| LENGUAS, ESTADOS Y NACIONES.
Ciudadanos bilingües sin traumas de identidad. |
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Miquel Siguan.
En su Metafísica, Aristóteles define al ser humano como animal racional, y en la Política dice de él que es un ser social. El filósofo podría haber empleado una expresión más escueta, refiriéndose al ser humano como locuente o hablante, pues el ser capaz de hablar ha de ser necesaria y simultánemente racional y social. La capacidad de hablar es común a toda la especie humana, y aunque todos aprendemos a hablar de la misma manera y aproximadamente a la misma edad, siguiendo habitualmente las mismas etapas, sin embargo, no aprendemos a hablar en la misma lengua sino en aquella que hablan los que nos rodean. Y es precisamente merced ella por lo que entramos en contacto con otros seres humanos más allá del círculo familiar —gracias a ella nos convertimos en miembros de una sociedad—. Porque la existencia de cualquier grupo humano supone la comunicación entre sus miembros y ésta a su vez implica el uso de una lengua común. O dicho a la inversa: el que no conoce esa lengua, sino que habla otra, no forma parte, por principio, de nuestro grupo. La lengua aparece, pues, como el primer elemento de identificación de los miembros de un grupo y signo cuyo reconocimiento es condición previa para todo reconocimiento posterior.
El proyecto opuesto al carolingio y que a la larga se ha impuesto fue el de aglutinar las autoridades feudales en unidades nacionales regidas por monarcas absolutos, es decir, en Estados cuyo primer objetivo sería aumentar su fuerza por medio de una Administración eficaz —eficacia imposible sin uniformidad y sin centralización, lo que a su vez requería una lengua común única—. Francia constituye el ejemplo paradigmático de este proceso de unificación a la vez lingüístico, político y administrativo, un proyecto que la Revolución francesa heredó de la monarquía absoluta por el simple procedimiento de sustituir la autoridad del monarca por la autoridad del pueblo. Y no sólo lo heredó, sino que le proporcionó nuevos argumentos, pues la democracia requiere una lengua única para que todos los ciudadanos puedan compartir las mismas informaciones y participar en los mismos debates. Mas no sólo le dio nuevos argumentos sino que aceleró la unificación lingüística por medio de la educación pública y obligatoria. El proyecto francés fue ampliamente imitado sobre todo en el occidente europeo y en sus aspectos fundamentales: la consideración del Estado como realidad política suprema no sólo de hecho sino de derecho —el Estado soberano— se ha propagado por todo el mundo, hasta el punto de que éste nos aparece hoy organizado en algo más de los doscientos Estados independientes, entre los que se reparte la completa faz del planeta: son Estados soberanos pero también Estados nacionales, cada uno con una o con varias lenguas nacionales. El papel y la función que, con todo, se atribuyen actualmente a la lengua nacional van mucho más allá de aquella eficacia con que un día los monarcas franceses justificaban su imposición. Cuando los romanos tuvieron que reconocer que los productos culturales en lengua griega —obras filosóficas, poesía épica, tragedias, etc.— eran superiores a las que ellos podían producir, llegaron a esta simple conclusión: como habían aceptado los dioses griegos asimilándolos a los propios y admitiendo que el Zeus griego era el mismo que el Júpiter latino, de la misma manera entendieron que la cultura era única aunque unas obras se escribiesen en griego y otras en latín. Siglos después, en los tiempos medievales, los cristianos bautizaron, o cristianizaron, la cultura pero siguieron pensando que ésta era única. Y al llegar el Renacimiento, si el acento volvió a ponerse en la Antigüedad grecolatina, la unidad de la cultura se afirmó con mayor fuerza, si cabe, pues cada cultura admitía los productos culturales expresados en sus respectivas lenguas vulgares que, al hacerlo, se convertían en cultas: poetas y escritores italianos, españoles, catalanes, franceses, ingleses, etc., se esforzaban en imitar a los clásicos grecolatinos para hacer progresar su propia lengua. En este esfuerzo, el idioma francés se halló pronto en primera posición. El pensamiento ilustrado francés representa una defensa cerrada del racionalismo —el del conocimiento científico como el de la moral racional—, que es al mismo tiempo una afirmación de la unidad y universalidad de la cultura —y, simultáneamente, una exaltación del francés como la lengua racional por excelencia—. Cuando Boilau afirma que hay una estrecha relación entre la racionalidad y la expresión verbal —lo que se concibe bien se enuncia con claridad—, sobrentiende que la lengua de la enunciación es el francés. A finales del siglo XVIII y comienzos del xix, al mismo tiempo que la Revolución francesa y las campañas napoleónicas, junto con la filosofía crítica de Kant, parecen marcar el apogeo del racionalismo, surge fuera de las fronteras de Francia un nuevo estilo de pensamiento que acostumbramos a calificar de romanticismo. Para explicar su nacimiento cabe apelar a un cierto cansancio de una visión exclusivamente intelectual de la realidad, la nostalgia de un pasado lejano, de las leyendas y de los mitos o la exaltación del sentimiento. Pero también debemos recordar que, a lo largo de la Edad Moderna, las fronteras del mundo conocido se habían ampliado notablemente en el tiempo y en el espacio, la historia hacía revivir culturas antiguas y se descubrían mundos lejanos y exóticos: India, China, los indígenas americanos y oceánicos... Fue Herder quien primero describió la historia del mundo como una sucesión de culturas, cada una con su propia concepción del mundo, su religión, su filosofía, su manera de entender la belleza y el arte, y también su manera de organizarse socialmente. Y cada una con su propia lengua, que era la primera expresión de la cultura a la que sirve de vehículo. Un conjunto de ideas que fueron desarrolladas principalmente por Fichte en la filosofía y por Humboldt desde la lingüística. Tales ideas han tenido repercusiones en campos muy diversos. Me limitaré aquí a señalar las tres principales. La primera es de orden lingüístico. Si cada cultura constituye un universo singular en la que todos los elementos están interrelacionados, y si la lengua propia de esa cultura no sólo es un instrumento para transmitir sus contenidos sino que la refleja en su propia estructura, entonces cada cultura y cada lengua constituyen un universo cerrado y la traducción de una lengua a otra sólo puede ser aproximada —hablando con rigor, habría que decir: imposible—. La segunda es de orden sociológico y político. Si una comunidad humana mantiene una lengua diferenciada a lo largo del tiempo esto significa que tiene una cultura propia y, por tanto, no sólo una determinada manera de entender el mundo sino también una determinada manera de organizarse socialmente. En la medida en que los miembros de esta sociedad se hacen conscientes de constituir una comunidad por razón de la lengua que hablan, tienen derecho a organizarse de acuerdo con su cultura y con su historia. Lo que, formulado en su forma máxima, equivale a decir: porque tienen una lengua propia constituyen una nación y tiene derecho a formar un Estado. O a la inversa: los que se han unido para constituir un solo Estado deben aceptar una lengua única. Muy bien podríamos calificar este fenómeno de «nacionalismo lingüístico». La tercera es de orden psicológico y pedagógico. Al aprender a hablar en una lengua determinada, el niño no sólo adquiere un instrumento de comunicación sino la visión del mundo y el sistema de valores implícitos en la lengua en la que se expresa y que es la lengua de la sociedad a la que se está incorporando. Los aprendizajes lingüísticos son, pues, una parte del desarrollo de una personalidad equilibrada e integrada en la sociedad de la que forma parte. La introducción temprana de otra lengua puede perjudicar este proceso y producir personalidades divididas o desequilibradas. Cada una de estas facetas merece un breve comentario. El francés y el alemán son medios de expresión de unas culturas nacionales muy ricas y con una larga tradición. En tanto que lenguas, ambas pertenecen a la familia indoeuropea pero a ramas muy distintas y son mutuamente incomprensibles. Un francés que visita Alemania sin conocer su lengua no es capaz de interpretar ninguna información oral o escrita que reciba sobre el país, lo que le condena a no entender nada de lo que ve o de lo que ocurre a su alrededor. Pero sabemos que no es así. Una catedral gótica se parece como un huevo a otro a una catedral francesa y una autopista o un teléfono funcionan de la misma manera en los dos países y las elecciones y los partidos políticos se organizan en forma similar a ambos lados de la frontera. Por tanto, el francés de nuestro ejemplo, aunque en cada caso desconoce las palabras alemanas apropiadas, sus significados son perfectamente comprensibles para él. Y ello ocurre así porque a lo largo de los siglos Francia y Alemania han compartido muchos desarrollos culturales comunes en la ciencia, en la técnica, en la ideología, en la sensibilidad estética. Por supuesto, afirmar esta herencia común no significa afirmar una plena identidad. Traducir al francés un texto de Hegel o una poesía de Rilke plantea grandes dificultades, muchos términos empleados por Hegel llevan el peso de una larga tradición en el pensamiento alemán y el vocabulario poético de Rilke está igualmente cargado de sobrentendidos acumulados en el pasado por generaciones de poetas. A ellos hay que añadir la impronta personal que Hegel o Rilke imprimen en el significado de las palabras que utilizan. Pero incluso con todas estas reservas, es evidente que la traducción siempre es posible aunque nunca llegue a ser perfecta. A lo que podemos añadir que resulta más fácil traducir un texto de Hegel o de Rilke al francés, o al español o al italiano dentro de un marco común europeo, que traducirlo al tagalo o al malgache. Las consecuencias más visibles y de mayor trascendencia social de las ideas que estoy comentando se produjeron en el campo político, en la medida en que la asimilación entre lenguas y culturas por un lado y entre lenguas y culturas y entidades políticas por otro, llevó a situar la lengua como criterio decisivo de la nacionalidad. Una identificación que ha repercutido fuertemente sobre la historia de los dos últimos siglos. Países como Francia que, en nombre de la construcción de un Estado fuerte, habían impuesto el monolingüismo, encontraron en esta teoría una nueva justificación para su empeño. A la inversa, entre las poblaciones que hablaban una misma lengua pero que no habían conocido ninguna forma de integración política —los territorios de lengua alemana o los de lengua italiana—, surgieron movimientos reivindicativos de signo nacionalista que acabaron con la creación del Estado alemán y del Estado italiano. En ambos casos, la comunidad de lengua y la defensa de su unidad se convirtieron en pilares del nuevo Estado. Y como hoy tiende a parecernos evidente no estará de más recordar que el tratado de Westafalia, que terminó la guerra de religión en las que Carlos I había intentado mantener la unidad religiosa frente a los protestantes, reconocía el derecho de cada territorio a aceptar la autoridad religiosa que prefiriese, dando por bueno el precepto «la religión del príncipe es la religión del territorio». En nombre de este principio los territorios católicos perseguían o expulsaban a los herejes, entendiendo con ello a los protestantes y los protestantes perseguían y expulsaban a los católicos. La unidad religiosa parecía esencial para la integridad del Estado. En los territorios del Imperio, a nadie se le ocurrió decir «la lengua del príncipe es la lengua del territorio». En el siglo XIX, en cambio, la tolerancia lingüística existente en el Imperio austrohúngaro ya no resulta suficiente y en su seno surgen movimientos nacionalistas: Hungría, Bohemia, Croacia, etc., movimientos que reivindican la cultura y la lengua propias y que acabarán por disolver el Imperio. Algo parecido ocurre en el Imperio turco, que ocupaba todos los Balcanes: la guerra por la independencia de Grecia es una guerra en nombre de la nación griega representada a la vez por la Iglesia ortodoxa y por la lengua griega, ambas estrechamente unidas, y las siguientes guerras impulsadas por tendencias nacionalistas han llegado hasta nuestros días, hasta producir recientemente la desmembración de Yugoslavia. Y algo parecido ocurrió en el Imperio ruso, de tal modo que incluso el marxismo, en principio internacionalista, debió asumir las reivindicaciones nacionales y reconocer el papel de la lengua en estos movimientos. A lo largo del siglo XIX, también en el occidente europeo surgen numerosos movimientos de reivindicación de lenguas «dejada de lado por la historia», algunos de los cuales concluyen en la independencia, como en el caso de Irlanda o Noruega., o en diferentes formas de autonomía, como ocurre típicamente en España con Cataluña, el País Vasco y Galicia; en algunos otros casos, en fin, se limita al cultivo de la literatura. Y hay que añadir todavía que aunque el «nacionalismo lingüístico» ha surgido en Europa, no es difícil advertir sus repercusiones en todo el mundo, tanto cuando ha reforzado el peso de las lenguas nacionales estatales como cuando ha justificado movimientos secesionistas: el caso de Québec en primer lugar pero también el de Armenia o el de Kurdistán. Si las reivindicaciones lingüísticas han podido alterar el mapa de Europa y tener consecuencias en todo el mundo, es evidente que la relación entre lengua y comunidad política es muy fuerte. No es sin embargo una relación tan absoluta como sus formulaciones teóricas parecen dar entender. Si la lengua define la nacionalidad todos los territorios donde se habla la misma lengua deberían integrarse en un mismo Estado; y, a la inversa, los Estados plurilingües resultarían inviables. La realidad nos muestra muchos ejemplos que rebaten esa afirmación. En Alemania y en Austria se habla rigurosamente la misma lengua y sin embargo la integración alemana no incluyó a Austria —cuando Hitler lo intentó los resultados parece que han alejado indefinidamente la tentación de repetirlo—. Un ejemplo mas claro lo constituyen los Estados surgidos de las colonias españolas en América. Decidieron no sólo mantener la lengua española sino mantener su unidad y sin embargo se organizaron en un gran número de Estados, muchos de ellos con una base histórica mínima pero que han desarrollado un nacionalismo exaltado sin ninguna base lingüística. Y en sentido contrario, cabe observar que, aunque la mayoría de los Estados tienen una legua principal predominante, existen sin embargo también Estados plurilingües, solidamente unidos. Suiza es un ejemplo muy claro, pues la mayoría de los cantones tienen una lengua principal —francés o alemán—, casi única y desconocen la otra, pero la unidad nacional es muy fuerte e independiente de las lenguas. En Finlandia la existencia de una minoría de lengua sueca que mantiene celosamente sus derechos no afecta a la conciencia de unidad nacional. Y por otros motivos y básicamente por tratarse de un país surgido de la emigración, la pluralidad lingüística de los Estados Unidos no parece afectar a los sentimientos nacionales y nacionalistas. Los ejemplos de otros Estados todavía invitan a matizar aún más la relación entre lengua y nacionalidad. Así, Irlanda consiguió la independencia pero no ha conseguido impedir la marginación de su lengua frente el predominio del inglés. Y el plurilinguismo de Luxemburgo se corresponde con el hecho de que efectivamente todos sus habitantes son trilingües. La conclusión de todo lo dicho parece fácil de formular. Existe una estrecha relación entre lenguas y comunidades humanas que explica las aspiraciones a constituir entidades políticas autónomas. En la historia moderna de Europa esto se ha traducido tanto en esfuerzos por unificar lingüísticamente los Estados como en reivindicaciones nacionalistas basadas en la lengua. Sin embargo, la relación no es determinante, ya que existen Estados en los que la lengua no es factor decisivo de la unidad ni de la cohesión social. Y todo hace suponer que, en el futuro al que nos dirigimos, la pluralidad lingüística en el interior de los Estados tenderá a aumentar. Según el conjunto de ideas que estoy repasando, el niño que aprende a hablar en una lengua determinada adquiere con ella una cierta visión del mundo y un cierto sistema de valores implícitos en el sistema lingüístico que utiliza. Más todavía, porque la lengua es el nexo de unión de un grupo humano determinado, cuando se incorpora a él asume el proyecto histórico de este grupo. Un proyecto histórico cuyo primer objetivo es mantener su existencia como grupo y por tanto mantener la existencia y el uso de su lengua. Y por el hecho de que la primera lengua adquirida por el niño se convierte en su lengua propia se genera una fidelidad y una responsabilidad respecto a ella. Fidelidad y responsabilidad que con facilidad adquieren matices políticos. Para examinar el tema con algún rigor hay que tener en cuenta que el sujeto se incorpora a una sociedad que no es homogénea ni está definida exclusivamente por su lengua. El niño que en Sevilla aprende a hablar en español puede convertirse con el tiempo en un médico dedicado a la investigación, militante del partido socialista, aficionado al fútbol y partidario del Betis, casado con una mujer de una familia de propietarios rurales adinerados y así sucesivamente, y cada una de estos rasgos implica pertenecer a grupos diversos con sus propias identidades distintivas. Por supuesto, el español es su primera lengua, la lengua de su intimidad y de sus relaciones afectivas más importantes y se esfuerza por hablarlo y escribirlo correctamente; si alguien la atacase, lo defendería. Pero raras veces tiene ocasión de cuestionar esta identidad. A veces en Madrid le hacen notar su acento andaluz, cuando pasa unos días en Barcelona todavía le sorprende oír a sus colegas hablando en catalán. Y cuando asiste a un congreso en Estados Unidos comprueba que su inglés no es tan fluido como desearía. En cada una de estas situaciones reaccionará de acuerdo con distintos factores, de los que algunos pocos tienen que ver con la lengua, pero en conjunto su identidad como hablante de español pocas ocasiones tiene de manifestarse. Si en vez de haber nacido y vivir en Sevilla el sujeto de nuestro ejemplo hubiese nacido en Barcelona y hubiese aprendido a hablar en catalán en su casa, aunque pronto se hubiese convertido en bilingüe, su historia social y profesional podría ser muy similar pero las ocasiones de poner en juego sus actitudes lingüistas, e incluso las ocasiones de cuestionar estas actitudes, serían mucho más frecuentes. Y más frecuentes todavía si imaginamos como sujeto de nuestro ejemplo alguien nacido en el Líbano que en su casa aprendió a hablar en francés pero que muy pronto se familiarizó con el árabe y aprendió el español en Sevilla estudiando Medicina, por ejemplo, y que esa lengua se ha convertido prácticamente en su lengua principal después de casarse con una compañera de estudios sevillana de nacimiento. Mientras el hablante de una lengua mayoritaria raramente necesita hacer elecciones lingüísticas o puede hacerlas desde una posición de tranquila seguridad, el hecho de tener como primera lengua una lengua menor o una lengua situada en condiciones minoritarias, exacerba el papel de la lengua como signo de identidad y plantea problemas de integración en los distintos grupos en función de la lengua. Pero una vez dicho esto, inmediatamente hay que agregar que si el encontrarse en sociedades bilingües y la necesidad de hacer opciones lingüísticas puede ser mas complicado, ello no significa que necesariamente conduzca a personalidades atormentadas o conflictivas. Contra lo que antes se decía, el hecho de crecer en una familia bilingüe y de adquirir simultáneamente o muy pronto varias lenguas no produce necesariamente desequilibrios o trastornos mentales. Basta con que las lenguas aprendidas, las personas que las hablan y los grupos y las culturas que personifican no aparezcan en conflicto entre sí sino como compatibles o solidarias. Y dado que parece que nos acercamos a sociedades en las que las situaciones de lenguas en contacto serán cada vez más frecuentes esta será la condición para que sean vivibles. Una última observación. La teoría que pone en relación la lengua con la cultura y los determinantes sociales e históricos de un grupo humano determinado fue formulada a comienzos de siglo XIX. A mediados del xx la teoría se reformuló en el campo de la Antropología. Como fue a partir de los estudios sobre las lenguas amerindias de las tribus de indios en Norteamérica, se le ha llamado la hipótesis Whorf-Sapir. Pero recientemente la llamada psicología cultural, a partir de ideas enunciadas por Wigotsky desde la Psicología y Batjin desde la Lingüística, ha insistido en la relación entre lengua, personalidad y cultura desde una perspectiva distinta. También aquí se insiste en que el lenguaje es el lazo de unión entre el individuo y la sociedad y en que el lenguaje tiene un contenido fuertemente ideologizado, porque implica una visión del mundo y un sistema de valores; pero en vez de insistir en las diferencias ligadas a las distintas lenguas, se centra en las distintas formas de utilizar el lenguaje. Así, la introducción de la escritura en la vida de la humanidad y en la de cada individuo influye en su manera de entender y de pensar la realidad. O también en que cada grupo y cada clase social imprime su huella ideológica, de modo que el individuo confrontado con discursos distintos debe esforzar por construir su propio lenguaje y su propia personalidad. Pero esto escapa ya al tema de este ensayo, y habrá de esperar a alguna futura ocasión para que podamos desarrollarlo. Miquel Siguan.
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| NUEVA REVISTA DE POLÍTICA, CULTURA Y ARTE |
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