| LIBROS DE VERANO Leer mientras el mundo gira lentamente. |
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por Ángel Peña
Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores ha editado en español un libro que puede aportar mucha luz al respecto. La Antología del cuento norteamericano de Richard Ford contiene 65 relatos —el único formato que permite sistematizar tanto en poco más de mil páginas— escritos entre 1820 y 1999 por autores con la ciudadanía estadounidense. Ford, uno de los más brillantes novelistas actuales de ee uu, resume la esencia de dos siglos de historias en una palabra muy americana: libertad. En el prólogo, deja que sea un francés, Marcel Duchamp, el que lo explique: «En París, los jóvenes de cualquier generación siempre actúan como los nietos de algunos grandes hombres... de modo que cuando llegan a producir algo propio, hay una especie de tradicionalismo que es indestructible. Pero a vosotros, los norteamericanos, os importa un carajo Shakespeare. No sois sus nietos», dijo el poeta durante un viaje a tierras norteamericanas en los años 20. Ford reconoce el acierto de la intuición de «la literatura americana como búsqueda constante de nuevos desarrollos», pero niega que esto implique, como piensan algunos europeos orgullosos de sus milenios de historia, un desarraigo, la ausencia de una tradición. Al contrario, su propuesta es más compleja: «Si hay algo típico en los escritores y la literatura americana, es que cuando intentamos imaginar nuestros antepasados literarios y encontrar la conexión crucial con Irving y Hawthorne, Herman Melville o Mark Twain, no lo hacemos para crear a imitación de ellos, sino para encontrar aliento en individuos como nosotros mismos».
Y, como siempre en estos casos, lo más discutible llega en las últimas páginas. Aciertos como el de Loorie Moore, la más joven de la antología, arrolladora en la pesadilla urbana de «Como la vida», no oculta ausencias notables. Es el caso de Paul Auster, uno de los creadores más vivos de los ee uu de hoy. No obstante, el lector puede desagraviar al autor de la Trilogía de Nueva York acudiendo a su última idea, muy afín por cierto a esa apertura a lo nuevo y democrático que predica Ford. En Creí que mi padre era Dios (Anagrama), Auster ha dado la voz a la gente corriente eligiendo y editando los miles de historias que los oyentes le enviaron en un programa de radio. Algunos de los 180 relatos resultantes son de lo más refrescante y Auster se ha instalado entre los más vendidos de su país. Todos tienen una extensión muy breve, con lo que la diversidad y la ligereza está asegurada— y en la mayoría los autores cuentan anécdotas que marcaron su vida de alguna manera, con lo que el invento de Auster deja un sabroso reguero de experiencias muy genuinamente americanas. La historia que da título al libro, por ejemplo, resulta impactante: el padre del narrador maldice a una persona que, casualmente, fallece justo después; el niño crece con la absoluta seguridad de que su padre es un ser omnipotente.
La novela describe la peripecia de Malik Solanka, un personaje sospechosamente parecido a su creador, en un mundo que le aterra. Nacido en Bombay y educado en Cambridge, Solanka llegó a ser un filósofo de cierto prestigio, enriquecido además por los derechos televisivos y comerciales de «Cerebrito», una muñeca que inventó para divulgar los clásicos del pensamiento. Ahora, sin embargo, vegeta en un Nueva York claustrofóbico y anónimo, al que ha llegado huyendo de sí mismo, de lo que era y, sobre todo, de aquello en lo que se estaba convirtiendo, forzado por una ira incontrolable que lo sumerge en raptos de enajenación.
V.S. Naipaul, el último premio Nobel, expresa una amargura similar, aunque no tan desgarrada. Su novela más significativa, Una casa para el señor Biswas (Debate) revela, entre apuntes claramente autobiográficos, las heridas que produce el choque de culturas. La novela narra la vida de un caribeño de origen hindú, trasunto del padre del autor, desde su nacimiento en una pobre familia campesina hasta su muerte en su casa de Puerto España, con la que el libro arranca en un efectivo flash back.
La descripción pretendidamente objetiva, distanciada, de Naipaul, no oculta su animadversión contra lo que considera un mundo hermético, asfixiante, fuera del cual espera la riqueza multicultural de un mundo nuevo: nada menos que la América mestiza del Caribe. Pero, aunque algún golpe de humor repiquetea cuando todo parece más sombrío, la novela presenta un visión pesimista del destino del señor Biswas, incapaz de cumplir sus sueños y reeducar el caos en que se ha convertido su vida. Otra lucha, aparentemente más modesta, plantea David Grossman. Un autor de una tierra tan castigada como Israel demuestra que la esperanza es posible más allá de la amargura sin salida que transmiten Salman Rushdie o V.S. Naipaul. Su último trabajo, Llévame contigo (Seix Barral), es una novela dura, ambientada en un escenario duro: la Jerusalén actual.
Una lucha parecida sitúa Almudena Grandes en otro lugar mucho más cercano, tanto como las playas de Cádiz. Allí se sitúa Los aires difíciles (Tusquets). Sara Gómez y Juan Olmedo se encuentran y enamoran mientras intentan olvidar un pasado lleno de engaños y excesos, en el que la autora, por cierto, se recrea quizás demasiado en más de una ocasión: mal asunto cuando la prosa desatiende la trama para detenerse en el morbo.
Parecidos derroteros, igual de turbios y lamentablemente cercanos, transita Arturo Pérez Reverte en su última novela. La reina del sur (Alfaguara) es una voluminosa obra épica ambientada en el mundo del narcotráfico. Con ella, el autor demuestra su madurez en la estructura de la trama y la configuración de personajes. Teresa Mendoza es una ingenua joven de Sinaloa, una provincia mexicana marcada por las duras reglas de los narcotraficantes. La caída en desgracia y muerte de su novio contrabandista le obliga a huir a España, donde un cúmulo de circunstancias, unido a su gran sentido común e inteligencia, le hace prosperar en el negocio de la droga de la costa andaluza. Su nunca olvidado origen mexicano y sus relaciones con las mafias rusas, colombianas, marroquíes y gallegas marcan el escenario de una globalización que muestra su peor cara, ésa que sólo entiende el color del dinero como criterio y la fuerza como camino hacia el respeto. Arturo Pérez–Reverte retrata los oscuros entresijos de este mundo con un fabuloso sentido del ritmo y una robusta documentación, que proporciona una verosimilitud que a veces incluso le acerca a los cánones del reportaje periodístico. En él hay que hacer constar que el autor vuelve a caer en la fascinación por los personajes fuertes, a los que perdona todo a cambio de un estilo atractivo: Teresa Mendoza trafica con veneno, al margen de la ley, pero conserva la nobleza de su propio código de conducta y, sobre todo, ha sido empujada por un destino que nunca buscó. O lo que es lo mismo: los narcos tienen tirón como héroes románticos, sólo hay que tirar de relativismos morales varios para tapar su responsabilidad. El estilo periodístico de buena parte de la novela recuerda por momentos las tendencias realistas que serpentean por el cuerpo de la literatura contemporánea. Uno de los grandes precursores, Emile Zola, ha vuelto a la actualidad: en septiembre se cumplen cien años de su muerte. Espasa ha editado en su colección Austral Summa un lujoso volumen que incluye Thérèse Raquin, Germinal y Una novela experimental. En todas ellas aparece la marca del naturalismo, un estilo literario que pretendía mostrar al ser humano en la ficción como en las cubetas de un laboratorio, de la forma más objetiva posible; el autor debía distanciarse lo máximo posible del texto y limitarse a describir las acciones de los protagonistas. Así, Thérèse Raquin, la obra con la que Zola se inició en el naturalismo, disecciona la psicología de la pasión y el asesinato. El recuerdo de Camile Raquin, ahogado en el Sena, atormenta a su madre y a su viuda, Thérèse. Todos quieren creer que la desgracia llegó por accidente, pero la sombra de Laurent, un cínico amigo de la familia, irá desvelando una verdad mucho menos tranquilizadora, en la que la culpa, implacable, irá tomando el mando de la situación. Germinal es una de las 20 novelas que componen el más ambicioso proyecto de Emile Zola: Los Rougon-Maquart, que se pretendía la historia natural y social de cinco generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio. En Germinal se recrea la vida de los mineros en un contexto complejo, marcado por la injusticia social y la miseria. Europa vivía entonces una época difícil, en la que los goznes de un capitalismo áun en ciernes, muy imperfecto, hacían crujir los huesos de muchos seres humildes.
Otro clásico que merece la pena revisitar es el gran Ramón María del Valle-Inclán. La editorial Espasa ha cubierto esta primavera un ominoso vacío de nuestras letras, que carecía de unas Obras Completas del inventor del esperpento. La ardua labor en la recopilación de textos de sus herederos, Javier y Joaquín del Valle-Inclán ha culminado en dos volúmenes caracterizados por el respeto a los textos originales, la exhaustividad y la estructura cronológica de las obras, que permite seguir el desarrollo de su estilo literario.
Para reponerse de las densas y poderosas páginas de los clásicos, nada mejor que un poco de poesía. Entre tanta penumbra literaria, La pared amarilla (Pre-Textos), del polifacético Carlos Pujol, es una buena oportunidad para mirar con nuevos ojos los colores que esperan en una época tan luminosa como el verano. En este breve pero delicioso poemario, Pujol rinde homenaje a su mujer, la pintora Marta Lagarriga, moldeando un monumento a la contemplación del arte.
Y, finalmente, auténtica poesía en prosa, llega una agradable sorpresa que también puede ayudar a equilibrar tanta agria desesperanza. En El mundo gira enamorado (Rialp), Rafael de los Ríos recupera uno de los personajes más apasionantes del siglo xx, Viktor Frankl, el psiquiatra judío de Viena que rebatió las tesis de Freud. De los Ríos hace una ágil semblanza de la época que marcó el desarrollo vital y profesional de Frankl: su deportación, en la cima de su carrera y recién casado, a un campo de concentración nazi. Con el dinamismo de un guión cinematográfico, la vida de Frankl en Auschwitz se revela como un monumental canto a la esperanza. Sin dejarse vencer por la evidencia del horror, el psiquiatra saca fuerzas para aplicar entre los reclusos su teoría, la logoterapia, según la cual, lo que alimenta el alma de un hombre y le hace seguir adelante es la necesidad de econtrarle un sentido a su vida. Los interminables días en el campo de concentración, el sufrimiento como experiencia cotidiana se abren inesperadamente a un amor incondicional a la vida. La anécdota que da título al libro resume todo el valor de la historia, el significado de toda una existencia. Abatido, vacío tras la liberación del horror nazi, Frakl encuentra un pendiente exactamente igual al que le regaló años atrás a su esposa, desaparecida en el Holocausto. En él, una inscripción dice: «El mundo gira enamorado». El psiquiatra de renombre mundial, el superviviente a la barbarie nazi, el personaje de este excelente libro acaricia el pendiente y piensa: «Está ligeramente abollado, pero aún así el mundo sigue enamorado». Con lecturas como ésta, nadie debería tener derecho a la desesperanza. Sólo una mirada torcida provoca la incomprensión de lo que late en el mundo, de lo que late en los libros. «Leemos el mundo al revés y nos lamentemos de no comprender nada», dijo hace tiempo Rabrindanath Tagore. Ángel Peña.
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