticia es que la llegada del disenso a las relaciones exteriores
no es tan mala noticia.
UN MITO SOBRE ARENAS MOVEDIZAS
Varios factores han confluido
para acabar con los
tiempos en los que los países tenían una sola política exterior. Primeramente,
mientras el Estado-nación era un bloque monolítico, un puñado
de mandatarios en los que se concentraba todo el poder promulgaba la ortodoxia
de la acción exterior del Estado. Ahora, fenómenos como la democratización
o los nacionalismos han difuminado el poder político dentro
de los países. Aunque una buena parte del mismo sigue estando en
manos de los gobiernos, los parlamentos y las regiones se han ido apropiando
de facultades de imperio cada vez mayores. Por si esto fuera poco,
la soberanía de facto ha dejado de ser un poder exclusivamente estatal
para dispersarse hacia organizaciones no gubernamentales y la sociedad
civil en general. Consiguientemente, el Estado entero, y no solamente el
Ejecutivo, ha perdido el monopolio de la acción exterior.
La diplomacia forma parte ya de la actividad cotidiana de numerosos
agentes estatales y no estatales, en la que cada cual obra como mejor
le parece. De este conglomerado variopinto difícilmente puede salir una
posición nacional unívoca hacia el extranjero.
Mientras el Estado-nación era
un bloque monolítico, un puñado
de mandatarios en los que
se concentraba todo el poder
promulgaba la ortodoxia de la
acción exterior del Estado. Ahora,
fenómenos como la democratización
o los nacionalismos
han difuminado el poder político
dentro de los países.
| Asimismo, durante la era de la
soberanía westfaliana los países eran
compartimentos estancos sobre la
Tierra, hasta que la globalización de
las últimas décadas ha desdibujado
los límites entre las políticas interna
e internacional. Confundidas las
dos, los antedichos múltiples agentes
políticos han dejado de pensar
en clave estatal para hacerlo en términos
de intereses y objetivos parroquianos,
que ya no se definen
por su pertenencia a un ámbito geográfico
delimitado por las fronteras.
De este modo la acción exterior
se ha convertido en un lugar más para las peleas fratricidas, en vez de
aquel remanso en el que las naciones
alcanzaban la concordia interior.
Con frecuencia la diplomacia
es ahora la política interior por
otros medios, parafraseando a Clausewitz.
Por eso hoy los países pueden
llegar a tener tantas políticas
exteriores como internas.
En último término, y como consecuencia
de estas transformaciones,
el espejismo del interés nacional,
Con frecuencia la diplomacia
es ahora la política interior por
otros medios, parafraseando a
Clausewitz. Por eso hoy los países
pueden llegar a tener tantas
políticas exteriores como
internas.
| antaño fundamento teórico de la política exterior como política
de Estado, ha terminado entrando en crisis. Lo que era la piedra angular
de las explicaciones realistas de las relaciones internacionales y aún
sigue siendo moneda de uso corriente entre los diplomáticos, en un afán
simplificador, se ha convertido en un ideal cada vez más indefinible e
inalcanzable. Lo que podría existir en el mundo de las ideas de Platón
no pasa de ser la sombra de una entelequia en la caverna de la realidad
en la que vivimos. La fragmentación del poder estatal ha poblado los
países de una multitud de intereses particulares frecuentemente irreconciliables
entre sí, mientras lo transnacional no deja distinguir lo autóctono
de lo foráneo. En este magma no resulta sencillo deducir un
interés general, sin el cual a duras penas se puede levantar una política
de Estado. Al cabo, la definición del interés nacional se convierte en
una construcción mental o un ejercicio de relativismo para el que todos
se sienten legitimados. Y así, sin los absolutos que constituían sus pilares
filosóficos, las políticas de Estado están condenadas a morir.
Al mismo tiempo, en Europa el consenso ha dejado de ser vital.
Cuando la supervivencia de la nación estaba amenazada, como sucedía
por doquier hasta mediados del siglo pasado, los países tenían que mostrar
hacia fuera un frente sin fisuras. Sin embargo, a partir de la Segunda
Guerra Mundial ese estado de naturaleza hobbesiano en el que cada
pueblo era un lobo para el otro se ha ido paulatinamente esfumando de
La fragmentación del poder estatal
ha poblado los países de
una multitud de intereses particulares
frecuentemente irreconciliables
entre sí, mientras
lo transnacional no deja distinguir
lo autóctono de lo foráneo.
En este magma no resulta
sencillo deducir un interés general,
sin el cual a duras penas
se puede levantar una política
de Estado.
| nuestro continente, hoy pacificado
alrededor de la democracia y el movimiento
integrador. Sin enemigos
mortales, la unidad nacional en
torno al estandarte de la política
exterior se ha vuelto innecesaria.
Finalmente, en el caso de España,
han desaparecido las razones
que nos llevaban a ser distintos de
los demás. Durante el régimen anterior,
era Franco quien dictaba la
política exterior de su puño y letra.
Tras su muerte, la conflictividad en
el ámbito de la acción externa siguió
largo tiempo proscrita porque
podía reavivar, dentro y fuera de
nuestro país, fantasmas de dictaduras
y guerras civiles. Ni siquiera
nuestro ingreso en la OTAN pasó de ser un mero episodio de aparente
discordia. Pero desde que la alternancia de la izquierda y la derecha, primero
con la victoria del PSOE y luego con la del PP, confirmó el arraigo
irreversible de la estabilidad democrática en nuestro suelo, también nosotros
podemos discrepar sobre los asuntos extranjeros sin que cunda la
alarma. LA POLITICA EXTERIOR POR OTROS MEDIOS
Además de haberse
convertido en misión
prácticamente imposible, el consenso en política exterior no es deseable,
en la medida en que reduce la fuerza y el margen de maniobra de
los gobiernos en las negociaciones internacionales, contrariamente a
lo que postula el tópico. En ellas es habitual que el negociador recurra
exitosamente a las presiones de algún sector de su país radicalmente
opuesto a hacer concesiones, con el objeto de evitar firmar las cláusulas
menos favorables. Esto no sucede cuando reina el consenso, porque
A partir de la Segunda Guerra
Mundial ese estado de naturaleza
hobbesiano en el que
cada pueblo era un lobo para
el otro se ha ido esfumando
paulatinamente de nuestro
continente, hoy pacificado alrededor
de la democracia y el
movimiento integrador. Sin enemigos
mortales, la unidad
nacional en torno al estandarte
de la política exterior se ha
vuelto innecesaria.
| éste es generalmente un acuerdo de
mínimos, y quien parte con una posición
blanda empieza a jugar con
desventaja. En la mesa internacional,
salen ganando las palomas
cuando tienen halcones en el nido.
Los nuevos tiempos también permiten
poner la política interior al servicio
de la diplomacia.
Los ejemplos abundan. Así, Estados
Unidos, un país en el que el
gobierno de la Federación está dividido
entre el Ejecutivo y el Legislativo,
dos instituciones a menudo
en manos de partidos políticos distintos,
traer a colación las pegas que
pondrá el Senado para ratificar el
tratado internacional que sus diplomáticos
están negociando se ha
vuelto una cantinela que ablanda con frecuencia a todos los que están
en tratos con Washington.
En las rondas del GATT y luego de la OMC sobre agricultura, son numerosos
los países que aducen con efectividad la imposibilidad de eliminar
las subvenciones a los productos agrícolas debido a las movilizaciones
de sus agricultores.
Suiza es otro caso de país que ha conseguido unos acuerdos más favorables
con la Unión Europea arguyendo el riesgo real de que estos tratados
pudieran o puedan ser rechazados en referéndum por una población
escindida en torno a la cuestión europea.
Nuestro país, en fin, también resultó beneficiario del disenso cuando,
en 1985, la posibilidad de un voto negativo en el referéndum sobre
nuestra permanencia en la OTAN convenció a la Comunidad Europea
de la necesidad de acelerar la tramitación de nuestra petición de ingreso
en esta organización supranacional.
Además de haberse convertido
en misión prácticamente imposible,
el consenso en política
exterior no es deseable, en la
medida en que reduce la fuerza
y el margen de maniobra de
los gobiernos en las negociaciones
internacionales, contrariamente
a lo que postula el
tópico.
| No es casual que, tras el reciente
rechazo francés a la Constitución
europea, el primer ministro danés,
Anders Fogh Rasmussen, se haya
apresurado a pedir garantías de que
ese texto no será modificado próximamente
para contentar a quienes
ahora voten negativamente. Sin
duda este dignatario nórdico recuerda
que, cuando su país se opuso
al Tratado de Maastricht en un primer
referendo, el Consejo Europeo
adoptó una decisión interpretando
tal acuerdo de forma más ventajosa
para Dinamarca. Otro tanto sucedió
cuando Irlanda rechazó el Tratado
de Niza, lo que provocó una serie de declaraciones interpretativas
del Consejo Europeo al gusto de Dublín.
Ahora y en el futuro, España puede seguir sacándole partido a la división,
cosa que seguramente estará y continuará haciendo, en terrenos
como los derechos humanos o las relaciones comunitarias, entre muchos
otros. Por ejemplo, la existencia de acusaciones de contemporización
con las dictaduras que se achaca a quienes mantienen políticas de diálogo
constructivo con regímenes autoritarios, como China o Cuba, se
puede transformar en un argumento convincente ante las autoridades de
esos países, con vistas a conseguir liberaciones de presos políticos u otros
avances en su situación de derechos humanos. De igual modo, las críticas
habidas en nuestro país por haberse renunciado a ciertas ventajas adquiridas
en Niza pueden ser esgrimidas por Madrid ante Bruselas, París y
Berlín con el fin de obtener un proceso de desmantelamiento de los fondos
de cohesión lo menos doloroso posible para España.
Por añadidura, el disenso amplía la autonomía de los gobiernos,
ya que les permite sacar de la baraja de todas las posturas con apoyos
dentro de sus respectivos países aquella que más les conviene en un
En la mesa internacional, salen
ganando las palomas cuando
tienen halcones en el nido. Los
nuevos tiempos también permiten
poner la política interior
al servicio de la diplomacia.
| momento dado, aunque no comulguen
plenamente con ella y lo hagan
por razones tácticas. Así, el negociador
internacional se puede escudar
en los grupos de presión de la industria
pesquera nacional para pedir
cuotas de pesca por encima de las
cantidades que sus autoridades de
Medio Ambiente estarían dispuestas
a tolerar, con vistas a terminar aproximándose
a su objetivo ideal. El
consenso, en cambio, introduce una rigidez perniciosa para la negociación
internacional, puesto que una vez conseguido no resulta fácil para
el Ejecutivo apartarse de él, ni para mal ni tampoco para bien.
El disenso amplía la autonomía
de los gobiernos, ya que les permite
sacar de la baraja de todas
las posturas con apoyos dentro
de sus respectivos países aquella
que más les conviene en un momento
dado, aunque no comulguen
plenamente con ella y lo
hagan por razones tácticas.
| Aquí no se acaban las razones que militan
a favor del disentimiento. Éste,
además, puede contribuir a que la política exterior sea más democrática,
eficaz y estable. Más democrática, porque alienta y enriquece el debate
nacional sobre los asuntos extranjeros en mayor medida incluso
que la búsqueda del consenso. De esta manera, la acción exterior del Estado
gana en legitimidad, para lo que basta y sobra esa reflexión conjunta
entre el poder público y la sociedad con anterioridad a la adopción
de la correspondiente decisión de política exterior. Por regla
general, un plebiscito favorable para cada resolución gubernativa no es
ni necesario ni conveniente, ya que los Ejecutivos deben conservar cierto
margen de libertad en su actuación exterior para no quedar presos
en la demagogia y del populismo. La reválida democrática les llegará
oportunamente en el momento de las elecciones.
Sería más eficaz, porque el aporte de ideas y la puesta en tensión de
los gobernantes inherentes a toda controversia mejora la calidad técnica
del proceso de análisis y toma de decisiones en política exterior. Verbigracia,
probablemente salga ganando nuestra política hacia La Habana
si su rumbo está sometido a un marcaje permanente, lo que dificultará los pasos en falso. Nada obsta para
que este diálogo nacional se beneficie
con la participación en el mismo
de antiguos presidentes de gobierno.
Aun desprovistos de potestas, su experiencia
como estadistas les provee
de una auctoritas que sería una pena
desperdiciar.
Y más estable también, porque
una diplomacia paralela a cargo de
líderes de la oposición, incluso en
contradicción con la política exterior
oficial, puede ayudar a confinar
eventuales tensiones con otro país a
un plano estrictamente gubernamental. Facilita las relaciones entre las
naciones al margen de los vaivenes en las relaciones entre los Ejecutivos.
Por eso los contactos de antiguos dirigentes del PP con la Casa Blanca
otorgan más credibilidad a las afirmaciones de los presidentes Bush y Zapatero
acerca de la solidez de la alianza hispano-norteamericana.
Los vínculos de la oposición con terceros gobiernos también pueden
contribuir a mantener los canales de comunicación con otros países en
los momentos de dificultades en las relaciones bilaterales, como sucedió
cuando el ex presidente demócrata estadounidense Jimmy Carter fue recibido
en Cuba por Fidel Castro, con todos los honores, en mayo del
2002, en plena era republicana. De todos modos, en la hipótesis de que
ganen unas elecciones, los opositores llegarán al gobierno con un bagaje
de contactos internacionales que les facilitará su andadura como estadistas.
LA LLAVE DE LAS RELACIONES
INTERNACIONALES
La creencia generalizada de que las
divisiones internas disminuyen el
peso relativo del Gobierno, y por
ende del país, en sus relaciones bilaterales es otro temor sin fundamento.
¿Acaso la fractura de la sociedad estadounidense durante el mandato de
Por regla general, un plebiscito
favorable para cada resolución
gubernativa no es ni necesario
ni conveniente, ya que los Ejecutivos
deben conservar cierto
margen de libertad en su actuación
exterior para no quedar
presos en la demagogia y
del populismo.
| George W. Bush ha restado peso internacional
a la superpotencia o a su
líder supremo? No lo ha hecho, porque
es el Gobierno de turno quien
posee el control de las relaciones internacionales
del país en el plano oficial.
Él es quien puede votar a favor o
en contra de una resolución en Naciones
Unidas, quien puede llamar a
consultas a su embajador, quien
puede conceder un préstamo a otro
país, quien puede firmar un tratado
con otro Estado o quien puede decidir
la aplicación de sanciones contra
otro país. Que un Felipe González en la oposición pudiera desplazarse o no
a Marruecos en algún momento delicado de nuestras relaciones bilaterales
con el régimen alauita, difícilmente hubiera podido afectar al vínculo
entre Madrid y Rabat. Que ahora José María Aznar censure al Gobierno
actual por haber retirado las tropas españolas de Irak tampoco tiene nada
que ver con la supuesta frialdad de Washington hacia Madrid.
Es más, la falta de popularidad de un jefe de gobierno por sus lares
apenas afecta a su capacidad de liderazgo internacional, siempre y cuando
su permanencia en el poder esté asegurada. Véase si no cómo un presidente
Clinton debilitado en su feudo por un escándalo con una becaria
y el boicoteo sistemático de los sectores más radicales de la derecha,
consiguió sin demasiadas dificultades el respaldo de la OTAN para poner
orden en Kosovo. Esto ocurre porque los dirigentes mundiales no se
miden entre sí con patrones internos, sino internacionales. Lo que
cuenta son las capacidades del país que tienen detrás, así como su red de
contactos por el mundo y su reputación entre sus pares, que no tiene por
qué coincidir con su popularidad doméstica.
La unidad interna confiere a una nación más influencia en el mundo
únicamente cuando peligran su integridad territorial, sus valores más
esenciales, o sus intereses más vitales. Cuando un país está en guerra es
Lo que cuenta entre los dirigentes
mundiales son las capacidades
del país que tienen detrás,
así como su red de contactos
por el mundo y su reputación
entre sus pares, que no tiene
por qué coincidir con su popularidad
doméstica.
| imprescindible cerrar filas en torno
a los líderes, como bien recordaban
Astérix y Obélix a unos compatriotas
no siempre bien avenidos. Por
este motivo pocos dudan que Estados
Unidos perdió la guerra de
Vietnam más en Norteamérica que
en el Lejano Oriente. De ahí igualmente
que los contendientes traten
de dividir internamente al enemigo,
como intentaban hacer recíprocamente
Saddam y Bush en la fase
previa a la invasión de Irak, porque
saben muy bien que la cohesión interior refuerza la determinación y, por
consiguiente, la capacidad de lucha del adversario. No obstante, no hay
que olvidar que este tipo de situaciones es excepcional en la actividad
diplomática cotidiana de la mayoría de los países, incluido el nuestro. LA SOMBRA DE LA POLÍTICA INTERIOR
¿Por qué, a pesar de todas
estas razones, nos empeñamos
en mantener la ficción que hace de la diplomacia una cuestión
de Estado? No es casualidad que quien ocupa el poder, independientemente
de su ideología, abandere automáticamente el consenso,
puesto que éste proyecta una imagen de funcionamiento bien engrasado
de la maquinaria del servicio exterior que se traducirá previsiblemente
en réditos electorales. Por ello donde el disentimiento duele
a los países es en las cosas de casa, no en las de fuera. Este intento de
subordinación de la política exterior a la interior no es sorprendente,
habida cuenta de que mantenerse en el poder es posiblemente el objetivo
primordial de los regidores.
Más llamativa empero es la facilidad con la que incluso la oposición
se deja seducir en el plano dialéctico por la coartada del consenso esgrimida
habitualmente por los gobiernos, aunque luego la ignore en la
práctica. Probablemente, los esquemas mentales con los que operamos
Cuando un país está en guerra
es imprescindible cerrar filas en
torno a los líderes, como bien
recordaban Astérix y Obélix a
unos compatriotas no siempre
bien avenidos.
| todavía no han asimilado la erosión
de los pilares que la justificaban en
el pasado. A este desfase se añade la
tendencia natural a extrapolar mistificadoramente
a la conducta de
los pueblos determinados instintos
arraigados en la psicología individual.
Así, el tentador argumento de
que los trapos sucios sólo se lavan
en casa es válido para el ámbito privado,
pero no para el público en el
que se mueven todas las políticas, incluida la exterior. Igualmente, el
gregarismo como reacción ante el miedo casa mal con las relaciones
internacionales contemporáneas, más basadas en la cooperación que en
el conflicto. Por pudor colectivo o porque suena escasamente patriótico,
airear desavenencias internas no es de buen tono.
La relación con el extranjero termina siendo víctima del disenso solamente
cuando éste se convierte en un fin en sí mismo. La contestación
por principio distrae energías públicas e incluso puede llevar a la
parálisis gubernamental. En cualquier caso, distorsiona la acción estatal
en su totalidad, tanto en su dimensión interna como externa, porque
puede provocar una espiral de negativismo en la que la oposición arremete
sistemáticamente contra todas las decisiones del Ejecutivo y éste
basa su actuar en el desmantelamiento porque sí de toda la labor de su
predecesor: si con Venezuela sí, con Venezuela no; si con Francia no,
con Francia sí. Tampoco debería extrañar que en muchas de estas ocasiones
sea la oposición quien pretenda el sometimiento de la acción
exterior a consideraciones domésticas, puesto que alcanzar al poder
suele ser su prioridad.
Salvando estas circunstancias extremas, la política exterior reclama
disenso, por lo que no conviene relegarla al cajón de las políticas de
Estado. Forzar una identidad entre estos dos términos constituye un
falso silogismo que conduce a la peligrosa conclusión de hacer de las
relaciones con el extranjero un tabú. Las eventuales consecuencias
No es casualidad que quien
ocupa el poder, independientemente
de su ideología, abandere
automáticamente el consenso,
puesto que éste proyecta
una imagen de funcionamiento
bien engrasado de la maquinaria
del servicio exterior que se
traducirá previsiblemente en
réditos electorales.
| nocivas de la disensión tienen remedio
si se toman algunas precauciones.
Ante todo, para evitar toda
posibilidad de que la diplomacia sucumba
a la política interna, la crítica
tiene que ser responsable y estar
bien fundada, tanto en términos de
ética como de lógica. Debe hacerse
en y a conciencia. No debe convertirse
en un instrumento para conseguir
fines espurios o partidistas ni
tampoco ser banal, porque así no se
mejora la calidad de las decisiones
de política exterior.
A la cosa pública tampoco le
vendría mal acostumbrarse a vivir
en un estado de concordia discors horaciano, en una armonía en la discordia
que no perturbe el funcionamiento de la maquinaria estatal, e incluso
lo mejore. Al fin y al cabo, como venía a decir William Fulbright,
en una democracia el disentimiento también es un acto de fe, porque,
como una medicina, la prueba de su valor no reside en su sabor, sino en
sus efectos. Quizá haya llegado el momento de sustituir un dogma obsoleto
por otro inevitable.
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