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por
ANTONIO FONTÁN , Editor de Nueva Revista
Al cumplirse los cincuenta años del fallecimiento de Ortega y Gasset
han aparecido varios volúmenes de la nueva edición de sus Obras
completas, y en toda la prensa y los medios de comunicación españoles
se ha recordado su figura y la trascendencia de su obra en España
y en la cultura europea. En 1970, al cumplirse quince años de la
muerte del ilustre filósofo, el editor de Nueva Revista, Antonio Fontán,
entonces director del diario Madrid, publicó el artículo que
reproducimos a continuación. Acababan de ser editados en ese año
los volúmenes X y XI de la anterior edición de Obras completas del
filósofo.
Pocos españoles han marcado en la historia nacional del siglo XX una
huella tan extensa como Ortega. Durante lustros su figura estuvo
rodeada de un prestigio casi mítico: sólo citar a Ortega ya era un argumento.
Ortega representaba la inteligencia y la cultura.
Los libros de Ortega eran un acontecimiento; sus conferencias, un
éxito; ningún español que se preciara de culto podía desconocer las
obras de su editorial o la Revista (la Revista era siempre la Revista de
Occidente); los trabajos periodísticos de Ortega eran lectura obligada
de todas las «elites» del país.
Con ser grande y decisiva la influencia de Ortega en la vida intelectual
española —jóvenes y maduros buscaban su aprobación o el amparo de
su nombre—, no fue menor la que ejerció en la política, donde izquierdas
y derechas trataban de obtener su alianza o, al menos, su neutralidad. Ortega,
que no perteneció a partidos ni ocupó cargos —salvo el de diputado
en las Constituyentes de 1931—, intervino asiduamente en la política durante
veinticinco años con sus artículos de prensa: de 1908 a 1917, principalmente,
en las columnas de El Imparcial; de 1917 a 1931, en las de El
Sol, y después, en Crisol, hasta que en 1932, próximo a cumplir cincuenta
años, se despidió con cierta solemnidad de la vida pública española.
Muchos de los artículos de Ortega fueron parte de libros unitarios,
concebidos como tales por su autor, pero anticipados y aun escritos fragmentariamente,
al paso de los días, para que aparecieran primero en un
periódico: España invertebrada, Mirabeau, La rebelión de las masas. Pero
aparte del material recogido en estos libros, Ortega publicó, con su
nombre o sin él, varios centenares de artículos, editoriales y comentarios,
en los que, al hilo de los hechos nacionales o de la actualidad mundial,
ejercía incansablemente el oficio que a sí mismo se había asignado
de pedagogo en España.
LA ACTUALIDAD DE UNOS TEXTOS
Estos trabajos periodísticos más
ocasionales, diversos en motivaciones
y temática, perecederos en principio como el curso de los acontecimientos
y las circunstancias en que fueron compuestos, son los que
ahora han recogido en los volúmenes X y XI los editores de Obras completas1.
Ordenados cronológicamente en los dos tomos (salvo los textos
que el autor había agrupado en tres libros de urgencia editados en los
años 1931 y 1932, que ahora se recogen en el tomo XI), los Escritos políticos
de Ortega constituyen hoy una lectura accesible e importante no
sólo para conocer con precisión el pensamiento del autor, sino como un
elemento indispensable para interpretar los veinticinco años de esperanzas
y frustraciones españolas que transcurren entre 1908 y 1932 y
—lo que es, quizá, de más alcance o de más inmediata utilidad— para
reflexionar sobre el presente y el futuro próximo de España, donde siguen
vivos, a nivel de problemas, muchas de las cuestiones a las que
aplicó Ortega la capacidad de análisis de su poderosa inteligencia.
Ante la virtualidad que conservan muchas de las cuestiones planteadas
en las páginas de los dos volúmenes y los juicios que en ellas se leen,
un español de nuestros días, arrastrado por la seducción de la palabra de
Ortega, llega a dudar si está despierto o sueña, y muchas veces acaba preguntándose
si será posible que estos textos hayan sido escritos cuarenta,
cincuenta o sesenta años atrás. Porque así como lo que caracteriza a la
prosa de Ortega, más que la belleza o la fuerza de expresión, es la elegancia,
lo que sobresale en estos dos volúmenes, por encima del rigor
conceptual o de la originalidad de su pensamiento, es la actualidad.
¿Es esto exclusivo mérito de Ortega, singular capacidad suya para captar,
como decían los clásicos, realidades permanentes? ¿O es más bien el
resultado de que el destino de los españoles de este siglo consiste en perseguir,
como a un cortejo de inaprehensibles fantasmas, su propia identidad,
el mareo de su convivencia y su lugar en el mundo? En cualquier
caso, es una experiencia estimulante para el lector de unas páginas tan
ocasionales y fugaces como éstas, que se escribieron para vivir tan sólo
un día, en una muy concreta circunstancia, encontrar en ellas preguntas
aún no respondidas, sugerencias no atendidas, recomendaciones no
llevadas a la práctica, proyectos que nunca fueron realizados y que parecen
pensados para hoy. Hay también —¿cómo no?— docenas de trabajos
que han corrido la suerte común de lo caduco y que sólo interesarán
a los historiadores. Pero esto es lo normal; lo extraordinario es lo otro.
PRIMACÍA DE LA POLÍTICA
El joven Ortega de los años de El Imparcial
encuentra a España sumida en
un marasmo, abrumada bajo el peso de su historia, moralmente aplastada
por las consecuencias del desastre colonial, indolente y anémica,
y se propone una gran empresa pedagógica de alcance nacional. Para levantar
en pie al país hay que denunciar la falsedad radical de una política
—la de la España oficial— que se desarrolla al margen de los verdaderos
problemas colectivos y del aliento que aún perdura en la España
vital (una acertada transposición a nuestro ambiente de la distinción
francesa entre país legal y país real). La situación de aquellos años es
un paso atrás, incluso en relación con la Restauración y la Regencia,
momentos en que, al fin y al cabo, hubo una estructura. La más acuciante
urgencia es restablecer la primacía de la política, porque «sin política
no hay pueblo». Y la política es un programa que «concreta la incertidumbre
del querer y pensar populares».
Las ideas políticas de Ortega son democráticas en cuanto que proclaman
la necesidad moral del sufragio universal para legitimar la pretensión
de realizar un programa desde el poder y para garantizar las libertades
públicas. Pero son más «elitistas» que estrictamente populares.
Es a las minorías a quienes corresponde la delimitación de un destino
colectivo; pero éste ha de ser aceptado por un pueblo consciente e ilustrado,
dirigido por unos gobernantes que no sólo tengan su adhesión,
sino que merezcan su respeto.
La renovación de la política española, anquilosada por la ausencia
de una auténtica dialéctica de verdaderas izquierdas y verdaderas derechas,
habría de venir —según Ortega— de una nueva izquierda, capaz
de dialogar con las masas de la España marginada, de modo que se pudiera
dar carta de ciudadanía en la convivencia nacional a los partidos
revolucionarios: al socialismo y al sindicalismo, que ya habían tomado
cuerpo, pero, como se diría hoy, fuera del sistema.
A los treinta años largos del hecho de la Restauración —treinta años
que son dos generaciones en la sistemática orteguiana— no tenía sentido
creer que la política podía seguir montada sobre las sombras muertas
del pasado, reducidas ya a una pura y siniestra fantasmagoría. Por eso, la
esperanza de Ortega sólo se alumbraba volviendo las espaldas a ese mundo
vacío y fijando la atención en la otra cara de la moneda: la España
vital. Activar ésta no es operación que se resuelva entregando la gobernación
del Estado a los «técnicos» —quedaría «desvirtuada» livianamente
la idea del «tecnicismo»—, sino competencia de políticos, «es
decir, hombres que representan una determinada voluntad colectiva».
FUNCIÓN SOCIAL DE LA CULTURA
Pero esa misma España vital,
para liberarse de la seca cáscara
oficial que la cubría y la ahogaba, necesitaba cultura. La cultura es un
conjunto de hábitos intelectuales y morales que liberan al hombre de
la prisión semianimal de la pura naturaleza y le permiten entrar en el
ámbito humano de la libertad. La gran tarea del tiempo era introducir
a los españoles en la tierra prometida de la cultura moderna, que no se
reduce a una acumulación de saberes inconexos, sino que es una actitud
ante la vida, operativa, racional y directa, como corresponde a la mentalidad
de una época educada en la escuela de la ciencia.
A partir del logro de esa aspiración sería viable y obligado decir adiós
a los viejos partidos que se van y alumbrar los nuevos, aptos para cumplir
las funciones de pedagogía política y para arbitrar el consenso, sin el cual
son imposibles la solidaridad nacional y el gobierno de un pueblo.
Al servicio de ese arbitraje del consenso cobra sentido la democracia,
como el más logrado ambiente público de la historia política para la
protección y el fomento de la libertad.
EUROPA COMO VOCACIÓN
¿Y Europa? De cada uno de sus pueblos
tenía Ortega una imagen, con frecuencia
crítica y de ordinario nada conformista. Pero, en conjunto, Europa era
el ideal y la vocación de España. «Europeizarnos», como habían predicado
con enfadosa insistencia unos «muchachos», a raíz del 98, no era una
simple frase, sino lo que hoy se llamaría, al modo anglosajón, toda una filosofía.
La Europa contemporánea, nacida de la Revolución francesa, generadora
de las dos aportaciones históricas del liberalismo y del socialismo,
es la Europa de las libertades públicas en el orden político, de la
ciencia y de la técnica en el de los saberes, la que había descubierto al
hombre como ciudadano de su nación y del mundo. En esa Europa se
cifraban la meta de la nueva política propugnada para España por Ortega
y la finalidad de la pedagogía de la cultura, que elevaría al hombre español
a la condición de ciudadano de Europa.
Hasta aquí, algunas ideas centrales de la política de Ortega, en cuya
exposición y defensa se despliegan sucesivamente el ingenio, la agudeza,
la altivez, el raciocinio suasorio, la invectiva, los recursos de una vastísima
cultura literaria, las huellas más superficiales de algunas lecturas de
ocasión y las inevitables citas de segunda mano, la generosidad en el
elogio de quienes fueron algún día sus enemigos —como La Cierva o
Maura— y la implacable y repetida diatriba contra un gobernante como
Dato, que al crear desde el poder dificultades a El Sol, amenazaba con
privar a Ortega de la palanca de que disponía para movilizar al país.
Todo ello, a lo largo de una verdadera selva de aciertos grandiosos y limitaciones
de perspectiva radicales, por ejemplo, en todo lo relacionado
con la religión y el cristianismo, que Ortega trata habitualmente
con respeto, pero a los que considera inapelablemente archivados en la
historia de épocas pasadas.
Ortega ocupa con todo derecho un destacado lugar en la historia
general de la filosofía y llena todo un capítulo de la historia de la cultura
española, glorias que comparte con otras grandes figuras nacionales.
Lo singular es que todavía ahora, casi a los cuarenta años de su voluntaria
retirada de la escena pública y a los quince de su muerte, el
Ortega escritor político siga siendo no un prestigio que se admira o se
respeta, sino alguien que interesa, un contemporáneo.
(Madrid, 18-IV-1970)
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