| La sobreabundancia 4 poemas inéditos de Derek Walcott |
Observaciones de un traductor no caribeño de Derek Walcott
Es la primera vez que me propongo traducir poética y públicamente a un poeta. A lo largo de todo el proceso de traducción me he sentido como alguien que se interna en un agreste territorio que, a simple vista, parecía liso y llano. Derek Walcott es un poeta antillano, que nació en 1930 en la isla de Santa Lucía. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1992. Este poema, La sobreabundancia, sirve de título a un libro de poemas que evocan la isla natal del poeta. He elegido esta obra porque se trata de una, a mi juicio, admirable elegía a la madre de Walcott: Alix Walcott, de la cual presento aquí cuatro secciones: la 1, 2, 3 y 7. Deseo subrayar, una vez más, los dos sentimientos contrapuestos que han acompañado mi laboreo como traductor: un sentimiento de facilidad o familiaridad, y otro sentimiento, opuesto, de dificultad y extrañeza. En estas condiciones me he visto obligado a leer cada una de las siete partes que componen la elegía a Alix Walcott un buen número de veces, para, por último, hacer una primera traducción salvaje, y terminar con una segunda versión, la que ahora ofrezco a los lectores de Nueva Revista como definitiva. Traducir este poema ha significado para mí dos actividades muy distintas: una práctica, consistente en fijar mediante una decisión final, el texto castellano, y otra, teórica, consistente en preguntarme si mi traducción castellana traduce —con ocasión del texto inglés, que tiene un carácter indiciario — el significado de los diversos versos y fragmentos que Derek Walcott va acumulando como quien ordena los heterogéneos objetos de una mesa de un modo inteligible aunque arbitrario.
Por primera vez en mucho tiempo, la poesía de Derek Walcott ha aguzado mis sentidos poéticos. Leyéndolo, he vuelto a sentir ese característico apetito por las palabras de la tribu, purificadas por el poeta, que llamamos poesía. La expresión poética ha sido para mí un aliento constante: en mis cuatro libros de poemas se contiene todo lo esencial de mi escritura. Tengo, sin embargo, de estos años de prosa narrativa, abarrotada la cabeza, y por las narices y por las orejas se me sale el ritmo de la prosa narrativa, lengüetas descoloridas de la hiedra de la oración subordinada. No he perdido el pulso de la contemplación poética —no he perdido el hábito — pero sí un poco la manía de la expresión poética, la urgencia de escribir poemas. Esto es lo que me ha hecho recordar Derek Walcott de pronto: el gusto renovado por la expresión poética.
Y esto tiene cierta gracia: da la casualidad de que no hay dos paisajes basales más opuestos que el de Walcott y el mío: el Caribe y Castilla la Vieja. Lo más marítimo de mi paisaje basal es el puntal, la isla de Mouro, el río Cubas, la bahía de Santander. En esto hay, claro está, gracia poética de sobra, lo mismo que en la meseta castellana. El propio Walcott ha sido capaz de percibir en los poemas de Antonio Machado una gran cantidad de belleza en la austeridad a la que yo hago referencia. Siempre que comparo estos dos mundos infantiles, el caribeño y el castellano, recuerdo una interesante observación de Walcott en La voz del crepúsculo, a propósito de las tardes de calor abrasador en Puerto España, «cuando el resplandor del sol tornaba las calles blancas»: «me cuesta percibir este vacío como desolación, esta paciencia es la anchura de la vida antillana, y el secreto reside en no pedirle lo que no pueda dar, no exigirle una ambición que para nada le interesa. En esto lee el viajero el letargo, el torpor». ¿No es este mismo letargo lo que lee el viajero apresurado al cruzar los campos de Castilla o las páginas de huertas, cerezos, perales, almendros, retamas y cardos borriqueros de mis propios libros de poemas? Es curioso que Walcott vea privación donde otros ven pintoresquismo, y que nos advierta que «el viajero no puede amar porque el amor es éxtasis y el viaje es movimiento». Y así nos dice que «la privación puede encerrar insólitas virtudes, una de las cuales es, sin duda, la de salvarse de la actual oleada de mediocridad, pues hoy día los libros no tanto se crean como se rehacen». De alguna manera, la familiaridad que he sentido leyendo la exuberante poesía de Derek Walcott procede de su insistencia en que el lector abandone su condición de viajero y se instale en la concentración y el éxtasis. Esta concentración, esta admiración extática, esta exaltación poética ante las duras tierras de España, me ha acompañado siempre y me ha hecho implicarme a fondo ahora en la labor de este poeta. Y es que Walcott tiene una idea muy viva de que el esfuerzo del poeta consiste en captar la significación, el sentido del mundo. Porque las cosas del mundo «para ser lo que eran, con el mismo nombre, necesitaban pasar por un proceso de traducción » (tomado del artículo de Walcott «Brodsky y su bendito destierro », abc 1.11.1996). En este «asombro reverencial por las cosas corrientes» de que habla Walcott, veo yo una repetición creadora de la idea de Rilke acerca de los poetas, que liban en las cosas visibles la miel de lo invisible. De ahí su deseo y la lección que aprendió de su madre, Alix Walcott: «que las hormigas me enseñen de nuevo, con largas hileras de palabras/ mi profesión y mi deber, la lección que tú enseñaste a tus hijos/ escribir acerca de la sobreabundancia de la luz sobre las cosas familiares/ que están a punto de traducirse a sí mismas en nuevas». Esta renovación gigantesca de todo lo familiar, deshace las imágenes tópicas de los turistas, hasta hacernos ver que «el Caribe no es un lugar idílico, no para sus nativos». El Caribe es un lugar real, y ahí es donde la gran poesía, la gran conciencia creadora, se hinca y emerge, en la realidad. Una realidad que es sobreabundancia, y que, por consiguiente, con naturalidad, nos sitúa en una región que me atrevería a llamar religiosa: una zona de la conciencia del mundo, exaltado y expresado con devoción y con asombro, en un eterno ahora, al borde de la trascendencia. Para Alix Walcott IEl desierto donde las exaltaciones de Isaías hacen surgir una rosa de la arena yace entre la vista de la Oficina de Turismo y el verdadero paraíso. El canto treinta y trés circunda las nubes del amanecer con un esplendor concéntrico, el fruto del árbol del pan abre sus palmas en elogio de la abundancia bois-pain, árbol de pan, alimento de esclavo, dicha de John Clare, Tom vagabundo, roto, que acaricia el armiño en su provincia de juncos y grillos de caña, que juega con el aire húmedo, que se ata las botas con los tallos de las viñas, que inquieta a los glaseados escarabajos con suaves empujones, caballero del abejorro envuelto en nieblas de campos cuyas palmeras como agujas de cuernos de caracol se abren a las charcas en forma de copa el alma de Tom, sin embargo, está más a salvo que la nuestra, aunque tiras de hierro encadenen sus tobillos. De pie está Tom, con la escarcha blanqueándole la barba, en el vado de un arroyo, como el Bautista que levanta sus ramas para bendecir las catedrales y los caracoles, el nacimiento de este nuevo día, y las sombras de la carretera de la playa cerca de la cual yace mi madre acompañada por un tránsito de insectos que van a trabajar en cualquier caso. El lagarto sobre la pared blanca fijado en el jeroglífico de su sombra petrificada, la arquería crujiente de las palmeras, las almas y las velas de las gaviotas giratorias riman con: In la sua volontà é nostra pace. En Su voluntad está nuestra paz. Paz en las blancas bahías, en marinas de mástiles concordes, en melones crecientes dejados toda la noche en la nevera, en los trabajos Egipcios de hormigas que mueven terrones de azúcar, palabras en esta frase, sombra y luz, que viven en la puerta de al lado como vecinos y en las sardinas en salsa de pimienta. Mi madre yace cerca de las piedras blancas de la playa, John Clare yace cerca de los almendros del mar y sin embargo la abundancia regresa cada amanecer, para sorpresa mía, para sorpresa mía, sí, y traición, ambas cosas a la vez. Como tú, también yo, Tom loco, me siento conmovido por una hilera de hormigas; He aquí que contemplo su laboreo y me parecen gigantes.
II |
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