Selección de Artículos
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El Arte de la convivencia
Mensaje de paz desde Jerusalén,

por Marc Chagall.

Desde comienzo de año y hasta mediados de marzo, el segoviano Torreón de Lozoya acoge una exposición de ésas que no se ven todos los días: Marc Chagall: El mensaje bíblico (1931-1983). Financiada por Caja Segovia, que ha querido conmemorar con magnificencia los ciento veinticinco años de su fundación, la exposición reúne óleos, grabados, dibujos y un gran tapiz del artista judío, la mayoría de ellos nunca expuestos en nuestro país, y cuya temática común es la Biblia.

Tuve acceso —aseguraba Marc Chagall al final de su vida, refiriéndose a la Biblia— a este gran libro universal desde mi infancia. Siempre me ha llenado con visiones sobre el destino del mundo y ha sido para mí una fuente de inspiración en mi trabajo. En los momentos de duda, su elevada grandiosidad poética y su sabiduría me ha confortado como una segunda madre».
Aunque presentes desde sus primeros años de creación en su país natal —la tierra de Andréi Rublev— y en años posteriores, con excepción quizá de los que trabajó como comisario de Bellas Artes al comienzo de la Revolución de Octubre, los motivos bíblicos han conocido dos momentos excepcionales en la obra de Chagall.
El primero fue fruto de su encuentro con Tierra Santa, en 1931. Allí fue a dar con los judíos del este europeo, esos tipos familiares para él desde la infancia pero que ahora hallaba radicados en un contexto nuevo —una calurosa tierra de desiertos y palmeras— y, al mismo tiempo, y sin embargo, un contexto también antiguo: insertos en los parajes montañosos o costeros que conocieron los ancestros del pueblo judío, la tierra que cultivaron y en la que vivieron, junto con los otros pueblos semíticos, durante miles de años.
De vuelta en París, un Chagall fuertemente motivado pinta en menos de un año cuarenta gouaches con escenas bíblicas de variado género. De ellas partiría para elaborar otros tantos grabados que, aunque recuerdan inevitablemente la obra grabada de Rembrandt con motivos tradicionales judíos y sorprenden por su maestría técnica, muestran sobre todo una originalísima interpretación plástica del relato bíblico: respetuoso con la literalidad del texto, lleno de sencillez. Estos y otros grabados, hasta un total de 105, fueron publicados en 1956 en una edición ilustrada de la Biblia, a cargo de Tériade. Se explica que, merced a su acrecentada familiaridad con el texto sagrado y la experiencia enriquecedora de los hallazgos formales, Chagall conociera pocos años después, en 1961, el segundo gran episodio de creatividad con contenido bíblico. En esta ocasión, su trabajo no se inició después de un viaje a la Tierra de los padres, sino que comenzó allí mismo, en la Ciudad Santa, en Jerusalén. Un año llevó a Chagall realizar el encargo del hospital de Hadassah de esa ciudad: las doce vidrieras de la sinagoga, que habrían de representar la historia, las misiones y contenidos simbólicos de las doce tribus en que se dividía el entero pueblo de Israel.
Para esta ocasión, Chagall llamó junto a sí a Charles Marq, y a su mujer, Brigitte Simon, hija de una familia dedicada durante generaciones al arte de las vidrieras en Reims, y de ellos aprendió el detalle de la nueva técnica; hasta tal punto, que con estos mismos vidrieros trabajaría posteriormente en nuevos encargos —las vidrieras de la catedral de Reims (1973-74), en Chichester (1978), en Mayence (1977-78), etc.—.

Pero tampoco en esta ocasión era el virtuosismo lo que interesaba a Chagall. Ya desde su primer viaje a Francia, en 1910, Chagall había empezado a comprender que el ideal supremo al que puede aspirar un artista es que su obra se identifique con la tierra en la que vive, con su paisaje, con las gentes que la habitan. En un texto que reproducimos también aquí («Elogio de Delecroix»), el pintor judío encomiaba la obra de este maestro francés precisamente por su connaturalidad con la cultura en la que se había formado, por la familiaridad con las costumbres y los hábitos de vida de sus conciudadanos, por su pertenencia al paisaje que se ve todos los días. La obra de un artista, en defintiva, ha de estar al servicio, según Chagall, de la convivencia cívica de los pueblos. Ella debe confirmar, ante todo, que es posible vivir en el mundo con respeto, con alegría.
En esta amarga hora en que los habitantes de Jerusalén y de toda la tierra palestina son cautivos de la violencia; cuando los pueblos semíticos, no obstante proceder de unos mismos padres, parecen haber perdido toda voluntad de lograr una convivencia pacífica, nos ha parecido conveniente publicar en castellano las palabras que Chagall pronunció el día de la inauguración de las vidrieras en Jerusalén, para recordar el espíritu del que nació aquella obra y convocar, sobre todo, el espíritu del gran libro universal que ha ilustrado a esos pueblos como a muchos otros a lo largo de los tiempos y en los más distantes rincones del Globo: espíritu de sabiduría y de ciencia, espíritu de entendimiento y de consejo, espíritu de piedad y de misericordia, espíritu de tolerancia, de paz y de concordia.
rafael llano

Una modesta contribución al arte universal de los pueblos semíticos,
por marc chagall

¿Qué sucede cuando la luz y la tierra de Vitebsk, mi ciudad natal, y de miles de años de diáspora se funden con la luz y la tierra de Jerusalén? Por lo que sé, en mi trabajo no sólo me han guiado mi mano y los colores, sino también la querida mano de mis padres y la de muchos otros que, con sus mudos labios y sus ojos cerrados, susurraron detrás de mí que querían compartir mi vida.
Me parece como si vuestros movimientos de resistencia trágica y heróica en los guetos y en la guerra en Europa se hubiesen unido, en esta tierra, con las flores, los animales y los festivos colores que yo empleo...
Nuestra época renuncia a ver el completo organismo del mundo y se contenta sólo con una pequeña parte de su piel; por eso mi corazón se aflige al observar este gran cuerpo que es el mundo en su ritmo eterno, y sale fortalecido mi deseo de ir contra corriente del espíritu de nuestra época. Se me antoja que los colores y las líneas fluyen como lágrimas de mis ojos, aunque no llore. Y no penséis que estoy hablando así en un momento de debilidad. Al contrario, cuantos más años me toca vivir, más absolutamente seguro estoy de lo que quiero y de lo que digo.
Sé que mi camino vital es a la vez eterno y corto. Y aprendí, ya en el vientre de mi madre, a recorrer este camino más por amor que por odio. Las ideas anidan en mí desde hace ya muchos años, desde el tiempo en que mis pies pisaron esta Tierra Santa, cuando diseñé los grabados para la Biblia. Esas ideas me han fortalecido y animado a ofrecer mi modesto regalo al pueblo judío, que ha vivido aquí miles de años atrás, junto al resto de los pueblos semíticos.
Y lo que hoy se designa con el nombre de arte religioso, lo he querido crear reuniendo en mi recuerdo también las grandes y antiguas creaciones de los pueblos semíticos. Espero con ello tender mi mano a los pueblos circundantes, a sus poetas y artistas, a todos para quienes sea querida la cultura humana. He visto las montañas de Sodoma y del Neguev, de ellas proceden las sombras de nuestros profetas, con sus vestidos color pan seco; he escuchado su arcaico lenguaje... Con sus palabras mostraron la manera de conducirnos en la tierra y nos instruyeron en el contenido moral de nuestra vida. Me infunde ánimos y esperanza pensar que mi modesto trabajo va a permanecer en esta tierra, que es la de ellos marc chagall

Original en: Die goldene Kayt, Tel Aviv, nº 42, 1962 Traducido del yiddish por Eva Bernald Espallardo
por Marc Chagal.

 
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